El ventilador de El Bohemio giraba más lento que de costumbre. No era una avería. Era que el peso de la noticia parecía haberle contagiado su pesadez al mecanismo. En la mesa del rincón, Anacleto había desplegado un mapa geológico de Venezuela, con las fallas de Boconó y San Sebastián marcadas en rojo. A su alrededor, el pichón de periodista, la profesora, el coronel retirado, el boticario, el viejo periodista y Carmen esperaban. La tertulia tenía ese aire de las conversaciones que no se miden por la hora, sino por la hondura.
El pichón de periodista fue el primero en romper el silencio. «Anacleto, dos terremotos. 7.1 y 7.5, separados por apenas 39 segundos. Epicentro en Morón, costa de Carabobo. Edificios caídos en Caracas, La Guaira declarada zona de desastre, más de 164 fallecidos confirmados y subiendo. ¿Qué está pasando? ¿Es natural o hay algo más?»
Anacleto no respondió de inmediato. Encendió un cigarrillo con esa parsimonia de quien sabe que las preguntas grandes no se responden con prisas. Exhaló el humo hacia el techo y lo vio deshacerse contra las aspas. «Camarita, eso es lo que estamos tratando de averiguar: si ha sido producto de una falla natural o si ha sido obra de la mano peluda codiciosa gringa. Lo que sí sabemos, camaritas, es que el primer sismo fue un premonitor, un “foreshock”, que liberó energía pero no toda. El segundo, el principal o “mainshock”, fue el golpe definitivo. Dos impactos en menos de un minuto. Es como si la tierra hubiera decidido dar dos trancazos seguidos, sin dar tiempo a reaccionar.»

La profesora, con esa precisión de archivo que la caracteriza, desplegó un informe del Servicio Geológico de Estados Unidos. «El epicentro exacto del primer sismo fue a 21 kilómetros al oeste de Morón, con una profundidad de 13 kilómetros. El segundo, a 16 kilómetros al suroeste de Morón, con una profundidad de 10 kilómetros. La energía viajó horizontalmente, golpeando Puerto Cabello, Valencia, Maracay, y entrando a Caracas con un efecto de amplificación en el valle. La Guaira, camaritas, ha sido declarada zona de desastre por los desprendimientos masivos. Caracas no sentía un sismo así desde 1967.»
El coronel retirado, con su voz grave, se inclinó sobre el mapa. «¿Y esto es normal? ¿Dos sismos tan fuertes en el mismo lugar con tan poca diferencia de tiempo?»
«Es un «doblete sísmico», coronel» respondió Anacleto. «La falla de Boconó, que corre a lo largo de los Andes venezolanos, se conecta con el complejo de fallas de San Sebastián. Es como una cuerda tensa. Cuando una sección se rompe, la tensión se transfiere al tramo siguiente. Y si ese tramo ya estaba al borde, explota. Turquía vivió algo similar en 2023: un sismo de 7.8 seguido por otro de 7.5 horas después. Japón, en 2016, también tuvo un doblete. No es raro, camaritas, pero es devastador.»
El boticario, fiel a su papel de ingenuo estratégico, movió la cabeza. «Pero he oído hablar del HAARP. De que esas ondas de radio pueden provocar terremotos. ¿Es cierto?»
Anacleto no respondió de inmediato. Se tomó un momento para encender otro cigarrillo, como si la pregunta mereciera una pausa más larga que las anteriores. Exhaló el humo lentamente y, cuando habló, su tono no era de desdén, sino de una paciencia reflexiva.
«Boticario, la pregunta no es si es cierto. La pregunta es por qué tanta gente cree que podría serlo. Y la respuesta, camaritas, no está en la física. Está en la historia.»
El viejo periodista, que había estado en silencio, levantó la cabeza. «¿Cómo así, Anacleto?»
«Mire, camarita: Estados Unidos ha mentido tanto, tan descaradamente, que la gente ya no cree ni en la llegada a la Luna. Han mentido sobre armas de destrucción masiva en Irak, han mentido sobre la inofensividad de sus investigaciones, sean físicas o químicas, han mentido sobre la existencia o no de seres extraterrestres, han ocultado información sobre el Triángulo de las Bermudas.» Bajó el volumen de su voz como para darle cierto aire misterioso y cómplice «Y hasta las potentes lluvias que siguieron al derribo de sus radares en las bases del Golfo Pérsico han sido objeto de sospecha. No son pruebas, camaritas. Son «casualidades» que se han acumulado hasta formar un sedimento de desconfianza.»
La profesora, con esa precisión de archivo que la caracteriza, añadió: «Y cuando un poder miente sistemáticamente, la desconfianza se vuelve un mecanismo de supervivencia, no una debilidad. Si la gente cree en la resurrección de Jesús, camaritas, sin pruebas materiales, ¿por qué no iba a creer en la adaptación para el uso militar del HAARP, para crear sismos? No es cuestión de física… es cuestión de credibilidad.»
Anacleto asintió, golpeando suavemente la mesa con los nudillos. «Exacto, profesora. La ciencia dice que el HAARP no puede mover placas tectónicas. Pero la historia dice que el poder ha ocultado tecnologías durante décadas: el radar, la criptografía, los aviones furtivos, la inteligencia artificial, las armas químicas, los drones kamikazes… ¿Por qué iba a ser diferente con un arma geológica? No digo que exista. Digo que, después de tantas mentiras, la gente tiene derecho a preguntarse si podría existir.»
El coronel retirado, con su voz grave, intervino: «Pero eso no es evidencia, Anacleto. Es especulación.»
«Y tiene razón, coronel,» dijo Anacleto con sorna «Pero la especulación, camarita, no nace de la nada; nace de la experiencia. Cuando un poder te miente sobre la guerra, sobre la salud, sobre el espacio, sobre el clima… terminas desconfiando hasta de las ondas de radio. No porque sepas que pueden o no mover montañas, sino porque sabes que no te han dicho la verdad sobre casi nada. Como dice el refrán: «El que se quema con leche, hasta el suero ve negro». Y nosotros, camaritas, llevamos décadas viendo humo.»
El pichón de periodista, con los ojos abiertos como platos, preguntó: «Entonces, ¿hay que creer en la conspiración?»
Anacleto negó con un movimiento de cabeza «No necesariamente, camarita; no hay que creer. Hay que mantener la puerta entreabierta. La ciencia dice una cosa, la historia dice otra, y entre ambas, camaritas, está el espacio de la duda legítima… la duda que no es certeza, pero que tampoco es credulidad, la duda que dice: «No sé. Pero no me fío.»»
Anacleto apagó un cigarrillo y encendió otro, su ritual del pensamiento. «El escritor gringo Mark Twain dijo que ‘es más fácil engañar a la gente que convencerla de que ha sido engañada’. Pero en el caso de Estados Unidos, camaritas, la gente ya sabe que ha sido engañada. La pregunta no es si el HAARP puede causar terremotos. No, la pregunta es si, después de todo lo que hemos visto, alguien tiene derecho a descartar la posibilidad sin siquiera investigarla. Y la respuesta, camaritas, es que no.»
Carmen, que había estado escuchando desde la barra, dejó el trapo y se apoyó en el mostrador. «Entonces, Anacleto… ¿qué hacemos? ¿Creemos o no creemos?»
Anacleto sonrió, esa sonrisa de quien sabe que la respuesta no está en el sí o en el no. «Carmen, no se trata de creer. Se trata de no cerrar los ojos. La ciencia tiene sus explicaciones, la historia tiene sus silencios, y nosotros, camaritas, tenemos la obligación de no confundir la falta de pruebas con la prueba de la falta. Como dice el refrán: «En boca cerrada no entran moscas». Pero en la mente abierta, camaritas, entran las preguntas. Y las preguntas, cuando son bien hechas, son más poderosas que cualquier respuesta.»
Se hizo silencio por unos minutos, Anacleto se levantó, ajustó sus lentes de carey, y con una sonrisa a flor de labios comentó: «Camaritas… se supone que el HAARP es un centro de investigación en Alaska que envía ondas de radio a la ionosfera, a una altura de más de 80 kilómetros, y que no tiene la capacidad de penetrar la corteza terrestre, viajar bajo el suelo y desplazar millones de toneladas de roca. Las ondas de radio no mueven piedras. Lo que las mueve es la presión tectónica que se acumula durante siglos.»
El viejo periodista, con esa sabiduría de quien ha visto demasiadas versiones oficiales, intervino. «Pero Anacleto, ¿no hay tecnologías que desconocemos? Lo que hoy es ciencia ficción, mañana es realidad.»
«Tiene razón, camarita. Y ahí está el dilema.» respondió Anacleto, auténtico como el café cerrero, que sabe a conspiración, «No sabemos todo lo que existe. La historia militar está llena de tecnologías que permanecieron clasificadas durante décadas. Repito: el radar, la criptografía, los aviones furtivos… todo eso fue secreto hasta que dejó de serlo. Pero una cosa es decir «no sabemos todo» y otra muy distinta es decir «esto fue causado por algo que aún no sabemos». La primera es humildad; la segunda es especulación sin pruebas.»
La estudiante de sociología, que había estado tomando notas en silencio, levantó la vista. «Pero Anacleto, ¿no hay evidencia de que el ser humano puede inducir sismicidad? Los embalses, la inyección de fluidos, la extracción masiva de hidrocarburos… todo eso ha provocado terremotos. ¿Podría ser el resultado de la codicia en la extracción petrolera?»
«Sí, mi niña. Y esa es una distinción clave. Sabemos que el ser humano puede influir en fenómenos geológicos.» dijo Anacleto, suavizando el tono de su voz «Pero de ahí a decir que un terremoto de 7.5 fue causado por una tecnología militar… No porque sea imposible, sino porque no tenemos evidencia específica que apunte en esa dirección. Como dice el refrán: «Del dicho al hecho hay mucho trecho». Y del HAARP al terremoto, camaritas, hay un trecho que no se cruza con suposiciones.»
Carmen, que había estado escuchando desde la barra, dejó el trapo y se apoyó en el mostrador. «Anacleto, y entonces, ¿qué hacemos? ¿Nos quedamos con la versión oficial, abrazamos la conspiración o denunciamos la codicia extractivista?»
Anacleto apagó un cigarrillo y encendió otro, su ritual del pensamiento. «Carmen, ni una cosa ni otra. Primero, se debe aclarar que “versión oficial” no significa “versión del gobierno”, ojo. Luego, un investigador serio no pregunta «¿es imaginable?» sino «¿qué evidencia concreta tengo?». La ciencia funciona con fenómenos observables y repetibles.» Aclaró sin apuro «La inteligencia militar, en cambio, opera con secreto, desinformación y negación. Por eso, cuando un ciudadano siente que la explicación oficial puede ser incompleta, no siempre es una sensación irracional. Pero tampoco conviene caer en el extremo contrario: asumir que todo evento extraordinario debe tener una causa oculta.»
El pichón de periodista, con los ojos abiertos como platos, preguntó: «Entonces, ¿qué posición debemos tomar? ¿La de la Ley de Murphy de “Piensa mal y acertarás”?»
Anacleto ajustó sus lentes de carey y clavó la mirada en los presentes. «Charles Dickens escribió que «la ley es una asociación de la voluntad general». Yo diría que la investigación es una asociación de la duda metódica. Hay tres posiciones: el dogmatismo oficialista («todo está explicado»), el conspiracionismo absoluto («nada está explicado») y el escepticismo investigativo («la explicación tectónica es la mejor disponible hoy, pero sigo dispuesto a revisar mi conclusión si aparecen nuevos datos»).» comenta Anacleto entre sorbos de café y archivos desclasificados. «La tercera, camaritas, es la más sólida. Porque reconoce dos cosas al mismo tiempo: la capacidad humana para desarrollar tecnologías que antes parecían imposibles, y la necesidad de pruebas antes de atribuir un fenómeno concreto a una tecnología determinada.»
Se levantó y caminó hacia la barra. Carmen le sirvió un café sin preguntar. Se sentó en el taburete, de espaldas a la mesa, pero con su voz ronca, timbrada por los años, soltó:
«George Orwell expresó que «la libertad es el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír». Y lo que no quiere oír la gente, camaritas, es que a veces la naturaleza es más poderosa que todas nuestras conspiraciones. Pero también que el poder, cuando tiene tecnología, no la usa para hacer temblar la tierra; la usa para hacer temblar la voluntad de los pueblos. Y en eso, camaritas, la tierra y el poder se parecen: ambos pueden derrumbar edificios. Pero solo uno puede derrumbar la verdad.»
Se levantó de la barra y caminó lentamente hacia la puerta. Me hizo una seña. Se detuvo en el umbral, se medió volteó, con esa costumbre que ya es su sello, y cerró: «El problema de las teorías de la conspiración, camaritas, no es que sean falsas. Es que suelen ser más fáciles que la realidad. La realidad es más compleja, más aburrida, más difícil de explicar en un tuit. La naturaleza no necesita conspirar para ser devastadora. Solo necesita ser ella misma. Y nosotros, camaritas, solo necesitamos estar atentos. No para creer ciegamente, sino para no creer a ciegas. Orwell también escribió en ‘1984’ que ‘el control del pasado depende del control del presente’. Y el control del presente, camaritas, depende de que aceptemos que lo que nos dicen es la verdad completa. Pero nosotros ya no aceptamos nada sin preguntar. No porque seamos paranoicos, sino porque nos han enseñado a serlo.» Hizo una pausa, dio una última calada a su cigarrillo y lo aplastó en el cenicero de la mesa más cercana. «Si como dije, camaritas, la gente cree en la resurrección de Jesús sin pruebas, ¿por qué no va a creer que el imperio y su codicia, tienen armas secretas para mover la tierra? No es cuestión de fe, es cuestión de experiencia acumulada. Y la experiencia acumulada nos sugiere que cuando el poder dice «eso es imposible», suele ser porque no quiere que lo investiguen. Y cuando no quieren que lo investiguen, camaritas, es porque algo hay.»
La puerta de El Bohemio se cerró con un golpe suave. Afuera, Maracaibo seguía su curso, con sus apagones, su calor y su terquedad infinita. El ventilador siguió girando. Y en el silencio de El Bohemio, la pregunta quedó flotando en el aire, como el humo que todavía no se disipa: ¿Hasta cuándo seguiremos confundiendo la falta de pruebas con la prueba de la falta?
El doblete sísmico: la ciencia detrás del fenómeno – Los sismos del 24 de junio de 2026 en Venezuela aparentemente constituyen un caso clásico de «doblete sísmico» o «secuencia de foreshock-mainshock». El primer evento (magnitud 7.1-7.2) ocurrió a las 6:04 p.m., con epicentro a 21 kilómetros al oeste de Morón, estado Carabobo, a una profundidad de 13 kilómetros. Apenas 39 segundos después, un segundo sismo de magnitud 7.5 se originó a 16 kilómetros al suroeste de Morón, a una profundidad de 10 kilómetros. Este patrón, en el que un sismo precursor desencadena un evento principal en una falla adyacente, ha sido documentado en eventos como el terremoto de Turquía-Siria en 2023 (7.8 y 7.5) y el de Kumamoto, Japón, en 2016 (6.2 y 7.0). El sismólogo japonés Kiyoshi Suyehiro ha señalado que «las fallas no son líneas rectas, sino redes interconectadas. La ruptura de una sección puede transferir tensión a otra, generando eventos en cascada». Venezuela, ubicada sobre el límite entre la placa del Caribe y la placa Sudamericana, es un país de alta sismicidad, con antecedentes en 1967 (Caracas, 6.7), 1997 (Cariaco, 6.9) y 2018 (Sucre, 7.3).
El debate HAARP: ciencia, tecnología y desinformación – El HAARP (High Frequency Active Auroral Research Program) es un centro de investigación ionosférica en Alaska que ha sido objeto de numerosas teorías conspirativas desde su creación en los años 90. Sin embargo, su supuesta función real es estudiar las interacciones entre las ondas de radio y la ionosfera, no manipular el clima ni generar terremotos. El físico atmosférico Craig Kletzing ha explicado que «las ondas de radio del HAARP interactúan con electrones libres en la atmósfera superior, a más de 80 kilómetros de altura. No tienen la capacidad de penetrar la corteza terrestre, que está a kilómetros de profundidad, ni de generar la energía necesaria para mover placas tectónicas». La energía liberada por un terremoto de magnitud 7.5 equivale a la explosión de cientos de bombas atómicas, una cifra que ninguna instalación humana puede concentrar y dirigir hacia el subsuelo. El escepticismo hacia las versiones oficiales es un músculo sano, pero debe basarse en datos verificables, no en suposiciones.
La posición del investigador: entre el dogmatismo y la conspiración – Ante fenómenos extraordinarios, existen tres posturas posibles: el dogmatismo oficialista («todo está explicado»), el conspiracionismo absoluto («nada está explicado») y el escepticismo investigativo («la explicación disponible es la mejor hoy, pero revisaré mi conclusión si aparecen nuevos datos»). El filósofo de la ciencia Karl Popper escribió que «la ciencia no es un sistema de certezas, sino un sistema de conjeturas sometidas a refutación». Un investigador serio no descarta a priori ninguna hipótesis, pero exige pruebas antes de aceptarla. La historia militar demuestra que tecnologías como el radar, la criptografía y los aviones furtivos permanecieron clasificadas durante años. Eso no significa que toda tecnología desconocida sea una realidad operativa, sino que la prudencia y la evidencia deben guiar el análisis. El escritor argentino Jorge Luis Borges escribió que «la duda es uno de los nombres de la inteligencia». Y en tiempos de desinformación, la duda bien informada es el único antídoto contra el fanatismo y la credulidad.
El Pepazo






