
Luis Semprún
El ventilador del techo parecía tener fiebre; giraba con una parsimonia sospechosa, como si midiera el peso del aire antes de dejarlo caer sobre las mesas. Eran las diez de la mañana en El Bohemio y el calor ya era un argumento de peso, pero nadie en la mesa del fondo se quejaba. El café humeaba, los cigarrillos se encendían en cadena, y Anacleto, sentado a mi diestra, no había abierto su libreta, y eso, en él, era mala señal, sino que leía en voz baja un informe de inteligencia que le habían pasado esa madrugada. No era una noticia, era un diagnóstico.
«Camaritas» finalmente dijo, ajustándose los lentes de carey y sin mirar a nadie en particular. «Hoy no voy a hablarles de un muerto reciente. Vengo a hablarles de una guerra que empezó hace doce años y que casi nadie ha visto porque no usa tanques, sino que usa sus cerebros. Se llama “guerra cognitiva” y aquí, en Venezuela, la estamos viviendo en carne propia desde que el comandante Chávez cerró los ojos. No olviden que las guerras más peligrosas son las que no hacen ruido »
El pichón de periodista dejó el teléfono boca abajo. «¿Cómo que no hacen ruido?»
Anacleto levantó la mirada. Lenta. Precisa. «Porque cuando la guerra suena… la gente se defiende. Pero cuando la guerra susurra… la gente la repite.»
El silencio se acomodó en la mesa como un invitado incómodo.
El coronel retirado dejó la taza de café negro cerrero sobre la mesa y frunció el ceño. «¿Una guerra que no se ve, Anacleto? ¿Cómo se lucha contra eso?»
«Con la cabeza fría, coronel» respondió Anacleto, encendiendo un cigarrillo. «Mire, cuando Chávez muere en 2013, algo más muere también. Muere la posibilidad de que el enemigo nos ataque con tanques. A partir de ese momento, el imperio cambia de estrategia e inicia una nueva guerra: una guerra que empezó el día que murió un hombre… y nació un método. Si no puede tumbarnos militarmente, nos va a tumbar por dentro. Nos va a meter una idea, una sola idea, una y otra vez hasta que cale.» su voz, sonó con un tono persuasivo «¿Y cuál fue esa idea? Que todo lo que huela a chavismo es malo, que Maduro es un dictador, que las elecciones se roban, que estamos en un estado fallido. Y la metieron… con hiperinflación inducida, con desabastecimiento, con colas, con hambre. Eso no fue casualidad, camaritas. Eso fue guerra económica, la hermana gemela de esta guerra que no se ve».
La profesora cerró su libro. «¿Está hablando de Venezuela?»
Anacleto asintió apenas.
El boticario frunció el ceño. «¿Chávez?»
«No su muerte, camarita…» corrigió Anacleto. «Lo que vino después.»
Encendió un cigarrillo. Lo sostuvo unos segundos sin fumarlo. «A partir de 2013, lo que se puso en marcha no fue una confrontación tradicional… fue un laboratorio… una guerra híbrida, de esas que no necesitan tanques, sino relatos.»
La profesora, que escuchaba desde la penumbra con un ejemplar de un libro bajo el brazo, intervino. «Anacleto, 2014 fue “la salida”; 2017 fueron más de 120 muertos y 2000 heridos. ¿Eso no fue guerra real?».
«Fue el disparo» respondió Anacleto, apagando un cigarrillo. «Pero el verdadero daño no lo hicieron las bombas de verdad, sino las bombas de mentira. Porque la guerra psicológica no lucha contra cuerpos, lucha contra percepciones. Busca que tú mismo te conviertas en tu propio enemigo. Busca generar en tu pecho tanta rabia, tanta ira, tanta desesperanza, que termines haciendo el trabajo sucio que el imperio ya no puede hacer. Y miren los resultados: en 2024, después del ciberataque, mucha gente que había sido chavista toda la vida dudó de las elecciones. Dudó, camaritas. La narrativa caló. Y eso, con todo respeto, es más peligroso que mil misiles». Anacleto dejó escapar un suspiro. «Cuando se pierde una elección… y se responde con calle, rabia y fuego… no se está protestando. Se está inaugurando una fase. Es la negación de la realidad, camaritas. »
El pichón de periodista tragó saliva. «¿Y eso fue… deliberado?»
Anacleto no respondió de inmediato, sino que miró fijamente al joven por unos instantes «Decía Jean-Jacques Rousseau que el hombre nace libre, pero en todas partes está encadenado. Aquí, camarita, la cadena fue emocional.» Anacleto se inclinó hacia él. «La economía golpea el cuerpo. Pero la percepción… gobierna la mente.» Todos se miraron entre sí, en silencio, como si no entendieran. Anacleto, sin inmutarse, siguió: «Y cuando logras que una población dude de su propia realidad… ya no necesitas intervenirla.»
La profesora intervino: «¿Se refiere a la manipulación?»
«No…» corrigió Anacleto. «A la construcción.» hizo una pausa para encender un nuevo cigarrillo, fumar y, luego de exhalar el humo, soltó: «Primero se construye una narrativa. Luego se construye la reacción. Y finalmente… se culpa a la reacción.» El ventilador crujió. «2014,» continuó. «Violencia. Guarimbas. Ensayo general. Pero el verdadero punto de quiebre vino después… cuando un decreto convirtió a Venezuela en una amenaza.»
El pichón de periodista, que tomaba notas con mano temblorosa, levantó la cabeza. «Pero si la guerra es psicológica, ¿cómo se gana?».
«Ganando credibilidad y constancia, camarita» dijo Anacleto. «Porque la guerra cognitiva no se gana con un discurso, se gana con hechos. Y los hechos son estos: a pesar de la crisis, a pesar de las mentiras, a pesar de los muertos, el chavismo resistió y devolvió la paz a Venezuela. Y no solo resistió, sino que fue neutralizando el bloqueo. Hoy, camaritas, Venezuela produce el 100% de sus alimentos y el 85% de sus medicamentos. Es el país de mayor crecimiento de América Latina. Esa batalla titánica, el chavismo la ganó. Pero entonces llegó 2025, y el imperio pasó al siguiente nivel».
La profesora, siempre desde la penumbra, exclamó: «Guerra psicológica…»
«Cognitiva,» corrigió Anacleto. «Más sofisticada, más limpia, más peligrosa.» Apagó el cigarrillo y encendió otro, su ritual de entendimiento «Decía Voltaire que quien puede hacerte creer absurdos puede hacerte cometer atrocidades. Y eso fue exactamente lo que intentaron. Violencia amplificada, instituciones atacadas, muertes. Pero lo importante no fue el daño físico… fue la imagen.» Hizo de nuevo una breve pausa estratégica y dijo: «Había que instalar una idea: Estado fallido.»
El coronel golpeó la mesa suavemente. «¿Y lo lograron?»
Anacleto negó moviendo su cabeza y agregó: «No completamente. Y ahí está la clave.» Se acomodó en la silla. «Porque cuando una estrategia falla en el terreno… se traslada a la mente.»
La estudiante de sociología preguntó en voz baja: «¿Y después?»
Anacleto la miró con una mezcla de paciencia y cansancio. «Después vino lo más delicado… la siembra lenta, la repetición, la saturación, la duda.» El ventilador seguía girando y crujiendo. «Hasta que llegó el momento perfecto: cuando la gente ya no necesitaba pruebas… solo confirmación.»
La profesora cruzó los brazos. «¿2024?»
«Exacto.» Anacleto exhaló el humo. «La elección no era el evento… era la excusa. La reacción ya estaba programada.»
El boticario susurró: «Y la violencia…»
«Fue breve,» dijo Anacleto suavemente. «Pero suficiente para intentar validar la narrativa.»
Se hizo un silencio más pesado. Entonces, desde la barra, habló el viejo periodista: «Pero algo no cuadra, Anacleto… si todo eso falló… ¿por qué seguimos hablando de guerra?»
El boticario, desde la barra, preguntó. «¿El secuestro de Maduro?».
«El secuestro de Maduro, sí» respondió Anacleto, moviendo la cucharilla en su taza. «Pero fíjense bien, camaritas. Maduro pudo haber derribado los aviones gringos, pudo haberles dado la excusa para la guerra abierta. Pero no lo hizo. Se entregó para absorber el golpe, para descomprimir la situación. Y el imperio quedó en jaque: no pudo controlar el territorio, solo pudo llevarse al presidente. ¿El resultado? La cúpula chavista está intacta en Venezuela. Las fuerzas armadas están intactas. El pueblo sigue trabajando. Maduro, desde su cautiverio, está actuando como un factor para descomprimir la tensión militar en el Caribe. ¿Quién gana ahí, camaritas?».
El viejo periodista, que escribía en su libreta de tapas negras, levantó la cabeza. «Ninguno, Anacleto. Es un jaque mutuo».
«Más o menos» dijo Anacleto, apurando el café. «Porque el imperio sabe que no puede invadir. Le tomaría años controlar el territorio. Y necesita con urgencia el petróleo venezolano, porque la energía se le está agotando. Entonces, ¿qué hace?» se levanta y camina hacia la profesora y explica: «Cambia de táctica. Abandona la guerra económica y se mete de lleno en la guerra cognitiva otra vez, pero ahora con un nuevo objetivo: sembrar la duda sobre la unidad del chavismo. Dice que los líderes abandonaron a Maduro; dice que hay divisiones; dice que el chavismo se rompió. Y ojo, camaritas, no les ha ido mal. Porque hay gente que está cayendo en esa trampa, gente que dice ser revolucionaria, pero siembra dudas sobre la presidenta encargada, sobre el Fondo Monetario, sobre el oro en el Reino Unido. Gente que, sin querer, está haciendo exactamente lo que el imperio quiere. Y eso, camaritas, es el grado más alto de la guerra cognitiva: convertir a los ciudadanos en cómplices inconscientes del enemigo».
El viejo periodista, con la experiencia de haber escrito tantas crónicas de guerra, insistió: «Pero repito Anacleto… algo no me cuadra. Si todo eso falló… ¿por qué seguimos hablando de guerra?»
Anacleto lo miró como quien esperaba esa pregunta. «Porque ahora estamos en la fase más peligrosa.» Se inclinó. «La guerra donde el enemigo ya no busca tumbar físicamente al gobierno… sino fracturar percepciones.»
El pichón de periodista frunció el ceño. « Fracturar percepciones, ¿cómo?»
Anacleto bajó la voz. «Instalando la duda interna. Si no pueden destruirte… intentan que dudes de ti mismo.»
El boticario levantó la mirada y aparentando ingenuidad dijo: «¿Y el tema de Maduro…?»
Todos callaron. Anacleto apagó el cigarrillo. «Esa es la jugada.» El ventilador pareció detenerse un segundo. «Porque cuando capturas a una figura… pero dejas intacta la estructura… no estás cerrando el conflicto… lo estás transformando.»
La profesora preguntó con tono inquisidor: «¿Transformando en qué?»
Anacleto respondió sin titubear: «En narrativa.» Sacó su pañuelo y se secó la frente y continuó «Ahora el campo de batalla no es el territorio… es la interpretación.»
La profesora cerró su libro y lo apoyó sobre la mesa. «Pero, Anacleto, el hijo de Maduro habla con su padre. Jorge Rodríguez llama a la unidad. Delcy Rodríguez negocia en el FMI. ¿Cómo es que hay gente que no lo ve?».
«Porque el miedo, camaritas» respondió Anacleto, encendiendo otro cigarrillo. «el miedo es el combustible de la guerra cognitiva. Y el imperio lo sabe. Por eso nos metió miedo durante años; nos metió hiperinflación, nos metió colas, nos metió hambre. Y ahora, cualquier noticia, cualquier rumor, cualquier declaración malintencionada nos puede volver a meter el miedo. Por eso la lucha es épica. Por eso Chávez, desde el más allá, nos sigue gritando: “Unidad, unidad, unidad”. Por eso Jorge Rodríguez dice: “Es el momento de pasar la página del odio”. Por eso Delcy Rodríguez está peleando en el Fondo Monetario para que nos devuelvan los 5000 millones de dólares que nos pertenecen. Porque la batalla es diplomática, es económica, es psicológica. Pero sobre todo, camaritas, es cognitiva».
El coronel retirado bebió un sorbo de café y dejó la taza sobre la mesa. «¿Y cómo se gana una guerra que no se ve, sin derribar aviones, sin disparar un tiro?».
«Ganándole al miedo, coronel» dijo Anacleto. «Ganándole a la duda, ganándole a la narrativa del enemigo con hechos, con trabajo, con unidad. Porque el chavismo ha resistido lo impensable: la guerra económica, la hiperinflación, las guarimbas, los bloqueos, las mentiras globales. Y sigue en pie. La pregunta ahora, camaritas, es si nosotros, los que decimos ser sus aliados, estamos a la altura de ganar esta guerra cognitiva, o si vamos a seguir haciendo, sin saberlo, el trabajo del enemigo».
La estudiante de sociología, que no había participado, susurró: «Entonces, ¿la estrategia fracasa?»
Anacleto negó lentamente. «No, mi niña… entonces cambia de forma.» Se puso de pie. «Porque esta guerra no busca victorias rápidas… busca desgaste.» Caminó hacia el ventanal. Se detuvo y dijo sin girarse. «Decía Winston Churchill que la verdad es tan valiosa que siempre debe ir escoltada por una mentira. Aquí… la escolta ya se hizo multitud. La pregunta no es quién tiene razón… La pregunta es… ¿quién está pensando por usted…? Y más peligroso aún…» Dio Media vuelta apenas. «¿Está usted pensando… o repitiendo?»
Anacleto apagó el cigarrillo, apuró el resto del café y dejó flotando en el aire la pregunta final. «¿Será que aprendimos la lección de doce años de guerra invisible? ¿O vamos a seguir regalándole al imperio las piezas que él ya no puede mover? Porque como escribió Víctor Hugo: “La guerra es la peor de las soluciones, pero a veces el silencio es la peor de las traiciones”. Y aquí, camaritas, el silencio no es opción, la duda no es opción, la división no es opción. El enemigo ya no necesita bombas. Necesita que nosotros mismos nos olvidemos de quiénes somos. ¿Se lo vamos a regalar? Ésa es la única batalla que importa ahora».
El ventilador siguió girando. La mañana se hizo media tarde. Y El Bohemio, como siempre, se quedó en silencio, con la certeza de que la historia, aunque duela, siempre encuentra quien la cuente y, sobre todo, quien la entienda.
Las tres fases de la guerra invisible – La estrategia enemiga claramente ha evolucionado. La primera fase (2013-2017) fue la guerra híbrida pura: guarimbas, violencia callejera y desgaste institucional. La segunda fase (2017-2024) fue la guerra económica: hiperinflación inducida, desabastecimiento y bloqueo financiero. La tercera fase (2024-actualidad) es la guerra cognitiva: manipulación de percepciones, uso de inteligencia artificial y saturación informativa para sembrar la duda desde dentro, aprovechando la ausencia física del líder. Esta escalada es un manual de cómo se destruye un país sin poner un pie en su territorio: combina presión económica, aislamiento diplomático y manipulación informativa. En el caso venezolano, la declaración de amenaza inusual marcó un punto de inflexión que permitió justificar medidas posteriores. Sin embargo, el impacto más duradero no fue material sino simbólico: instalar una percepción de ilegitimidad permanente. Esa percepción, repetida y amplificada, terminó siendo más efectiva que cualquier acción directa.
El llamado a la unidad y la lucha por la narrativa – Existe un poderoso contraste entre la narrativa de división que intenta instalar el enemigo y los llamados explícitos a la unidad de Chávez, Jorge Rodríguez y Delcy Rodríguez. El desafío no es militar ni económico, es cognitivo. La guerra se ganará si la militancia y el pueblo logran mantener la fe en sus instituciones y en su liderazgo, a pesar del ruido, las dudas y el miedo. Como resumió una fuente anónima: “Un grupo se une por casualidad; un equipo, por convicción. Aquí se necesita un equipo”. El escenario actual sugiere una transición: de confrontación directa a disputa narrativa. La captura de una figura central sin colapso institucional genera un vacío interpretativo que puede ser explotado en múltiples direcciones. En ese contexto, la cohesión interna y la claridad discursiva se vuelven determinantes. La pregunta ya no es militar ni económica: es cognitiva. Y su desenlace depende menos de los hechos… que de quién logra definirlos.
El secuestro de Maduro como jaque maestro – La decisión de no derribar los aviones estadounidenses no fue un acto de debilidad, sino una jugada de altísimo nivel geopolítico. Al absorber el golpe y permitir que el presidente fuera capturado, el chavismo descomprimió una tensión militar que podía llevar a una invasión. El resultado: el imperio no logró controlar el territorio, sus sanciones comenzaron a levantarse y el gobierno de transición, encabezado por Delcy Rodríguez, mantuvo la institucionalidad. La captura dejó de ser una victoria para convertirse en un ancla para el propio imperio.
El Pepazo





