domingo, junio 14, 2026
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El mundial del deshonor: Cuando la pelota dejó de rodar…

 

Luis Semprún Jurado

El Bohemio tenía ese aire de domingo que solo se consigue cuando el café se mezcla con el ruido de un mundial manchado. Carmen apenas daba abasto con los pedidos, pero todos habían venido a lo mismo: a escuchar a Anacleto y a ver el partido. En la mesa del rincón, el mapa del torneo estaba desplegado junto a los cables de agencia que llegaban desde Nueva York, Toronto y Ciudad de México. El ventilador giraba con esa lentitud que precede a las malas noticias.

El pichón de periodista llegó con el teléfono caliente, pero esta vez no traía un rumor de pasillo. Traía una indignación que le hervía en la boca. «Anacleto, esto es el colmo. El gobierno de Trump está vetando la entrada de selecciones africanas, les ponen trabas a los asiáticos, y al mejor árbitro del continente negro lo excluyeron del torneo sin explicación. Hasta España, Francia e Inglaterra están amenazando con retirarse. ¿Qué está pasando?»

Anacleto no respondió de inmediato. Encendió un cigarrillo con esa parsimonia de quien sabe que la indignación bien dosificada es mejor combustible que el berrinche. Exhaló el humo hacia el techo y lo vio deshacerse contra las aspas. «Camarita, lo que está pasando es que el zamuro —ese carroñero que viste de organizador pero huele a podrido— se ha sentado en el trono del fútbol mundial y cree que puede silbar el partido como le dé la gana. Pero hay algo que no ha aprendido: el fútbol, camaritas, es el único deporte donde el árbitro puede equivocarse, pero la pelota siempre termina poniendo a cada uno en su lugar.»

El coronel retirado, con esa voz de quien ha estudiado estrategia militar, se inclinó sobre el mapa. «Anacleto, la FIFA sacó unas reglas nuevas. Sustituciones en diez segundos, micrófonos ultrasónicos en los vestuarios, censura a los capitanes. Eso no es fútbol, es control de masas.»

«Coronel, y tiene razón.» asintió Anacleto sin premura. «Pero la FIFA no es una víctima, es cómplice necesaria. Porque esas reglas no las inventó Infantino en una noche de insomnio. Las escribieron los abogados de la televisora gringa que pagó miles de millones por los derechos de transmisión. La FIFA se vendío al mejor postor El partido de fútbol, camaritas, ya no es un partido. Es un producto de marketing con patrocinadores en la camiseta, micrófonos en los vestuarios y árbitros que miran para otro lado cuando el anfitrión hace de las suyas.»

La profesora, con esa precisión de archivo que la caracteriza, desplegó un informe de la prensa deportiva internacional. «España fue la primera en levantar la voz. Denunciaron que los campos de entrenamiento en Texas eran inseguros, que las sustituciones en diez segundos son inviables, que los micrófonos ultrasónicos violan la intimidad de los jugadores. Francia la secundó. Inglaterra les siguió, denunciando la censura a los capitanes. Argentina, que no se queda callada nunca, coincidió en todo. Y la FIFA, en lugar de mediar, guardó silencio. Esa no es administración, camaritas, es complicidad por omisión

Anacleto asintió, golpeando suavemente la mesa con los nudillos. «George Orwell escribió que ‘el deporte es la guerra sin balas’. Pero aquí, camaritas, el anfitrión trajo las balas. Y las balas, en este caso, son visas negadas, controles humillantes, y un trato discriminatorio que ningún país civilizado debería permitir en un evento global.»

El boticario, fiel a su papel de ingenuo estratégico, movió la cabeza. «Pero Anacleto, ¿no es que Canadá y México también son sede? ¿Por qué allá no pasa nada?»

La carcajada de Anacleto retumbó en todo el café. No era una carcajada alegre. Era de esas que sueltan los viejos cuando ven a un niño confundir la excepción con la regla. «Camarita, porque Canadá y México, camarita, no son Estados Unidos. En Toronto, los jugadores africanos entraron sin problemas. En la Ciudad de México, las delegaciones asiáticas fueron recibidas con respeto. El problema no es el mundial. El problema es el anfitrión que cree que puede cobrar peaje hasta por respirar. Y la FIFA, en lugar de multarlo, le pasó la factura de los derechos de televisión y cerró los ojos.»

El viejo periodista, con esa sabiduría de quien ha visto demasiados mundiales, añadió: «Lo del árbitro africano fue la gota que derramó el vaso. El mejor silbante del continente negro, vetado sin explicación. Y cuando la Asociación de Fútbol de Sudáfrica preguntó por qué, la respuesta fue un silencio ensordecedor. Eso, camaritas, no es selección técnica. Es racismo institucional con patada y quite.»

«Albert Camus» dijo la profesora, «que fue arquero antes que filósofo, escribió que ‘todo lo que sé sobre la moral lo aprendí en el fútbol’. Y la moral de este mundial, camaritas, es que cuando el dinero manda, la ética se va al vestuario y no vuelve.»

El pichón de periodista, con los ojos abiertos como platos, preguntó: «Anacleto, ¿y si España, Francia, Inglaterra y Argentina cumplen la amenaza y se retiran? ¿Qué pasa con el mundial?»

Anacleto apagó un cigarrillo y encendió otro, su ritual del pensamiento. «Camarita, si se van, el mundial se desploma como castillo de naipes. No por falta de equipos, sino por falta de credibilidad. Porque un torneo sin España, sin Francia, sin Inglaterra, sin Argentina, no es un mundial. Es una exhibición de segunda categoría con el sello de la FIFA y la firma del zamuro. Y los patrocinadores, que no son tontos, empezarían a retirarse uno a uno. Primero los grandes: Adidas, Nike, Coca-Cola. Luego los medios. Y al final, camaritas, quedaría el anfitrión solo, con sus estadios llenos de butacas vacías y su himno sonando en el silencio. Ah…Será entonces cuando Infantino y su rebaño habrán sellado el final del gobierno autoritario de la FIFA»

La profesora añadió con su voz medida: «Pero hay salidas diplomáticas, aunque pocos las están explorando. Una mediación de emergencia con la FIFA, la Conmebol y la UEFA. Una declaración conjunta de las federaciones africanas y asiáticas. Y sobre todo, camaritas, una exigencia clara: que el gobierno anfitrión garantice, por escrito y ante notario, el trato igualitario para todas las delegaciones. Nada de visas discrecionales, nada de controles humillantes, nada de campos de entrenamiento inseguros. Y si no lo firma, que el mundial se mude a Canadá y México, que ya demostraron saber organizar sin mancharse las manos.»

Carmen, que había estado escuchando desde la barra, dejó el trapo y se apoyó en el mostrador. «Anacleto, ¿y por qué nadie compara lo que pasa en Estados Unidos con lo que pasa en Canadá y México?»

Anacleto sonrió, esa sonrisa de quien sabe que la comparación es la madre de la crítica. «Carmen, porque la comparación es la prueba de que los problemas no son inevitables. Son consecuencia de decisiones políticas. Canadá recibió a las delegaciones con la puntualidad suiza que caracteriza a su servicio de inmigración. México los recibió con el calor humano que lo distingue. Estados Unidos, en cambio, los recibió con controles de seguridad humillantes, preguntas vejatorias sobre su religión, y la amenaza de veto migratorio si osaban protestar. Eso, camaritas, no es organización. Es hostilidad con entrada pagada.»

«Jean-Paul Sartre» dijo la profesora «escribió que ‘el infierno son los otros’. En este mundial, camaritas, el infierno es el anfitrión. Y los otros, las selecciones, los árbitros, los aficionados, solo quieren jugar al fútbol.»

El coronel retirado, con su voz grave, sentenció: «Anacleto, y la FIFA, ¿no tiene responsabilidad? Porque Infantino sale cada mañana a decir que «el mundial es de todos», pero sus acciones dicen lo contrario.»

«Coronel, la FIFA tiene toda la responsabilidad.» respondió Anacleto, ajustándose los lentes. «Es como el árbitro que mira para otro lado cuando el local mete la mano. Pero no es una víctima, es socia mayoritaria. Porque los miles de millones que pagó la televisora gringa no los regalaron; los invirtieron para tener control. Y la FIFA, que en otros tiempos hubiera puesto el grito en el cielo por las trabas migratorias, hoy se calla porque el contrato está firmado y el dinero, contado.»

El viejo periodista, con esa sabiduría de quien ha visto demasiados negociados, añadió: «Y lo peor, camaritas, es que los aficionados son los que pagan el pato. Los que soñaban con ver a Messi, a Lamal, a Salah, ahora tienen que mirar por televisión porque las visas se las negaron sin explicación. El fútbol, que solía ser el deporte del pueblo, se ha convertido en un espectáculo para ricos con pases especiales y palcos VIP. Y el pueblo, camaritas, el pueblo se queda afuera, mirando por la ventana, con la nariz pegada al vidrio.»

Anacleto se levantó y caminó hacia la barra. Carmen le sirvió un café sin preguntar. Se sentó en el taburete, de espaldas a la mesa, pero con la voz clara comentó: «Camaritas, este mundial ya no es del mundo. Es del zamuro que lo organizó y del buitre que lo vendió. Las selecciones africanas y asiáticas están siendo discriminadas porque el anfitrión cree que el color de la piel define el derecho a jugar. Los capitanes no pueden hablar porque el micrófono ultrasónico está grabando hasta sus suspiros. Los árbitros son elegidos por conveniencia, no por capacidad. Y la FIFA, camaritas, la FIFA mira para el estadio vacío y dice: «que jueguen».»

Dio un sorbo de café y continuó: «Voltaire escribió que ‘la perfección es enemiga de la suficiencia’. Pero aquí, camaritas, la suficiencia es enemiga del fútbol. Porque el anfitrión se cree suficiente para imponer sus reglas, para vetar a quien no le gusta, para cobrar peaje hasta por el aliento. Y la FIFA, en lugar de recordarle que el mundial es de todos, le pasa la factura y le dice: «siga nomás».»

Se levantó de la barra y caminó lentamente hacia la puerta. Me hizo una seña. Se detuvo en el umbral, se medio volteó, con esa costumbre que ya es su sello y murmuró: «Winston Churchill dijo que ‘la democracia es la peor forma de gobierno, excepto por todas las demás’. Del fútbol, camaritas, podría decirse algo parecido: la FIFA es la peor organización deportiva, excepto por todas las demás. Pero cuando la FIFA se alía con un gobierno racista, cuando el anfitrión confunde organización con humillación, cuando el mundial deja de ser del mundo, entonces, camaritas, ya no hay excepción que valga. Solo hay un cadáver más en la historia del deporte.»

La puerta de El Bohemio se cerró con un golpe suave. Afuera, Maracaibo seguía su curso, con sus apagones, su calor y su terquedad infinita. El ventilador siguió girando. Y en el silencio de El Bohemio, la pregunta quedó flotando en el aire, como el humo que todavía no se disipa: “¿Hasta cuándo la FIFA seguirá cobrando en dólares mientras el fútbol se juega en pesos de humillación?”

El racismo institucional: de las visas vetadas a los árbitros excluidos – El gobierno de Estados Unidos, en su rol de anfitrión principal del Mundial 2026, ha sido señalado por múltiples federaciones por prácticas discriminatorias en el ingreso de delegaciones africanas y asiáticas. La negativa de visados a miembros de selecciones, los controles migratorios humillantes y la exclusión del mejor árbitro africano del torneo sin explicación formal constituyen, según la prensa internacional, una práctica de racismo institucional. La socióloga Loïc Wacquant ha documentado cómo el control migratorio selectivo funciona como una «tecnología de discriminación». En este mundial, esa tecnología se aplicó con toda su crudeza. Mientras Canadá y México recibieron a las delegaciones con normalidad, Estados Unidos impuso trabas que ningún país anfitrión debería permitirse.

La FIFA y la comercialización extrema del deporte: cuando el dinero silba más fuerte que el árbitro – Las nuevas reglas impuestas para el Mundial 2026, sustituciones en diez segundos, micrófonos ultrasónicos en los vestuarios, censura a los capitanes, han sido denunciadas por federaciones como España, Inglaterra y Argentina como una intromisión inaceptable en la esencia del deporte. Detrás de estas normas, sin embargo, no hay una preocupación por la modernización del fútbol, sino un contrato multimillonario con la televisora estadounidense que exige contenido «televisivo» a cualquier costo. El filósofo alemán Jürgen Habermas ha teorizado sobre la colonización del mundo de la vida por los sistemas económicos y administrativos. El fútbol, camaritas, ha sido colonizado. Y la FIFA es el virrey que administra la colonia en nombre del capital.

El escenario de ruptura: ¿qué pasaría si las selecciones cumplen su amenaza? –España, Francia, Inglaterra y Argentina han amenazado con retirarse del torneo si no se revierten las reglas y se garantiza un trato igualitario. Un escenario de retirada masiva sería catastrófico para la FIFA, que perdería a tres de las selecciones más convocantes del torneo, y para los patrocinadores, que empezarían a retirarse ante el riesgo reputacional. El historiador británico Eric Hobsbawm señaló que «el deporte es uno de los pocos fenómenos globales que aún genera identidades colectivas». Un mundial sin sus principales protagonistas sería un mundial vacío. Las salidas diplomáticas existen: una mediación de emergencia entre la FIFA, la Conmebol y la UEFA; una declaración conjunta de las federaciones africanas y asiáticas; y la exigencia al gobierno estadounidense de garantías escritas de trato igualitario. Pero el tiempo, camaritas, se acaba. Y el silencio del zamuro, cada día más ensordecedor.

 

El Pepazo

 

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