El Bohemio tenía ese olor a café recalentado y a mentira que ya no cuela. Era un viernes cualquiera, pero la noticia de que la Sayona había vuelto a soltar una de sus «exclusivas» había llenado el café de parroquianos. Sobre la mesa del rincón, Anacleto tenía desplegada una lista de las frases más célebres de la opositora, con las fechas marcadas en rojo. A su alrededor, la profesora, el coronel retirado, el boticario, el viejo periodista, el sindicalista, un obrero, Carmen y el pichón de periodista esperaban. En mesas cercanas, varios desconocidos escuchaban con atención.

Como siempre, el pichón de periodista fue el primero en hablar. «Anacleto, otra vez la Sayona. Ahora dice que envió 4.000 toneladas de alimentos para los damnificados del terremoto. Que nadie las vio, que nadie las recibió, pero que están ahí. ¿Cómo puede decir algo así?»
Anacleto no respondió de inmediato. Encendió un cigarrillo con esa parsimonia de quien sabe que las mentiras de los mitómanos, cuando se documentan, se vuelven su propia sentencia. Exhaló el humo hacia el techo y lo vio deshacerse contra las aspas. «Camarita, la Sayona no es una política. Es una mitómana profesional. Su discurso no está diseñado para convencer, está diseñado para confundir. Y lo más triste es que hay quienes todavía le creen.»
La profesora, con esa precisión de archivo que la caracteriza, desplegó una cronología de las profecías opositoras. «Anacleto, esto es impresionante. «Chávez está más débil que nunca y no le queda otra opción que entregar el poder» (2011). «El régimen de Chávez se tambalea, está en su fase final» (2012). «Maduro no dura ni tres meses» (2013). «El régimen está herido de muerte e irremediablemente desarticulado» (2025). «Al régimen de Delcy y el chavismo no le queda fuerza moral ni política para sostenerse» (2026). Quince años de profecías incumplidas, camaritas. Y cada año, la misma cantaleta.»
Un desconocido de una mesa cercana, un hombre de unos cuarenta años con una libreta en la mano, intervino con voz firme. «Pero señor Anacleto, ¿y si esta vez es verdad? ¿Y si realmente están más débiles?»
La carcajada de Anacleto retumbó en todo el café, pero no era una carcajada alegre. Era de esas que sueltan los viejos cuando ven a un niño confundir la repetición con la realidad. «Camarita, los psicólogos llaman disonancia cognitiva a la incomodidad mental que sentimos cuando se nos presenta información que entra en conflicto con nuestras creencias preexistentes. La Sayona y su enjambre de embusteros llevan quince años creando esa disonancia en sus seguidores. Les dicen «el régimen está a punto de caer», y cuando no cae, buscan otra excusa. Pero la realidad, camarita, es tozuda. Y la realidad dice que el chavismo sigue en pie después de quince años de «caídas inminentes».»
El boticario, fiel a su papel de ingenuo estratégico, movió la cabeza. «Anacleto, y lo de las 4.000 toneladas de alimentos. ¿Cómo puede decir eso sin que nadie lo vea?»
Anacleto apagó un cigarrillo y encendió otro, su ritual del pensamiento. «Boticario, ella es una experta sacándole el dinero a financistas y organismos en el exterior, recibiendo dinero supuestamente para ayudar a Venezuela y, por supuesto, como la observan los que le dan el dinero, los que hacen las donaciones, ella no tiene cómo justificar con una fotografía que ella y el movimiento 20 Venezuela, para el que jamás logró recabar las firmas, realizaron las entregas pertinentes.» Sacó su pañuelo a cuadros y se secó la frente. Sorbió su café y continuó: «Pasó lo mismo que con el dinero de la USAID para crear cuadros políticos, para fortalecer un partido: se lo metieron en el bolsillo. Y ahora, para tapar el hueco, inventa una cifra imposible. 4.000 toneladas no se mueven en camionetas, camarita. Se necesitan gandolas, guías de traslado, permisos, logística. Y nadie las vio. ¿Por qué? Porque no existieron.»
El obrero, que había estado escuchando con atención, levantó la mano. «Anacleto, ¿y las fotos? Dicen que mostraron un camión desde Cúcuta.»
Anacleto exhaló una bocanada de humo con lentitud deliberada. «Camarita, el descarado de Avengaño muestra la foto de un camión que dizque viene de Cúcuta, como parte de las 4.000 toneladas y que tiene capacidad para 10 o 15 toneladas. ¿Y el resto? ¿Qué había dentro del camión? No se sabe. Es que el número es tan absurdo que se les critica hasta la falta de creatividad a la hora de mentir. La mitomanía, camaritas, tiene un límite: la evidencia. Y cuando la evidencia falta, la mentira se desmorona.»
Carmen, desde la barra, dejó el trapo y se apoyó en el mostrador. «Anacleto, y la gente que todavía le cree. ¿Cómo es posible? ¿Son ciegos…. O tontos?»
Anacleto la miró con una mezcla de ternura y dureza. «Carmen, la gente cree porque quiere creer. Porque la mentira, cuando es bien contada, es más cómoda que la verdad. Pero la verdad, camarita, tiene una ventaja sobre la mentira: es verificable. Y cuando se verifica, la mentira se derrumba.»
El sindicalista, con su voz grave de hombre de calle, intervino. «Anacleto, y la historia de los premios. Dicen que le dieron un Nobel de la Paz comprado.»
Anacleto sonrió, esa sonrisa de quien sabe que la hipocresía, cuando se disfraza de honor, termina por desnudarse sola. «Camarita, «Este premio no es mío, es del pueblo venezolano… Un firme llamado para que la transición a la democracia se concrete de inmediato». Pero, si es del pueblo, ¿por qué se le regaló al pedófilo? ¿Sería para que la tomara en cuenta? La respuesta es obvia, camaritas: el premio no era para el pueblo, era para ella. Y al regalárselo al pedófilo, lo que hizo fue confesar que su lucha no es por Venezuela, sino por un lugar en la mesa del imperio.»
El viejo periodista, con esa sabiduría de quien ha visto demasiados premios comprados, intervino. «Anacleto, y su discurso de «hasta el final». ¿No es eso una declaración de principios?»
Anacleto apagó un cigarrillo y encendió otro, su ritual del pensamiento. «Camarita, «Hasta el final» es su consigna. Pero… ¿el final de qué? ¿De su propia ambición? «Las fuerzas que te sacarán del poder ya están aquí dentro de Venezuela y somos millones… Te derrotamos en el terreno electoral», dijo tras el 28J. Y sin embargo, el gobierno sigue en pie. La Sayona y su pandilla han buscado a escondidas cobijo dentro de los senadores del partido Demócrata gringo, algo que ha caído muy mal a Narco Rubio y su banda. La Machado se siente traicionada, porque «ella es la única líder de la oposición venezolana» y «sin ella» nada es legal. Jajaja. Vive en las nubes por su arrogancia.»
El coronel retirado, con su voz grave, sentenció: «El pueblo unido jamás será vencido. Y aquí el pueblo está más unido que nunca.»
Anacleto asintió, golpeando suavemente la mesa con los nudillos. «En el país, solo los bate quebraos como Pérez Vivas, el Enano Siniestro y tequeño crudo, la toman en cuenta. Por eso repito lo dicho por el pedófilo: No goza de apoyo ni respeto dentro de Venezuela ni fuera de ella. Su banda, Veinte Venezuela, ya no tiene ni veinte, y a sus convocatorias no asisten ni 200 personas.» Hizo una pausa para acomodarse los lentes, paseó su mirada por todos, y soltó: «¿Exagero? Miren las fotos de los drones, en las redes. Ya la época del financiamiento a las guarimbas con menores de edad pasó, pues las madres no permiten que arriesguen a sus hijos, ya que mientras ella los colocaba en primera línea, los suyos estaban a buen resguardo en el exterior. Ah bueno, ¡no se pueden comparar sus hijos con los de Carmen la del barrio!»
Se levantó y caminó hacia la barra. Carmen le sirvió un café sin preguntar. Se sentó en el taburete, de espaldas a la mesa, pero con la voz clara y fuerte argumentó: «Nuestro Simón Bolívar dijo que «la soberanía es la autoridad suprema de un pueblo para regirse por sí mismo». Y eso, camaritas, es lo que la Sayona no entiende. La soberanía no se compra con premios ni se mendiga en Washington. Se ejerce en las calles, en las colas, en la resistencia de un pueblo que ha soportado quince años de profecías apocalípticas y sigue en pie.»
Dio un sorbo de café y continuó: «Eduardo Galeano escribió que «la dignidad es un lujo que solo pueden permitirse los que no tienen nada que perder». La Sayona, camaritas, tiene mucho que perder: su financiamiento, su visibilidad, su lugar en el tablero del imperio. Por eso miente. Porque la verdad, la verdad le quitaría todo.»
Se levantó de la barra y caminó lentamente hacia la puerta. Me hizo una seña. Se detuvo en el umbral, se medio volteó, con esa costumbre que ya es su sello y cerró: «La diferencia entre un investigador y un creyente —sea creyente de la versión oficial o de la conspirativa— es que el primero mantiene la puerta entreabierta. Ni la cierra con candado, ni la derriba a martillazos. Observa quién entra por ella y qué pruebas trae en las manos.* Y lo que la Sayona trae en las manos, camaritas, no son pruebas. Son mentiras. Y las mentiras, como el humo de este cigarrillo, se disipan solas.»
Salió y yo detrás de él. La puerta de El Bohemio se cerró con un golpe suave. Afuera, Maracaibo seguía su curso, con su sol ardiendo, su calor y su terquedad infinita. El ventilador siguió girando. Y en el silencio de El Bohemio, la pregunta quedó flotando en el aire, como el humo que todavía no se disipa: ¿Hasta cuándo seguirá la mitómana creyendo que puede tapar el sol con un dedo, mientras su enjambre de embusteros repite la misma cantaleta de siempre?
Quince años de profecías incumplidas: el patrón del «caerá pronto» – La oposición venezolana ha repetido durante quince años la misma narrativa: el chavismo está a punto de caer. «Chávez está más débil que nunca» (2011), «Maduro no dura ni tres meses» (2013), «El régimen está herido de muerte» (2025), «Al régimen de Delcy no le queda fuerza» (2026). El sociólogo venezolano Luis Lander ha señalado que «la repetición de profecías apocalípticas no es una estrategia política, es un síntoma de impotencia». Cada año, la misma cantaleta. Y cada año, el chavismo sigue en pie. La Sayona y su enjambre de embusteros han construido su discurso sobre la base de una mentira repetida: que el cambio de régimen es inminente. Pero la realidad, tozuda, les ha demostrado una y otra vez que no.
La farsa de las 4.000 toneladas: cómo se construye una mentira humanitaria – Ella es una experta sacándole el dinero a financistas y organismos en el exterior, recibiendo dinero supuestamente para ayudar a Venezuela y, por supuesto, como la observan los que le dan el dinero, los que hacen las donaciones, ella no tiene cómo justificar con una fotografía que ella y el movimiento 20 Venezuela, para el que jamás logró recabar las firmas, realizaron las entregas pertinentes. Pasó lo mismo que con el dinero de la USAID para crear cuadros políticos, para fortalecer un partido: se lo metieron en el bolsillo. El analista político venezolano Manuel Cedeño ha señalado que «la oposición ha utilizado la tragedia humanitaria como un negocio, no como una causa». La mentira de las 4.000 toneladas de alimentos es la prueba más reciente de que la Sayona y su pandilla confunden la política con la estafa.
El doble rasero de la Sayona: hijos a salvo, pobres en la línea de fuego – Ya la época del financiamiento a las guarimbas con menores de edad pasaron, pues las madres no permiten que arriesguen a sus hijos, ya que mientras ella los colocaba en primera línea, los suyos estaban a buen resguardo en el exterior. Periodistas venezolanos han documentado cómo «los líderes opositores han utilizado a jóvenes de barrios pobres como carne de cañón, mientras sus propios hijos estaban a salvo en el extranjero». La Sayona predica resistencia desde la comodidad de Miami o Panamá, mientras los hijos de Carmen, la del barrio, son los que pagan el precio de sus consignas. Esa, camaritas, es la hipocresía en su máxima expresión. Y mientras el imperio la siga financiando, la farsa continuará.
El Pepazo







