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Eglée, Dios te bendiga. Gracias, por tanto.

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Luis Carlucho Martín

Eglée –a secas porque no busca promoción– es una enfermera de amplia experiencia en el área de urgencias que, desde Lara se trasladó voluntariamente, junto a un grupo de médicos y personal de salud, para prestar sus servicios en el caos que se vive en La Guaira desde el 24 de junio pasado, a raíz del doblete sísmico que hirió de muerte a Venezuela y partió la geografía, la historia contemporánea y los ánimos.

Ella regala vida a diario, específicamente en Caraballeda, desde la zona cero hasta las barriadas más altas en el piedemonte cercano a San Julián.

Su afable rostro, ornado con ensortijada cabellera rubia, delata su cordialidad, pero no puede ocultar el agotamiento. Cumplir sus funciones a cabalidad implica trabajar sin horarios, trasnochos, incomodidades extremas, escenas de terror y mucho hedor a muerte. Aunque para nada se queja.

Su blanca tez contrasta a simple vista con la marcada presencia de incontables sarpullidos propios de un proceso alérgico-infeccioso debido a la insalubridad que, a pesar de las respectivas medidas preventivas, se adueñó de todo ese ambiente que semeja una devastación bélica.

En honor a la verdad, no solo cayeron edificios de data reciente. Viejas casas, quintas y conjuntos residenciales privados –acaso no contabilizados porque no están en las avenidas principales– también sufrieron derrumbes y severos daños estructurales que los clasifican desde entonces como inhabitables. Esos suman a la tragedia.

Para responder las atenciones del Dr Ricci Terán, ella se ausentó unos minutos de la misa celebrada en la Casa Parroquial de Caraballeda –dedicada a cientos de cajones llenos de cuerpos cremados–, mientras unos cuantos en busca de disipar tensiones estaban pendientes de la final del mundial de fútbol.

Residentes del sector piden casi al unísino más apoyo institucional y sicológico, dado que hay versiones de numerosos suicidios de rescatados que no han sabido lidiar con las pérdidas. Estiman que la recuperación total de todo lo referente a salud integral pueda tardar unos cinco años.

Eglée habló de algunos procedimientos de salvamento que ameritaron amputaciones in situ. En su mayoría fueron niños y ancianos los afectados, pero están vivos.

“Rescatamos una señora viva. Nos dijo que en la fosa estaba el cadáver de su hijito. Se metieron unos señores y cuando me pasaron al niñito, se le desprendió la cabeza del tronco”, relató aterrada, conteniendo lágrimas de dolor “porque yo soy madre”, complementó explicando que la muerte y el tiempo generan una pestilencia y cambio de color de piel. “No es marrón. No es gris. No es verde. Es inexplicable. Eso lo vemos a diario y a cada rato”, dijo.

Su amorosa entrega ética y mística, en cada acción, fue premiada con un improvisado ramillete de unas preciosas flores rojas de montaña que una aeromoza –sobreviviente y paciente suya– le entregó con un inmenso abrazo. “Ella acaba de quedar viuda en el terremoto, y aquí anda, ayudándonos y brindando amor a otros afectados”, explicó la enfermera.

Gente de pie asegura que Caraballeda y Las 15 Letras –hacia Macuto– son zonas rojas de noche. Ladrones, desvalijadores de casas y violadores imponen su ley…

Eglée, ramillete en mano, agradeció a la vida por poder ayudar, y hace reconocimiento especial a los funcionarios del Sebin que son sus guardianes en las solitarias y peligrosas madrugadas en las que, ella y su gente, salen a oponerse a los caprichos de la muerte para rescatar sonrisas y sembrar nuevas esperanzas.

Con mucha fe sigue en lo suyo… y pide que no olviden a La Guaira “porque esto es para rato”. Dios te bendiga, Eglée.

 

El Pepazo

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