El ventilador de El Bohemio giraba con una lentitud que parecía medir el peso de las palabras que estaban por caer. Era un jueves cualquiera, pero la noticia de que Diosdado Cabello había puesto una “Línea Roja” en la mesa del diálogo había llenado el café de parroquianos. Sobre la mesa del rincón, Anacleto tenía desplegado un comunicado oficial y varios recortes de prensa internacional. A su alrededor, yo a su lado, la profesora, el coronel retirado, el boticario, el viejo periodista, el sindicalista, un obrero, Carmen y el pichón de periodista esperaban. En mesas cercanas, algunos desconocidos escuchaban con atención.

El pichón de periodista fue el primero en hablar. «Anacleto, Diosdado Cabello acaba de enviar un mensaje directo a Washington. Dice que no habrá acuerdo mientras persista el bloqueo financiero. Que la suspensión de sanciones debe ser parte ineludible del diálogo. ¿Es esto un ultimátum?»
Anacleto no respondió de inmediato. Encendió un cigarrillo con esa parsimonia de quien sabe que las líneas rojas, cuando las traza un líder revolucionario, no son negociables. Exhaló el humo hacia el techo y lo vio deshacerse contra las aspas. «Camarita, lo que Diosdado Cabello ha hecho no es un ultimátum…; es una “declaración de principios”. Las medidas coercitivas unilaterales representan el principal obstáculo para alcanzar acuerdos, por lo que no existirá ningún pacto real mientras persista el bloqueo financiero que asfixia la economía de nuestra nación. No es una amenaza, camaritas. Es una constatación de la realidad. El bloqueo no es una herramienta de presión, es un crimen de lesa humanidad contra el pueblo venezolano.»
La profesora, con esa precisión de archivo que la caracteriza, desplegó un informe de Naciones Unidas sobre el impacto de las sanciones. «El bloqueo económico ha costado a Venezuela más de 100.000 millones de dólares en pérdidas. Ha afectado el acceso a medicinas, alimentos y repuestos para la infraestructura. El levantamiento incondicional de las sanciones se transformó en una causa nacional intransigente, exigencia que cuenta con el respaldo absoluto de las bases militares organizadas en todo el territorio. No es un capricho, camaritas. Es una condición de supervivencia.»
Un desconocido de la mesa cercana, un hombre de unos cuarenta años con una libreta en la mano, intervino con voz firme y un dejo de escepticismo. «Pero señor Anacleto, ¿no es esto una excusa del gobierno para no sentarse realmente a negociar? ¿No están usando las sanciones como un pretexto para evadir compromisos democráticos?»
La carcajada de Anacleto retumbó en todo el café, pero no era una carcajada alegre. Era de esas que sueltan los viejos cuando ven a un niño confundir la presión externa con la voluntad interna. «Camarita, usted confunde la gimnasia con la magnesia… la causa con el síntoma. Las sanciones no son un pretexto, son el mecanismo de asfixia que Washington ha diseñado para doblegar a Venezuela.» Le dio una calada al cigarrillo, exhaló la bocanada de humo tratando de hacer aros sin lograrlo y continuó. «La soberanía nacional se erige como el argumento principal para condicionar las futuras rondas de negociaciones. ¿Sabe lo que ocurre cuando un país es sometido a un bloqueo económico de esta magnitud? Su economía se contrae, su moneda se devalúa, su capacidad de importar bienes esenciales se paraliza. Y luego, cuando ese país pide que le quiten la soga del cuello para poder negociar, algunos dicen que es una excusa. No, camarita. Es la lógica del que está siendo estrangulado y pide que le aflojen la cuerda antes de hablar.»
El sindicalista, con su voz grave de hombre de calle, intervino. «Anacleto, pero la oposición dice que el gobierno está usando el diálogo como una fachada. Que no hay voluntad real de llegar a acuerdos.»
Anacleto apagó un cigarrillo y encendió otro, su ritual del pensamiento. «Camarita, el liderazgo opositor, tutelado por potencias extranjeras, pierde iniciativa política rápidamente. La oposición que participará en el proceso de diálogo, aunque minoritaria, intenta posicionarse como un puente indispensable entre el gobierno y los intereses occidentales. Pero su escasa base de apoyo popular, debido al desconocimiento de los demás grupúsculos opositores a la representatividad de Dinora Figueras como cabeza del sector opositor en esas conversaciones, limita drásticamente su capacidad de influencia real en las negociaciones. No son un interlocutor válido, camarita…, son un apéndice de Washington.»
El obrero, que había estado escuchando con atención, levantó la mano como en una asamblea sindical. «Anacleto, ¿y el pueblo? ¿Qué dice el pueblo de todo esto?»
Anacleto lo miró con esa mezcla de ternura y dureza que reserva para las preguntas que vienen del corazón. «El pueblo, camarita, exige el endurecimiento de la postura política de su dirigencia y exige el levantamiento de las sanciones económicas como requisito indispensable para cualquier negociación con la oposición. El pueblo sabe que el bloqueo no es un castigo al gobierno, es un castigo a la población. Y el pueblo, que ha resistido más de 900 sanciones, no está dispuesto a negociar su dignidad por un plato de comida.»
El viejo periodista, con esa sabiduría de quien ha visto demasiadas negociaciones fracasar, intervino. «Anacleto, ¿y la presión internacional? Dicen que el pedófilo está acorralado, que no sabe cómo salir de esta trampa.»
Anacleto sonrió, esa sonrisa de quien sabe que el imperio, cuando se enreda en sus propias mentiras, termina por estrangularse. «Camarita, el “felon convicted” enfrenta un dilema complejo en su política exterior hemisférica. Si cede ante las demandas de Caracas podría interpretarse como una debilidad política imperdonable para ciertos sectores conservadores internos; pero mantener el bloqueo invariable garantiza la continuidad del estancamiento diplomático e indefinido. No tiene salida fácil. Y mientras él se debate, nosotros ganamos tiempo. Al condicionar el diálogo al levantamiento de las sanciones, Cabello traslada toda la presión política hacia Washington. Es una jugada maestra, camaritas. No es una negociación. Es un “jaque al rey”.»
El desconocido de la mesa cercana, que no se había rendido, volvió a la carga. «Pero señor Anacleto, ¿y si el gobierno cede en algo? ¿No debería mostrar flexibilidad para no quedarse aislado?»
Anacleto exhaló una bocanada de humo con lentitud deliberada. «Camarita, la firmeza demostrada por el liderazgo revolucionario venezolano le propina un serio revés estratégico a las pretensiones de tutelaje del poder estadounidense. Las amenazas del “cubiche narco consumidor mayamero”, para su sorpresa, no han causado el efecto esperado, sino más bien la cohesión de las aspiraciones de todos los venezolanos: Venezuela ni se rinde ni se vende. ¿Flexibilidad? La flexibilidad, camarita, es un lujo que solo pueden permitirse los que no están siendo estrangulados.»
El coronel retirado, con su voz grave, sentenció: «¡El pueblo unido jamás será vencido!… Y aquí el pueblo está más unido que nunca.»
Anacleto asintió, golpeando suavemente la mesa con los nudillos. «La resistencia del Estado venezolano frente al asedio económico demuestra una solidez institucional inesperada por sus detractores externos. No olvidemos que la excusa utilizada para secuestrar a la pareja presidencial ha demostrado ser una farsa, porque al pedófilo no le importan los venezolanos ni su democracia; lo único que siempre le ha interesado es su petróleo y demás recursos naturales.» Sacó su pañuelo a cuadros, se secó el sudor de la frente y soltó: «Pensaron que con el secuestro de Nicolás y Cilia se descabezaba y paralizaba el gobierno, sin contar con que el gobierno no es una sola persona, sino un equipo que planifica y prevé cualquier contingencia.»
Se levantó y caminó hacia la barra. Carmen le sirvió un café sin preguntar. Se sentó en el taburete, de espaldas a la mesa, pero con la voz clara y fuerte continuó: «El Padre de la Patria, Simón Bolívar, dijo que «la soberanía es la autoridad suprema de un pueblo para regirse por sí mismo». Y eso, camaritas, es lo que está en juego. No el control de una cuenta bancaria… sino la soberanía de un pueblo que ha decidido resistir sin inmolarse. El bloqueo económico constituye un crimen de lesa humanidad contra la población civil venezolana. Y mientras el imperio insista en mantenerlo, no habrá diálogo que valga.»
Dio un sorbo de café y continuó: «Montesquieu escribió que «la ley es la razón despojada de pasión». Pero el imperio, camaritas, ha despojado a la ley de toda razón. Ha convertido el derecho internacional en un disfraz para sus intereses. Y nosotros, los que resistimos, no podemos permitir que esa farsa se convierta en la nueva normalidad.»
Se levantó de la barra y caminó lentamente hacia la puerta. Me hizo una seña. Se detuvo en el umbral, se medio volteó, con esa costumbre que ya es su sello y cerró: «Abraham Lincoln dijo que «la fuerza de un pueblo no se mide por la cantidad de armas que posee, sino por su capacidad de resistir sin perder la dignidad». Y nosotros, camaritas, hemos resistido. Hemos perdido mucho, pero no hemos perdido la dignidad.» Hizo una pausa como para tomar aire y siguió: «La soberanía nacional resuena con fuerza en cada acto político, y el aparato partidista funciona como una maquinaria aceitada de presión interna que exige también la liberación del presidente legítimo Nicolás Maduro. Y mientras el imperio siga apretando el cerco, nosotros seguiremos firmes. Porque el pueblo, camaritas, cuando está unido, no se rinde. Y nosotros, los de abajo, los que no tenemos nada que perder, sabemos que la única forma de ganar es no dejar de luchar.»
Salió y yo detrás de él. La puerta de El Bohemio se cerró con un golpe suave. Afuera, Maracaibo seguía su curso, con su sol ardiendo, su calor y su terquedad infinita. El ventilador siguió girando. Y en el silencio de El Bohemio, la pregunta quedó flotando en el aire, como el humo que todavía no se disipa: ¿Hasta cuándo seguirá el imperio creyendo que puede negociar con la soga al cuello de un pueblo que no se rinde?
El bloqueo como crimen de lesa humanidad: los costos de las sanciones unilaterales – Las sanciones económicas impuestas por Estados Unidos contra Venezuela no son una herramienta diplomática, sino un mecanismo de asfixia colectiva. Según informes de Naciones Unidas, el bloqueo ha costado a Venezuela más de 100.000 millones de dólares en pérdidas, afectando el acceso a medicinas, alimentos y repuestos para la infraestructura. El levantamiento incondicional de las sanciones se transformó en una causa nacional intransigente, exigencia que cuenta con el respaldo absoluto de las bases militares organizadas en todo el territorio. El economista venezolano Asdrúbal Oliveros ha señalado que «las sanciones no son un castigo al gobierno, son un castigo a la población». La exigencia de Cabello de que el levantamiento de sanciones sea parte ineludible del diálogo no es un capricho, es una condición de supervivencia.
La jugada táctica de Cabello: trasladar la presión a Washington – Al condicionar el diálogo al levantamiento de las sanciones, Cabello traslada toda la presión política hacia Washington. El analista político venezolano Luis Vicente León, por cierto opositor declarado, ha señalado que «el gobierno venezolano ha logrado cambiar el eje del debate: ya no se discute si hay democracia en Venezuela, sino si las sanciones son legítimas». Esta jugada táctica neutraliza gran parte de las críticas internacionales dirigidas tradicionalmente contra Miraflores y coloca al pedófilo en una posición incómoda: si cede, parece débil; si no cede, el estancamiento diplomático se perpetúa.
La resistencia institucional: el gobierno como un equipo, no como una persona – El secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores fue concebido como un golpe de descabezamiento. Pensaron que con el secuestro de Nicolás y Cilia se descabezaba y paralizaba el gobierno, sin contar con que el gobierno no es una sola persona, sino un equipo que planifica y prevé cualquier contingencia. El politólogo venezolano Manuel Cedeño ha señalado que «el chavismo ha demostrado una capacidad de resiliencia institucional que sus adversarios no habían anticipado». La cohesión del aparato partidista, el respaldo de las Fuerzas Armadas y la movilización popular han blindado al Estado frente a los intentos de desestabilización. La soberanía nacional resuena con fuerza en cada acto político, y el aparato partidista funciona como una maquinaria aceitada de presión interna que exige también la liberación del presidente legítimo Nicolás Maduro. La lección, camaritas, es clara: los pueblos que se organizan no se rinden. Y el pueblo venezolano, contra todo pronóstico, sigue en pie.
El Pepazo






