Psicólogo George Taborda (Venezuela resiliente, segunda entrega)
Cuando un desastre natural nos arrebata de golpe lo que más amamos, el mundo se
detiene. En un abrir y cerrar de ojos, la geografía de nuestras vidas cambia por
completo: una habitación vacía, una silla donde ya no se sentará ese amigo entrañable,
o un terreno cubierto de escombros donde antes se erigía el hogar construido con el
esfuerzo de toda una vida. Tras el reciente terremoto en nuestra Venezuela, el shock
inicial del sismo da paso a un dolor sordo, pesado y desgarrador. La tristeza profunda,
la sensación de desamparo y esa opresión constante en el pecho son las marcas
visibles del duelo colectivo.
En medio de esta devastación, es común escuchar frases bienintencionadas como «hay que ser fuertes», «los tiempos de Dios son perfectos» o «lo material se recupera». Sin
embargo, desde la psicología clínica y el acompañamiento en crisis, debemos ser
categóricos: en las primeras etapas de una tragedia, forzar una falsa positividad es una
forma de violencia emocional. El dolor no se evade; se atraviesa.
El impulso inmediato de una sociedad ante una crisis es intentar "ser fuerte" y reprimir las lágrimas para seguir adelante. Sin embargo, hoy quiero decirles lo contrario: para sanar el alma, primero hay que permitirse sentir el dolor. El duelo no es una
enfermedad que deba curarse rápido; es el proceso biológico y humano necesario para
remendar un corazón roto.
La literatura científica en psicología del trauma nos enseña que la pérdida simultánea
de seres queridos y del patrimonio familiar desencadena un fenómeno complejo
conocido como duelo multifactorial o compuesto (Worden, 2018). El sobreviviente no
solo llora la muerte física de sus seres queridos, sino que también experimenta la
pérdida de su identidad, de su rutina y de su espacio de seguridad material. En medio de este desolador panorama, es muy común que aparezca un enemigo silencioso: la
culpa del sobreviviente. La mente se llena de preguntas tortuosas como «¿Por qué yo
me salvé y ellos no?» o «¿Por qué no pude salvar mi casa?». Es vital comprender que estas ideas son intentos desesperados del cerebro para encontrar un orden lógico en el
caos de la tragedia. La pérdida material y humana no fue su culpa; fue el destino de
una fuerza natural que nadie podía controlar.
Navegar esta llanura emocional y gris requiere entender que no existen recetas
mágicas ni cronómetros para el dolor. La depresión y el llanto no son signos de
rendición, sino los andamios que el sistema nervioso utiliza para procesar la orfandad
material y afectiva (Kübler-Ross, 2014). Presionar a las víctimas con una "falsa
positividad" o con frases como "tenéis que estar bien por los demás" solo aumenta el aislamiento y cronifica el trauma. El verdadero alivio comienza cuando creamos
espacios seguros donde el dolor sea validado y compartido.
Para quienes hoy se encuentran habitando la intemperie del refugio o la tristeza de la
ausencia, existen dos pautas esenciales de soporte emocional que se pueden poner en
práctica de inmediato para evitar que el sufrimiento se convierta en una parálisis
permanente:
En primer lugar, se debe establecer el espacio comunitario de ventilación emocional
ritualizada. El aislamiento es el principal combustible de la depresión postraumática;
por ello, se recomienda que las familias o los grupos de vecinos en los refugios
dediquen un momento específico del día —sin forzar a nadie— para sentarse juntos y
ponerle palabras al dolor, turnándose para recordar a quienes ya no están o para llorar
libremente la pérdida del hogar.
Permitirse llorar juntos, recordar las anécdotas felices de los seres queridos o
simplemente sostener la mano de alguien en silencio valida la emoción y rompe la
sensación de soledad. Además, es fundamental practicar la compasión ante la culpa
del sobreviviente; si la mente lo asalta con pensamientos repetitivos sobre por qué usted se salvó, repítase conscientemente que su supervivencia no le quitó la oportunidad a nadie más y que honrar la memoria de los que partieron se logra cuidando la vida que hoy permanece. Escuchar que el vecino comparte el mismo vacío genera un efecto de co-regulación biológica en el sistema nervioso, recordándole al cerebro que el dolor no se lleva en soledad.
En segundo lugar, es vital aplicar el ritual del recuerdo escrito o la carta de despedida
inconclusa; cuando el nudo en la garganta impide que las palabras salgan por la boca,
escribir en un papel todo aquello que quedó pendiente por decir, o plasmar los detalles
y agradecimientos hacia la memoria del ser querido, actúa como un canalizador
psicoterapéutico que traslada la angustia desde el cuerpo hacia el exterior, ayudando a
la mente a iniciar el lento proceso de aceptación y cierre.
Abrazar el vacío no significa olvidar a quienes perdimos ni resignarse a vivir en la
miseria; significa tener la inmensa valentía de mirar nuestras heridas de frente para
sanarlas. La reconstrucción afectiva de Venezuela será un camino largo que requerirá
toda nuestra paciencia clínica y comunitaria. Hoy, permitámonos llorar a nuestros
muertos y abrazar nuestras ruinas, con la certeza de que el dolor compartido pesa la
mitad y de que, sobre los cimientos de la solidaridad y el amor que nos une,
volveremos a construir un hogar seguro para todos.
�� Resumen para el lector
● El peso del dolor compuesto: La tristeza extrema tras el sismo se debe a un
duelo multifactorial en el que confluyen la pérdida irreversible de seres queridos y
la destrucción del hogar y de la seguridad material (Worden, 2018).
● Desarmar la culpa: Los pensamientos de autorreproche son una reacción normal
del cerebro que intenta encontrar lógica en la tragedia, pero la pérdida no es
responsabilidad del sobreviviente, sino de un evento natural e incontrolable.
● Sanar acompañados: El aislamiento empeora la depresión. Hablar del dolor en
comunidad y utilizar la escritura como desahogo ritualizado activan vías
neurológicas que ayudan a procesar el trauma e iniciar la aceptación (Kübler-Ross, 2014).
�� Citas Bibliográficas (Al final del artículo)
● Kübler-Ross, E. (2014). On Grief and Grieving: Finding the Meaning of Grief
Through the Five Stages of Loss. Simon and Schuster. (Análisis fundamental
sobre las etapas del duelo y la importancia de validar la tristeza y la pérdida sin
presiones externas).
● Worden, J. W. (2018). Grief Counseling and Grief Therapy: A Handbook for the
Mental Health Practitioner (5th ed.). Springer Publishing Company. (Estudio sobre
el duelo compuesto y las intervenciones clínicas necesarias cuando se pierden
simultáneamente seres queridos y
El Pepazo






