
Luis Semprún Jurado
El Bohemio tenía ese olor a café recién colado que precede a las grandes noticias. No era
un día cualquiera. En la mesa del rincón, Anacleto había desplegado varios recortes
impresos: el comunicado de la Cancillería china, la foto del portavoz Lin Jian, un mapa de
la Faja del Orinoco y una copia amarillenta de la Doctrina Monroe. El ventilador giraba con
la parsimonia de quien sabe que el aire, a veces, también es un campo de batalla.
Anacleto, sentado a mi lado como siempre, observaba el panorama.
El pichón de periodista llegó con el teléfono caliente, pero esta vez no traía un rumor de
pasillo. Traía una noticia que le temblaba en los dedos. «Anacleto, esto es grande. China
acaba de darle un para’o a Washington, por Venezuela. El portavoz Lin Jian dijo que la
defensa de la soberanía venezolana es una cuestión prioritaria. Y remató: 'China se
opone firmemente a ello'. ¿A qué se opone? A la nueva escalada que alistan los gringos.»
Anacleto no respondió de inmediato. Encendió un cigarrillo con esa parsimonia de quien
sabe que las palabras de Pekín, cuando son directas, pesan más que mil discursos en
Naciones Unidas. Exhaló el humo hacia el techo y lo vio deshacerse contra las aspas.
«Camarita, lo que usted acaba de leer no es una declaración diplomática de cortesía. Es
una línea roja. Y las líneas rojas, cuando las traza China, no se cruzan sin consecuencias.
Fíjese bien: el portavoz no dijo «esperamos que se respete», no dijo «llamamos a la
moderación», Dijo: «China se opone firmemente». Ese es el lenguaje del que está dispuesto
a poner los recursos donde tiene la boca.»
El coronel retirado, con la mirada de quien ha estudiado geopolítica desde las trincheras,
se inclinó sobre el mapa de la Faja del Orinoco. «¿Y qué fue lo que motivó esta
advertencia, Anacleto? Esto no salió de la nada.»
«No, coronel. Esto viene de semanas de presión.» Aclaró Anacleto rápidamente. «Desde
Washington, senadores y ex-funcionarios, algunos que ni siquiera tienen cargo, pero que
actúan como si lo tuvieran, están agitando el avispero. Exigen a Delcy Rodríguez
convocar elecciones ya. Y no elecciones cualquiera: elecciones que precipiten una
transición pactada.»
El sindicalista, con su voz grave de hombre de calle, intervino: «Anacleto, en mi barrio hay
un dicho: «Al que le dan cuerda, se cree reloj». Washington le ha dado cuerda a sus títeres
locales y ahora creen que son dueños del tiempo. Pero el tiempo, camaritas, no se
compra con ultimátums.»
Anacleto sonrió, esa sonrisa de quien sabe que la sabiduría popular a veces es más
aguda que los tratados de geopolítica.
La profesora, con esa precisión de archivo que la caracteriza, hojeó un informe de
inteligencia geopolítica. «El detonante fue una intervención de James Story, ese
embajador ficticio del gobierno de Guaidó que todavía algunos toman en serio. En un foro
en Florida, Story dijo: «Se está perdiendo el tiempo. Es hora de llamar a elecciones.
Queremos que entre Machado». No es una opinión, camaritas. Es un ultimátum. Y cuando
Estados Unidos habla así, no está pidiendo, está condicionando.»
El boticario, fiel a su papel de ingenuo estratégico, movió la cabeza. «Pero Anacleto, ¿por
qué a China le importa tanto lo que pase en Venezuela? Están lejos, tienen sus propios
problemas con lo de Taiwan…»
La carcajada de Anacleto retumbó en todo el café, pero no era una carcajada alegre. Era
de esas que sueltan los viejos cuando ven a un niño confundir la distancia geográfica con
la ausencia de intereses. «Camarita, China no está lejos de nada cuando hablamos de
petróleo.» dijo pausadamente «Venezuela tiene las mayores reservas probadas de crudo
del planeta: cerca de 303.000 millones de barriles. Eso es más que Arabia Saudita. Y esa
riqueza no está bajo tierra por casualidad: está bajo la protección de un gobierno que
Pekín considera socio estratégico. Desde hace años, los bancos y fondos chinos han
comprometido más de 60.000 millones de dólares en esquemas de petróleo por crédito.
En 2023, elevaron el vínculo a una «asociación estratégica para todo espectro». Eso,
camaritas, no se defiende con comunicados suaves. Se defiende con poder.»
El viejo periodista, desde la barra, soltó su comentario con esa sabiduría de quien ha visto
demasiadas potencias jugar al ajedrez con países pequeños. «Y aquí entra Delcy
Rodríguez. Para Pekín, ella no es una figura decorativa. Es la garante operativa de que
los acuerdos se cumplan. La continuidad del Estado venezolano, en su lectura, pasa por
su estabilidad. Por eso la defienden. No por romanticismo revolucionario, sino por
realismo energético.»
«Y hay que recordar algo que a veces se olvida» intervino la profesora con un tono que
invitaba a la calma. «Delcy Rodríguez no llegó a la Vicepresidencia por casualidad. O
¿por qué creen que Nicolás la escogió para Vicepresidenta?»
Anacleto asintió, pero levantó un dedo, como quien va a añadir una precisión necesaria.
«Sí, conviene recordar, camaritas, que, tal y como aclaró la profesora, Delcy Rodríguez
no llegó a la Vicepresidencia por azar ni por dedocracia. Es abogada de la Universidad
Católica Andrés Bello, con una especialización en derecho económico y una maestría en
derecho financiero de la Universidad Santa María. Cursó derecho social en la Universidad
de París X Nanterre y una maestría en la Universidad Birkbeck, Londres. Fue diputada a
la Asamblea Nacional, defensora del pueblo, canciller de la República y vicepresidenta
ejecutiva. Conoce los vericuetos del derecho internacional, la geometría de las sanciones
y los laberintos de la diplomacia energética. Si Washington cree que va a doblegarla con
amenazas o comprarla con promesas, no ha estudiado su expediente. No es una
improvisada, camaritas. Es una profesional de la política. Y eso, en el ajedrez geopolítico,
pesa tanto como un batallón.»
La profesora, con esa precisión de archivo que la caracteriza, añadió: «Por algo Pekín la
respalda. No porque sea perfecta, que no lo es, como nadie, sino porque es predecible. Y
en el mundo de los negocios internacionales, la previsibilidad vale más que la ideología.»
La estudiante de sociología, esa joven que siempre llega con preguntas que parecen
simples, levantó la mano como en clase. «Anacleto, ¿y el tema de la Corte de Nueva
York? La audiencia del 30 de junio… ¿eso tiene que ver con todo esto?»
«Todo, mi niña. Todo tiene que ver.» Anacleto apagó un cigarrillo y encendió otro. «La
corte del distrito sur de Nueva York no es un juzgado cualquiera. Maneja casos de alto
voltaje: finanzas, terrorismo, sanciones. Cuando tu disputa termina allí, ya no discutes
solo leyes. Discutes poder. Washington trasladó el caso de Nicolás Maduro y Cilia Flores
a ese tribunal para vestir de legalidad lo que fue un secuestro. Y China acaba de decir:
«No aceptamos que el destino de Venezuela se decida en Manhattan». Por eso el portavoz
Lin Jian remarcó que el secuestro de Nicolás Maduro fue un acto ilegal y que se oponen
firmemente a repetirlo.»
El sindicalista, con su voz grave de hombre de calle, preguntó: «¿Y Delcy? ¿Qué papel
juega ella en todo este entramado?»
«Delcy, camarita, es el muro» Soltó Anacleto con firmeza «Para Caracas y el mundo, es
el rostro operativo del Estado. Para Pekín, es la garantía de que la presión externa no
fracture el poder. Para Washington, es la bisagra que puede abrir o cerrar acuerdos. Por
eso la presión sobre ella es tan intensa; por eso las exigencias de elecciones inmediatas; por eso el intento de ponerla en una encrucijada: o cede o la desaparecen. Pero ha
demostrado, en estos meses y aunque el miedo es gratis, como dijo alguien por ahí, que
ella no se doblega tan fácilmente.»
El viejo periodista, con una sonrisa de satisfacción, añadió: «Y mientras tanto, el otro
frente está en Cuba. En ese mismo foro donde habló Story, Frank Mora, ex-embajador en
la OEA, soltó una confesión que debería estar enmarcada: 'Las sanciones económicas
por sí solas históricamente nunca han producido el cambio político que uno quiere'. Es la
derrota del dogma, camaritas.» Tomo un poco de aire, recuperó el aliento y siguió: «El
que siempre creyó que con hambre y miseria se derroca gobiernos, ahora admite que no
funciona. ¿Y qué proponen entonces? Presión interna, movilización. Pero esa presión, sin
apoyo popular real, del que no gozan, no fabrica legitimidad, fabrica dependencia.»
El viejo periodista soltó una carcajada breve. «Ahí está el refrán que mis abuelos
repetían: "Caballo que no corre, aunque le pongas herraduras de oro, sigue siendo
penco". Las sanciones son las herraduras de oro, camaritas. Pero el caballo, la voluntad
política de cambio, sigue sin correr. Mora lo admitió sin querer.»
La profesora, con su mirada de archivista que ha visto todos los engaños, cerró su
cuaderno«Y entonces aparece la joya de la corona. James Story dijo:»Por lo menos en
Venezuela había un espacio para la oposición democrática». ¿Se dan cuenta de la
trampa? Miden el «espacio», no por derechos, sino por capacidad de maniobra. No les
interesa la democracia como proceso, les interesa como terreno para dividir. Por eso
China insiste en la soberanía, porque la soberanía es el antídoto contra esa mirada
colonial.»
Anacleto se levantó y caminó hacia la barra. Carmen le sirvió un café sin preguntar, como
siempre. Se sentó en el taburete, de espaldas a la mesa, pero con la voz clara. «Hay un
refrán que dice: "Dime con quién andas y te diré quién eres". China anda con Venezuela
en esto, no por amistad, sino por interés. Y el interés, bien entendido, es más duradero
que la amistad. Pekín ha visto cómo Washington intenta reescribir las reglas del juego
energético global. Y ha dicho: «Hasta aquí». Por eso su mensaje no es solo para Caracas,
es para toda América Latina y el Caribe. Si se normaliza el secuestro político, si se
normaliza la intervención militar bajo excusas judiciales, mañana le toca a cualquiera. Y
en ese mundo, camaritas, nadie está a salvo.»
El coronel retirado, extrañamente hoy poco participativo, comentó: «Simón Bolívar
escribió en la Carta de Jamaica que 'los Estados Unidos parecen destinados por la
Providencia para plagar la América de miserias en nombre de la Libertad'. Dos siglos
después, la profecía sigue vigente. Solo que ahora no mandan marines con fusiles,
mandan embajadores ficticios con exigencias de transición.»
Dio un sorbo de café y continuó: «La Doctrina Monroe, esa declaración del siglo XIX que
decía «América para los americanos, léase, para Estados Unidos, ha vuelto con otros
ropajes. Ahora no se llama «destino manifiesto», se llama «transición democrática»,
palanca», «re institucionalización. Pero el fondo es el mismo: la idea de que Washington
tiene derecho a decidir quién gobierna en el hemisferio. China lee eso como intento de
neocolonialismo, no como doctrina histórica. Y por eso se planta.»
El pichón de periodista, con el ceño fruncido, preguntó: «¿Y la calle, Anacleto? ¿La
protesta? ¿Eso también cuenta?»
Anacleto sonrió, esa sonrisa de quien sabe que el poder real no está solo en los
despachos. «Cuenta, y mucho. Cuando la gente sale a la calle a exigir la liberación de
Nicolás y Cilia, no lo hace por consigna. Lo hace porque el secuestro de un presidente,
secuestro, no captura legal, ofende la dignidad nacional. Y Pekín lo sabe. Por eso en su
comunicado no solo habló de soberanía, habló de «dignidad y derechos legítimos». Esa
palabra, «dignidad», es la que Washington no entiende. Creen que el poder se mide en
portaaviones y tribunales. Pero la dignidad, cuando un pueblo la siente, pesa más que
cualquier misil.» Hizo una pausa y agregó: «El ecuatoriano Juan Montalvo dijo que 'el
pueblo es un gigante que cuando despierta sacude la tierra'. Las movilizaciones exigiendo
la liberación de la pareja presidencial son ese gigante desperezándose. No lo orquesta
nadie. Lo despierta la indignación. Y la indignación, cuando es genuina, no se compra con
dólares ni se aplaca con amenazas.»
Se levantó de la barra y caminó lentamente hacia la puerta. Me hizo una seña. Se detuvo
en el umbral, se medio volteó, con esa costumbre que ya es su sello. «Cuando esta
página de la historia se escriba, camaritas, nadie recordará los comunicados de prensa
del Pentágono. Recordarán que un día, un portavoz chino, desde Pekín, le dio un para’o a
Washington, y que le dijo, con todas las letras en mayúsculas, que la SOBERANÍA DE
VENEZUELA no se negocia. Eso, para un pueblo acostumbrado a que le digan lo que
tiene que hacer, es un rayo de luz en medio de la tormenta.» Hizo una pausa, dio una
última calada a su cigarrillo y lo aplastó en el cenicero de la barra. «"Perro que ladra no
muerde", dicen por ahí. Pero cuidado, camaritas. El dragón no ladra. El dragón calla,
observa y, cuando brama, tiembla la tierra. Washington ha escuchado el bramido. Ahora
veremos si entiende el mensaje.»
Salió y yo detrás de él. La puerta de El Bohemio se cerró con un golpe suave, definitivo.
Afuera, Maracaibo seguía su curso, con sus apagones, su calor y su terquedad infinita.
Adentro, sobre la mesa del rincón, el mapa de la Faja del Orinoco quedó allí, con sus
303.000 millones de barriles de petróleo que, para Pekín, son más que petróleo: son
soberanía en estado puro. El ventilador siguió girando. Y en el silencio de El Bohemio, la
verdad siguió su curso: despacio, imparable, como el agua que horada la piedra.
El mapa energético: por qué Pekín no negocia lo que está bajo tierra – China no
defiende a Venezuela por romanticismo revolucionario, sino por realismo energético. Las
reservas probadas de crudo venezolano ascienden a 303.000 millones de barriles, la
mayor cifra del planeta, concentradas en la Faja del Orinoco. Desde hace dos décadas,
Pekín ha tejido una red de acuerdos de "petróleo por crédito" que superan los 60.000
millones de dólares, convirtiéndose en el principal acreedor de Caracas. En 2023, ambos
países elevaron su vínculo a una "asociación estratégica para todo espectro", lo que en
lenguaje diplomático significa: cualquier cambio de régimen que ponga en riesgo esos
activos es inaceptable. Cuando Washington empuja una transición electoral apresurada,
Pekín lee detrás la sombra de la expropiación de acuerdos y la reorientación de los flujos
petroleros hacia el mercado estadounidense. Por eso el portavoz Lin Jian salió con un
lenguaje inusualmente directo: "China se opone firmemente". No es retórica, es la defensa
de una infraestructura financiera construida durante años y que no está dispuesta a
renegociarse bajo presión.
El secuestro como método: el precedente que nadie quiere normalizar – El traslado
de Nicolás Maduro y Cilia Flores a una corte de Nueva York no es un episodio judicial
aislado. Para potencias como China y Rusia, es la prueba de que Washington está
dispuesto a violar la inmunidad de jefes de Estado para imponer su voluntad geopolítica.
Por eso el comunicado chino no solo habló de soberanía, sino que calificó la captura
como "secuestro". El mensaje es claro: si se normaliza que un presidente sea detenido en
un tercer país bajo acusaciones unilaterales, ningún mandatario del Sur Global estará a
salvo. La advertencia tiene destinatarios concretos. La próxima audiencia fijada para el 30
de junio en el distrito sur de Nueva York, tribunal histórico en casos de alto voltaje
financiero, será un nuevo termómetro de esta confrontación. China no está en esa sala,
pero su sombra se proyecta sobre ella.
La confesión de los halcones: cuando la presión externa admite sus límites – En el
foro de Florida donde James Story y Frank Mora debatieron sobre Venezuela y Cuba,
ocurrió un hecho revelador. Mora, ex-embajador en la OEA, admitió sin ambages que "las
sanciones económicas por sí solas históricamente nunca han producido el cambio político
que uno quiere". Es la constatación de que décadas de bloqueo a Cuba y años de presión
máxima contra Venezuela no han logrado los objetivos declarados. El mismo Story
reconoció que «por lo menos en Venezuela había un espacio para la oposición
democrática». Esa frase, leída con atención, revela el núcleo del problema: lo que
Washington considera «espacio» no es pluralidad política, sino capacidad de sus aliados
locales para maniobrar sin ser aplastados. Cuando la vía coercitiva muestra sus grietas, el
imperio tiene dos opciones: escalar o negociar. China acaba de dejar claro que la escalada tiene un precio que no está dispùesta a pagar…
El Pepazo





