jueves, noviembre 5, 2026
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Cuando el karma le pasó factura a quien se creía inmaculado…

 

Eran poco más de las diez de la mañana y la luz de Maracaibo entraba por el ventanal de El Bohemio, cortando la mesa del rincón en dos. Anacleto llegó apurado y comenzó a apilar los recortes de forma casi desordenada: titulares con la palabra “terremoto azul”, mapas de Estados Unidos pintados de azul y rojo, y una foto de Keisha Lance Bottoms sonriendo con la banda de gobernadora. En la barra, Carmen secaba vasos con la parsimonia de costumbre. El ventilador viejo movía el aire caliente sin ganas. Yo estaba allí, al lado de Anacleto, con la libreta abierta. Un parroquiano recién llegado, de esos que escuchan más de lo que hablan, se acomodó en una mesa cercana.

El pichón de periodista fue el primero en romper el hielo. Golpeó la mesa con dos dedos, como quien llama a un timbre. «Anacleto, los números son una locura. Dicen que los demócratas se llevaron la Cámara y el Senado. ¿Es verdad que fue una paliza histórica?»

En la barra, Carmen dejó de secar un vaso. El boticario se giró en la silla. Anacleto no respondió de inmediato: encendió un cigarrillo, y la llama del fósforo tembló un segundo antes de prender. Exhaló el humo hacia el techo y lo siguió con la mirada hasta que se deshizo contra el yeso. «Camarita, las urnas no perdonan. El felon convicted apostó a que el miedo y la chequera le darían otra victoria, pero el karma le pasó la factura. Perdieron el Senado, perdieron la Cámara, además de gobernaciones Y no fue por un milagro demócrata, fue por pura arrogancia republicana.»

La profesora se ajustó los espejuelos con dos dedos y desplegó una hoja doblada en cuatro sobre la mesa. La alisó con el canto de la mano antes de leer. «Según las proyecciones del New York Times, la aguja favorece a los demócratas con 254 escaños en la Cámara. Y en el Senado ya se confirmó el vuelco. Sherrod Brown recuperó su escaño por Ohio. Además, hay un dato que rompe la historia: Keisha Lance Bottoms se convirtió en la primera mujer negra electa gobernadora en la historia de Estados Unidos, ganando en Georgia con 54,3% de los votos.»

El coronel se inclinó hacia la hoja como si dudara de la letra. Anacleto apagó el cigarrillo contra el cenicero y encendió otro sin mirar, su ritual del pensamiento. La brasa del primero siguió humeando sola. «Ahí está el detalle, profesora. Georgia, un estado marcado por la esclavitud y la segregación, elige a una mujer negra como su gobernadora. Y los republicanos se fueron con la promesa de que el país no estaba listo para eso. La historia les pasó por encima.»

El coronel retirado se recostó en la silla hasta que el espaldar crujió, y habló con voz ronca, mirando al techo y no a Anacleto. «Pero Anacleto, ¿la gente no votó por la economía? Dicen que la inmigración fue el tema principal.»

Anacleto tamborileó con los dedos sobre la mesa, cinco golpes secos, y no contestó hasta el quinto. «Coronel, la inmigración fue el caballito de batalla, sí. Prometieron deportaciones masivas, mano dura, redadas. Y en el camino se les olvidó que el ciudadano de a pie no come discursos de odio; come cuando el precio de la leche baja. El costo de vida se los comió vivos. Y la promesa de acabar con las guerras, ¿qué pasó con eso? Terminaron metidos en otra guerra en Medio Oriente, con la gasolina por las nubes. La gente no es tonta: votó por el bolsillo, no por el miedo.»

El boticario se limpió los lentes con el borde del delantal, se los puso con calma y dejó la sorna colgando en el aire antes de hablar. «¿Y los archivos de Epstein, Anacleto? Porque ese nombre apareció en todas partes.»

Anacleto lo miró con fijeza, con esa mirada que atraviesa el humo. El ventilador sopló sobre la mesa y movió una esquina de la hoja de la profesora. «Boticario, ese es el cadáver que no pudieron enterrar. Cada vez que el Congreso intentaba desviar la atención con el tema migratorio, salía un juez ordenando desclasificar un nuevo lote de archivos. Y el nombre del felon convicted aparecía una y otra vez. La gente ya se cansó de la mentira. El escándalo no fue solo político: fue moral. Cuando la gente se da cuenta de que te rodeas de depredadores, deja de creer en tu ley y orden.»

La estudiante de sociología cerró su cuaderno de golpe, lo puso plano sobre las rodillas y preguntó con seriedad, sin soltar la tapa. «Anacleto, y los indultos a los narcotraficantes convictos, como Juan Orlando Hernández, ¿no fue eso un tiro en el pie?»

Anacleto exhaló una bocanada de humo con lentitud y la dejó subir despacio, como quien suelta un peso. «Mi niña, esa fue la puntilla. El hombre que decía ser el azote del narcotráfico, que secuestró a Maduro porque “y que” era Jefe de un cartel que no existe, indultó a capos y narcotraficantes convictos por el contrabando de 400 toneladas de cocaína. La ironía es tan grande que ni un guionista de Hollywood la hubiera escrito. El karma no es divino: es matemático. Si vendes tu alma al diablo, el diablo te cobra intereses.»

El viejo periodista soltó un golpe suave en la mesa, con el canto del puño, como quien quiere añadir sabiduría popular y mide la fuerza para no romper nada. «Anacleto, aquí en Venezuela tenemos un refrán para esto: “Al que madruga, Dios lo ayuda… pero al que trasnocha, el diablo lo acompaña”. Y ese hombre trasnochó demasiado.»

Anacleto sonrió, no con alegría, sino con la certeza del que ve el final de la película. «Exacto, camarita. Y el diablo le pasó la factura en las urnas.»

El ventilador siguió girando. El parroquiano de la mesa cercana, que hasta ahora había estado callado con la taza entre las manos, la dejó sobre el platillo y levantó la vista. «Disculpe, don Anacleto, ¿y con esto se acaba el trumpismo?»

Anacleto lo miró. El tintineo del platillo se apagó solo. Hizo una pausa, de esas que pesan. «No, camarita. El trumpismo no se acaba con una elección. Se acabará cuando el pueblo estadounidense decida dejar de creer en los mesías. Pero eso no es una pregunta técnica: es una pregunta de fe.»

El viejo periodista asintió. El pichón tomó nota, y la punta del bolígrafo se le hundió en el papel. Carmen dejó el vaso sobre la barra, y el sonido cruzó el café. «Camarita, el imperio quiso ser el dueño del mundo, pero olvidó que la política se hace con estómago, no con discursos. El Karma saludó al felon convicted. Y de paso, le recordó que las urnas son el espejo más honesto del alma humana.»

El pichón de periodista, que había estado tomando notas sin levantar la cabeza, alzó la vista de golpe. Dejó el bolígrafo sobre la mesa y preguntó con la franqueza de quien busca el titular que importa. «Anacleto… ¿y esos resultados a nosotros nos benefician o nos perjudican?»

El bolígrafo rodó un centímetro y se detuvo. Anacleto no respondió de inmediato. Apagó el cigarrillo contra el cenicero de latón, con una lentitud que subrayaba el peso de la pregunta, y la brasa chisporroteó al morir. Miró al pichón. La profesora bajó la hoja a la mesa. Anacleto recorrió con la vista a los presentes, uno por uno, como quien va a repartir una verdad incómoda, y se detuvo en el boticario. «Camarita, ese es el detalle que los opinadores de oficio no quieren ver. Nos benefician, sí, pero no por lo que usted cree. No nos beneficia que el Partido Demócrata sea bueno. El imperio no tiene partido: tiene intereses. Nos beneficia que el imperio esté distraído. Un Washington dividido, con un Congreso en manos de la oposición y un presidente acorralado por los archivos de Epstein y los tribunales, es un Washington que no tiene tiempo para inventar guerras en el Caribe ni para apretar más las tuercas de las sanciones. La arrogancia imperial se debilita cuando el emperador tiene que defenderse en su propia casa.»

Hizo una pausa. Carmen le acercó un café sin preguntar y se retiró sin esperar las gracias. Anacleto dio un sorbo antes de continuar. «Ahora, no se equivoque. Que los demócratas ganen no significa que vayan a levantar el bloqueo contra Venezuela por amor a la patria de Bolívar. Significa que van a estar demasiado ocupados peleándose con el felon convicted como para mirar hacia el sur. Y mientras ellos se pelean en su patio, nosotros seguimos construyendo en el nuestro. Esa es la oportunidad. El imperio, cuando está herido, se vuelve impredecible. Pero también se vuelve lento. Y la lentitud, camarita, es el mejor aliado de los que resisten.»

El viejo periodista asintió con gravedad. El coronel retirado cruzó los brazos y apretó la mandíbula. La estudiante de sociología volvió a abrir su cuaderno. Anacleto se levantó y la silla raspó el piso. Me hizo la seña con dos dedos y caminó lentamente hacia la puerta. Se detuvo en el umbral, se medio volteó, con esa costumbre que ya es su sello. La luz de la mañana le pegaba de lado y le partía la cara en dos. «Camarita, el imperio quiso ser el dueño del mundo, pero olvidó que la política se hace con estómago, no con discursos. El Karma saludó al felon convicted. Y de paso, le recordó que las urnas son el espejo más honesto del alma humana. Pero nosotros no podemos quedarnos mirando el espejo ajeno. Nosotros tenemos que seguir mirando el nuestro. Porque mientras ellos se desangran en su propia política, nosotros tenemos la obligación de seguir vivos. Y de seguir libres.»

Salió y yo detrás de él. La puerta de El Bohemio se cerró con un golpe suave. Afuera, Maracaibo seguía su curso, con su sol ardiendo, su calor y su terquedad infinita. El ventilador siguió girando. Y en el silencio de El Bohemio, la pregunta del pichón quedó flotando en el aire, como el humo que todavía no se disipa: «¿Y esos resultados nos benefician o nos perjudican? Hasta que las aspas del ventilador, tercas y viejas, la degollaron sin clemencia.»

El terremoto azul: los números de una paliza histórica – A la hora de escribir esta crónica, el vuelco no se mide en discursos sino en papeletas. La aguja del New York Times situaba a los demócratas en 254 escaños de la Cámara, por encima de los 257 que marcarían la mayor mayoría de cualquiera de los dos partidos en más de tres décadas. En el Senado, Sherrod Brown recuperó su escaño por Ohio y el vuelco quedó confirmado. Pero el dato que revela la desesperación es otro: el gasto en publicidad de los comicios competitivos superó los 3.600 millones de dólares, cifra sin precedentes. No fue un golpe de suerte demócrata. Fue un electorado exhausto que castigó el costo de vida, la guerra nueva que nadie prometió y el desgaste moral de una administración rodeada de escándalos y expedientes.

El hito de Bottoms: el fin de un silencio histórico – Keisha Lance Bottoms no solo ganó Georgia. Rompió un techo que llevaba más de dos siglos intacto: es la primera mujer negra electa gobernadora en la historia de Estados Unidos, con 54,3% de los votos y 8,6 puntos de ventaja. Y ganó en un estado marcado por la esclavitud y la segregación racial,  contra el dinero: los grupos pro-Jackson reservaron casi 76 millones de dólares en aire en su contra, y su rival puso al menos 108 millones de su fortuna personal. Bottoms ganó con 8 millones. En Wisconsin, David Crowley se convirtió en el primer gobernador negro del estado. Y en Florida, el republicano Byron Donalds se convirtió en el primer gobernador negro republicano electo del país. El mapa cambió de color, pero sobre todo cambió de rostro: el país que prometió no estar listo eligió a una mujer negra en el estado de la segregación.

Los archivos de Epstein y los indultos: la puntilla moral – La administración del felon convicted no cayó por la economía ni por la frontera. Cayó por la moral, y ese es el expediente que no pudo enterrar. Cada desclasificación judicial devolvía su nombre al centro del debate, y los defensores que intentaban desviar la mirada hacia la inmigración se topaban con un juez ordenando otro lote de documentos. A eso se sumó la contradicción de los indultos: el hombre que prometió mano dura contra el crimen organizado terminó soltando a narcotraficantes convictos por el contrabando de 400 toneladas de cocaína. Para el votante de centro, esa fue la prueba final de que el rumbo se había perdido. El Karma no necesitó un juez: le bastó con una urna.

El Pepazo

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