El ventilador de El Bohemio giraba con esa lentitud que anuncia las conversaciones incómodas. Sobre la mesa del rincón, Anacleto había desplegado una serie de recortes. Algunos mostraban cauchos apilados en una esquina de Maracaibo. Otros, titulares sobre los supuestos intentos de la Machado por entrar al país. Yo estaba allí, como siempre, tomando nota de lo que se decía. A su alrededor, la profesora, el coronel retirado, el boticario, el viejo periodista, el sindicalista, Carmen y la estudiante de sociología, y algúno que otro parroquiano, esperaban con esa mezcla de expectativa y escepticismo que solo se respira en los cafés donde la política se discute sin filtros.
El pichón de periodista fue el primero en hablar. «Anacleto, según el periodista David Aladente, María Corina Machado ha intentado entrar a Venezuela al menos siete veces en las últimas semanas. Tres de ellas desde Panamá. ¿Esto es real o es un show?»

Anacleto no respondió de inmediato. Encendió un cigarrillo con esa parsimonia de quien sabe que las grandes ironías no se entienden con prisas. Exhaló el humo hacia el techo y lo vio deshacerse contra las aspas. «Camarita, si fueran siete intentos reales, ya estaría aquí, o ya estaría presa, o ya estaría muerta. Pero sigue en Panamá, tomándose fotos y dando entrevistas. Eso no es un regreso: es una puesta en escena. Y el que no lo ve, es porque no quiere verlo. Hoy la Machado cosecha los frutos de la tragedia que ella misma sembró para sí…»
La profesora, con ese dejo de ironía que no disimulaba, desplegó un informe sobre los intentos. «Anacleto, la versión de sus acompañantes es que un barco se averió a última hora, que los vuelos desde Aruba y Curazao no fueron autorizados. Y el gobierno de Estados Unidos, por boca de Carl Wright William, subsecretario del Departamento de Estado, declaró en julio ante el Congreso que ella es ciudadana venezolana y tiene derecho a volver. ¿Quién le impide entonces el regreso?»
Anacleto apagó un cigarrillo y encendió otro, su ritual del pensamiento. «Profesora, ahí está el detalle que nadie quiere admitir. Si el gobierno de Estados Unidos dice que puede volver, y el gobierno de Venezuela dice que puede volver, ¿quién la está bloqueando? ¿El espíritu santo? ¿O será que el único bloqueo es el que ella misma se impone para seguir alimentando el relato? Porque una cosa es querer volver y otra es querer volver con honores, con custodia yanqui y con fuero diplomático. Eso no es regresar: eso es entrar como autoridad delegada de un gobierno extranjero. Y eso, camarita, no se lo concede nadie.»
El coronel retirado, con su voz grave de quien ha visto muchas batallas, se inclinó sobre la mesa. «¿Y el pasaporte panameño? ¿Es cierto que renunció a la nacionalidad venezolana?»
Anacleto apagó el cigarrillo contra el cenicero de latón, y aclaró: «Coronel, fuentes diplomáticas panameñas precisaron que ese pasaporte especial no implica ciudadanía panameña ni cargo oficial. La Constitución de Panamá, en su artículo 10, no contempla la doble nacionalidad para esos casos. Es decir: o renunció a la venezolana, o el pasaporte es un salvoconducto simbólico. Si renunció, entonces no puede entrar como venezolana. Y si no renunció, el pasaporte no le sirve de nada. En cualquier caso, el relato se cae solo.»
El boticario, fiel a su papel de ingenuo estratégico, movió la cabeza. «Pero Anacleto, ¿y las guarimbas? Dicen que quieren reactivarlas. Que hay cauchos regados en Maracaibo.»
Anacleto sacó su pañuelo a cuadros para secarse el sudor de la frente. «Boticario, ahí está lo grave. La protesta pacífica es un derecho constitucional. Nadie lo discute. Pero la guarimba es otra cosa. Durante una guarimba en 2017 quemaron vivo a Orlando Figuera por parecer chavista. El perpetrador vive en España, que se niega a extraditarlo. Y no olvidemos las “guayas asesinas” para degollar motorizados, ni los cierres de urbanizaciones y sectores de las ciudades que no permitieron las salidas de emergencia hacia centros de salud, ocasionando la muerte de los pacientes. Tampoco podemos olvidar los francotiradores para las barricadas que asesinaban a cualquiera que osara pasarlas sin su consentimiento.» Tomó unas fotos de la mesa y las mostró: «La guarimba es violencia organizada con fines políticos. Y eso es un delito. En el Zulia, entre 2014 y 2017, talaron más de cinco mil árboles para quemarlos en las vías, atacaron a las mascotas e Incendiaron sectores enteros. Eso no fue protesta: fue terrorismo en su máxima expresión. Y ahora quieren repetirlo. ¿Se les permitirá hacerlo?»
La estudiante de sociología, que había estado tomando notas, levantó la mano.
«Anacleto, el alcalde de Maracaibo declaró que en los lados de La Victoria aparecieron cauchos regados por las calles. Una señal de que quieren reactivar las guarimbas.»
Anacleto exhaló una bocanada de humo con lentitud deliberada. «Mi niña, eso es exactamente lo que dijeron los vecinos. Cauchos apilados, basura acumulada, listos para la quema. Y la noche del jueves pasado, sectores como Santa Rosa de Agua, Milagro Norte, Barrio Los Pescadores, Altos de Jalisco, Las Tarabas y Delicias vivieron momentos difíciles. La pregunta no es si hay guarimbas. La pregunta es quién las financia y quién las dirige. Porque los guarimberos no actúan solos: actúan con un libreto.»
El viejo periodista, con esa sabiduría de quien ha visto demasiados «ir y venir», soltó el teléfono e intervino. «Anacleto, Dostoievski escribió que «el hombre es un despotricador nato y le encanta despotricar». ¿No es esto un ejemplo?»
Anacleto sonrió, esa sonrisa de quien sabe que la hipocresía, cuando se disfraza de virtud, termina por desnudarse sola. «Exacto, camarita. Pero aquí no estamos hablando de despotricar en un café. Estamos hablando de quemar la ciudad. Y el que quema la ciudad no está protestando: está destruyendo. La guarimba no es un derecho: es un delito. Y el Estado tiene la obligación de combatirlo. No por ideología, sino por constitucionalidad.»
Carmen, desde la barra, dejó el trapo y se apoyó en el mostrador. «Anacleto, y la gente que cree que Machado quiere volver porque extraña al país. ¿Qué le dice usted a esa gente?»
Anacleto se levantó y caminó hacia la barra. Carmen le sirvió un café sin preguntar. Se sentó en el taburete, de espaldas a la mesa, y con voz clara y alta, soltó: «Carmen, le digo que nadie le impide volver. Con su cédula de identidad, vencida o vigente, cualquier venezolano entra. Ella también. Pero no quiere entrar como una ciudadana más. Quiere entrar como «autoridad delegada». Y eso no es regresar: eso es ocupar. La gente honesta que de verdad extraña a Venezuela, agarra un avión y llega. Sin pasaporte diplomático, sin custodia extranjera, sin show. Y si tiene cuentas con la justicia, las paga. Así funciona la ley.»
El sindicalista, con su voz grave de hombre de calle, golpeó la mesa con el puño. «Anacleto, ¿y el empleo? ¿Y la industria? ¿Y los trabajadores? ¿Qué pasa con nosotros mientras estos juegan a la guarimba?»
Anacleto se levantó y caminó hacia el ventanal. Se notaba pensativo, con esa meditación de quien sopesa cada palabra antes de soltarla. Carmen le sirvió otro café sin preguntar. Se sentó nuevamente en el taburete, de espaldas a la mesa, pero con la voz clara y fuerte dijo: «Camarita, mientras ellos queman cauchos, Maracaibo renace. El programa «Gobierno de Calle» ha recuperado más de 120 plazas y parques desde agosto de 2025. El Parque Ana María Campos, que antes era un foco de inseguridad, hoy recibe más de 50.000 visitantes mensuales, según la Alcaldía y el diario Panorama. Y la CEPAL registra 18 trimestres consecutivos de crecimiento económico hasta el segundo trimestre de 2026, con un promedio anual del 4,2%. Eso es lo que quieren incendiar. No una consigna: una realidad.»
El coronel retirado, con su experiencia de mil batallas, se inclinó sobre la mesa. «¿Y qué puede hacer el Estado al respecto?»
Anacleto exhaló una bocanada de humo con lentitud deliberada, tratando de hacer aros con él, sin lograrlo… y exclamó: «Coronel, lo que dice la Constitución: garantizar la paz. La protesta pacífica es un derecho; la guarimba es un delito. Y el Estado está obligado a combatir el delito. No con discursos: con operativos. El alcalde de Maracaibo ya lo dijo: «Hagan lo que tengan que hacer, nosotros estamos activos y alertas para defender a nuestra querida ciudad.» Y yo agrego algo que escuché de un vecino en Las Tarabas: «Cuando tengan que enfrentar la furia del maracaibero, no se hagan las víctimas, porque el que no cuida lo que tiene, a pedir se queda.» Eso es lo que hay.»
La profesora, con esa precisión de archivo que la caracteriza, pero con cierto dejo de ironía, sentenció: «Anacleto, Rousseau escribió que «el hombre nace libre, pero en todas partes se encuentra encadenado». ¿No es esto una paradoja parecida?»
Anacleto hizo una pausa y se quedó pensativo. Se acomodó sus lentes de carey para luego precisar: «Profesora, ahí está la tensión. El hombre nace libre, pero la libertad sin ley es barbarie. La guarimba se disfraza de libertad, pero es la negación de la libertad del vecino, del que quiere dormir, del que quiere trabajar, del que quiere vivir en paz. La libertad no es hacer lo que me da la gana. La libertad es hacer lo que me corresponde, sin dañar al otro. Y el que quema un árbol, un caucho o una casa no está ejerciendo libertad: está ejerciendo violencia. Y la violencia, camarita, no es libertad. Es su contrario.»
El viejo periodista, con esa sabiduría de quien ha visto demasiados intentos de recolonizar nuestra Latinoamérica, soltó una risa seca al decir: «Anacleto, Galeano escribió que «la caridad es humillante porque se ejerce verticalmente y desde arriba; la solidaridad es horizontal e implica respeto». ¿No es esto una lección de solidaridad horizontal?»
Anacleto sonrió, esa sonrisa de quien sabe que la hipocresía, cuando se disfraza de virtud, termina desnuda y sola. «Exacto, camarita. La solidaridad no es quemar la ciudad para que «caiga» el gobierno. La solidaridad es defender la ciudad para que viva. Es lo que hacen los vecinos de Maracaibo cuando denuncian las caucheras, es lo que hace el alcalde cuando recupera un parque, es lo que hacemos aquí, en El Bohemio, cuando discutimos sin insultarnos. La guarimba es vertical: unos pocos deciden, muchos sufren. La paz es horizontal: todos decidimos, todos cuidamos. Y eso, en términos geopolíticos, es una revolución. Pero una revolución de verdad, no de cauchos quemados.»
Se levantó de la barra y caminó lentamente hacia la puerta. Me hizo una seña. Se detuvo en el umbral, se medio volteó, con esa costumbre que ya es su sello y sentenció: «Camarita, Dostoievski dijo que «el hombre es un misterio». Y este show de los siete intentos también lo es. No sabemos si son siete, tres o ninguno. No sabemos si el barco se averió o nunca existió. No sabemos si el pasaporte es diplomático o simbólico. Pero lo que sí sabemos es que la guarimba no volverá. No porque el gobierno lo diga, sino porque el pueblo ya aprendió. Maracaibo renació. Y el que quiera incendiar lo que renació, tendrá que enfrentarse no con un gobierno, sino con una ciudad entera. Eso es lo que no entienden. Creen que están luchando contra Maduro o contra Delcy. Y están luchando contra un pueblo que ya decidió vivir en paz.»
Salió y yo detrás de él. La puerta de El Bohemio se cerró con un golpe suave. Afuera, Maracaibo seguía su curso, con su sol ardiendo, su calor y su terquedad infinita. El ventilador siguió girando. Y en el silencio de El Bohemio, la pregunta quedó flotando en el aire, como el humo que todavía no se disipa: ¿Cuántos cauchos más tendrán que arder para que algunos entiendan que la violencia no construye nada?
El cadáver de la protesta que se disfraza de guarimba – La protesta pacífica es un derecho constitucional. Nadie lo discute. La Constitución venezolana garantiza el derecho a manifestar, a reunirse, a expresar el descontento. Pero la guarimba es otra cosa. La guarimba es violencia organizada con fines políticos. Es el caucho quemado en la vía pública, el árbol talado, la basura incendiada, el vecino agredido. En el Zulia, entre 2014 y 2017, se talaron más de cinco mil árboles para quemarlos en las calles. Se atacaron mascotas. Se incendiaron sectores enteros. Eso no fue protesta: fue terrorismo de barrio. Y ahora, según el alcalde de Maracaibo, aparecieron cauchos regados en los lados de La Victoria, listos para la quema. La noche del jueves pasado, sectores como Santa Rosa de Agua, Milagro Norte, Barrio Los Pescadores, Altos de Jalisco, Las Tarabas y Delicias vivieron momentos difíciles. La guarimba no es un derecho: es un delito. Y el Estado tiene la obligación de combatirlo.
El cadáver del regreso que nunca fue – La Machado dice que quiere volver. Sus acompañantes hablan de siete intentos frustrados. Un barco que se averió, vuelos que no fueron autorizados, un pasaporte diplomático panameño que no implica ciudadanía ni cargo oficial, según fuentes diplomáticas panameñas. Pero hay algo que no cuadra: si el gobierno de Estados Unidos dice que puede volver, y el gobierno de Venezuela dice que puede volver, ¿quién la bloquea? La respuesta es simple: nadie. O mejor dicho, ella misma. Porque una cosa es querer volver como ciudadana y otra es querer volver como «autoridad delegada» de un gobierno extranjero. Eso no es regresar: es entrar con fuero. Y eso no se lo concede nadie. El show de los siete intentos no es una lucha por el retorno: es una puesta en escena para alimentar el relato de persecución.
El cadáver de la ciudad que renació – Mientras ellos queman cauchos, Maracaibo renace. El programa «Gobierno de Calle» ha recuperado más de 120 plazas y parques desde agosto de 2025. El Parque Ana María Campos, antes un foco de inseguridad, recibe hoy más de 50.000 visitantes mensuales, según la Alcaldía y el diario Panorama. La CEPAL registra 18 trimestres consecutivos de crecimiento económico hasta el segundo trimestre de 2026, con un promedio anual del 4,2%, uno de los más altos de América Latina, y eso con sanciones encima. La producción petrolera alcanzó 1,25 millones de barriles diarios en julio de 2026, un 35% más que el mínimo de 373.000 de 2020. Eso es lo que quieren incendiar. No una consigna: una realidad. Y el que quiera incendiar lo que renació, tendrá que enfrentarse no con un gobierno, sino con una ciudad entera. La violencia no construye nada. La paz, sí.
El Pepazo







