sábado, julio 25, 2026
spot_imgspot_img

Los 5 más populares de esta semana

spot_img

Artículos relacionados

Washington, Persia, Arabia: la misma hipocresía, distinto envoltorio…

 

 

El Bohemio tenía ese olor a café recalentado y a noticia que quema. Era un jueves cualquiera, pero la noticia del New York Times había caído sobre la mesa como una bomba de racimo: la administración Trump estaba a punto de regalarle a Arabia Saudita lo que durante décadas le había negado a Irán: un programa nuclear civil con derecho a enriquecer uranio. La hipocresía, camaritas, había cambiado de envoltorio, pero seguía oliendo a pólvora.

Anacleto llegó con su sombrero desflecado como estandarte, los ojos entrecerrados tras las gafas de carey, y un ejemplar del Times arrugado en la mano. Lo arrojó sobre la mesa como quien tira un cadáver al descampado. «Camaritas» —dijo, sin preámbulos—, «el imperio ha encontrado un nuevo socio para su danza atómica. Y esta vez, el que recibe el reactor no es el enemigo de ayer, sino el amigo de hoy. La misma jugada, distintos colores.»

El pichón de periodista, con el teléfono caliente, fue el primero en reaccionar. «Anacleto, ¿esto es cierto? ¿EE.UU. le va a dar a Arabia Saudita lo que le ha negado a Irán durante décadas?»

Anacleto encendió un cigarrillo con esa parsimonia de quien sabe que las contradicciones del imperio son su propia condena. Exhaló el humo hacia el techo. «Camarita, no es solo cierto, es la confirmación de que la política exterior estadounidense no tiene principios, solo intereses. Cuando el Sha de Persia era amigo de Nixon, le regalaron un reactor, que aún hoy funciona. Ahora, cuando el mulá es enemigo de Trump, lo bombardea. Cuando el príncipe saudí es socio de la Casa Blanca, le venden tecnología nuclear sin las restricciones que les impusieron a los Emiratos Árabes Unidos. Es el mismo manual, camarita. Solo cambia el nombre del beneficiario.»

La profesora, con esa precisión de archivo que la caracteriza, desplegó el artículo del Times. «El acuerdo se llama «Acuerdo 123», el marco legal para la cooperación nuclear civil: A los Emiratos Árabes Unidos, en 2009, Washington exigió que renunciaran al enriquecimiento de uranio. Ahora, a Arabia Saudita, Trump le ha aceptado que puedan enriquecer su propio combustible. Es decir, les ha dado la llave del arsenal con la única condición: que no lo usen para hacer bombas. Pero, como dice el refrán: «Cuando el gato no está, los ratones hacen fiesta». Y el gato, en este caso, es un inspector internacional que apenas podrá mirar por la cerradura.»

El coronel retirado, con su voz grave, se inclinó sobre la mesa. «Anacleto, ¿y qué dice Israel? Porque ellos han sido los más ruidosos en contra de Irán.»

Anacleto apagó un cigarrillo y encendió otro, su ritual del pensamiento. «Coronel, Israel está furioso… pero no solo porque Arabia Saudita pueda tener bombas. No! Está furioso porque el imperio ha cambiado de favorito. Durante décadas, Israel fue el único socio nuclear no declarado de Washington en la región. Ahora, Arabia Saudita se está sentando a la misma mesa. Y lo que más les duele es que el argumento que usaron para bombardear Irán, «no podemos permitir que un país hostil tenga capacidad nuclear», se les ha vuelto en contra. Porque Arabia Saudita es hostil a Israel, camaritas, no hay que olvidar que no son amigos, sino competidores.»

La joven estudiante de sociología, con la curiosidad grabada en el rostro, no pudo contenerse: «¿Qué quiere decir, Anacleto? ¿Qué el pedófilo cometió un error al emular el gesto de  Eisenhower del pasado?»

Anacleto la miró, y en su mirada había una mezcla de resignación y la picardía de quien tiene un as bajo la manga. «¿Un error, dice? ¡Vergüenza nuclear, camarita! A un capítulo que los arquitectos del caos prefieren arrancar del libro. En 1967, EE.UU. le regaló a Irán su primer reactor bajo el programa “Átomos para la Paz” de Eisenhower…. mientras le vendía F-14 al Sha. Sí, oyó usted bien, camarita: los mismísimos Estados Unidos, “guardianes de la moral atómica”, fueron quienes le regalaron a Teherán su juguete nuclear inaugural. Era otra época, claro: Irán era Persia y estaba gobernado por el Sha Mohamed Reza Pahlevi, ese monarca amigo de Nixon, comprador de armas gringas y anfitrión de banquetes imperiales. Hoy, ese mismo reactor, oxidado pero operativo, es el monumento a su cinismo.»

Carmen, desde la barra, dejó el trapo y se apoyó en el mostrador. «Anacleto, pero la noticia dice que el príncipe Mohammed ha prometido que construirá armas nucleares si Irán lo hace; y que a una pregunta respondió: «Sin duda alguna»… ¿Eso no es una amenaza?»

Anacleto sonrió, esa sonrisa de quien ha visto demasiadas amenazas convertirse en realidad. «Carmen, es una amenaza, sí. Pero no es la amenaza de un loco. Es la amenaza de alguien que ha entendido la lección que el imperio le enseñó a Irán: que la autodeterminación, en este tablero, se mide en megatones. Libia abandonó su programa nuclear y su líder terminó en una alcantarilla, pero Corea del Norte tiene bombas y nadie la invade. Irán, que ha sido bombardeado, busca su propia disuasión. Arabia Saudita, que ve todo esto, no quiere ser el próximo Gadafi; quiere ser el próximo Kim Jong-un.» Hizo una pausa para dar una calada al cigarrillo y luego de exhalar el humo, soltó con ironía: «Y el imperio, en su “infinita sabiduría estratégica”, le está dando las herramientas para lograrlo.»

La estudiante de sociología, que había estado tomando notas, levantó la vista. «Anacleto, y el argumento de que esto es para «uso civil”, ¿no es el mismo que el de Irán?»

Anacleto exhaló una bocanada de humo con lentitud deliberada. «El mismo, mi niña, el mismo. Irán dijo durante décadas que su programa era civil, y Washington no le creyó. Arabia Saudita dice ahora que su programa es civil, y Washington le cree. ¿La diferencia?  El color del gobierno, no el color del uranio.» Esbozó una sonrisa pícara y continuó: «Es la hipocresía en su máxima expresión. Y lo más grave, camaritas, es que el argumento de Washington para bombardear Irán —»no podemos permitir que tenga capacidad nuclear»— se ha convertido en el argumento de Washington para armar a Arabia Saudita: «es un socio confiable». La confianza, camaritas, es un lujo que los imperios solo se permiten con quienes les conviene.»

El viejo periodista, con esa sabiduría de quien ha visto demasiados tratados rotos, intervino. «Anacleto, y el artículo dice que los saudíes están buscando conversaciones con Irán, que normalizaron relaciones en 2023 con mediación china. ¿Eso no es una señal de que no quieren una confrontación?»

Anacleto asintió, golpeando suavemente la mesa con los nudillos. «Exacto, camarita. Los saudíes no son tontos. Saben que el imperio los usa como pieza en su ajedrez contra Irán. Pero también saben que, cuando el imperio cambie de opinión, ellos pueden ser la próxima pieza sacrificada. Por eso negocian con Irán; por eso buscan contrapesos; por eso no permitieron que el ejército estadounidense usara su espacio aéreo para escoltar petroleros en el estrecho de Ormuz. Los saudíes están jugando a dos bandas, camaritas. Y el imperio, en su arrogancia, cree que los tiene controlados.»

La profesora, con esa lucidez helada que la caracteriza, cerró su cuaderno. «Y mientras tanto, el reactor que Washington le regaló a Irán en 1967 sigue en pie, oxidado pero operativo. Es el monumento a la hipocresía. Ayer socio, hoy enemigo; ayer alumno, hoy amenaza. Y ahora, el mismo juego con Arabia Saudita: ayer socio, hoy socio, mañana quizás enemigo. Porque en el tablero del imperio, camaritas, los amigos de hoy son los enemigos de mañana, y los enemigos de ayer, a veces, son los amigos del mañana. La única constante es la hipocresía.»

Anacleto se levantó y caminó hacia la barra. Carmen le sirvió un café sin preguntar. Se sentó en el taburete, de espaldas a la mesa, pero con voz clara y fuerte, gruñó: «Rómulo Gallegos escribió que «la barbarie no está en el llano, está en el corazón del hombre». La barbarie de esta política nuclear está en el corazón de quienes deciden quién tiene derecho a la energía atómica y quién no. No es una cuestión de seguridad. Es una cuestión de control. Y el control, camaritas, es la droga más adictiva del imperio.» Dio un sorbo de café y continuó: «Y Simón Bolívar dijo que «la soberanía es la autoridad suprema de un pueblo para regirse por sí mismo». Pero la soberanía, en este tablero, solo se concede a quienes se pliegan a los intereses de Washington. Y como Irán no se pliega, lo bombardea. Arabia Saudita se pliega y por eso tiene permiso para tener su reactor. Para los gringos, camaritas, la soberanía no es un derecho, sino un premio. Y los premios, como las bombas, los reparte el imperio.»

Se levantó de la barra y caminó lentamente hacia la puerta. Me hizo una seña. Se detuvo en el umbral, se medio volteó, con esa costumbre que ya es su sello, y cerró: «George Orwell escribió en ‘1984’ que «el control del pasado depende del control del presente». Washington está controlando el presente para que olvidemos el pasado: que ellos mismos sembraron las semillas del programa nuclear iraní; que ellos mismos están sembrando ahora las semillas del programa nuclear saudí. Y que cuando la cosecha llegue, como siempre, los mismos que sembraron se harán los sorprendidos. La historia, camaritas, es un bucle. Y los imperios, los que no aprenden de ella, están condenados a repetirla.»

Salió y yo detrás de él. La puerta de El Bohemio se cerró con un golpe suave. Afuera, Maracaibo seguía su curso, con sus apagones, su calor y su terquedad infinita. El ventilador siguió girando. Y en el silencio de El Bohemio, la pregunta quedó flotando en el aire, como el humo que todavía no se disipa: ¿Cuánto tiempo más seguiremos permitiendo que el imperio decida quién tiene derecho a la energía atómica y quién no, mientras la hipocresía se disfraza de diplomacia?

La hipocresía atómica: del reactor de 1967 al acuerdo de 2026 – El programa nuclear iraní no nació en la clandestinidad, sino en la vitrina del «Átomos para la Paz» de Eisenhower. En 1967, Estados Unidos proporcionó a Irán su primer reactor nuclear, el TRR, y suministró uranio enriquecido para su operación. Esta cooperación continuó durante el reinado del Sha, aliado clave de Washington. Hoy, ese reactor oxidado es el recordatorio incómodo de que la política nuclear estadounidense no ha sido nunca una cuestión de principios, sino de intereses. El acuerdo con Arabia Saudita, que permite el enriquecimiento de uranio en territorio saudí sin las restricciones impuestas a los Emiratos Árabes Unidos en 2009, es la misma jugada con distinto nombre. El historiador británico Paul Kennedy observó que «los imperios declinan cuando el costo de mantener su hegemonía supera los beneficios de ejercerla». La contradicción de armar nuclearmente a un socio mientras se bombardea a otro es un síntoma de esa declinación.

La disuasión como lección: Libia, Corea del Norte y la geopolítica del miedo – Libia abandonó su programa nuclear en 2003 y su líder fue derrocado y asesinado en 2011. Corea del Norte mantiene su arsenal nuclear y no ha sido invadida. Irán, que ha sido bombardeado, busca su propia disuasión. Arabia Saudita observa y aprende: la autodeterminación, en el tablero geopolítico, se mide en megatones. El teórico de relaciones internacionales John Mearsheimer ha señalado que «el poder es el último argumento en las relaciones internacionales». La búsqueda nuclear de Irán y la aspiración saudí no son caprichos ideológicos, sino respuestas racionales a un sistema donde la fuerza es la única garantía de soberanía.

El doble rasero como doctrina: aliados y enemigos, una misma moneda- Washington ha bloqueado 43 resoluciones de la ONU contra Israel desde 1945, mientras bombardea instalaciones nucleares iraníes. Con Arabia Saudita, negocia un acuerdo nuclear civil que le permite enriquecer uranio, mientras que a los Emiratos Árabes Unidos les impuso restricciones mucho más severas en 2009. El filósofo francés Michel Foucault escribió que «el poder no se ejerce, se ejerce sobre». Este doble rasero no es una anomalía, sino la esencia de una política exterior que no busca justicia, sino control. La hipocresía es la moneda de cambio del imperio. Y el imperio, como el humo de un cigarrillo, siempre termina desvaneciéndose.

 

 

El Pepazo

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí
Captcha verification failed!
La verificación CAPTCHA del usuario ha fallado. ¡Ponte en contacto con nosotros!

Noticias Populares