
Luis Semprún Jurado
El ventilador del techo parecía tener fiebre. Era domingo, las diez de la mañana, y El Bohemio olía a café recién colado y a humo de cigarrillo con cara de pocos amigos. En la mesa del fondo, Anacleto hojeaba la columna del “periodista radical” con una mezcla de paciencia quirúrgica y condena anticipada. A su alrededor, el coronel retirado, la profesora y el pichón de periodista esperaban la lectura en voz alta. Yo observaba todo con ojo clínico, pues Domingo y… ¿todos aquí?
«Leamos, camaritas» dijo Anacleto, ajustándose los lentes de carey. «Y no se espanten. No voy a leerlo todo. Sólo lo que vale la pena desmontar. Hay gente que no escribe columnas… escribe libretos para mantener viva la ansiedad de sus clientes.»
Leyó pausadamente. «Me informan que en Washington hay reuniones para elegir rectores del CNE y magistrados del TSJ»
Ni siquiera terminó cuando el viejo periodista soltó una carcajada. «La frase más peligrosa del periodismo moderno: “me informan”.»
El coronel retirado dejó la taza de café negro cerrero sobre la mesa. «¿Fuentes?»
«Las de siempre» respondió Anacleto, soltando una bocanada de humo. «Ninguna.»
Ya conocíamos ese tono. «Observen bien. No informa: insinúa, no demuestra: sugiere, no presenta pruebas: construye atmósferas. El método es viejo. “Me cuentan”, “me dicen”, “un amigo vio”, “una fuente aseguró”. Y sobre esa gelatina arma castillos de conspiración donde todo cabe: golpes, purgas, traiciones, mafias, guerras internas, espionaje, operaciones gringas y hasta funerales políticos prematuros.» Tomó un sorbo de café. «La tragedia es que algunos todavía confunden paranoia con periodismo.»
La profesora, luego de subrayar unas líneas con un lápiz rojo, intervino: «Es una fórmula perfecta. No identifica fuentes, no compromete pruebas y convierte cualquier rumor en atmósfera política.»
La estudiante de sociología levantó la mirada. «Eso tiene nombre: fabricación narrativa de percepción. En guerra cognitiva no importa demostrar; importa instalar sensación.»
El coronel retirado, arqueando sus cejas, resopló. «En lenguaje militar eso se llama operación psicológica barata.»
Anacleto sonrió. Apagó el cigarrillo en el cenicero sobre la mesa y dijo: «Y lo más divertido es la contradicción. Según él, Washington organiza la transición… pero al mismo tiempo el propio Trump dejó caer aquella frase demoledora sobre María Corina Machado: que no cuenta con respaldo popular suficiente. Ah… y la repitió en un par de ocasiones.»
La profesora sonrió con ese gesto suyo que anticipaba una estocada. «Entonces, ¿Trump reconoció o no que María Corina no tiene apoyo popular?»
«Lo reconoció, camarita. También Narco Rubio» gruñó Anacleto y siguió: «Textualmente: “La señora Machado no cuenta con el respeto ni el apoyo del pueblo venezolano”. Esa frase sola desmonta cualquier trama de transición pactada. Nuestro columnista vive en una realidad alterna donde las frases de Trump no existen y las “reuniones” son tan reales como sus fuentes.»
Anacleto continuó leyendo. «Esto es una jugada asquerosa… Enrique Márquez está anotado en una jugada sucia»
El pichón de periodista levantó la cabeza. «¿No era que Márquez era su amigo?»
«Era» dijo Anacleto, encendiendo un nuevo cigarrillo. «Hasta que dejó de alegrarlo. Mire: cuando Timoteo Zambrano financiaba sus columnas, no se atrevía a llamarlo alacrán. Ahora que Timoteo se “acerca” al gobierno ante la propuesta de ser embajador, el columnista le declara la guerra. ¿Casualidad? No, camaritas… es el mercado, no la moral. El que paga manda. Y si no pagas, te conviertes en villano.»
El coronel retirado terció a secas: «¿Y si Timoteo acepta ser embajador?»
Anacleto soltó una carcajada «Entonces el columnista dirá que es un “arrastrado”. Pero si no acepta, dirá que lo “marginaron”. Nunca está contento, camaritas. Es su negocio: el descontento perpetuo. Pero coronel… esa postulación está en el tapete.»
Anacleto leyó en voz alta: «El terror recorre las dependencias de la Alcaldía… vienen horas de zozobra.»
La profesora levantó una ceja. «¿Horas de zozobra por una auditoría?»
El sindicalista soltó una carcajada seca. «O sea… ahora hacer auditorías administrativas es conspiración.»
Anacleto asintió. «Una auditoría no significa persecución. Significa control administrativo, seguimiento, supervisión; lo que debe hacerse en cualquier gestión pública transparente.»
La profesora acomodó sus papeles. «Eso revela algo importante: el columnista necesita convertir cualquier mecanismo institucional en señal de guerra interna.»
El boticario intervino: «Además, ¿por qué no mostraba el mismo fervor auditor cuando otros alcaldes manejaban recursos municipales sin tanto escrutinio mediático?»
«Exacto, camarita.»
Anacleto respondió de inmediato. Encendió un cigarrillo y luego de exhalar el humo continuó: «Para cualquier gobierno normal, una auditoría es control y seguimiento. Pero para este columnista, es una cacería de brujas. Y de paso mete al gobernador Caldera como autor intelectual de todo, “con manos y cuerpo incluidos”. ¿No es curioso? Cuando Ramírez era alcalde y no había auditorías, no decía nada. Porque allí había palangre. Y ahora que hay auditoría, y es real, la llama “persecución”. La coherencia no es su fuerte, camaritas, la coherencia no vende titulares.»
Carmen sonrió con ironía. «Ah… porque allí había mejor palangre.»
Nuevamente el Café estalló en risas.
Anacleto levantó un dedo. «Y aquí aparece el verdadero objetivo: sembrar sospechas entre Luis Caldera y Gian Carlo Di Martino. Guerra cognitiva elemental: dividir, intoxicar, crear recelos internos.»
La estudiante de sociología agregó: «Fragmentar la percepción de cohesión.»
«Exacto, mi niña», dijo Anacleto. «Porque si la gestión muestra estabilidad y respuestas rápidas, entonces el operador necesita fabricar una guerra invisible.»
El coronel retirado, mirando su café cerrero, soltó una risa seca. «Además, ¿qué tiene que ver el Comando Sur con una auditoría municipal?»
«Nada» respondió Anacleto. «Pero suena bonito para asustar a los lectores. Fíjese: mete a la CIA, a Trump, a Francis Donovan… y al final la noticia es sobre una tubería en Cuatricentenario. Eso, camaritas, es “periodismo de brocha gorda”.»
Anacleto, leyó casi con fastidio. «Ellos dicen que José Simón Elarba es el nuevo Alex Saab» y levantó otra página. «Fíjense cómo opera siempre igual: Armando.info dijo, Simonovis denunció, un amigo observó, otro abogado comentó, alguien escuchó…»
El viejo periodista negó lentamente. «Una fuente no es un rumor reciclado.»
La profesora intervino: «¿En qué se basa? ¿En un reportaje de Armando.brollo y en las pataletas del reno Iván Simonovis? Repetir acusaciones graves sin pruebas verificables termina rozando la difamación.»
«Ahí está el detalle» dijo Anacleto. «Calumniar es gratis. Probar es otra cosa. Si yo fuera Elarba, este columnista ya tendría una demanda por difamación en su escritorio. Pero él sabe que no se le va a demandar, porque demandarlo sería darle la noticia que necesita para sobrevivir otra semana. Es un vampiro del rumor, camaritas.»
El boticario añadió: «Especialmente cuando se juega con familias, reputaciones y nombres propios.»
Anacleto miró el panfleto. «Lo de Alex Saab II, Tareck, mafias judiciales y demás funciona bajo el mismo mecanismo narrativo: construir villanos seriales para alimentar consumo político. Ese es el periodismo de “me dijeron”. Galeano decía: “El rumor es el humo del miedo.” ¿Les suena?»
Anacleto leyó: «“Un amigo abogado me escribió…”»
El viejo periodista casi escupe el café de la risa. «¡Otra vez el amigo! Ese amigo ya merece columna propia.»
Carmen respondió desde la barra: «O nómina fija.»
Hasta los parroquianos en las mesas contiguas, comenzaron a reírse.
Anacleto continuó: «Claro que una cárcel deteriora física y emocionalmente a cualquiera. Eso no convierte automáticamente cada detalle corporal en prueba de conspiraciones palaciegas.»
La profesora habló con la calma de una docente al frente de un grupo de adolescentes bulliciosos. «Aquí ocurre algo peligroso: el columnista transforma cualquier situación humana en combustible narrativo.»
La estudiante de sociología agregó: «Porque el objetivo ya no es demostrar. Es intoxicar emocionalmente. Es como si necesitara mantener el drama permanente.»
«Y entonces… aparece la fantasía cinematográfica», dijo Anacleto. «Que si Delcy, Jorge y Diosdado son verdugos; que si lo quieren desaparecer; que si guarda secretos financieros capaces de salvarle la vida.»
El coronel retirado sonrió apenas. «Demasiadas series malas de espionaje.»
El sindicalista gruñó: «Más de quinientas palabras… y al final no demuestra nada.»
«Exactamente», respondió Anacleto. «Mucho ruido, poca prueba. A ese capítulo podríamos llamarle: “Tareck, las mafias y la fábrica del monstruo eterno”.»
El pichón de periodista anotó algo en su libreta. «¿Y las mafias judiciales?» preguntó.
«Ahí me hizo reír» respondió Anacleto, sirviéndose otro café. «Dice que los Rodríguez quieren controlar “todas” las mafias. Pero fíjense la trampa: si un magistrado se jubila, es “purga”. Si no se jubila, es “atornillado”. ¿Qué salida le queda al funcionario? Ninguna. Ël no busca justicia, busca morbo. Su tesis es: todo lo que hace el gobierno está mal, y todo lo que el gobierno deshace también está mal. Un genio de la cuadratura del círculo.»
Anacleto continuó con la lectura, con tono de mofa «”Tareck está solo y desamparado… sus verdugos son los Rodríguez… conserva una carta bajo la manga.”»
La profesora sonrió. «¿No es contradictorio? Si conserva una carta, no está desamparado.»
«Exacto» dijo Anacleto. «Pero la contradicción no le importa. Él necesita instalar la idea de que Tareck es víctima para que sus lectores se indignen, y al mismo tiempo necesita insinuar que tiene un as bajo la manga para mantener el suspenso. Es la misma técnica de las telenovelas: alargar el culebrón una semana más.»
El sindicalista preguntó: «¿Y la foto de Tareck en silla de ruedas?»
Anacleto respondió entre risas: «¿Qué foto, camarada? No hay foto. Lo que hay es un “me escribió un amigo”. El amigo invisible es su fuente principal. No necesita pruebas, le basta con la insinuación. Como decía Voltaire: “Quien puede hacerte creer absurdos, puede hacerte cometer atrocidades”. Y este columnista lleva años entrenándonos para creer en absurdos.»
Anacleto tomó otra página. «Y llegamos al circo de las encuestas milagrosas.»
Carmen soltó una carcajada. «Las mismas que llevan años decretando finales que nunca llegan.»
Anacleto continuó con la lectura: «El 71% votaría por María Corina… el 87% pide elecciones en 2026.»
La profesora levantó la mano. «Las encuestas de Meganálisis, ¿no? Las mismas que lleva veintiséis años anunciando el fin del chavismo.»
«Las mismas» respondió Anacleto, moviendo la cucharilla en la taza. «Un día de estos van a atinar, camaritas. Pero mientras tanto, la mejor encuesta es la calle. Y en la calle, la gente está en paz. No en la paz de los cementerios, sino en la paz de quien ha sobrevivido a guerra económica, guarimbas y bloqueos. Él no ve la calle, solo ve tuits y estados de Instagram. Este tipo de columnismo necesita enemigos permanentes para sobrevivir. Si no hay caos real, debe inventarlo.»
El viejo periodista, con experiencia en encuestas, dijo. «Periodismo de ansiedad.»
«Exactamente», respondió Anacleto. «Un negocio donde siempre “la semana próxima” ocurrirá el gran derrumbe definitivo. Decía ese gran filósofo alemán, Friedrich Nietzsche, que “Quien lucha contra monstruos debe cuidarse de no convertirse en uno.”»
El viejo periodista preguntó: «¿Y si la gente no responde sus encuestas o no lo hace de la manera que él quiere?»
«Entonces ellos ponen los números que les convienen, coronel. Así funciona el oficio para esta gente: si no tienes la realidad que quieres, la inventas.» comentó Anacleto
Tomó la hoja de la columna y continuó leyendo «La lucha es a muerte entre Caldera y Di Martino… Caldera se lo va a comer vivo.»
El pichón de periodista dejó el lápiz. «¿Y aspira a que le crean eso?»
«La única verdad » respondió Anacleto «es que este hombre lleva meses queriendo ver sangre entre dos dirigentes del chavismo zuliano. ¿Por qué? Porque si no hay pelea, no hay noticia. Él necesita que se maten entre ellos para justificar su columna. Pero la realidad, camaritas, es tozuda: Caldera y Di Martino tienen oficio político. No van a caer en la trampa cizañera. Por eso él se desespera. Porque si no hay división, no hay titular. Y si no hay titular, no hay pago.»
La estudiante de sociología cerró su cuaderno. «¿Entonces todo es una novela?»
«No, mi niña.» Dijo Anacleto sin apresurarse «Es peor… es un culebrón repetido. El mismo libreto, los mismos actores, las mismas fuentes anónimas. La única diferencia es que cada semana cambia el nombre del acusado. Hoy es Timoteo, mañana es Delcy, la semana que viene será otro. La fórmula es siempre la misma: rumorear para sobrevivir.»
Anacleto apuró el café, dejó la taza sobre la mesa y encendió un cigarrillo. «Camaritas, este hombre es un mercenario del rumor. Su columna no es un espacio de denuncia, es un catálogo de servicios no prestados. La verdad, como la luz del sol, termina por aparecer. Y cuando aparezca, él ya estará escribiendo otra columna, sobre otro supuesto complot, con otras fuentes anónimas, esperando que esta vez alguien le pague.»
El café quedó en silencio. Afuera, Maracaibo seguía viva entre buses y calor. Anacleto se puso el sombrero lentamente. «Miren… denunciar con pruebas es una obligación moral. Pero fabricar tempestades para mantenerse relevante es otra cosa muy distinta.»
Antes de salir dejó flotando una última frase: «Hay periodistas que investigan la realidad… y otros que viven alquilándole pesadillas a una nación cansada.»
El ventilador siguió girando. Y la expresión quedó flotando en el aire, con la certeza de que el columnista volverá la semana siguiente a escribir otra columna igual, con las mismas fuentes invisibles y la misma desesperación por ser relevante. Porque, como dice el refrán: “Perro que no tiene dueño, ladra para cualquier sombra”.
El método del “suponte” como sustituto de la evidencia – En los últimos años se ha hecho recurrente un tipo de columnismo basado más en insinuaciones que en hechos verificables. Expresiones como “me informan”, “trascendió”, “un amigo ligado al poder judicial” o “fuentes cercanas” son utilizadas para lanzar acusaciones graves sin aportar pruebas documentales, registros oficiales ni testimonios comprobables. El problema no es el uso de fuentes confidenciales, práctica legítima en el periodismo, sino convertir la especulación en método permanente de construcción narrativa. Bajo esa lógica, cualquier auditoría administrativa pasa a interpretarse como conspiración, toda jubilación institucional se transforma en purga política y cualquier diferencia interna se vende como fractura terminal del poder. El resultado es una atmósfera artificial de crisis perpetua que termina debilitando la credibilidad del propio debate público. La denuncia responsable exige evidencias; la repetición de rumores solo produce intoxicación política y desgaste social.
Guerra cognitiva y fabricación de fracturas internas – Buena parte del discurso político contemporáneo ya no busca demostrar hechos, sino alterar percepciones. Esa técnica, conocida como guerra cognitiva, consiste en sembrar sospechas constantes para erosionar la confianza entre instituciones, dirigentes y ciudadanía. Bajo ese esquema, mecanismos normales de supervisión administrativa son reinterpretados como “cacerías políticas”, mientras cualquier reunión, auditoría o reestructuración interna es presentada como señal de implosión inminente. La estrategia apunta a crear ansiedad colectiva y sensación de desorden permanente. En contextos polarizados, este método resulta especialmente eficaz porque convierte interpretaciones en aparentes certezas. Sin embargo, la saturación de versiones conspirativas termina produciendo fatiga social y descrédito generalizado. Cuando todo es presentado como crisis definitiva, el ciudadano deja de distinguir entre hechos reales y construcciones propagandísticas. La consecuencia más peligrosa no es política sino cultural: la destrucción progresiva de la confianza pública en cualquier forma de información.
El negocio permanente del apocalipsis político – Desde hace años determinados sectores sostienen un discurso basado en la promesa constante de un colapso inminente del poder político venezolano. Cambian los nombres, cambian las fechas y cambian los supuestos actores de transición, pero la narrativa permanece intacta: “ahora sí viene la caída definitiva”. En ese esquema, las encuestas dejan de funcionar como instrumentos de medición y pasan a utilizarse como herramientas emocionales para alimentar expectativas políticas. El problema surge cuando los resultados prometidos nunca coinciden con la realidad observable en la calle, en la participación ciudadana o en la estabilidad institucional efectiva. La política convertida en profecía permanente termina atrapada en su propia exageración. Mientras se anuncian derrumbes semanales, el país real continúa funcionando entre dificultades, contradicciones y procesos administrativos normales. La crítica política es necesaria en cualquier sociedad democrática; convertir el desastre en modelo de negocio comunicacional termina degradando tanto al debate público como a quienes viven de administrarle miedo a la población.
El Pepazo






