sábado, mayo 2, 2026
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Ormuz, Epstein y noviembre: el triple ataúd de Trump

 

Luis Semprún Jurado

El ventilador de techo de El Bohemio giraba con una pereza que contagiaba, cortando el aire cargado de humedad maracaibera y el humo de mis cigarrillos. Era una danza hipnótica, casi ritual, que recordaba el ritmo lento con el que los imperios se desmoronan: sin estridencias, casi sin que nadie se percatara hasta que el techo se desplomaba sobre nuestras cabezas. Afuera, la lluvia golpeaba el zinc con la insistencia de un recaudador de impuestos que no aceptaba excusas. Aquí adentro, el café amargo era el único combustible que nos mantenía despiertos ante la tragedia que se desplegaba en las pantallas del mundo.

El coronel retirado, un hombre cuya espalda era una línea recta que desafiaba la gravedad y los años, dejó su taza de café negro cerrero sobre la madera. Sus ojos, nublados por la nostalgia de guerras que ya no existían, escrutaban el mapa mental que Anacleto dibujaba sobre la mesa con sus dedos. «Anacleto, usted siempre ve sombras donde los demás ven luz» dijo, con esa voz seca que aún conservaba el eco del cuartel. «Los portaaviones estadounidenses siguen ahí. El poder de fuego sigue ahí. ¿De verdad cree que esa gente va a dejar que les cierren el Estrecho de Ormuz sin convertir a Irán en un estacionamiento de escombros?

Anacleto sacó su encendedor. La llama iluminó por un segundo sus arrugas y encendió el cigarrillo antes de soltar la sentencia. Soltó el aire cargado de nicotina y observó cómo los aros de humo se deshacían antes de tocar el ventilador. Acomodó el sombrero de paja, que aquel día parecía más desflecado que de costumbre, en la silla lateral y lo miró con firmeza. «Coronel, usted se quedó atrapado en el manual de la Segunda Guerra Mundial» replicó con esa suavidad que precedía a la estocada. «Usted confunde la capacidad de destruir con la capacidad de vencer. Maquiavelo, en sus “Discursos sobre la primera década de Tito Livio”, nos dejó una advertencia que hoy resuena en los pasillos del Pentágono como una sentencia: “Nunca se debe poner en peligro a todo el Estado sin arriesgarlo todo”. Estados Unidos no está librando una guerra contra un ejército; está librando una guerra contra el tiempo y contra su propia fractura interna. Una nación que se devora a sí misma desde adentro, con sus crisis de moralidad, sus juicios, sus marchas en las calles y su dinero drenado hacia una guerra que su pueblo ya no quiere, pues no puede sostener una guerra de ocupación en el otro lado del mundo. La asimetría no es una táctica, coronel, es un lazo de seda que ellos mismos se han dejado poner al cuello. El Leviatán está cayendo porque su estructura interna se ha convertido en puro aserrín.»

El boticario, desde la barra, interrumpió con esa rabia popular que no entendía de geopolítica, pero sí de precios y desabastecimiento. «¿Y qué hay del dinero, Anacleto? Dicen que el convicto anaranjado está imprimiendo billetes como si fueran servilletas para mantener el barco a flote.»

Anacleto bebió un sorbo largo de su café, dejando que el amargor terminara de darle la razón antes de responder. Golpeó suavemente la mesa con la taza y soltó: «Irán ha diseñado una trampa de una elegancia macabra. La llaman «guerra asimétrica», pero yo lo llamo la “estrategia del lazo de seda”. Y ese… ese es precisamente el veneno. La trampa asimétrica es una operación aritmética simple. Si obligas al gigante a gastar diez mil millones de dólares diarios en escoltar un tanquero, mientras el precio del petróleo asfixia a su clase media y los archivos de Epstein siguen filtrando la podredumbre moral de su élite, no necesitas un misil para ganar. Necesitas paciencia.» aclaró, y buscando los ojos de la profesora continuó: «Los iraníes, con su milenaria cultura de ajedrez, han entendido que el “pedófilo”, como le gusta llamarlo a la gente en la calle, no puede estar en todos los frentes. La aviación y la marina iraní pueden ser neutralizadas, sí, pero, ¿qué haces cuando las células durmientes en las sombras, ahora las despiertan, para que comiencen a sabotear la logística, la energía y la moral de tu propia casa?»

El ambiente en El Bohemio se volvió denso, casi eléctrico.

La profesora, que siempre escucha desde la penumbra, dejó escapar un suspiro. «Irán no necesita hundir toda la flota de los Estados Unidos, camaradas, solo necesita mantenerlos ocupados. Al cerrar Ormuz, han puesto al gigante en una jaula. Es una implosión, no una invasión» dijo ella, casi como una revelación. «La trampa no es el misil que explota; la trampa es el tiempo que se desperdicia mientras el mundo observa cómo el imperio se desangra por mil cortes pequeños.»

Anacleto se pasó el pañuelo a cuadros por la frente, limpiando una gota de sudor que el ventilador no lograba evaporar, y asintió. «Exacto. Es una implosión. Como decía Rómulo Gallegos en ‘Cantaclaro’: “El hombre que no sabe para dónde va, nunca llega a ninguna parte”. Y esta administración, camaritas, lleva años dando vueltas en el mismo círculo de arrogancia y ruina. Nietzsche, en ‘Así habló Zaratustra’, escribió: “¿Qué es lo más grande que puede ocurrirles? La hora del gran desprecio. La hora en que vuestra felicidad se os vuelve repugnante, y lo mismo vuestra razón y vuestra virtud”.» Anacleto apagó y encendió un cigarrillo; su ritual del pensamiento. «Ese es el punto en el que se encuentra la sociedad estadounidense hoy. No se trata solo de la guerra en el Medio Oriente. Se trata de la guerra de la realidad contra la narrativa. La “geotorpeza” de intentar sostener un aliado como Israel, que está prácticamente destruido, sin capacidad real de respuesta y con una infraestructura que se cae a pedazos, es un suicidio asistido por el complejo militar-industrial. Los proxies: los hutíes, los sirios, las milicias iraquíes… no son enemigos que enfrentas en un campo de batalla abierto. Son cortes de navaja. Mil cortes. Y el gigante, en su torpeza, intenta usar un martillo para detener la hemorragia, lo cual solo logra que la sangre salpique más fuerte.»

La profesora, sin levantar la vista de su libreta, añadió: «Como escribió Julio Cortázar en ‘Rayuela’: “Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”. El imperio y su destino, Anacleto, se han estado buscando durante décadas. Y ahora que se han encontrado, el abrazo es un estrangulamiento.»

Anacleto sonrió, asintió y encendió otro cigarrillo. «La ironía es un bisturí, camaritas. Y mientras el resto del mundo mira hacia los radares del Golfo Pérsico, el verdadero desastre se cocina en las elecciones de noviembre, bajo la sombra de un juicio constante, una familia fracturada y una calle que ya no marcha por ideales, sino por supervivencia.» Hizo una pausa para darle una calada a su cigarrillo y luego de exhalar el humo, soltó: «Trump cree que si lanza una última gran ofensiva, será recordado como el salvador del orden occidental. Pero la historia, esa maestra cruel que no admite sobornos, ya ha dictado su veredicto. El que nace para maceta, del corredor no pasa, camarita. Y este imperio nació para ser efímero, no eterno.»

El viejo periodista, con la experiencia de cuarenta años escribiendo crónicas, intervino, taza en mano, desde su mesa: «Israel, ese pequeño estado que se creía el centinela eterno de la región, es hoy un reflejo de su propia arrogancia. La idea de que puedes vivir rodeado de fuego y pretender que no te quemarás es la mayor ilusión de nuestro tiempo.» dejó la taza sobre el platillo con un tintineo seco y continuó: «Esa es la perdición, camaritas. No es solo una derrota militar en el campo de batalla, es una derrota existencial. Y es que el gigante y su acólito están atrapados, peleando contra sombras, mientras su propia casa arde. Y nosotros estamos aquí, en primera fila, viendo cómo se escribe el último capítulo de esta historia. ¿Lo ven? No es táctica, es destino»

La estudiante de sociología, que había estado muy callada, expresó: «La guerra es la forma más cruda de la política, pero cuando la política se pudre desde la raíz, el campo de batalla no es más que el epitafio de lo que alguna vez llamamos civilización.»

Anacleto asintió con la cabeza y gruñó: «La disuasión es un concepto que murió en el momento en que decidieron que la seguridad se construía sobre el muro y la exclusión, en lugar de sobre la convivencia. Ahora, cuando los misiles caen y las ciudades arden, se dan cuenta de que el “Domo de Hierro” no puede interceptar el odio acumulado durante décadas. Carne de cañón, camaritas, eso es lo que son para sus amos del Norte.»

«¿Y qué pasa después, Anacleto?» preguntó el pichón de periodista, ese joven que aún creía que la objetividad era un escudo protector.

Anacleto suspiró, recogió su portafolio de cuero agrietado y se levantó de la mesa. «Después, queda el silencio… y quedan las ruinas de las instituciones y la memoria de una época en la que creímos que el poderío militar podía comprar la eternidad. La política es, en última instancia, el arte de entender cuándo has perdido antes de que el enemigo te lo tenga que decir.» Hizo una pausa para apagar el cigarrillo y continuó: «Maquiavelo, en su sabiduría fría, ya nos lo advirtió en El Príncipe: “El que es dueño de la fuerza, pronto se hace dueño de la victoria, pero solo aquel que comprende la voluntad de su adversario se hace dueño del tiempo”. Estados Unidos, bajo la administración del actual inquilino de la Casa Blanca, ese hombre que carga con el peso de su propia podredumbre moral, ha caído en la trampa más vieja del mundo. Y Estados Unidos, al día de hoy, ya perdió el derecho a dirigir el destino de otros, porque no sabe cómo dirigir el suyo propio. Si el Congreso no lo saca en julio, si no le aplican esa cirugía de emergencia, terminarán viendo cómo la historia los entierra en noviembre, bajo el peso de sus propios archivos, sus propios muertos y su propia incapacidad para ver que el mundo, el verdadero mundo, ya les dio la espalda.» Echó una mirada intrigante hacia todos y cerró: «Estamos al borde de ese abismo, viendo cómo el gigante, ciego por su propia arrogancia, da el último paso al vacío. Lo que viene no es una derrota militar, es el fin de una era. Y nosotros, en este rincón de Maracaibo, con el café frío y la verdad en la garganta, somos los únicos testigos que se atreven a decir que el rey no solo está desnudo, sino que está perdiendo la cabeza.»

Me hizo una seña y salimos de El Bohemio. La lluvia de Maracaibo nos recibió como una bofetada fría. No había épica en esa derrota, solo la certeza del que veía el fin de un ciclo. El ventilador siguió girando ahí dentro, y la mesa, con su marca de café, seguía siendo el único lugar donde la verdad no se disfrazaba. Como decía Tolstói: “No son los grandes hombres quienes hacen la historia”. Y aquel día, frente al abismo, me temí que ninguno de esos que se creían «grandes» tenía la menor idea de la caída que les esperaba.

La guerra asimétrica como estrangulamiento logístico – La estrategia iraní de desgaste en Ormuz ha logrado el objetivo táctico de inmovilizar la capacidad de proyección de fuerza de los Estados Unidos. Al convertir el Estrecho en un punto de estrangulamiento logístico y económico, Irán ha forzado al Pentágono a comprometer recursos navales de alto valor en una misión de escolta eterna, dejando desprotegidos otros teatros de operaciones críticos. La incapacidad de Washington para responder con una acción decisiva —sin disparar los precios del petróleo a niveles de recesión global— ha transformado el bloqueo en una crisis existencial para la administración Trump, que ahora debe elegir entre el colapso económico doméstico o una retirada táctica humillante ante las milicias regionales. En la jerga criolla: “Al que le pique, que se rasque”. Y aquí el picor es profundo.

Israel y la fatiga sistémica de un aliado insostenible – La situación interna de Israel ha entrado en una fase de fatiga sistémica terminal. La prolongación de los ataques diarios contra Tel Aviv y Haifa ha saturado las capacidades de interceptación de sus sistemas de defensa aérea, dejando infraestructura crítica vulnerable y forzando a la población civil a una vida bajo constante amenaza de bombardeo, escondidos en búnkeres. Esta erosión de la “normalidad”, aunada a la incapacidad del liderazgo político para proyectar una victoria clara o un horizonte de paz, ha fracturado la cohesión social israelí. El resultado no es solo daños materiales masivos, sino una crisis de legitimidad y seguridad que ninguna cantidad de armamento estadounidense puede revertir a corto plazo. Como dice el refrán: “El que siembra vientos, cosecha tempestades” —y esta tempestad no tiene paraguas que la detenga.

La tormenta perfecta de la administración Trump – La administración Trump se enfrenta a una tormenta de variables incontrolables que amenazan su continuidad política antes de las elecciones de noviembre. Su “matrimonio” con Israhell, la acumulación de escándalos judiciales, las filtraciones de los archivos de Epstein —que comprometen la estructura del sistema bipartidista— sus “encontronazos” con el “alto mando militar” y la resistencia pública al financiamiento de conflictos externos en un contexto de inflación y crisis económica han reducido su base de apoyo a niveles históricamente bajos. La posibilidad de un proceso de ‘impeachment’, impulsado por una oposición que busca capitalizar el descontento popular, ya no es una hipótesis lejana, sino una necesidad pragmática para la supervivencia electoral de los partidos. Esto convierte el verano de 2026 en el escenario de una purga política inevitable. Como sentenció Eduardo Galeano: “La dignidad es un lujo que solo pueden permitirse los que no tienen nada que perder”. Y aquí, camaritas, los que mandan tienen tanto que perder que ya no saben ni cómo sentarse a la mesa.

 

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El Pepazo

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