El artículo 117 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela establece que todas las personas tienen derecho a disponer de bienes y servicios de calidad. Sin embargo, en la cotidianidad del venezolano, el acceso continuo a un servicio básico y fundamental como la electricidad sigue siendo un desafío crónico que no solo paraliza el desarrollo material del país, sino también las capacidades cognitivas y el bienestar emocional de su población.
Las interrupciones eléctricas y los esquemas de racionamiento que se extienden habitualmente entre 6 y 8 horas diarias y que en diversas regiones del interior escalan a lapsos aún más severos no solo apagan un bombillo; desorganizan por completo el tejido social. Comercios que dependen de puntos de venta y conectividad ven interrumpidas sus operaciones, la pequeña y mediana industria pierde horas de producción cruciales y las familias enfrentan la constante amenaza de perder sus alimentos o ver inutilizados sus electrodomésticos debido a las fluctuaciones de voltaje.
Sin embargo, el debate público actual no puede limitarse exclusivamente al conteo frío de megavatios o a la discusión sobre el déficit de generación. Detrás de los reportes técnicos existe un impacto profundo en la salud mental y en el desarrollo humano que rara vez se cuantifica en los balances oficiales. Vivir bajo el acecho de la inestabilidad eléctrica somete a la ciudadanía a un estado de alerta permanente. A nivel cognitivo, la incertidumbre constante de no saber cuándo llegará o se irá la energía genera fatiga mental, trastornos crónicos del sueño, ansiedad y una merma drástica en los niveles de concentración y rendimiento diario.
Este desgaste opera de manera diferenciada en las distintas etapas de la vida:
*Los niños y los jóvenes: En plena etapa formativa, sufren interrupciones sistemáticas en sus procesos de aprendizaje. Estudiar sin iluminación adecuada, sin ventilación en medio de climas implacables y con la zozobra de que se interrumpa la investigación escolar o la clase merma la retención de conocimientos. A esto se suma el impacto emocional: generaciones que crecen normalizando la interrupción de su esparcimiento y la frustración constante, limitando su desarrollo socioemocional.
*Los adultos: Deben hacer malabares diarios para sincronizar sus jornadas laborales y domésticas con el capricho de los cronogramas de racionamiento. La necesidad de trabajar de madrugada, la pérdida de horas de descanso debido a los apagones nocturnos y la presión de solventar fallas generan un cuadro de agotamiento acumulado que golpea directamente la productividad, la toma de decisiones y la convivencia familiar.
A este panorama se suma el efecto dominó sobre los servicios conexos: la falta de energía apaga las estaciones de bombeo de agua potable, colapsa la conectividad de internet y telecomunicaciones, y complica de forma alarmante la atención primaria en centros de salud. Una nación no puede proyectar una recuperación económica sólida, ni aspirar a construir capital humano competitivo, mientras sus ciudadanos deban destinar gran parte de su energía mental simplemente a sobrevivir a la oscuridad cotidiana.
El restablecimiento pleno del Sistema Eléctrico Nacional no es una demanda suntuaria, sino una urgencia estructural y un derecho ciudadano inalienable. Garantizar un servicio eléctrico continuo, confiable y eficiente es el punto de partida indispensable para devolverle la normalidad a los hogares venezolanos, cuidar la salud mental de su gente y reactivar las bases de un desarrollo verdaderamente sostenible.
El Pepazo







