El ventilador de El Bohemio giraba con esa lentitud que precede a las grandes noticias. Era un jueves cualquiera, pero el rumor de que Estados Unidos y Venezuela habían firmado un acuerdo petrolero histórico había llenado el café de parroquianos. Sobre la mesa del rincón, Anacleto tenía desplegado un mapa de la Faja del Orinoco y varios recortes de prensa. A su alrededor, la profesora, el coronel retirado, el boticario, el viejo periodista, el sindicalista, un obrero, Carmen y el pichón de periodista esperaban. En mesas cercanas, varios desconocidos escuchaban con atención.

El pichón de periodista fue el primero en hablar. «Anacleto, esto es enorme. Trump dice que firmó el mayor acuerdo petrolero de la historia. 65.000 millones de barriles. 25 años de concesión. ¿Es verdad o es otra de sus mentiras?»
Anacleto no respondió de inmediato. Encendió un cigarrillo con esa parsimonia de quien sabe que las cifras, cuando las maneja el imperio, siempre vienen con un asterisco. Exhaló el humo hacia el techo y lo vio deshacerse contra las aspas. «Camarita, la verdad está en la letra pequeña. No son 65.000 millones de barriles de reservas probadas. Calculadas a 25 años, tiempo que dice Delcy Rodríguez durará la concesión, y a un promedio de 1,5 millones de bd, son 13.687.500.000 de barriles. El resto, camaritas, es humo de campaña. Trump no está firmando un acuerdo. Está vendiendo una ilusión.»
La profesora, con esa precisión de archivo que la caracteriza, desplegó el comunicado oficial. «Lo que se ha filtrado del acuerdo establece que la meta de producción se fija en 1,5 millones de barriles diarios. Venezuela mantiene la propiedad y la soberanía sobre sus recursos, mientras utiliza el capital y la tecnología estadounidenses para recuperar el desarrollo de su industria petrolera. Delcy Rodríguez lo dijo claro: «de nada sirve tener las reservas bajo tierra únicamente para que aparezcan en una estadística». Pero la pregunta, camaritas, es si el precio que se paga por esa inversión es la soberanía.»
Un desconocido de una mesa cercana, un hombre de unos cincuenta años con una libreta en la mano, intervino con voz firme y un dejo de escepticismo. «Pero señor Anacleto, ¿no es esto entregar el petróleo a los gringos? ¿No es lo que siempre dijeron que no iban a hacer?»
La carcajada de Anacleto retumbó en todo el café, pero no era una carcajada alegre. Era de esas que sueltan los viejos cuando ven a un niño confundir la estrategia con la rendición. «Camarita, Venezuela no negocia con tutelas ni acepta que desde una oficina en Washington pretendan auditar las decisiones soberanas de este país. Si quieren comprar petróleo y comerciar en términos de respeto, la puerta está abierta; si vienen a imponer capataces, se van a estrellar contra la misma dignidad de siempre. Eso lo dijo Jorge Rodríguez en la Asamblea. No es una rendición, camarita. Es una negociación de igual a igual. Y la diferencia, camaritas, está en quién pone las condiciones.»
El coronel retirado, con su voz grave, se inclinó sobre el mapa. «Anacleto, ¿y el factor humano? ¿Qué pasa con la gente que vive en esas zonas?»
Anacleto apagó un cigarrillo y encendió otro, su ritual del pensamiento. «Coronel, el retorno de las corporaciones estadounidenses bajo un esquema de concesiones a largo plazo no ocurre en un vacío histórico. En el siglo XX, el Zulia vivió los campamentos petroleros: Staff Camp para gerentes y extranjeros y Labor Camp para trabajadores locales. Eran islas de prosperidad rodeadas de pobreza. Se profundizará la brecha entre el territorio petrolero, que funcionará con estándares del primer mundo, y los municipios colindantes. El petróleo vuelve, camaritas, pero la pregunta es si la riqueza se queda.»
Carmen, desde la barra, dejó el trapo y se apoyó en el mostrador. «Anacleto, ¿y el precio de la gasolina? Dicen que va a bajar.»
Anacleto sonrió, esa sonrisa de quien sabe que el precio de la gasolina no lo decide un político, sino un mercado que no conoce de lealtades. «Carmen, el precio de la gasolina en gringolandia esta semana no lo fijó el gobierno del pedófilo… lo fijó un ministro en Riad que no pidió permiso. El acuerdo con Venezuela puede reducir los precios a largo plazo, pero a corto plazo, camaritas, el mercado sigue siendo el mismo: volátil, especulativo y sin memoria.»
El sindicalista, con su voz grave de hombre de calle, golpeó la mesa con el puño. «Anacleto, todo esto es muy bonito, pero ¿qué tiene que ver conmigo? ¿Con mi mujer que tiene que comprar el pan y la leche?»
Anacleto se giró lentamente desde la barra y lo miró con esa mezcla de paciencia y dureza que le caracterizaba. «Camarita, tiene todo que ver. La cadena llega a tu bolsillo de esta manera: Arabia Saudita produce menos petróleo, el barril sube; las navieras evitan el Mar Rojo, los fletes suben; Venezuela vende más crudo por canales que no pasan por el sistema financiero del dólar. El precio de la gasolina en gringolandia esta semana no lo fijó el gobierno del pedófilo… lo fijó un ministro en Riad que no pidió permiso. El petróleo, camarita, es un látigo invisible que te azota el bolsillo todos los días.»
El obrero, que había estado escuchando con atención, levantó la mano. «Anacleto, ¿y los 100 años? Dicen que el acuerdo es por 100 años.»
Anacleto exhaló una bocanada de humo con lentitud deliberada. «Camarita, la idea de un acuerdo «a 100 años» no proviene de los datos presentados por las partes. Ha circulado principalmente en redes sociales como una metáfora o hipérbole crítica. La realidad es que el acuerdo es por 25 años. Pero el miedo, camaritas, siempre corre más rápido que la verdad.»
El viejo periodista, con esa sabiduría de quien ha visto demasiados acuerdos energéticos, intervino. «Anacleto, ¿y la supervisión? Rubio dijo que la supervisión será total o no habrá acuerdos.»
Anacleto apagó un cigarrillo y encendió otro, su ritual del pensamiento. «Camarita, «No habrá recursos liberados ni levantamiento de restricciones para quienes piensen que pueden usar la estabilidad energética del continente como chantaje.» Eso dijo Rubio. Pero Jorge Rodríguez respondió: «Guarde sus listas y sus pliegos de condiciones en un cajón.» La supervisión, camaritas, no es una concesión. Es un campo de batalla. Y Venezuela no va a ceder su soberanía por un barril de petróleo.»
Se levantó y caminó hacia la barra. Carmen le sirvió un café sin preguntar. Se sentó en el taburete, de espaldas a la mesa, pero con la voz clara y fuerte, dijo: «Simón Bolívar dijo que «la soberanía es la autoridad suprema de un pueblo para regirse por sí mismo». Y eso, camaritas, es lo que está en juego. No el control de una cuenta bancaria. La soberanía de un pueblo que ha decidido resistir sin inmolarse. El Estado mantiene la propiedad de la reserva y la soberanía sobre el subsuelo, dijo Delcy. Y mientras el Estado mantenga la propiedad, camaritas, el imperio no tendrá el control total.»
Dio un sorbo de café y continuó: «Antonio Gramsci escribió que «el viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer, y en ese claroscuro surgen los monstruos». Pero lo que estamos viendo, camaritas, no son monstruos. Son actores racionales que han hecho un cálculo simple. Si quieren comprar petróleo y comerciar en términos de respeto, la puerta está abierta; si vienen a imponer capataces, se van a estrellar contra la misma dignidad de siempre.»
Se levantó de la barra y caminó lentamente hacia la puerta. Me hizo una seña. Se detuvo en el umbral, se medio volteó, con esa costumbre que ya es su sello, y cerró. «George Orwell escribió que «la libertad es el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír». Y lo que este acuerdo dice, camaritas, es que el petróleo sigue siendo el centro del mundo; que el imperio necesita el crudo venezolano más de lo que Venezuela necesita su permiso. Y que la soberanía, aunque se negocie, no se entrega.»
Salió y yo detrás de él. La puerta de El Bohemio se cerró con un golpe suave. Afuera, Maracaibo seguía su curso, con su sol ardiendo, su calor y su terquedad infinita. El ventilador siguió girando. Y en el silencio de El Bohemio, la pregunta quedó flotando en el aire, como el humo que todavía no se disipa: ¿Cuánto tiempo más pasará antes de que el imperio descubra que el petróleo venezolano no se compra con tutelas, sino con respeto?
Las cifras del acuerdo: entre la realidad y la propaganda – No son 65.000 millones de barriles de reservas probadas. Calculadas a 25 años, tiempo que dice Delcy Rodríguez durará la concesión, y a un promedio de 1,5 millones de bd, son 13.687.500.000 de barriles. El acuerdo establece que Venezuela mantiene la propiedad y la soberanía sobre sus recursos, mientras utiliza el capital y la tecnología estadounidenses para recuperar su industria petrolera. El economista venezolano Asdrúbal Oliveros ha señalado que «la diferencia entre la cifra anunciada y la cifra real es la diferencia entre la propaganda y la realidad».
El factor humano: el regreso de los campamentos petroleros – El retorno de las corporaciones estadounidenses bajo un esquema de concesiones a largo plazo no ocurre en un vacío histórico. Se profundizará la brecha entre el territorio petrolero, que funcionará con estándares del primer mundo, y los municipios colindantes. El historiador venezolano Germán Carrera Damas señaló que «el petróleo creó una cultura de enclave en Venezuela donde la riqueza pasaba de largo sin tocar a la población». El nuevo acuerdo, camaritas, ¿podría repetir ese patrón? o ¿Llegará esta vez al bolsillo de los trabajadores?
La soberanía como línea roja: Jorge Rodríguez responde a Rubio – «Guarde sus listas y sus pliegos de condiciones en un cajón. Venezuela no negocia con tutelas ni acepta que desde una oficina en Washington pretendan auditar las decisiones soberanas de este país.» El politólogo venezolano Manuel Cedeño ha señalado que «la respuesta de Jorge Rodríguez no es un acto de retórica, es una declaración de principios». La supervisión no es una concesión, camaritas. Es un campo de batalla. Y Venezuela no va a ceder su soberanía por un barril de petróleo.
El Pepazo







