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¿El Estado 51? – jajaja… ¡Yo te aviso, chiruli!

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Luis Semprún Jurado

El Bohemio estaba inusualmente lleno para un martes a media mañana. El sol atravesaba el ventanal con esa intensidad que precede a los anuncios graves. Sobre la mesa del rincón, Anacleto tenía desplegada una libreta de tinta verde con anotaciones que parecían el mapa de una conspiración. Me miró un par de veces como si fuera a decirme algo, pero calló. Todos le miraban, esperando que detonara la bomba.

El pichón de periodista llegó con el teléfono caliente, pero esta vez no traía un rumor. Traía una noticia que le hervía en la boca. «Anacleto, ¿ya vio lo que dijo Trump? Que Venezuela va a ser el Estado 51. Que vamos a ser como Puerto Rico, pero con petróleo. ¿Es broma? ¿Es amenaza? ¿Es campaña?»

Anacleto no respondió de inmediato. Encendió un cigarrillo con esa parsimonia de quien sabe que las palabras de un imperio en decadencia no se toman a la ligera, pero tampoco con pánico. Exhaló el humo hacia el techo y lo vio deshacerse contra las aspas del viejo ventilador. «Camarita, el problema no es lo que Trump dice. El problema es lo que Trump puede hacer mientras la oposición se pelea por ser la próxima presidenta de una Venezuela tutelada. El Estado 51 no existe… no va a existir. Es un eslogan de campaña para que su base trumpista se emocione. Pero en las calles, camarita, en las calles suceden otras cosas.»

El coronel retirado, con la mirada de quien ha estudiado el arte de la guerra, se inclinó sobre la mesa. «Anacleto, Trump ha dicho varias veces eso de administrar el país. El 3 de enero, el mismo día de la captura de Nicolás, denunciada por Caracas como un secuestro político, dijo que Estados Unidos administraría Venezuela hasta nuevo aviso. ¿Eso no es una declaración de intenciones?»

«Lo es, coronel. Pero una cosa es lo que dice un político en campaña y otra lo que puede hacer cuando la realidad le explota en la cara.» Anacleto señaló la libreta con la colilla humeante. «Trump dijo: ‘Venezuela tiene la cantidad de petróleo más grande del mundo. No voy a decir que sea un estado más, pero los trataremos como si lo fuera’. Es la táctica del ‘ni sí, ni ni’. Niega la anexión para no violar el derecho internacional, pero afirma el trato. Es un clásico.»

La profesora, con esa precisión de archivo que la caracteriza, desplegó una copia de la Constitución. «Y aquí está la respuesta, camaritas. La Constitución de la República Bolivariana de Venezuela es clara. El artículo 1 dice que el Estado venezolano es ‘irrevocablemente libre e independiente’. El artículo 5 dice que la soberanía reside ‘intransferiblemente’ en el pueblo. No se puede regalar, no se puede vender, no se puede ceder. Cualquier intento de anexión es nulo de pleno derecho.»

El boticario, fiel a su papel de ingenuo estratégico, movió la cabeza. «Pero Anacleto, ¿y si la gente pide la anexión? He visto comentarios en redes sociales: ‘Que vengan y arreglen esto’.»

La carcajada de Anacleto retumbó en todo el café. «Camarita, las redes sociales no son la calle. La calle es otra cosa. La calle es la gente que madruga, que hace cola, que se inventa un negocio para salir adelante. Esa gente no tuitea, camarita, esa gente vive. Y esa gente, cuando ha tenido que elegir entre rendirse o resistir, ha elegido resistir. Por eso Venezuela sigue en pie. No por milagro, sino por terquedad.»

Carmen dejó el trapo sobre la barra y se apoyó en el mostrador. «Yo no sé de leyes ni de política. Pero sé que aquí en Maracaibo, si alguien llega a decir que quiere ser estado gringo, lo echan a patadas. El orgullo no se negocia, así no tengamos luz.»

El viejo periodista, desde su rincón, soltó un comentario que heló la sangre. «Y la oposición, ¿qué dice? Machado dice que no a la tutela extranjera; Guaidó dice que la soberanía es del pueblo; López dice que no quiere un protectorado. Pero, camaritas, estos son los mismos que pidieron sanciones, que pidieron bloqueos, que pidieron intervención económica. Ahora, que la intervención asoma con toda su crudeza, se espantan. La contradicción es evidente.»

El pichón de periodista, con los ojos abiertos como platos, preguntó: «¿Y entonces qué hacemos? ¿Nos quedamos de brazos cruzados?»

Anacleto apagó un cigarrillo y encendió otro, su ritual del pensamiento. «No, camarita. No nos quedamos cruzados. Nos informamos, nos organizamos. Y sobre todo, no confundimos las redes sociales con la calle. Porque las redes amplifican interesadamente la desesperación de unos pocos, mientras la calle muestra la resistencia de muchos.»

La profesora cerró su cuaderno con un gesto definitivo. «Hay un sector de la oposición que ha señalado esta contradicción. Dicen, con razón, que no se puede pedir intervención y luego quejarse de la anexión. Porque una cosa lleva a la otra. El que baila con el imperio, camaritas, termina pisado por él.»

El coronel retirado, con su voz grave de hombre de oficio, sentenció: «En derecho internacional, la anexión de un territorio es un acto de guerra. No puede hacerse sin consecuencias. Pero Trump no está hablando de derecho, está hablando de poder. Y el poder, cuando no tiene contrapeso, hace lo que le da la gana. La pregunta no es si Trump quiere anexarnos. La pregunta es si nosotros estamos dispuestos a dejarnos.»

Anacleto se levantó y caminó hacia la barra. Carmen le sirvió un café sin preguntar, como siempre. Se sentó en el taburete, de espaldas a la mesa, pero con voz clara y fuerte soltó: «Rómulo Gallegos escribió que ‘la barbarie no está en el llano, está en el corazón del hombre’. La barbarie del imperio está en creer que pueden comprar nuestra dignidad con promesas de prosperidad. Pero la barbarie también está en aquellos venezolanos que, por desesperación, estarían dispuestos a vender la patria por un plato de comida. A esos les digo: entiendo el hambre, entiendo el cansancio, entiendo la desesperación. Pero el imperio no viene a resolver los problemas. Viene a saquear nuestros recursos. Y cuando termine el saqueo, camaritas, la comida será igual de cara, pero el orgullo ya no estará.»

Dio un sorbo al café y continuó: «La presidenta encargada, Delcy Rodríguez, lo dijo claro: ‘Jamás estaría previsto, porque si algo tenemos los venezolanos y venezolanas es que amamos nuestro proceso de independencia, amamos a nuestros héroes y heroínas de la independencia. Y nosotros seguiremos defendiendo la integridad, la soberanía, la independencia, nuestra historia de gloria de hombres y mujeres que dieron su vida por hacer de nosotros, no una colonia, sino un país libre’. Esas no son palabras al viento. Es la defensa de lo que somos.»

El pichón de periodista, con el ceño fruncido, preguntó: «¿Y los comentarios de las redes? Esos que dicen ‘que vengan y arreglen esto’… ¿no son una alerta?»

Anacleto sonrió, esa sonrisa de quien sabe que las alertas hay que tomarlas en serio, pero no con pánico. «Son una alerta, camarita. Pero no sobre la anexión. Son una alerta sobre el hartazgo. Y el hartazgo, cuando no se atiende, es el mejor aliado del imperio. Por eso la respuesta no es militar, no es policial, no es discursiva. La respuesta es gestión, es resolver los problemas de la gente, es demostrar que la soberanía no es un eslogan, es la condición de posibilidad de cualquier mejora real en la vida cotidiana. Si no resolvemos los apagones, el imperio no tendrá que anexarnos. El pueblo pedirá la anexión como quien pide agua en el desierto.»

El viejo periodista, con esa sabiduría de quien ha visto demasiados naufragios, añadió: «Y mientras tanto, el gobierno sigue avanzando. 17 trimestres consecutivos de crecimiento según la CEPAL; recuperación de la producción petrolera; alianzas estratégicas con China, Rusia, Irán, Turquía. No es un milagro, camaritas; es trabajo, es resistencia, es terquedad.»

Anacleto se levantó de la barra y caminó lentamente hacia la puerta. Me hizo una seña. Se detuvo en el umbral, se medio volteó, con esa costumbre que ya es su sello, y alzó su voz para que todos le oyeran: «Nuestro Libertador, Simón Bolívar, dijo que ‘la soberanía es la autoridad suprema de un pueblo para regirse por sí mismo’. Y esa autoridad, camaritas, no se negocia, no se vende, no se alquila. Se defiende. No con discursos, sino con hechos: con 17 trimestres de crecimiento, con la liberación de Maduro, con la recuperación de la producción nacional, con la calle organizada…, no con las redes histéricas.» Hizo una pausa, dio una última calada a su cigarrillo y lo aplastó en el cenicero de la mesa más cercana. «Abraham Lincoln dijo que se puede engañar a todo el mundo algún tiempo, pero no a todo el mundo todo el tiempo. Trump vende promesas a su base con el cuento del Estado 51, y la oposición desesperada vende atajos a sus seguidores con el cuento de que la anexión es libertad. Y ambas cosas suelen terminar cobrando la misma factura, porque el pueblo venezolano, camaritas, ya no se deja engañar. Sabe que la soberanía no es un lujo. Es la única garantía de que, cuando resuelva sus problemas, los beneficios sean para los venezolanos, no para los accionistas de Exxon.»

La puerta de El Bohemio se cerró con un golpe suave. Afuera, Maracaibo seguía su curso, con sus apagones, su calor y su terquedad infinita. Adentro, sobre la mesa del rincón, la libreta de tinta verde quedó abierta en una página borroneada. El ventilador siguió girando. Y en el silencio de El Bohemio, la pregunta de Hamlet quedó flotando en el aire, como el humo que todavía no se disipa: «Ser o no ser… He ahí el dilema.» Porque la soberanía, camaritas, no es un documento. Es una decisión que se toma cada día. Y el día que se deje de tomar, ese día, sin necesidad de decretos ni de declaraciones, Venezuela habrá dejado de ser Venezuela.

Las declaraciones de Trump: del «Estado 51» a la administración de hecho – El 3 de enero de 2026, horas después de la captura de Nicolás Maduro y Cilia Flores de Maduro, denunciada por Caracas como un secuestro político, Donald Trump declaró desde Mar-a-Lago que “Estados Unidos administrará el país hasta nuevo aviso”. El 23 de enero, en entrevista con Fox News, matizó: “No voy a decir que sea un estado más, pero los trataremos como si lo fuera”. El 15 de febrero, en un mitin en Carolina del Sur, soltó la frase más explícita: “Algún día la gente va a decir: gracias a Donald Trump, Venezuela es el estado más próspero de la Unión”. Estas declaraciones, aunque no constituyen una política formal, revelan una lógica imperial: la anexión no necesita decretarse si el control es total. La retórica de Trump no es un error, es una estrategia: insinuar para no comprometer, amenazar para no actuar. El historiador Paul Kennedy observó que los imperios declinan cuando el costo de mantener su hegemonía supera los beneficios de ejercerla. Y la fantasía del Estado 51 es el aullido de un imperio que ya no puede ladrar, solo amenazar. Sí… la fantasía del Estado 51 es un síntoma de esa decadencia, no una muestra de fortaleza.

La Constitución como escudo: lo que la ley dice sobre la soberanía – La Constitución de la República Bolivariana de Venezuela es inequívoca en la defensa de la soberanía nacional. El artículo 1 declara la independencia “irrevocable”. El artículo 5 establece que la soberanía reside “intransferiblemente” en el pueblo. El artículo 13 prohíbe cualquier tratado que afecte la soberanía o la integridad territorial. El artículo 406 reitera que ningún acuerdo puede negociarse a costa de la autodeterminación del pueblo venezolano. Cualquier intento de anexión o administración extranjera viola estos principios y sería nulo de pleno derecho, independientemente de quién lo proponga o bajo qué excusa se presente. Como sentenció el Libertador Simón Bolívar: “La soberanía es la autoridad suprema de un pueblo para regirse por sí mismo”. Esa autoridad no se negocia. Se defiende.

La calle contra las redes: la verdadera batalla por la soberanía – Las redes sociales, repletas de bots y voces opositoras, amplifican el hartazgo de un sector minoritario pero ruidoso. Comentarios como “que vengan y arreglen esto” o “Estado 51, estado 52, lo que sea, mientras haya luz y comida” reflejan desesperación, pero no representan al pueblo venezolano. Ese pueblo, el de la calle, ha demostrado su fe en la soberanía con hechos: las marchas exigiendo la liberación de Maduro, la respuesta institucional cohesionada tras la invasión del 3 de enero, la recuperación económica avalada por la CEPAL (17 trimestres consecutivos de crecimiento), la producción del 100% de los alimentos y más del 85% de los medicamentos. La Presidenta encargada, Delcy Rodríguez, lo resumió así: “Jamás estaría previsto, porque si algo tenemos los venezolanos y venezolanas es que amamos nuestro proceso de independencia”. La diferencia entre las redes y la calle es la diferencia entre la ficción y la realidad. Y en esa diferencia, camaritas, está la verdadera batalla por la soberanía. Salga a la calle, a la avenida… y compruébelo.

 

 

El Pepazo

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