Gerardo Núñez Díaz
Hay una disciplina en la que cierto sector de la oposición venezolana merece un reconocimiento histórico de primer orden: la alquimia de la contradicción. A lo largo de las últimas décadas, su estrategia política ha exhibido la precisión táctica de quien intenta apagar un incendio arrojándole gasolina con un balde perforado.
En su afán por alcanzar el poder, no para transformar la realidad colectiva, sino para devolverla a los causes del privilegio de sus pares, han transformado la política en un espectáculo grotesco donde el costo siempre lo paga el ciudadano común.
El itinerario de sus decisiones roza la sátira desgarradora. Con una mano firmaron llamados a la abstención para denunciar la ilimitada «ausencia de democracia», y con la otra reclamaron los espacios perdidos cuando advirtieron que la nada no se administra. Pidieron sanciones económicas, medidas restrictivas y el asfixiamiento financiero internacional alegando que el sufrimiento del pueblo era un «costo necesario» o un «mal menor» para forzar un desenlace histórico. Irónicamente, el bloqueo no derrumbó la estructura del Estado; en cambio, encareció el plato de comida en la mesa del trabajador, desabasteció los hospitales y empujó a millones a la incertidumbre diaria. Es la paradoja perfecta del capitalino desclasado: castigar al colectivo en nombre de una «libertad» que solo existe en sus boletines de prensa redactados desde el extranjero.
Esta vocación por el desatino no es fruto del azar ni un mero tropiezo coyuntural; responde a una visión fragmentada de la sociedad, propia de una élite desconectada de la praxis del pueblo trabajador. En su narrativa, las clases populares no son sujetos políticos con conciencia e historia, sino masa manipulable o daño colateral de sus experimentos de presión geopolítica. Se percibe en su accionar una suerte de miseria humana anclada a la genética de sus partidos tradicionales, incapaces de concebir la política más allá del egoísmo de clase, el cálculo mercantilista y la tutela imperial.
Desde la óptica del análisis socialista, la verdadera tragedia no estriba únicamente en la torpeza de sus voceros, sino en la profundidad del daño material y psicológico infundido a las familias venezolanas. La destrucción de las capacidades productivas mediante el boicot, la desinversión promovida y la conspiración permanente constituyen agresiones sistemáticas contra los derechos fundamentales del pueblo. La salud, la educación y el salario fueron convertidos en fichas de traba para un juego de ajedrez donde ellos nunca arriesgaron nada.
Mientras el pueblo humilde resiste la arremetida económica reorganizando el tejido comunitario, la oposición atomizada continúa atrapada en su propio bucle de ambición y descoordinación. Se fracturan, se acusan entre sí de corrupción, se reorganizan en nuevas siglas y vuelven a aplicar la misma receta fallida, esperando con devota fe dogmática un resultado distinto.
Superar esta fase de permanente sabotaje exige consolidar la conciencia crítica de las mayorías. La política venezolana debe desprenderse definitivamente del lastre de una dirigencia que prefirió la ruina del país antes que la victoria de las clases populares. La historia no absolverá la frivolidad con la que jugaron con la tranquilidad de una nación; la dignidad del pueblo trabajador, en cambio, seguirá siendo la respuesta contundente ante la soberbia desmedida del capital.
El Pepazo







