viernes, junio 19, 2026
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El Oficio de Asociar: cuando la historia deja de ser polvo y se convierte en “bisturí”…

 

Luis Semprún Jurado

El ventilador de El Bohemio giraba con esa lentitud que invita a pensar. No era domingo, era un viernes cualquiera, pero la tertulia tenía ese aire de las grandes conversaciones, las que no se miden por la hora sino por la hondura.

El pichón de periodista, que siempre llega con el teléfono caliente, esta vez no trajo un rumor. Trajo una pregunta que le nacía de la perplejidad. «Anacleto, ¿cómo hace para agarrar una frase de la historia, darle una vuelta y que de repente suene como si la hubiera dicho Delcy Rodríguez, Diosdado Cabello o algún opositor? Yo leo historia y veo fechas, nombres, batallas. Usted lee historia y ve el presente. ¿Cómo hace?»

Anacleto no respondió de inmediato. Encendió un cigarrillo con esa parsimonia de quien sabe que las preguntas profundas no se responden con la primera ocurrencia. Exhaló el humo hacia el techo y lo vio deshacerse contra las aspas del ventilador. «Camarita, lo que usted llama «salto mental» no es un salto. Es una inmersión. La mayoría de la gente cree que la historia es una línea recta: antes pasó esto, después pasó aquello, ahora estamos en esto otro. Pero la historia, camarita, no es una línea. Es un círculo vicioso que se repite con diferentes disfraces. El que aprende a ver los disfraces,» y Anacleto se ajustó los lentes, «ya no necesita «saltar». Solo necesita reconocer, y eso lo convierte en un excelente analista político.»

La profesora, con esa precisión de archivo que la caracteriza, desplegó un mapa conceptual que había estado preparando en silencio. «Anacleto, lo que usted describe tiene un nombre en teoría política: «pensamiento analógico estructural». Consiste en identificar los patrones subyacentes de un fenómeno histórico y aplicarlos a un contexto diferente. No es adivinación, es reconocimiento de invariantes

«Exacto, profesora.» Dijo Anacleto con una mueca pícara en su rostro «Mire, camarita: tome la frase «los estados no mueren cuando caen, mueren cuando dejan de imaginar su regreso». Esa frase habla de la caída de un imperio, de la derrota, del exilio. Pero si usted la transforma en «los estados no mueren cuando caen, mueren cuando dejan de imaginar su permanencia», ¿qué está haciendo? No está cambiando la estructura, está cambiando el espejo. La primera habla de la nostalgia del que se fue. La segunda, del que cree que nunca se irá. Ambas hablan de la misma cosa: la pérdida de la imaginación política. La primera, del que perdió todo. La segunda, del que cree que nada puede perder.»

El coronel retirado, con su voz grave de hombre que ha visto caer gobiernos, preguntó: «Anacleto, ¿y cómo se entrena eso? ¿Cómo se aprende a ver el patrón debajo del disfraz?»

Anacleto apagó un cigarrillo y encendió otro… su ritual del pensamiento. Dejó que el humo flotara un instante antes de responder. «Coronel, no se entrena. Se practica. Y se practica con cuatro preguntas que hay que hacerse cada vez que se lee un hecho histórico o una frase política que le impacta:

  1. ¿Qué se mantiene igual? La estructura de poder, la relación entre gobernantes y gobernados, la lucha por los recursos. Eso no cambia. Solo se disfraza.
  2. ¿Qué cambió realmente? Los nombres, las banderas, las justificaciones. El «derecho divino» de ayer es la «voluntad popular» de hoy. Pero la función del poder, camarita, es la misma.
  3. ¿Qué no se dice? El silencio, camarita, es la parte más importante del discurso. Lo que un líder no menciona, lo que una frase omite, es a veces más revelador que lo que afirma.
  4. ¿Qué pasaría si invirtiera los términos? Esa es la pregunta del bisturí. Cambie el sujeto por el objeto. Cambie el agresor por la víctima. Cambie la caída por la permanencia. Verá que la frase se ilumina de otra manera.»

El boticario, fiel a su papel de ingenuo estratégico, intervino: «Pero Anacleto, eso suena a mucho trabajo. ¿No es más fácil esperar a que la mente haga las conexiones solas?»

Anacleto sonrió, esa sonrisa de quien sabe que la inspiración es para los poetas y el oficio para los que escriben todos los días. «Boticario, la mente hace conexiones solas, sí. Pero esas conexiones son caóticas, camarita. Aparecen y desaparecen como el humo. El método, en cambio, es la caja de herramientas que permite atraparlas, examinarlas y ponerlas al servicio del texto. No se trata de matar la espontaneidad. Se trata de darle un cauce para que no se desborde.»

Carmen, que había estado escuchando desde la barra, dejó el trapo y se apoyó en el mostrador. «Anacleto, y todo esto, ¿para qué sirve en la práctica? Porque uno lee sus artículos y parece que estábamos ahí, pero no entiende cómo llegó de un punto a otro.»

Anacleto dio una larga calada a su cigarrillo. «Carmen, sirve para narrar la política como si fuera historia contemporánea. La mayoría de los periodistas cuentan lo que pasó; los buenos periodistas explican por qué pasó; y los grandes periodistas, camarita, muestran que lo que pasó ya había pasado antes, solo que con otras máscaras.» dio unos golpecitos a la mesa con los dedos y continuó. «Cuando yo tomo una frase del siglo XIX y la transformo para hablar de la política del Zulia en 2026, no estoy haciendo un ejercicio de erudición. Estoy diciendo: «Miren, este patrón ya lo vimos. Y la última vez que lo vimos, terminó mal». Esa es la función del periodista que también es historiador: advertir sin dar lecciones.»

La profesora, con esa precisión suya, propuso: «Anacleto, pónganos un ejemplo concreto. Tome esa frase que dijo al principio: «los estados no mueren cuando caen, mueren cuando dejan de imaginar su permanencia». ¿Dónde la usaría en una columna?»

Anacleto se reclinó en la silla, dejó que el humo ascendiera y dijo: «Ese es el trabajo de nuestro camarita Luis: ver todo y narrarlo en su escrito, haciendo las interpretaciones y correcciones pertinentes, y colocando cada cosa y cada palabra en su sitio. Por ejemplo» Hizo una pausa, levantó una ceja, como pensativo, y soltó: «Él la pondría en boca del coronel retirado, hablando de la oposición venezolana. Algo así: El coronel retirado soltó una carcajada seca. «Anacleto, estos tipos creen que el tiempo juega a su favor. Que con esperar, con acumular rencor, con repetir consignas, van a lograr lo que no lograron en veintipico de años. No entienden que los estados no mueren cuando caen, camaritas; mueren cuando dejan de imaginar su permanencia.» Y ahí, camarita, no se explica más. Dejo la frase colgando. El lector que la entienda, la entenderá. El que no, volverá a leerla. Y en esa segunda lectura, quizá algo se le encienda.»

Anacleto se levantó y caminó hacia la barra. Carmen le sirvió un café sin preguntar. Se sentó en el taburete, de espaldas a la mesa, pero con voz fuerte soltó. «Camaritas, el método está ahí. No es magia. Es oficio. Consiste en leer historia no como un catálogo de anécdotas, sino como un repertorio de patrones. Consiste en hacer las cuatro preguntas cada vez que se escribe. Consiste en confiar en que el lector no es tonto, y que una frase bien puesta, en el momento justo, ilumina más que tres párrafos de explicación. Lo más importante de todo es: siempre narrar la verdad.» Dio un sorbo de café y continuó: «Rómulo Gallegos escribió que «la barbarie no está en el llano, está en el corazón del hombre». Yo le agregaría: la claridad tampoco está en la explicación, está en la asociación precisa. El que sabe asociar, camarita, no necesita explicar. Muestra. Y mostrar, en este oficio, es el nivel más alto del arte.»

Se levantó de la barra y caminó lentamente hacia la puerta. Me hizo una seña. Se detuvo en el umbral, se medio volteó, con esa costumbre que ya es su sello, y soltó: «La próxima vez que su mente haga una de esas asociaciones que la sorprenden, no la ignore, no la archive, no espere a que vuelva a aparecer. Tome nota. Luego, con calma, aplíquele las cuatro preguntas. Verá que el «salto» deja de ser un accidente y se convierte en un método. Y el método, camaritas, es lo que separa al escriba del genio que solo ilumina de vez en cuando. El escriba ilumina siempre que quiere. Por eso tiene oficio.»

Salió… y yo con él. La puerta de El Bohemio se cerró con un golpe suave. Afuera, Maracaibo seguía su curso, con sus apagones, su calor y su terquedad infinita. El ventilador siguió girando. Y en el silencio de El Bohemio, la enseñanza quedó flotando en el aire, como el humo que todavía no se disipa: no se trata de tener ideas brillantes. Se trata de tener un método para reconocerlas cuando llegan”.

 

El Pepazo

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