El ventilador de El Bohemio giraba con lentitud y chirriaba como si quisiera anunciar una conversación incómoda. Anacleto había desplegado una serie de recortes sobre la mesa del rincón. Algunos mostraban titulares sobre la promesa de cinco mil dólares por votante. Otros, encuestas que hablaban de una hecatombe republicana en las elecciones de medio término. Yo estaba allí, como siempre, tomando nota de lo que se decía y hacía. A su alrededor, la profesora, el pichón de periodista, el coronel retirado, el boticario, el viejo periodista, Carmen, el sindicalista y varios parroquianos esperaban la charla de mi amigo, con esa mezcla de expectativa y escepticismo que solo se respira en los cafés donde la política se discute sin filtros.
El pichón de periodista fue el primero en hablar. «Anacleto, según la agencia EFE, el orangután naranja prometió cinco mil dólares a cada ciudadano adulto si los republicanos ganan las elecciones de noviembre. ¿No es eso comprar votos a cielo abierto?»

Anacleto no respondió de inmediato. Encendió un cigarrillo con esa parsimonia de quien sabe que las grandes ironías no se entienden con prisas. Exhaló el humo hacia el techo y lo vio deshacerse contra las aspas. «Camarita, usted acaba de describir la desesperación en su forma más pura. Cuando un político ofrece dinero directo a los votantes, no está haciendo campaña: está confesando que no tiene nada más que ofrecer. Y lo más grave no es la promesa. Lo más grave es que él mismo reconoció que costaría un billón de dólares y aumentaría el déficit. Es decir: está dispuesto a hipotecar el país con tal de no soltar el poder.»
La profesora, sin disimular ese dejo de ironía que la caracteriza, desplegó un informe sobre las encuestas. «Anacleto, los números no le favorecen. Según el promedio de NBC News, los demócratas llevan una ventaja de nueve puntos en la intención de voto para el Congreso. Y la aprobación del orangután naranja está en 39%, con una desaprobación del 59%. La brecha se ha ampliado a veinte puntos. Eso no es una grieta: es un abismo.»
Anacleto apagó un cigarrillo y encendió otro, su ritual del pensamiento. «Ahí está el detalle, mi estimada profesora, que los aduladores no quieren admitir. No es solo que vaya perdiendo, sino que está perdiendo en sus propios bastiones. El ‘Cook Political Report’ acaba de mover Kansas de «inclinación republicana» a «empate», y Kansas no ha elegido un senador demócrata desde 1932. Cuando un estado así se pone en juego, no estamos ante un mal día. Estamos ante una hecatombe.»
El coronel retirado, con su voz grave de quien ha visto muchas batallas difíciles de ganar, se inclinó sobre la mesa. «¿Y la guerra con Irán? ¿Y el Estrecho de Ormuz? ¿Cómo influye eso?»
Anacleto apagó el cigarrillo contra el cenicero de latón, tamborileo con sus dedos sobre la mesa y respondió: «Coronel…, ahí está el punto que muchos analistas pasan por alto. El “felon convicted” llegó al poder prometiendo acabar con las guerras interminables, y lo primero que hizo fue meterse en otra. La guerra contra Irán comenzó el 28 de febrero, y no la ha ganado como vocifera. Es más, aún no ha terminado. Según la historiadora Maya Kandel, eso es precisamente lo que está moviendo a los votantes que lo apoyaron en 2024: latinos, hombres jóvenes, independientes. Se sienten traicionados. Y tienen razón.» Hizo una pausa. Carmen le acercó un café sin preguntar. Anacleto dio un sorbo antes de continuar. «Pero hay algo más profundo: El precio de la gasolina, el costo de vida, la promesa de un «nuevo amanecer» que nunca llegó. Cuando un votante no puede llenar el tanque de su carro, no le importan los discursos sobre grandeza nacional. Le importa su bolsillo. Y el bolsillo no perdona.»
El boticario, fiel a su papel de ingenuo estratégico, movió la cabeza. «Pero Anacleto, ¿y el Congreso? ¿No lo están acorralando? ¿No le ordenó que parara la guerra?»
Anacleto sacó su pañuelo a cuadros para secarse el sudor de la frente. «Boticario, ahí está la rebelión que nadie esperaba. La Cámara de Representantes aprobó una resolución ordenando retirar las tropas de Irán. Y en el Senado, cuatro republicanos votaron con los demócratas: Susan Collins, Rand Paul, Mike Lee y Todd Young. Cuatro. No son muchos, pero en un partido donde la lealtad era absoluta, cuatro es un motín. El orangután naranja llamó a esa votación «antipatriótica». Pero él inició una guerra sin autorización del Congreso, ¿quién es el antipatriota?»
La estudiante de sociología, que había estado tomando notas, levantó la mano «Anacleto, y el caso del petróleo venezolano robado. ¿Tiene algo que ver eso?»
Anacleto exhaló una bocanada de humo con lentitud deliberada, y la miró con ternura: «Mi niña, todo tiene que ver con todo. El orangután naranja confesó que está robando petróleo venezolano bajo la premisa de que «es el botín del ganador». Y no es una exageración: según La Jornada, Estados Unidos ha capturado más de 143 millones de barriles de crudo venezolano desde enero, con un valor estimado de casi 10.000 millones de dólares. Eso no es cooperación. Eso es saqueo. Y el saqueo no se hace para beneficiar a los votantes. Se hace para beneficiar a las corporaciones.»
El viejo periodista, con esa sabiduría de quien ha visto demasiados «ires y venires», soltó la libreta, encendió un cigarrillo e intervino. «Anacleto, Orwell escribió en «1984» que «la guerra es la paz, la libertad es la esclavitud, la ignorancia es la fuerza». ¿No es esto un ejemplo?»
Anacleto sonrió, esa sonrisa de quien sabe que la hipocresía, cuando se disfraza de virtud, termina por desnudarse sola. « Exacto camarita. El orangután naranja vende guerra como seguridad, saqueo como cooperación, y compra de votos como «dividendo». Es el “doblepensar” hecho carne. Y lo más triste es que hay quien le cree. Pero las encuestas no mienten: 39% de aprobación, 59% de desaprobación. La gente está despertando.»
Carmen, desde la barra, dejó el trapo y se apoyó en el mostrador. «Anacleto, y el pueblo estadounidense. ¿Qué se puede esperar de ellos?»
Anacleto se levantó y caminó hacia la barra. Carmen le sirvió un café sin preguntar. Se sentó en el taburete, de espaldas a la mesa, y con voz clara y alta, soltó: «Carmen, aquí en El Bohemio no se habla sobre el pueblo; se habla desde el pueblo. Del pueblo que aquí habita. Del de Estados Unidos solo podríamos especular. Pero hay algo que sí sabemos: el verdadero estadounidense es el descendiente de los Sioux, los Comanches, los Iowa; los que fueron desterrados y condenados al exterminio. Esos no deciden. Deciden los descendientes de los invasores. Los que hoy se hacen llamar «verdaderos norteamericanos» mientras persiguen a los migrantes con el ICE. La ironía es tan grande que ni Hemingway la habría escrito.»
El coronel retirado, con su experiencia de mil batallas, se inclinó sobre la mesa. «Y entonces, ¿qué puede pasar en noviembre?»
Anacleto exhaló una bocanada de humo con lentitud deliberada, tratando de hacer aros con él, sin lograrlo. «Coronel, no lo sabemos. Las encuestas favorecen a los demócratas, pero las encuestas se han equivocado antes. Lo que sí sabemos es que el orangután naranja está desesperado. Y cuando un hombre desesperado tiene poder, es peligroso. Puede intentar sabotear las elecciones, desconocer resultados, movilizar a sus bases con mentiras. Pero también puede que el pueblo estadounidense, ese que no sale en las encuestas, ese que trabaja dos turnos para pagar la renta, le dé la espalda. Y eso, camarita, sería el mayor castigo.»
Se levantó de la barra y caminó lentamente hacia la puerta. Me hizo una seña. Se detuvo en el umbral, se medio volteó, con esa costumbre que ya es su sello y sentenció: «Camarita, el proverbio italiano lo dice todo: en el ajedrez, una vez terminado el juego, el rey y el peón van a la misma caja. El orangután naranja se cree rey. Pero en noviembre, cuando las urnas hablen, puede que descubra que solo era un peón. Y los peones, camarita, no tienen segunda vuelta.»
Salió y yo detrás de él. La puerta de El Bohemio se cerró con un golpe suave. Afuera, Maracaibo seguía su curso, con su sol ardiendo, su calor y su terquedad infinita. El ventilador siguió girando y chirriando. Y en el silencio de El Bohemio, la pregunta quedó flotando en el aire, como el humo que todavía no se disipa: ¿Despertará el pueblo norteamericano el tres de noviembre como para desenmascarar al ególatra y decir: ¡BASTA!?
El cadáver de la compra de votos – La promesa de cinco mil dólares por cada ciudadano adulto, condicionada a que los republicanos ganen, no es una propuesta electoral: es una confesión de desesperación. El orangután naranja anunció que si los republicanos ganan la Cámara y el Senado, entregará un «dividendo» a cada ciudadano adulto. Reconoció que costaría alrededor de un billón de dólares y aumentaría el déficit federal. Ninguna de las cifras que citó para justificar el gasto, 21 billones en inversiones, ha sido verificada por la Casa Blanca ni por fuentes independientes. Lo que sí está claro es que se trata de una promesa imposible de cumplir sin hipotecar el país. Y lo más revelador: la oferta llega cuando las encuestas pronostican una derrota republicana en ambas cámaras. Cuando un político ofrece dinero directo, ya no está pidiendo el voto. Está comprándolo. ¿Está eso permitido?
El cadáver de la guerra que nadie quiere – El conflicto con Irán comenzó el 28 de febrero y se ha convertido en un lastre electoral. La Cámara de Representantes aprobó una resolución ordenando el retiro de las tropas, y aunque el Senado la rechazó por un voto (49-50), cuatro republicanos rompieron filas con su partido: Susan Collins, Rand Paul, Mike Lee y Todd Young. El orangután naranja llamó a esa votación «antipatriótica», pero el daño ya estaba hecho. La guerra, que prometió ser rápida y victoriosa, se ha convertido en un callejón sin salida. El precio de la gasolina se ha disparado. La inflación no cede. Y los votantes que lo apoyaron en 2024 —latinos, jóvenes, independientes— se están alejando. La promesa de «acabar con las guerras interminables» quedó sepultada bajo los escombros de otra guerra interminable que él mismo inició.
El cadáver del saqueo que llaman acuerdo – El orangután naranja confesó que Estados Unidos está obteniendo «miles y miles de millones» del petróleo venezolano bajo la premisa de que «es el botín del ganador». Según La Jornada, desde enero se han capturado más de 143 millones de barriles de crudo venezolano, con un valor estimado de casi 10.000 millones de dólares. La orden ejecutiva firmada el 9 de enero establece que esos fondos «continúan siendo propiedad soberana de Venezuela», pero Washington los administra como custodio y condiciona su uso. Es decir: el petróleo es venezolano, pero el dinero lo maneja Estados Unidos. Y mientras tanto, la reserva estratégica estadounidense ha caído un 32% en siete meses. El saqueo no es una política exterior: es una necesidad energética disfrazada de victoria.
El Pepazo







