
Luis Carlucho Martín
La Cosiata, liderada por José Antonio Páez, puso la piedra final de tranca contra La Gran Colombia…
Estos embrollos políticos, no son nada nuevo en nuestra gran Venezuela. El poder es muy sabroso. Y vea usted cómo nos hemos desmantelado nosotros mismos, desde hace al menos un par de centurias.
Como respuesta, aparentemente natural, ante el centralismo imperante en la Gran Colombia, manejado desde Bogotá, un venezolano, líder guerrero entre los próceres, José Antonio Páez, encabezó un movimiento separatista denominado La Cosiata o Revolución de los Morrocoyes para cambiar absolutamente la Constitución que desde allá imponía realidades incómodas.
Al final «El Centauro del llano» logró su objetivo: el 30 de abril de 1826 se proclama la separación de Venezuela de la Gran Colombia durante el ayuntamiento de Valencia.
En 1829, luego de numerosas asambleas populares, sin Instagram ni tiktok, se decide la separación definitiva del gobierno de Bogotá. El 22 de septiembre de 1830, con Bolívar muy enfermo y Sucre asesinado, se sanciona en Valencia la separación, lo que marca –¿acaso lo único positivo?– el nacimiento de nuestra República, que aún se llamada Estado de Venezuela. Y el 23 de octubre de ese mismo año se promulga la primera Constitución de la República de Venezuela. Un año más tarde (1831), Páez asume su presidencia por un lapso de cuatro años… ¿Traición o jugada estratégica? ¿Tú qué opinas?
Tristemente, el mismo año de La Cosiata (1826), pero en junio, el padre Bolívar sufrió otro duro revés al fracasar la convocatoria del Congreso Anfictiónico de Panamá…
Bolívar, unionista, como su esencia, y de espíritu filosófico encaminado a darlo todo en nombre de la libertad, defendió siempre la visionaria tesis –pero malquerida por el status quo– de la Patria Grande. Por eso, frente a amenazas internas y externas, ante el inobjetable debilitamiento de La Gran Colombia surge la necesidad de un movimiento cuyo objetivo fuese la unión “panlatinoamericana”, traducido en una Confederación de Repúblicas hispanoamericanas, tal como lo había ideado el precursor Francisco de Miranda.
La asamblea, convocada en nombre de la utópica unión, contó con la presencia de la moribunda Gran Colombia, México, Perú y la República Federal de Centroamérica. Bolivia y Estados Unidos –¡oh casualidad!– llegaron al cónclave después de concluir las reuniones. Las Provincias Unidas del Río de La Plata, Chile y Brasil no mostraron interés. Paraguay no fue invitado. Gran Bretaña envió un observador, y los Países Bajos enviaron a otro que, según dicen, actuaba a título personal.
Así es convocado el Congreso Anfictiónico de Panamá que se instaura el 22 de junio de 1826 hasta el 15 de julio de ese año. Todo fue en vano. La falta de consenso entre los representantes de los países invitados, arteros movimientos políticos, además de intereses económicos transnacionales que, contradictoriamente, evitarían a toda costa cualquier intento liberador respecto de España, hicieron que el intento del gran Bolívar fracasara. Tal como lo anticipó lapidariamente: «El Congreso de Panamá sólo será una sombra».
Nuestra historia, de antes y de ahora, cíclica como luce, ha estado plagada de este tipo de golpes arteros –el que menos puja arroja una lombriz–, que priorizan las mieles del poder, desde lo personal o de pequeños grupúsculos, antes que los reales intereses del soberano mismo.
Solo Dios lo sabe…
Ya no hay Cosiata ni Congreso Anfictiónico; no obstante, vuelven a sonar España y Venezuela…y se anexan un montón de países –con diversas ideologías– de corte imperial, que muestran descaradamente sus colmillos, a manera de catéter, en intento de saquear lo que bondadosamente mana de nuestros subsuelos…
La de aquellos días, hace dos siglos, irónicamente fue denominada «revolución de los morrocoyes» debido a la lentitud –según el deseo colectivo– con la que inicialmente se desarrollaban los hechos y la dejadez de algunos personajes involucrados en tan importante hecho que desencadenó en la separación de Venezuela de la Gran Colombia…
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