Por Luis Carlucho Martín
En medio del necesario proceso de “crear, aplicar y mejorar reglas, normas o criterios comunes en distintas actividades” para transitar hacia la ansiada “normalización” integral, de la que alegremente hablan expertos de todo el espectro nacional e internacional, tras lo sucedido en el país el día de San Juan con el doblete sísmico –cuyo epicentro ahora resulta que no fue en el centro del país, como nos habían dicho, sino en La Guaira–, uno se topa con dejadez, abandono, ausencia de orden necesario oficial y privado, caos, podredumbre, destrucción, basurales, moscas y sus consecuencias.
Usted que siempre es escéptico no me cree. “Es que este lo que hace es quejarse”, reacciona. Pues compruébelo. No tiene que ir a la zona cero, ni sitio de devastación en el Litoral Central. No. Usted, por favor, haga uso del remozado sistema Metro de Caracas. Por favor, llegue a la estación Propatria. Y allí comienza este tour de desilusión que no refleja ninguna normalización, porque eso no es o, al menos, no debería ser normal.
Dentro del Metro todo bien. Sin dudas ha mejorado el asunto, aunque con un montón de pedilones, mendigos, vendedores de ilusiones, ciegos que ven y lisiados que corren y saltan más que Usain Bolt y Yulimar Rojas juntos. Eso ya se normalizó. Pero la cosa impacta muy duro al salir del sistema. Ahí en las calles de Propatria. Bullicio. Mercado persa. Desorden y anarquía, inseguridad, matraca, insalubridad y cosas varias.
Por favor, no nos quedemos allí. Demos un salto imaginario a dos escenarios que deberían ser sagrados: los míticos campos de beisbol del MOP y de Casalta. Ambos en condiciones deplorables. Los terrenos defectuosos. Sin sistemas de desagüe –lo vivimos el sábado pasado con el mega palo de agua que nos trasladó imaginariamente a Macondo–. Cercados incompletos que representan inseguridad al espectador. Gradas inadecuadas, sucias, incómodas y, de paso, con techos rotos. Precios incontrolablemente inaccesibles en todos los kioskos que expenden alimentos y bebidas. Y, para rematar, seudocamerinos y baños literalmente podridos. Allí hacen vida niños y niñas, jóvenes y adultos. Allí se recrea y compite el presente y futuro de Caracas, de Venezuela. Sus padres, familiares y otros atletas, de otras categorías, también usan las instalaciones. Y tienen necesidades. Es terrible lo que allí acontece. Y nadie hace nada. En la ruta hacia la normalización es muy normal que damas, niños y niñas, vayan al baño sin puertas, sin luz, sin agua, techos incompletos, paredes desconchadas a medio caerse, con pocetas manchadas de moho, hongos otros regalitos que por lo menos causan catarro a sus urgidos usuarios. Es normal que varones orinen en zonas prohibidas para evitar la inhalación de efluvios putrefactos que emanan de los supuestos baños. Alguien debe atender esta irregularidad en plena normalización. Agréguele, incrédulo lector, que no hay ni una papelera. Eso sucede en ambas sedes deportivas donde el juego limpio se ensucia con heces fecales, orine, olvido y las lógicas maldiciones de quienes reclaman algo distinto. Pero nadie va en su rescate.
Solo nos hemos referido a los alrededores de la estación del Metro y de esos emblemáticos sitios de formación integral de ciudadanos, porque “hacer deporte es hacer patria”…
Pero si usted no quiere llegar a los estadios, pues solo diríjase al icónico Centro Comercial Propatria. Le aseguro que no entrará. Verá cómo su estacionamiento es la representación de un sitio de ocupación caótica. Semeja una escena de película de guerra interna en África donde abundan campamentos de miseria. Aquí los refugiados son cadáveres de vehículos, objetos abandonados, chatarra y mucha basura. Los containers para disposición de desechos sólidos, debido a la desatención, en ocasiones son sitios de refugio para gente en lamentable situación de calle, y además son criaderos de moscas y gusanos. Lléguese y verá entonces de qué se trata la normalización –en esta mínima muestra– que refleja la inocultable tragedia ajena a la naturaleza que, entre otros fenómenos pretende normalizar la ley del más fuerte o la injustificada existencia de un maldito dólar y su inalcanzable valor ¿Vamos bien?.
El Pepazo











