
Luis Carlucho Martín
Convencido de decir con su cámara lo que el lector requiere para estar debidamente informado, Henry Delgado tiene más de medio siglo plasmando momentos clave de la historia contemporánea nacional e internacional, gracias a su entrega a la hora de ejecutar su sagrado oficio de reportero gráfico, el que le ha servido para erigirse con infinidad de premios y ahora mismo ocupar la secretaría de finanzas del Círculo de Reporteros Gráficos.
No se trata solamente de activar el obturador ni de hacer un simple click en las, cada vez más modernas, cámaras digitales. Es algo que va más allá de retratar. Así lo entiende Henry como parte de su función social. Según su criterio, la imagen, ligada siempre al oficio de reportero, debe contener elementos que respondan al qué, quién, cuándo, por qué, dónde y cómo.

Él ha aprendido a creérselo, vivirlo, interpretarlo y estar en el momento indicado para extraer de cada escenario, con la correcta lectura, el cuadro visual que complementa la nota periodística.
Más allá del lugar común de que “una imagen habla más que mil palabras”, Henry Delgado está claro en que nunca será tarde para hacer una buena gráfica, tal como relata con orgullo cuando fotografió una avioneta recién estrellada que, al momento de ser alzada por la grúa de rescate, su lente captó en el aire cómo el contenido de la aeronave –tickets del Loto Oriente– se esparcía, mientras que el resto de colegas se había marchado del sitio porque pensaban que ya “habían dado el tubazo”. El resultado: su foto fue la que valió, la referencial, la comentada, publicada en primera página, incluso, premiada.
Cofradía Delgado

Henry no tiene excusas para errar en tan delicado oficio. Un montón de familiares pertenece al gremio en el que marcaron huellas al ritmo de las estrictas exigencias de cualquier cofradía religiosa, con devoción, pero sin fanatismo, con mucha consciencia y orientados hacia sus diversas responsabilidades en el mundo de la fotografía periodística.
Henry sobrevive entre una dinastía de excelentes reporteros gráficos; todos con destacadas trayectorias en sus diversas fuentes informativas.
No es una simple opinión. Es una aseveración que se basa en experiencia personal, cercanía familiar, los conceptos de compañeros y colegas y, además, en un recorrido descrito en documentos sociales.
“…la historia del fotoperiodismo, de la mano de los hermanos Delgado Cisneros, quienes comparten un doble parentesco: el familiar y el del oficio fotográfico… Gustavo, Alex, Ramón y Henry Delgado, así como su entrañable tío, Juan Quijano, iniciador de esta saga de periodistas, es solo un punto de partida…”
Escribió Moraima Guanipa en el prólogo del libro “Oficio de familia, la fotografía periodística venezolana en el siglo XX, de los periodistas Álvaro Cabrera y Pedro Ruiz, publicado por Accent Editorial.
A ello se une el hecho de que familiares cercanos conformaron familias con otros reporteros gráficos. Su tía, Rosalía con Juan Quijano –fundador de El Nacional–; su otra tía, Irene, con Mendoza, reportero del estado Lara; su hermana Inés con Ubaldo Medina, y su prima, Flor María “La Negra” Quijano, casada con Altidoro Salas.
A este selecto grupo de comprobados buenos reporteros gráficos se une el tío Luis Cisneros –a la postre fundador del diario El Sol de Margarita– quien junto a sus hijos Freddy y Félix, hicieron un trío de extraordinarios fotógrafos en la “Perla del Caribe”. Y cierra el grupo otro sobrino reportero gráfico, Eduard Delgado, hijo de Raúl, hermano de Henry, quien se atribuye haber introducido a Ramón en ese apasionante mundo de la fotografía periodística.

De la pelotica de goma a una cámara
Cuando transcurría su etapa infanto-juvenil, Henry, como otros chamos de su natal Catia, por pura tremendura, prefería jubilarse de clases de su liceo Almirante Brion –donde estuvo hasta tercer año– para irse a jugar pelotica de goma en Ciudad Tablitas, ahora Urbanización Simón Bolívar.
Gisela, su abnegada madre, con la responsabilidad de criar a sus 10 hijos –ante su repentina viudez de Gumersindo Delgado–, con mano firme lo mandó a trabajar. Henry, por diversos motivos, sabía manejar desde niño. Así que comenzó como repartidor de aceites en un taller, pero eso duró poco. Su hermano Alex –el popular Boca Negra– fue encargado por su mamá para que le enseñara algo del oficio, sin sospechar jamás que estarían sellando el camino dorado de uno de los más laureados y reconocidos reporteros gráficos de la historia contemporánea del periodismo venezolano, tal como lo reconoce el citado libro.

De sus incontables años en la profesión, Henry hizo más de 25 en el diario El Nacional, donde llegó un día, muy joven, y sin saber ni querer nada de las cámaras. “Pero me atrapó la magia de la fotografía. Un ambiente de puros veteranos, colaboradores que, con paciencia, me fueron enseñando trucos y detalles de aquella fotografía en blanco y negro. Me fue obsesionando lo referente al revelado y a la impresión”, confiesa.
En esa primera etapa, como laboratorista, duró un poco más de un año. Pero lo mejor estaba por venir. Hasta entonces, su trabajo era en los cuartos oscuros que antes eran sinónimo de fotografía. El cargo que había vacante, en El Nacional, se lo reservaron al hijo del entonces jefe del área. Por eso, junto a su hermano Gustavo, Henry fue a parar al Diario de Caracas.
Allí también era laboratorista, pero el gusanito de la curiosidad por estar en la calle y hacer sus propias fotos estaba allanando sus afanes profesionales.
Recuerda que el ex gobernador de aquella Caracas de los años 70, Diego Arria, dirigía las políticas informativas de aquel medio de comunicación. Incluso, relata Henry que, ante un error de novato, el propio Arria le brindó consejos y le respetó el cargo. Pero Henry tenía otros planes. Quería más.
De allí fue al ministerio de Relaciones Interiores, también encargado del revelado, en el laboratorio. Pero ya estaba claro que iba a hacer sus propias fotos. Su momento estaba por venir. Es que su primera experiencia en El Nacional fue tan provechosa que se juró regresar a ese diario para quedarse y triunfar.
Luego, pasa unos 10 años en el Bloque De Armas, en 2001, donde se especializó en revelado de colores, y comienza a hacer fotos con mayor regularidad. Le dieron oportunidad en varias fuentes informativas: sucesos, cultura y política, pero deporte aún no le abría la puerta.
Hubo en corto período en el que también prestó servicios al BCV, casualmente para cubrir eventos de índole deportivo.
Sus añoranzas y profundo sentido de gratitud lo llevan a recordar a sus primeros compañeros y maestros –veteranos de El Nacional, encabezados por su tío y padrino Juan Quijano– y evoca los apellidos de Ibarra, Grillo, Lombardi, Lezama, Cárdenas, Aponte y Tejada, entre otros…
Fotos diferentes

Aunque a todos ellos les da créditos en su formación inicial, indica que su hermano Álex lo incitó al cumplimiento cabal de sus pautas, pero fue su hermano mayor, Gustavo, quien le inculcó la filosofía que lo ha hecho un reportero destacado: “Tienes que hacer fotos diferentes, con detalles informativos, con ángulos distintos; fotos que hablen, que comuniquen, que vayan más allá de la simple imagen”. Y con ese reto, entre la cotidianidad, su ímpetu, el espíritu de superación y los ejemplos del resto de sus familiares fotógrafos, fue perfeccionando su olfato periodístico y su formación integral como reportero gráfico de intachable trayectoria situado en la élite.
Con gran satisfacción hace un alto para escudriñar en sus entremezclados recuerdos acerca de su cobertura del no hit no run de Urbano Lugo contra La Guaira en 1984. Y vuela más atrás, cuando dio el tubazo que significó la llegada de Fidel Castro para la toma de posesión de la segunda presidencia de Carlos Andrés Pérez.
Bujía incombustible
Todo, absolutamente todo el proceso, guiado, supervisado y orientado –desde lo empírico y lo instintivo– por su mamá Gisela. La viejita que vivió a plenitud hasta los 90 años, “como mamá y papá terminó de echar pa’ lante con sus hijos y todos salimos gente de bien”, agradece.
Henry, no olvida su paso por la Organización Scout de Venezuela, donde alcanzó el máximo rango de Scout Bolívar, “un largo período en el que terminé de forjar mi sentido de responsabilidad, de sano liderazgo, de coherencia en la toma de decisiones y de lealtad al trabajo en equipo”.
A manera de chanza reconoce que su ecuación, aunque ha dado resultados positivos, se aleja de la perfección porque su hija Mirlén y su esposa Milka, le salieron furibundas magallaneras, a pesar de la declarada afición caraquista y yankista de Henry.
Recompensas
Para cualquier profesional son gratificantes los reconocimientos. Henry lo tiene bien claro. “Por encima de cualquier premio está el reconocimiento y el respeto que uno se gana de parte del público a través de su trabajo”, afirmó al referirse a la cantidad de veces que diversos lectores le han hablado de manera positivo acerca de sus fotos. “Una vez en el estado Portuguesa, me presentaron al director de un periódico. Cuando le dije mi nombre, me felicitó y llamó a toda la redacción y su cuerpo de reporteros gráficos para ponerme como ejemplo. Eso enorgullece, pero compromete más”, indicó en medio de su indudable humildad.
Está claro que haber asumido los retos de la modernización y las nuevas tecnologías en la fotografía –a diferencia de otros colegas que por diversas razones se mostraron timoratos ante los existentes cambios– lo impulsaron a viajar para cubrir diversos eventos.
“Gracias a eso conocí Puerto Rico, República Dominicana, Colombia y puedo decir que conozco todos los estadios oficiales y de entrenamiento de Estados Unidos ya que cubrí por 15 años las Grandes Ligas”, expone como trofeo ganado a pulso, a punta de trabajo y con la mayor ética y responsabilidad posible.
A pesar de haber rozado la cima de una próspera carrera como reportero gráfico, no deja de mencionar con vistosa emoción su primera gráfica en deporte: “Fue la rodada del piloto Francisco Serra en el Campeonato Latinoamericano de Motociclismo en San Carlos, Cojedes, en 1995”.
Foto y son

Más allá de estar imbuido en una historia familiar con formación y trayectoria gráfica y periodística, hay una faceta que también ha influido, cómo importante complemento, en la personalidad de Henry Delgado: la música.
Su papá, Gumersindo, sin ser músico profesional llegó a tocar el tres con grupos reconocidos. Y toda su familia, mamá, hermanos, hermanas y allegados, salseros de verdad.
Es por eso que con su primer salario Henry compra unas congas y unos bongós usados a «Calambre» el baterista de Thelma Tixoú.
Desde entonces, con la entrega y la rigurosa disciplina que exige la música bien hecha, Henry ha dominado la percusión y, entre sus metas aún por cumplir, sueña con conformar su propio grupo.
Otra de sus metas, para sellar su prolija carrera reporteril, es exponer una selección de sus mejores gráficas y pretende editar un libro explicativo de sus logros como reportero gráfico, porque considera que en ese compendio hay mucho que puede aportar a favor de la historia contemporánea.
…como destrabando un nudo, finaliza su relato agradeciendo a la vida las diversas oportunidades que pudo aprovechar, a pesar de algunos altibajos que siempre supo sobrellevar. Al respecto, recuerda que un día cualquiera la cartelera de premios internos de El Nacional estaba casi abarrotada con sus trabajos. El antiguo jefe, José Sardá, ya retirado, estaba de visita en el diario y al ver aquellos reconocimientos, lo llamó para felicitarlo y por fin reconocerle su trabajo; detalle que nunca tuvo anteriormente, quizás porque no le habían dado la oportunidad ya que él lo había conocido como laboratorista y no como fotógrafo… o porque este era el momento justo. Solo la vida y el destino lo sabrán.
Lo cierto es que, del desempeño deontológico, funciones gremialistas y calidad de las gráficas de Henry, el sobreviviente de la dinastía Delgado, no hay quien dude. Sigan los éxitos.
El Pepazo






