
Luis Carlucho Martín
Esta vez cayó el telón para dejar escapar un lamento profundo por el último acto de Humberto Orsini, por la partida de este monstruo de las artes dramáticas, de este emprendedor autodidacta que sin imaginarlo ni mucho menos pretenderlo, salió de su natal Santa Cruz de Orinoco para hacer de la vida lo que fue su pasión primordial después de su familia: el teatro.
Sin ningún guion que le diera un firme punto de partida se fue a recorrer geografías nacionales y foráneas y a sembrar el nombre de Venezuela.
Máscaras, El Teatro- Estudio 67, Tabla Redonda, Teatro sindical del CSB, Celarg y tantos otros escenarios fueron soporte de la calidad creadora de este maestro anzoatiguense, que dejó en su familia otra profunda huella de unión, ejemplo y dignidad ética.
Trascendió: Con apenas tercer grado de la escuela de artesanos de Ciudad Bolívar se enfrenta a idiomas como el alemán y el ruso hasta ser corresponsal de prensa en la Alemania comunista y en la URSS, donde estudió el más avanzado teatro para regresar a su patria a multiplicar sin mezquindades sus conocimientos, lo que le valió un sinfín de premios y reconocimientos, de los que nunca alardeó.
Con 91 años bien vividos (a excepción de los últimos dos, postrado en cama) su cuerpo extenuado decidió descansar ayer 26 de octubre de 2017. Por eso, su inseparable Malú, sus hijos Hely e Ilich, sus nietos, su amada hermana (única que le sobrevive) Yolanda, sus sobrinos y algunos compañeros y camaradas de sus causas comunes de toda la vida, lo lloraron (junto a todos los allegados que estuvimos en su despedida), pero también lo revivieron en recuerdos, lo rieron en sus anécdotas y lo eternizarán al seguir sus pasos, al contar sus cuentos y al rememorar sus osadías y su altisonante tono de risa profunda y contagiante.
Humberto, el gran Pipa, construyó una incalculable obra de altos kilates, fundó grupos, escribió obras, dio clases, dirigió, actuó, gozó, sufrió, aplaudió, estuvo en todas las posiciones en las que debe estar la gente de teatro, siempre con su amabilidad, su componente docente, su mano amiga y orientadora, su vivaz pluma y su verdadero sentido humanista y profundamente revolucionario de verdad, con ética, con honestidad, con entrega, con amor pues.
Así era Pipa. Así lo recuerdo y así lo presento para que su nombre y su obra sirvan de multiplicación de ejemplos.
Su magia, la del maestro Humberto Orsini, nunca se apagará, por eso recorremos introspectivamente sus pasos, su obra, sus huellas, y sabemos que al final de la obra desbordarán los aplausos y los reconocimientos sinceros.
PD: Me considero afortunado por haber sido allegado. Sobrino político, o algo así, gracias a mi viejo Luis Rafael Martín.
En fin, compartimos algunos (varios, muchos, pocos, no sé) pasajes de la vida, donde la puesta en escena siempre fue en celebración cuando tocaba y en dolor mayor cuando nos correspondió despedir a su hermana Deyanira (madre de mis queridos hermanos Oswaldo, Ulises y Ricardo) y después a Luis. Esa escena del día a día con Pipa partía de la humildad; desde una arepita asada con sardinas fritas allá en Margarita, con sus birras, con sus bloodymary; o con sus cuentos, ahí en Bello Campo… ¡Gracias por lo aportado maestro!
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