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Crítica legítima y resentimiento: dos términos al opinar sobre Venezuela…

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El Bohemio tenía ese olor a café recalentado y a verdad que se abre paso. No era una tertulia cualquiera. Sobre la mesa del rincón, Anacleto no tenía periódicos desplegados. Tenía una libreta de tinta verde con una lista de preguntas escritas a mano. A su alrededor, la profesora, el coronel retirado, el boticario, el viejo periodista, el sindicalista, un obrero, Carmen y el pichón de periodista esperaban. En mesas cercanas, varios desconocidos escuchaban con atención. El pichón de periodista fue el primero en hablar. «Anacleto, esto es un caos. Dicen que el acuerdo con Estados Unidos es una traición. Que Delcy entregó la patria. Que los 65.000 millones de barriles se van por 100 años. ¿Qué es verdad?»

Anacleto no respondió de inmediato. Encendió un cigarrillo con esa parsimonia de quien sabe que las preguntas importantes no se responden con prisas, sino con el peso de la historia. Exhaló el humo hacia el techo y lo vio deshacerse contra las aspas. «Camarita, antes de hablar del acuerdo, hablemos de quiénes lo critican. Porque en esta guerra, camaritas, las palabras y las fuentes son armas. Y citar al enemigo como si fuera un árbitro es un error que no podemos cometer.»

La profesora, con esa precisión de archivo que la caracteriza, desplegó una lista de nombres. «Anacleto, hay críticos que tuvieron cargos durante el gobierno de Chávez. Ahora, desde fuera, señalan de ineptos a quienes ocupan esos mismos cargos. ¿Cómo se explica eso?»

Anacleto apagó un cigarrillo y encendió otro, su ritual del pensamiento. «Profesora, la respuesta está en la historia. Chávez tuvo a su lado a muchos. Algunos se quedaron; otros se fueron. ¿Por qué? Porque el Comandante, con su ojo clínico, veía en unos la coherencia y en otros la fugacidad. ¿Dónde están los eruditos de la revolución, los más chavistas que Chávez? ¿Los cerebritos del proceso? Creo que no hace falta que los señale, porque todos sabemos quiénes son.»

El coronel retirado, con su voz grave, se inclinó sobre la mesa. «Anacleto, y la elección de Maduro como sucesor. Dicen que fue un error.»

Anacleto sonrió, esa sonrisa de quien sabe que el tiempo, a veces, es el mejor juez. «Coronel, ¿Por qué el Comandante eligió a Nicolás y no a alguno de ellos como su sucesor? ¡Horror! Un chofer de bus, un burro sin preparación, un ignorante, un «pobre bolsa». ¿Se equivocó el Comandante? El tiempo le ha dado la razón. Nicolás no sólo siguió sus pasos, continuó con sus planes, se plantó frente al hegemón. El «madurismo» es una creación de la malinche para tratar de dividir al chavismo, porque Maduro es chavista de pura cepa.»

Un desconocido de una mesa cercana, un hombre de unos sesenta años y pelo cano, con una libreta en la mano, intervino con voz firme y un dejo de escepticismo. «Pero señor Anacleto, ¿y el acuerdo? ¿No es una entrega?»

Anacleto exhaló una bocanada de humo con lentitud deliberada. «Camarita, el acuerdo, así como la concreción de los contratos directos con corporaciones como Chevron, que se firmaron definitivamente entre el viernes 28 y el sábado 29 de agosto, hablan de 25 años como período de la concesión, y no CIEN años como han especulado los “heraldos Negros”. Hizo una pausa para secarse el sudor de la frente y continuó: Además, la inversión para poner a punto la producción corre por cuenta de los inversores. Se habla de un monto inicial de unos 100 mil millones de dólares. Al empezar a producir, al país le tocarán: 16% de regalías y 34% de ISR, eso le pondrá en las manos del país más de doscientos mil millones de dólares en un cuarto de siglo. Cada barril que salga de nuestro suelo, camarita, después de pagarles su inversión, nos dejará casi veinte dólares limpios, veinte dólares que hoy no existen, que se quedan quietos bajo la tierra. Veo esta alternativa como una salida a la crisis inducida por el hegemón.»

Carmen, desde la barra, dejó el trapo y se apoyó en el mostrador. «Anacleto, y la soberanía. ¿No se pierde?»

Anacleto apagó un cigarrillo y encendió otro, su ritual del pensamiento. «Carmen, Delcy explicó que el acuerdo se sostiene en una premisa muy sencilla: cada parte aporta lo que mejor sabe hacer. Venezuela conserva la propiedad y la soberanía sobre sus recursos mientras utiliza el capital y la tecnología estadounidenses para recuperar el desarrollo de su industria petrolera. El petróleo bajo tierra solo nos será útil si lo extraemos para convertirlo en bienestar para todos los venezolanos. Pero las ilegítimas y unilaterales sanciones nos han impedido lograrlo.»

El sindicalista, con su voz grave de hombre de calle, golpeó la mesa con el puño. «Anacleto, todo esto es muy bonito, pero ¿qué tiene que ver conmigo?»

Anacleto se giró lentamente desde la barra y lo miró con esa mezcla de paciencia y dureza que le caracterizaba. «Camarita, no es su conciencia lo que determina su ser social, sino su ser social el que determina su conciencia. No es «yo tengo que cambiar su mentalidad para cambiar su mundo»; es «yo tengo que cambiar su mundo para lograr cambiar su mentalidad». Y este acuerdo, camarita, es un intento de cambiar el mundo material para que la mentalidad deje de ser la de la escasez y la desesperanza.»

El viejo periodista, con esa sabiduría de quien ha visto demasiados acuerdos energéticos, intervino. «Anacleto, y los críticos y criticones. ¿Qué hacemos con ellos?»

Anacleto sonrió, esa sonrisa de quien sabe que la crítica, cuando es legítima, se escucha; cuando es interesada, se desmonta. «Camarita, nuestro rol no es juzgar si su verdad o la nuestra es la verdad absoluta. Es entenderla en sus propios términos. Y para hacerlo, necesitamos entender la naturaleza de nuestros enemigos narrativos. Cuando señalo que un Hausmann o una Sayona no son unos críticos, sino actores hostiles, no les estoy dando una opinión, les doy una pieza clave del rompecabezas. No se trata de presentar todas las visiones como igualmente válidas. Se trata de combatir aquellas que consideramos falsas, con las armas del verbo y la pluma.»

Se levantó y caminó hacia la barra. Carmen le sirvió un café sin preguntar. Se sentó en el taburete, de espaldas a la mesa, pero con la voz clara y fuerte. «Simón Bolívar dijo que «la soberanía es la autoridad suprema de un pueblo para regirse por sí mismo». Y eso, camaritas, es lo que está en juego. No el control de una cuenta bancaria. La soberanía de un pueblo que ha decidido resistir sin inmolarse. Y mientras el imperio necesite nuestro petróleo, tendremos una carta que jugar. La pregunta no es si el acuerdo es perfecto. La pregunta es si es mejor que la alternativa.»

Dio un sorbo de café y continuó: «Antonio Gramsci escribió que «el viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer, y en ese claroscuro surgen los monstruos». Pero lo que estamos viendo, camaritas, no son monstruos. Son actores racionales que han hecho un cálculo simple. ¿Cómo podemos acoger la crítica de los carroñeros que tuvieron cargos y posiciones relevantes durante el mandato del Comandante, cuando ahora, por estar fuera del gobierno, muestran su frustración y resentimiento señalando de ineptos a quienes hoy ocupan esos cargos? La lista es larga, camaritas. Y la memoria, también.»

Se levantó de la barra y caminó lentamente hacia la puerta. Me hizo una seña. Se detuvo en el umbral, se medio volteó, con esa costumbre que ya es su sello. «George Orwell» dijo pausadamente, «escribió que «la libertad es el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír». Y lo que este acuerdo dice, camaritas, es que el petróleo sigue siendo el centro del mundo. Que el imperio necesita el crudo venezolano más de lo que Venezuela necesita su permiso. Y que la soberanía, aunque se negocie, no se entrega. Lo que hay que hacer, camaritas, es ser autocríticos con los intentos del pasado que no han logrado derribar los muros de contención creados por nuestros enemigos para mantenernos encerrados, no sólo físicamente, sino dentro de los más oscuros pensamientos negativos.»

Salió y yo detrás de él. La puerta de El Bohemio se cerró con un golpe suave. Afuera, Maracaibo seguía su curso, con su sol ardiendo, su calor y su terquedad infinita. El ventilador siguió girando. Y en el silencio de El Bohemio, la pregunta quedó flotando en el aire, como el humo que todavía no se disipa: ¿Cuándo aprenderemos a distinguir entre la crítica legítima y el resentimiento de los que se fueron porque no supieron quedarse?

La historia como argumento: por qué Chávez eligió a Maduro – ¿Por qué el Comandante eligió a Nicolás y no a ninguno de ellos como su sucesor? El tiempo le ha dado la razón. Nicolás no sólo siguió sus pasos, continuó con sus planes, se plantó frente al hegemón. El historiador venezolano Luis Britto García ha señalado que «la coherencia de Maduro con el legado de Chávez es un hecho que la historia, con el tiempo, ha terminado por confirmar». La elección de Maduro no fue un error, fue una decisión estratégica basada en la lealtad y la capacidad de resistir la presión imperial.

Las cifras del acuerdo: entre la realidad y la propaganda – El acuerdo habla de 25 años como período de la concesión, y no CIEN años como han especulado los «heraldos Negros». La inversión para poner a punto la producción corre por cuenta de los inversores, con una inversión inicial de 100 mil millones de dólares. El barril de petróleo le dejará al país un aproximado de 20 dólares netos de ganancia. El economista venezolano Asdrúbal Oliveros ha señalado que «la diferencia entre la cifra anunciada y la cifra real es la diferencia entre la propaganda y la realidad».

La soberanía como línea roja: el acuerdo y la resistencia – Delcy explicó que el acuerdo se sostiene en una premisa muy sencilla: cada parte aporta lo que mejor sabe hacer. Venezuela conserva la propiedad y la soberanía sobre sus recursos. El politólogo venezolano Manuel Cedeño ha señalado que «la soberanía no es un concepto estático, es una práctica que se ejerce en la negociación y en la resistencia». El acuerdo no es una entrega, camaritas. Es una negociación de igual a igual en un contexto de asimetría de poder. Y en esa negociación, la soberanía no se cede, se ejerce.

El Pepazo

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