Eduardo González | Periodista CNP 28.009
Vivimos en una época en la que la información circula a una velocidad impresionante. Cada día aparecen nuevas noticias, declaraciones, opiniones y acontecimientos que reclaman nuestra atención. Las redes sociales han cambiado la manera de informarnos y han impuesto una dinámica en la que parece que todo debe conocerse y publicarse de inmediato. Sin embargo, en medio de tanta información, hay algo que merece nuestra atención: ¿estamos dedicando el mismo esfuerzo a comprender lo que ocurre que a contarlo?
Esta pregunta tiene especial importancia para quienes ejercemos el periodismo. Porque informar no consiste únicamente en recoger declaraciones, consultar fuentes o redactar una noticia. También exige preparación, conocimiento y capacidad para interpretar la realidad. Y en esa formación hay un hábito que no deberíamos descuidar: la lectura.
Leer no puede entenderse como una actividad complementaria del periodista, mucho menos como un pasatiempo reservado para los momentos libres. Es una necesidad profesional. Los libros nos acercan a la historia, nos permiten comprender los procesos sociales y políticos, nos ayudan a reconocer las contradicciones del poder y amplían nuestra manera de interpretar los acontecimientos.
Un periodista no puede vivir únicamente de las noticias que consume cada mañana. Necesita conocer los antecedentes de los hechos, estudiar los problemas que afectan a la sociedad y entender que muchas de las situaciones que hoy ocupan los titulares tienen raíces que vienen de mucho antes. Sin ese conocimiento, existe el riesgo de contar acontecimientos aislados sin explicar lo que realmente representan.
Y allí comienza una de las grandes diferencias entre publicar información y hacer periodismo con profundidad.
Quien desconoce la historia puede presentar como novedoso un problema que lleva décadas sin resolverse. Quien no conoce los antecedentes de un personaje público puede entrevistarlo sin las preguntas necesarias. Y quien no tiene suficientes herramientas para analizar el discurso político puede terminar aceptando explicaciones que merecen ser examinadas con mayor rigor.
No se trata de convertir cada noticia en un ensayo ni de pretender que todos los periodistas sean especialistas en cada materia. Se trata de comprender que el conocimiento previo es indispensable para preguntar mejor, investigar con mayor responsabilidad y ofrecer información que ayude al ciudadano a entender lo que sucede a su alrededor.
También debemos reconocer que el ritmo actual de las redacciones no siempre favorece ese proceso. La presión por publicar primero, mantener la atención de las audiencias y competir por los clics ha reducido, en muchos espacios, el tiempo destinado a la investigación y al contexto. La inmediatez se ha convertido en una exigencia permanente y, en ocasiones, parece importar más la rapidez con la que se publica que la calidad de lo que se comunica.
Pero la urgencia no puede convertirse en una justificación para informar sin profundidad. Una noticia puede publicarse en cuestión de minutos, pero comprender sus causas y consecuencias requiere tiempo, estudio y disposición para investigar.
Las redes sociales, por supuesto, no son el problema en sí mismas. Han abierto posibilidades extraordinarias para la comunicación, han permitido visibilizar situaciones que antes no encontraban espacio y han acercado las noticias a millones de personas. El desafío está en no confundir el acceso inmediato a la información con el conocimiento necesario para interpretarla.
Por eso, leer también es una forma de fortalecer la independencia profesional. Nos enseña a cuestionar, a contrastar versiones y a no conformarnos con la primera explicación que recibimos. Nos permite reconocer que detrás de una declaración puede haber intereses, que una palabra puede esconder una intención y que una versión oficial no necesariamente contiene toda la verdad.
La literatura, la historia, los ensayos y las investigaciones ofrecen perspectivas distintas sobre la condición humana y la sociedad. Cada libro puede aportar una pregunta, una referencia o una manera diferente de mirar un acontecimiento. No significa que allí estén todas las respuestas, sino que la lectura nos prepara para formular mejores preguntas.
Naturalmente, leer mucho no convierte automáticamente a nadie en un buen periodista. El conocimiento necesita acompañarse de ética, responsabilidad, investigación y contacto con la realidad. También hacen falta sensibilidad para escuchar a las personas, disposición para reconocer los errores y honestidad para admitir aquello que todavía no sabemos.
La formación profesional tampoco termina cuando se obtiene un título universitario o se comienza a ejercer. El periodismo es una actividad que exige aprendizaje permanente. Cambian las sociedades, aparecen nuevas tecnologías, evolucionan los problemas y surgen otras formas de comunicar. Por eso, quien ejerce este oficio debe mantener viva la curiosidad y la voluntad de seguir aprendiendo.
A veces olvidamos que detrás de cada noticia hay personas, historias y circunstancias que merecen ser comprendidas antes de convertirse en un titular. La lectura nos ayuda precisamente a desarrollar esa mirada. Nos permite salir de la rutina informativa, ampliar nuestra sensibilidad y entender que la realidad no siempre puede explicarse desde una sola perspectiva.
En un tiempo en el que abundan las publicaciones y las opiniones, el periodismo necesita profesionales capaces de ir más allá de lo evidente. No basta con repetir lo que otros dicen ni con reproducir información que circula en las plataformas digitales. Hace falta investigar, verificar, contextualizar y ofrecer elementos que permitan a los ciudadanos construir su propio criterio.
La credibilidad no se consigue por la cantidad de noticias que se publican ni por los seguidores que se acumulan en las redes sociales. Se gana con preparación, rigor, honestidad intelectual y respeto por la sociedad. Y esa preparación también se alimenta de las páginas que leemos, de las ideas que discutimos y de los conocimientos que incorporamos a lo largo de nuestra vida profesional.
Por eso, recuperar el hábito de la lectura es también una manera de defender la calidad del periodismo. No podemos aspirar a explicar una sociedad que no nos esforzamos por conocer. Tampoco podemos exigir información rigurosa si nosotros mismos descuidamos nuestra formación y dejamos de cultivar el pensamiento crítico.
El periodista necesita calle, fuentes, investigación y contacto con la gente. Pero también necesita libros, tiempo para estudiar y disposición para comprender aquello sobre lo que escribe. Son herramientas que no compiten entre sí; se complementan y fortalecen el ejercicio de una profesión cuya responsabilidad va mucho más allá de publicar noticias.
Porque informar es contar lo que sucede, pero hacer periodismo también significa ayudar a comprender por qué sucede y qué consecuencias tiene para la sociedad.
La noticia se publica; el criterio se construye leyendo. Y quien tiene la responsabilidad de informar no puede conformarse con conocer lo que ocurre hoy: también necesita comprender todo lo que hay detrás de cada acontecimiento.
El Pepazo







