Luis Carlucho Martín
A propósito de celebrarse, un día como hoy, 19 de agosto, el Día Mundial del Fotógrafo, surgen interrogantes: ¿acaso todo el que porta una cámara –o un móvil con cámara– y que se activa ante cualquier vanidad puede llamarse fotógrafo? ¿Sabe esa persona la responsabilidad social, humana, ética, cultural e histórica, que implica cada click que abre su obturador?
Ahora, con la invasión de las controvertidas e incontrolables redes sociales, todo el mundo es periodista y todo el mundo es fotógrafo. ¡Qué triste realidad!
Y el lamento no viene desde los celos profesionales, sino desde la burla a lo deontológico y por eso el llamado a la responsabilidad social que conlleva la ejecución de tan sagrados y necesarios oficios.
Existe –siempre existió– la fotonoticia, la fotopublicidad, la fotodenunica, el fotorreportaje, la foto social y cultural, la foto deportiva, la foto familiar, la foto carnet, la foto política, la foto histórica y hasta la foto pornográfica. Cada una tiene su función, su razón de ser, su propósito, su momento, su escenario y su público específico.
Habrá, al respecto, un montón de opiniones, encontradas o no; pero lo que no tiene razón de ser, lo que no debería existir en torno a una cámara, y las imágenes reales, es la fotoestupidez, la fotoirresponsable, la fotoinsensible, la fotosnob, la fotocondenable.
Recientemente, con los acontecimientos del doblete sísmico y sus terribles consecuencias, por lo hartamente denunciado, observamos cómo –ya sabíamos de su existencia, lo que desconocíamos es que fueran tantos aunque siguen siendo minoría– apareció una especie insensible, sin responsabilidad social, sin función específica y sin propósito, más allá de tratar de figurar y disfrazar vanidad con supuesto dolor ajeno, dárselas de altruistas, gente que prefirió hacer una foto de la calamidad antes de cambiar la cámara o el móvil por una pala, un pico o cualquier otra ayuda real para las víctimas.
Idiotas, necios y estúpidos y estúpidas, indolentes, colocándose en el centro de las gráficas prefabricadas sobre escombros, a manera de mostrar algo que no sienten, pero que forzosamente quieren transmitir con esas despreciables gráficas.
Discutí con uno de esos estúpidos –no sé su nombre ni me interesa– porque publiqué una solicitud de ayuda de alguien necesitado. El tipo me regañó. Casi me llamó alarmista y me recomendó que no alertara a nadie porque yo estaba mintiendo. Eso me dijo, sin saber que quien me solicitó la ayuda es un hermano de crianza. No le discutí porque además otras personas de ese grupo, tan estúpidas como él, se inclinaron a favor de su propuesta, porque para ellos es más fácil negar realidades. Y como tapa de ese frasco, el tipo, para demostrar que lo asistía la razón porque había estado en la zona cero –como que si eso fuera automático–, envió a ese grupo una especie de álbum de barajitas repetidas, con él como centro objetivo de la gráfica –según indicó, porque, repito, no lo conozco– con lo cual confirmó la conjura de su inmensa necedad.
Aparecía saludando, sonriendo y muy orgulloso de haber estado en el sitio. En ninguna foto –ni siquiera en selfies– estaba prestando el real apoyo que se requería, y que se requerirá en La Guaira por mucho tiempo. Idiota él y más idiota el que le hizo la gráfica. Los tipos y tipas creen que bastó con ir a tomarse fotos y publicarlas en sus redes sociales mostrándose como verdaderos empáticos sin serlo. ¿Dónde queda su responsabilidad social, su andar ético, sabrán acaso el significado del correcto proceder? Repito, no me interesa su nombre. Que la vida lo bendiga.
Lo grave es que esa despreciable especie se multiplicó entre funcionarios –uniformados o no–, civiles, políticos e incluso entre algunos colegas periodistas, reporteros gráficos y camarógrafos. Tanto caos sirvió para que se colearan zorros y camaleones, que lamentablemente siempre los habrá.
Hoy, día del fotógrafo, celebro por los éticos antiamarillistas –que son la mayoría– e insto a condenar y despreciar a esa minoría indolente, de profesión y objetivos indefinidos, que hacen negocio y alimentan su morbo con el dolor ajeno. La fotografía es un documento social, no un instrumento para sus obscuras vanidades, ¡Coñosdesusmadres!
Felicidades a los verdaderos fotógrafos que con ética y entrega honesta cumplen su función social…
El Pepazo







