George Taborda (El secuestro de la Calma, tercera entrega)
Durante años de consulta clínica fui testigo de un fenómeno paradójico que
desconcierta a quien lo padece: personas que logran salir de una etapa de crisis severa
o que finalmente disfrutan de un fin de semana sin sobresaltos ni urgencias, y en lugar
de experimentar alivio, sienten una repentina oleada de desasosiego. Me dicen con
extrañeza: «George, todo marcha bien, no tengo problemas graves en este momento,
pero cuando la casa queda en silencio o me siento a descansar sin hacer nada, me
entra una taquicardia extraña; siento que algo malo va a pasar». Esta inquietud ante la quietud no es un defecto personal ni una recaída inexplicable; es el testimonio biológico
de un sistema nervioso que ha permanecido tanto tiempo en modo de supervivencia
que ha llegado a confundir la paz con una amenaza inminente.
El estrés prolongado o la ansiedad sostenida aumentan la actividad del eje hipotálamo-
hipófiso-adrenal (HHA) y de los circuitos del miedo en la amígdala cerebral (LeDoux,
2015). El cerebro se habitúa a niveles constantes de cortisol y catecolaminas y
mantiene un estado de alerta conocido en neurobiología como hipervigilancia basal. En
estas condiciones, el sistema nervioso percibe la falta de estímulos o demandas
externas como un punto ciego peligroso, no como una oportunidad para descansar: sin
ruido ni tareas pendientes, la mente cree haber bajado la guardia ante un depredador
invisible. Así, el silencio se convierte, paradójicamente, en un anuncio de catástrofe.
Como señalé al explicar los mecanismos de autorregulación somática en situaciones
de saturación (Taborda, 2022), el organismo no puede recuperar la lucidez mientras
asocie la quietud con la vulnerabilidad y la desprotección biológica.
Esta intolerancia a la calma se agrava dramáticamente en la era de los ecosistemashiperconectados. Al rellenar sistemáticamente cada instante muerto del día con
notificaciones, audios acelerados y pantallas encendidas, privamos al encéfalo de la
experiencia natural del silencio. Como demostró el psicólogo Julian Rotter en sus
formulaciones sobre el control conductual y la expectativa de refuerzo, cuando la conducta de un individuo depende exclusivamente de estímulos externos para regular su estado interno, pierde la capacidad de autogestión somática (Rotter, 1966). La mente desentrenada en el silencio se vuelve adicta a la fricción y al estímulo continuo;
ante el vacío de información externa, la Red Neuronal por Defecto (Default Mode
Network) se activa en su modalidad más desadaptativa, recurriendo a recuerdos
culposos del pasado o anticipaciones trágicas del porvenir para llenar el hueco
sensorial con rumiación ansiosa.
Superar la ansiedad y consolidar la calma duradera exige necesariamente un proceso
de desensibilización biológica frente a la quietud. No basta con desactivar las crisis
agudas; resulta imperativo reeducar al sistema nervioso para que reconozca la
ausencia de peligro como un territorio seguro y habitable.
Para disolver el miedo al silencio y anclar la tranquilidad de manera estable en la vida
diaria, podemos aplicar un protocolo de aclimatación neurovegetativa basado en cuatro
prácticas directas: En primer lugar, se debe aplicar la exposición gradual al silencio de
bajo impacto. Si la quietud absoluta le provoca taquicardia o inquietud motora, no
intente sentarse a meditar durante media hora de golpe. Comience introduciendo
micropausas de dos a tres minutos al día, durante las cuales permanezca sentado, sin
audífonos, sin radio de fondo ni pantallas, manteniendo la vista relajada en el entorno.
Si surge la sensación de vacío o de aceleración cardíaca, no huya hacia el teléfono;
nombre la emoción en voz baja («esto es solo mi sistema de alerta descalibrado») y
permita que transcurra el minuto. La exposición repetida sin consecuencias negativas
envía una señal inhibitoria a la amígdala, extinguiendo poco a poco la respuesta
condicionada de pánico ante el silencio.
En segundo lugar, es vital distinguir entre la calma y la inactividad culposa. Muchas
personas hiperactivas asocian el descanso con la pereza o la irresponsabilidad, lo que
desencadena una respuesta adrenérgica de culpa cada vez que se detienen. Para
romper este patrón, resignifique conscientemente el reposo en su agenda diaria,
asignándole un valor técnico: programe en su calendario un bloque diario de quince
minutos bajo el rótulo explícito de «restauración parasimpática». Al otorgarle a la pausa la categoría de un mantenimiento biológico indispensable —igual que cargar la batería de una máquina de trabajo—, la corteza prefrontal desactiva la censura moral y el cuerpo se permite aflojar la musculatura sin remordimientos.
En tercer lugar, se recomienda el escaneo propioceptivo sin juicio analítico. Durante los
momentos de quietud en casa, desvíe la atención del torrente de pensamientos y
oriéntela deliberadamente hacia las sensaciones puramente físicas: sienta el contacto
de los pies con el suelo, el peso de los muslos sobre el asiento, la temperatura de las
manos y el movimiento natural del abdomen al respirar. Observar el cuerpo desde la
corteza insular y la corteza somatosensorial primaria, sin intentar corregir nada, impide
que la mente construya historias alarmistas a partir de sensaciones fisiológicas neutras,
afianzando la noción visceral de que el presente es seguro.
Finalmente, es imprescindible instaurar el hábito de la contemplación periférica al aire
libre. Al menos dos veces por semana, camine por un parque o siéntese en un espacio
abierto sin auriculares y sin propósitos de rendimiento físico. Amplíe conscientemente
su campo visual hacia la visión periférica —abarcando todo el horizonte sin fijar la
mirada en un objeto concreto— mientras escucha el sonido ambiental de la brisa, de
las aves o del entorno circundante. La visión panorámica relaja de inmediato los
circuitos de enfoque cerrado que la tecnología mantiene tensos, induciendo un tono
parasimpático que le enseña al cerebro que la paz no es un vacío que deba temerse,
sino el estado biológico primordial en el que la vida se renueva.
La calma no es un punto de llegada fortuito ni una tregua precaria entre dos tormentas;
es un músculo neurobiológico que requiere entrenamiento, paciencia y coraje para
ejercitarlo. Dejar atrás la ansiedad no significa únicamente aprender a frenar el pánico,
sino atreverse a soltar las armas de la vigilancia constante cuando la guerra ya ha
terminado. Al reconciliarnos con el silencio y permitirle a nuestro cuerpo reposar en la
quietud, recuperamos la posesión de nuestra propia vida y descubrimos que, después
de la tempestad y la zozobra, el territorio de la calma es el único hogar al que siempre
vale la pena regresar.
Resumen para el lector
• La trampa de la hipervigilancia: Tras períodos prolongados de estrés, el sistema
nervioso se habitúa a la alarma constante y confunde la quietud con una amenaza
inminente (LeDoux, 2015).
• El silencio no es peligroso: el cerebro, acostumbrado al bombardeo digital, llena el
vacío sensorial con rumiaciones ansiosas si no se le entrena para tolerar la calma
(Rotter, 1966).
• Reprogramar la quietud: Exponerse gradualmente a micropausas en silencio,
programar el reposo como una tarea biológica, anclarse a las sensaciones corporales y
practicar la visión periférica devuelve la paz al cuerpo sin detonar la alarma interna
(Taborda, 2022).
Citas Bibliográficas
• LeDoux, J. E. (2015). Anxious: Using the Brain to Understand and Treat Fear and
Anxiety. Viking. (Investigación neurobiológica sobre los circuitos cerebrales del miedo,
la memoria emocional en la amígdala y la persistencia de la hipervigilancia en los
trastornos de ansiedad).
• Rotter, J. B. (1966). Generalized expectancies for internal versus external control of
reinforcement. Psychological Monographs: General and Applied, 80(1), 1-28. (Obra
clásica sobre el locus de control y cómo la dependencia de estímulos externos
condiciona la autorregulación psicológica).
• Taborda, G. (2025). Después de la ansiedad viene la calma. Amazon Digital Services.
(Guía clínico-práctica sobre neurobiología de la ansiedad, desensibilización al miedo y
herramientas somáticas para el restablecimiento del equilibrio emocional).
El Pepazo







