El ventilador giraba más lento que nunca. Anacleto había puesto sobre la mesa un ejemplar gastado de Los hermanos Karamázov y, al lado, un cuaderno con doce citas subrayadas en rojo. La profesora, el viejo periodista, el coronel, Carmen, la estudiante de sociología y el boticario, junto al resto del grupo, esperaban. Afuera, Maracaibo ardía. Adentro, el café humeaba.
Como era ya costumbre, el pichón de periodista rompió el silencio: «Anacleto, ¿Dostoievski y el chavismo? ¿No es como mezclar agua y aceite?»
Anacleto, encendiendo un cigarrillo con la parsimonia del que sabe que hay actitudes difíciles de compaginar, lo miró a los ojos y respondió: «Camarita, todo lo contrario. Si el chavismo no es una ideología, sino una forma de vida, como usted mismo dice, entonces necesita un espejo donde mirarse. Y Dostoievski construyó doce espejos. Ninguno es halagador. Todos son verdaderos.»

La profesora, con esa precisión de archivo que la caracteriza, exclamó: «Empecemos por el primero. Dostoievski dice que el dolor y el sufrimiento son inevitables para una gran inteligencia y un corazón profundo. Que los hombres verdaderamente grandes deben experimentar una gran tristeza en la tierra.»
Anacleto, exhaló el humo tratando de hacer aros con él, sin lograrlo explicó: «¿Y qué es el chavismo sino un pueblo que ha cargado con el sufrimiento de siglos? Chávez lo entendió mejor que nadie. No prometió felicidad. Prometió dignidad. Y la dignidad, camarita, duele. Duele porque exige renunciar a la comodidad del colonizado, a la sumisión aprendida. El que quiera ser chavista de verdad tiene que saber que va a sufrir. Que va a ser perseguido, sancionado, bloqueado; que va a tener tristeza. Pero esa tristeza no es derrota: es prueba de profundidad.»
El viejo periodista, con la experiencia de haber visto organizar muchos movimientos ideológicos, sin levantar la vista comentó: «La segunda: «Solo hay una cosa que temo: no ser digno de mis sufrimientos». Eso es una frase para el Che, para Bolívar, para Chávez. Es la ética del que sabe que el dolor no es un accidente, sino una responsabilidad.»
Anacleto apagó un cigarrillo y encendió otro, su ritual del pensamiento: «Exacto. El chavista que se victimiza y se queda en la queja no es digno de su sufrimiento. El que convierte el dolor en conciencia, en organización, en ternura, ese sí. Dostoievski no pide masoquismo: pide transformación. Que el sufrimiento no te degrade, que te madure. Y ahí el chavismo tiene una deuda pendiente: demasiados confunden el sufrimiento con el rencor.»
La estudiante de sociología, que había empezado a tomar notas, levantó la vista e intervino: «La tercera me golpea: «El amor en acción es algo duro y terrible comparado con el amor en sueños».»
Anacleto esbozó una leve risa, seca, sin alegría, como con amargura, y soltó: «Ahí está el corazón del asunto, mi niña. Amar a la patria en abstracto es fácil: se grita en una tarima, se escribe en un tuit, se canta en un mitin. Pero amar al vecino que no piensa como tú, al que te critica, al que se fue y volvió, al que te falló… eso es amor en acción. Y eso es terrible. El chavismo de tarima es amor en sueños. El chavismo de barrio, de comunidad, de aguantar al otro, ese es amor en acción. Y ese es el que escasea.»
El coronel retirado, con su voz grave, se inclinó sobre la mesa. «La cuarta: «Es mejor equivocarse a su manera que acertar a la manera de otro».»
Anacleto sacó su pañuelo a cuadros para secarse el sudor de la frente y gruñó: «Coronel, esa es la definición misma del chavismo. El error propio es soberanía. El acierto ajeno es coloniaje. ¿O usted cree que Bolívar le pidió permiso a España para equivocarse? El chavismo cometió errores, muchos. Pero fueron nuestros errores. Y eso, en términos dostoievskianos, tiene más valor moral que la perfección importada de Miami o de Washington.»
El boticario, fiel a su papel de ingenuo estratégico, movió la cabeza. «La quinta y la sexta son las más duras, Anacleto. «Sobre todo, no te mientas a ti mismo», y luego eso de que el hombre que se miente a sí mismo se ofende con más facilidad que nadie, que se inventa el insulto, que se complace en ofenderse.»
Anacleto exhaló una bocanada de humo con lentitud deliberada y comentó: «Boticario, usted acaba de describir la oposición venezolana completa. Pero también, seamos honestos, a cierto chavismo de vitrina. El que se ofende porque lo llamaron «chavista» en Miami, el que se inventa que lo persiguen cuando lo que hay es una factura pendiente, el que se complace en su victimismo porque le da superioridad moral. Dostoievski lo vio claro: el autoengaño es la máxima corrupción espiritual. Y el chavismo que se miente a sí mismo, que niega sus errores, que se cree perfecto, está muerto. Es un cadáver con carnet.»
Carmen, desde la barra, trapo en mano secando pocillos, exclamó: «La séptima: «El ser humano es un misterio. Hay que desentrañarlo, y si dedicas toda tu vida a hacerlo, no digas que has perdido el tiempo».»
Anacleto apagó su cigarrillo contra el cenicero de latón y filosofó. «Carmen, eso es el chavismo como humanismo. Chávez lo dijo mil veces: el socialismo es el amor, es la comprensión del otro. Pero desentrañar el misterio humano no es leer un manual. Es sentarse con el que piensa distinto, con el que sufrió, con el que se fue y volvió. Es lo que hacemos aquí, en este Bohemio, todas las tardes. Perder el tiempo con los demás es ganarlo.»
La profesora, con esa precisión de archivo que la caracteriza, pero con cierto dejo de ironía, sentenció: «La octava es peligrosa: «No es a Dios a quien no acepto; es este mundo de Dios, creado por Dios, el que no acepto y no puedo aceptar».»
Anacleto hizo una pausa y se quedó pensativo, se acomodó sus lentes de carey para luego precisar: «Ahí está la tensión del chavista sincero. No es que no acepte la justicia; es que no acepta este mundo injusto. No es que no acepte la patria, es que no acepta esta patria a medias, esta patria con pobres, con apagones, con colas. Dostoievski no blasfema: exige. Y el chavismo que se conforma con lo que hay, que dice «esto es lo que hay», no es chavismo. Es resignación con bandera.»
El viejo periodista, con esa sabiduría de quien ha visto demasiados “ir y venir”, soltó el teléfono e intervino: «La novena: «Una bestia jamás podrá ser tan cruel como un hombre, tan artísticamente cruel».»
Anacleto sonrió, esa sonrisa de quien sabe que la hipocresía, cuando se disfraza de virtud, termina por desnudarse sola, exclamó: «Camarita, eso lo hemos visto. Las sanciones no matan de hambre a los gobiernos, matan de hambre a los niños. La crueldad humana, racionalizada, burocrática, firmada en un papel de Washington, es más terrible que cualquier bestia. Y también la crueldad de los que desde Miami celebraron cada apagón, cada muerte, cada escasez, porque «así cae Maduro». Dostoievski nos quita el consuelo de creernos animales. Somos peores. Y el chavismo, si es forma de vida, tiene que nombrar esa crueldad sin ambigüedades, venga de donde venga.»
La estudiante de sociología, levantó la mano como si estuviera en clases: «La décima: «Dar un nuevo paso, pronunciar una nueva palabra, es lo que más teme la gente».»
Anacleto se levantó y caminó hacia el ventanal. Se notaba algo inquieto. Carmen le sirvió un café sin preguntar, y le escuchó acotar: «Y ahí estamos, mi niña. El chavismo dio un nuevo paso en 1999, pronunció una nueva palabra. Y ahora, después de 25 años, hay miedo a dar otro paso, miedo a reinventarse, miedo a decir «hay algo que no funciona». Dostoievski lo sabía: preferimos la miseria conocida al riesgo de lo desconocido. Pero el chavismo que no se atreve a un nuevo paso no es chavismo: es burocracia con nostalgia.»
Un desconocido de una mesa cercana, un hombre delgado de unos cincuenta años con una libreta en la mano, intervino con voz firme y un dejo de escepticismo. «La undécima es la más divertida: «Hablar sin sentido es el único privilegio que distingue al hombre de todos los demás organismos. Hablando sin sentido se llega a la verdad. Yo hablo sin sentido, por lo tanto soy humano».»
Anacleto, riendo, por primera vez en toda la tarde, comentó: «Camarita, esa es la mejor definición del chavismo de sobremesa. Hablamos sin sentido, discutimos, gritamos, nos contradecimos… y en ese sinsentido, a veces, se cuela una verdad. Dostoievski le da la vuelta a Descartes: no pienso, luego existo; hablo disparates, luego soy humano. Y el chavismo, camarita, es profundamente humano en ese sentido. Nadie habla más disparate que un chavista en una reunión de base. Y sin embargo, ahí, en ese disparate colectivo, a siempre nacen ideas que sirven.»
Carmen, paró de secar vasos, soltó el trapo y dijp: «La duodécima, Anacleto. «La compasión es la ley fundamental de la existencia humana».»
Anacleto volviéndose, con el café en la mano y aires de optimismo, expresó: «Y ahí está todo, camarita. Si el chavismo no es compasión, no es nada. No es la estatua de Chávez, no es el carnet del PSUV, no es el discurso en cadena nacional. Es compasión en acción. Es ver al que sufre y no pasar de largo. Es el amor en acción del que hablaba Dostoievski. Y esa es la prueba más dura, porque la compasión no se decreta: se ejerce. Y el chavismo que no ejerce compasión, que humilla al que pide, que desprecia al que piensa distinto, que castiga al que se fue y volvió… ese chavismo no es forma de vida. Es forma de muerte.» Dejó el café sobre la mesa, miró a todos, y sentenció: «Dostoievski no era chavista, camaritas. Pero era algo más importante: era un hombre que entendió que el alma humana es un campo de batalla. Y el chavismo, si quiere ser forma de vida y no ideología de manual, tiene que librar esa batalla todos los días. No con consignas. Con sufrimiento digno, con amor en acción, con verdad sin autoengaño, con compasión como ley. Y sobre todo, camaritas, con la valentía de dar un nuevo paso. Porque el que no se atreve a dar un nuevo paso, ya no vive: sobrevive.»
Se levantó y caminó lentamente hacia la puerta. Me hizo una seña. Se detuvo en el umbral, se medio volteó, con esa costumbre que ya es su sello y sentenció:
«Si el chavismo es una forma de vida y no una ideología, entonces estas doce ideas no son un adorno: son un espejo. Y el que se mire en él sin miedo, camarita, saldrá más chavista o más humano. O las dos cosas, que es lo mismo.» Y antes de salir, dijo:
«Camarita, Dostoievski dijo que el hombre es un misterio. Y el chavismo, si es forma de vida, también lo es. No lo resolvamos con consignas. Resolvámoslo con compasión. Y con la valentía de mirarnos al espejo sin mentirnos.»
Salió y yo detrás de él. La puerta de El Bohemio se cerró con un golpe suave. Afuera, Maracaibo seguía su curso, con su sol ardiendo, su calor y su terquedad infinita. El ventilador siguió girando. Y en el silencio de El Bohemio, sobre la mesa, quedó el libro de Dostoievski abierto en la página de los Karamázov, con una frase subrayada en rojo: «La compasión es la ley fundamental de la existencia humana».»
El sufrimiento como prueba, no como excusa – Dostoievski no escribió para consolar. Escribió para desnudar. Y una de sus convicciones más duras es que el dolor y el sufrimiento son inevitables para una gran inteligencia y un corazón profundo. No los busca, no los celebra, pero tampoco los evade: los asume como precio de la lucidez.
El chavismo, si es forma de vida, tendría que asumir esa misma exigencia. Chávez no prometió felicidad: prometió dignidad. Y la dignidad, como el café de El Bohemio, se cuela despacio y a veces amarga. El bloqueo, las sanciones, la persecución mediática, la diáspora, la incomprensión de propios y extraños: todo eso es sufrimiento. Pero el sufrimiento no es un certificado de virtud. Es una materia prima. Lo que hagas con él define si eres digno de él o si te ahogas en él. La frase de Dostoievski —«Solo hay una cosa que temo: no ser digno de mis sufrimientos»— es una advertencia contra dos tentaciones simétricas: la del victimismo, que convierte el dolor en espectáculo, y la del rencor, que convierte el dolor en venganza. El chavista que se queda en la queja no es digno de su sufrimiento. El que lo transforma en conciencia, en organización, en ternura, ese sí. Esa es la primera prueba del espejo.
El amor en acción y la crueldad racionalizada – «El amor en acción es algo duro y terrible comparado con el amor en sueños», escribió Dostoievski. Amar a la patria en abstracto es fácil: se grita en una tarima, se escribe en un tuit, se canta en un mitin. Amar al vecino que no piensa como tú, al que te critica, al que se fue y volvió, al que te falló… eso es amor en acción. Y eso es terrible, porque exige paciencia, humildad y presencia. El chavismo de tarima es amor en sueños. El chavismo de barrio, de comunidad, de aguantar al otro, ese es amor en acción. Y ese es el que escasea. Pero hay una cara aún más oscura en la naturaleza humana y Dostoievski la vio con una claridad que estremece: «Una bestia jamás podrá ser tan cruel como un hombre, tan artísticamente cruel». Los animales matan para sobrevivir. Los humanos racionalizamos la crueldad, la burocratizamos, la firmamos en un papel, la celebramos desde la distancia. Las sanciones no matan de hambre a los gobiernos: matan de hambre a los niños; los apagones no castigan a un presidente: castigan a un pueblo. Y los que desde Miami celebraron cada escasez «porque así cae Maduro» no eran bestias: eran algo peor. Eran hombres ejerciendo su privilegio de crueldad artística. El chavismo, si es forma de vida, tiene que nombrar esa crueldad sin ambigüedades, venga de donde venga. Y también tiene que nombrar la crueldad propia: la del funcionario que humilla al que pide, la del burócrata que castiga al que piensa distinto, la del que convierte la revolución en un negocio. Dostoievski no nos deja el consuelo de creernos animales. Nos obliga a mirarnos como humanos, con toda la carga que eso implica.
La compasión como ley, el nuevo paso como mandato – «La compasión es la ley fundamental de la existencia humana», sentenció Dostoievski en Los hermanos Karamázov. No la justicia fría, no la retribución legal, no el cálculo político: la compasión. Esa es la fuerza redentora definitiva, la que rompe el aislamiento humano, la que convierte el sufrimiento compartido en hermandad. Si el chavismo no es compasión, no es nada. No es la estatua de Chávez, no es el carnet del PSUV, no es el discurso en cadena nacional. Es compasión en acción: ver al que sufre y no pasar de largo. Y la compasión no se decreta: se ejerce. El chavismo que no ejerce compasión, que humilla al que pide, que desprecia al que piensa distinto, que castiga al que se fue y volvió… ese chavismo no es forma de vida. Es forma de muerte. Pero hay un último espejo, y es el más incómodo: «Dar un nuevo paso, pronunciar una nueva palabra, es lo que más teme la gente». El chavismo dio un nuevo paso en 1999 y pronunció una nueva palabra. Veinticinco años después, hay miedo a dar otro paso, miedo a reinventarse, miedo a decir. «hay algo que no funciona como debe» Preferimos la miseria conocida al riesgo de lo desconocido. Y sin embargo, el chavismo que no se atreve a un nuevo paso no es chavismo: es burocracia con nostalgia. Dostoievski no era chavista. Pero entendió que el alma humana es un campo de batalla. Y el chavismo, si quiere ser forma de vida y no ideología de manual, tiene que librar esa batalla todos los días. No con consignas. Con sufrimiento digno, con amor en acción, con verdad sin autoengaño, con compasión como ley. Y sobre todo, con la valentía de dar un nuevo paso. Porque el que no se atreve a dar un nuevo paso, ya no vive: sobrevive.
El Pepazo







