Neuquén (Dimas J. Medina) Treinta dos años y dos días después de aquella final que jugaron Brasil e Italia, en el estadio Rose Bowl de Pasadena, en Los Ángeles, Estados Unidos, este domingo 19 nos llegó desde Barinas una triste noticia: La sorpresiva muerte en un centro de salud privado, de nuestro compañero de labores en los diarios El Espacio y La Prensa, Alejandro Artigas.
Y precisamente cuando este domingo nos preparábamos para disfrutar la gran final del Mundial 2026, justamente en otra ciudad estadounidense, entre españoles y argentinos, la muerte del hermano Alejandro, así como muchos de sus compañeros de labores, lo tratábamos, nos hizo recordar aquella final del domingo 17 de julio de 1994.
Aquella tarde estábamos de guardia en el hoy extinto diario El Espacio, con Víctor Faneite al frente de la jefatura de redacción.
Y tras definirse el choque final de aquel Mundial de 1994, en la tanda de penaltis a favor de la denominada “Raza Cósmica”, preparé una breve croniquilla a la que titulé “La Canción del Final del Mundo”.
Y aun celebrando como si fuera nuestra aquella victoria de Brasil sobre Italia, llamé a Alejandro Artigas, como corrector del departamento de producción de El Espacio, para que le echara una revisada a aquella nota de apenas 10 párrafos que habíamos cuadrado con Víctor Faneite, para acompañarla en un recuadro, con la información que nos enviaría la internacional agencias de noticias francesa AFP, sobre el campeonato conseguido por Brasil durante aquella lluviosa tarde dominical en Barinas.
Me acuerdo que en aquella croniquilla, había hecho referencia a un cometa que para aquellos días creó muchas expectativas en todo el mundo, por el impacto que hizo contra el planeta Júpiter, creando enormes manchas oscuras en su atmósfera y ofreciendo la primera colisión presenciada en directo en el sistema solar.
Y creyente de la palabra de Dios, Alejandro Artigas me felicitó porque al final de la croniquilla, había escrito que nada malo iba a ocurrir aquel domingo 19 de julio en el mundo, porque precisamente la alegría estaba sintiéndose por el lado del continente suramericano, con aquella tierna manera cómo Romario y Bebeto, por nombrar solamente a estos caballos, celebraban cada vez que anotaban para Brasil durante aquel Mundial de 1994.
Para aquellos días, había nacido Matheus Oliveira, el hijo de Bebeto y, una manera de agradecer a Dios, por el alumbramiento de aquel bebé, los jugadores de la canarihna celebraban como si estuvieran cargando un bebe en sutil movimiento, las veces que Brasil anotaba gol.
Y con aquello, así vamos a recordar siempre a nuestro compañero de labores y corrector, Alejandro Artigas.
¡Vuela alto, hermano!
El Pepazo





