jueves, junio 25, 2026
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Más allá de Satanyahu y Trump: las manos que no quieren que veamos…

El ventilador de El Bohemio llevaba ya un buen rato girando en su particular lentitud cuando la puerta se abrió con un golpe seco. No era el pichón de periodista, ni el coronel, ni la profesora. Era Anacleto, que llegaba unos minutos tarde, con el portafolio de cuero agrietado bajo el brazo, el sombrero de paja ladeado y un periódico doblado que asomaba por debajo del brazo. No dijo nada. Solo levantó la mano en un gesto que era saludo y disculpa a la vez. Dejó el portafolio sobre la mesa, colgó el sombrero en el respaldo de la silla y se sentó a mi lado, como es su costumbre, con el gesto cansado de quien ha visto más de lo que quisiera ver.

 

El viejo periodista, que ya estaba en la mesa con su café negro y su libreta de notas, fue el primero en hablar. No esperó a que Anacleto se acomodara. «Anacleto, hoy me levanté con una pregunta que no me deja en paz. ¿Alguna vez has revuelto un hormiguero con un palo?»

Anacleto levantó una ceja, encendió un cigarrillo y exhaló el humo con la parsimonia de quien sabe que las preguntas que vienen de lejos siempre traen respuestas que duelen. «No, camarita, nunca lo he hecho. ¿Y usted?»

«Sí, lo hice. Cuando niño, con una rama seca.» respondió con sorna el viejo periodista «Las hormigas salieron en masa, atacaron al palo con una furia ciega. No veían la mano que lo movía, no entendían que el palo no era el enemigo, sino solo un instrumento.»

Anacleto soltó una risa breve, seca, sin alegría. «Qué conmovedor, camarita. Y qué apropiado. Porque nosotros, los analistas de café, los comentaristas de sobremesa, los expertos de Twitter, somos exactamente esas hormigas. Atacamos al palo: Trump, Netanyahu, el sionismo, la FIFA, con una furia que nos hace sentir virtuosos, mientras la mano que mueve el palo se frota las suyas y cuenta los billetes.»

La profesora, que había estado en silencio, dejó el libro que tenía en las manos. «¿Y si los palos fueran Netanyahu, Trump, y el sionismo? ¿Y si las manos que los mueven estuvieran más arriba, más lejos, más ocultas?»

«Es exactamente lo que pienso» dijo el viejo periodista. «El memorando de entendimiento entre Irán y Estados Unidos no es más que una jugada en un tablero que no vemos. Todos miran el palo. Nadie mira la mano, ni a quién pertenece.»

El coronel retirado dejó su taza con un golpe seco. «Eso suena a teoría de la conspiración, camarita.»

«¿Teoría de la conspiración, coronel?» respondió el viejo periodista, sin levantar la voz. «La Declaración de Balfour no fue una teoría, fue una carta dirigida a un banquero. Note que la Revolución Rusa no fue una teoría, fue financiada por bancos ingleses, franceses y estadounidenses; el nazismo no fue una teoría, fue financiado por Rockefeller, Ford, Morgan y los mismos bancos que financiaron a los aliados. No es conspiración, es historia. Y la historia, camarita, es más tozuda que cualquier teoría.»

Anacleto intervino, ajustándose los lentes con una lentitud deliberada: «Coronel, con todo respeto, la expresión «teoría de la conspiración» es el comodín favorito de los que no quieren mirar los expedientes. Es como decir que el agua moja es una teoría de la conspiración de los líquidos. La realidad, camarita, es que hay conspiraciones documentadas, con nombres, fechas, firmas y cuentas bancarias. Llamarlas «teorías» es la forma más elegante de no tener que leer los archivos.» golpeó suavemente la mesa con los nudillos y continuó «George Orwell escribió que ‘el poder consiste en dar órdenes y en ser obedecido, pero también en que nadie sepa quién da las órdenes’. Y eso, camaritas, es precisamente lo que está pasando. Nos han enseñado a mirar las piezas, no a los jugadores, a analizar los movimientos, no las manos. Y así, mientras nos distraemos con el ruido de los palos, las manos se llevan el botín.»

El pichón de periodista, que había estado tomando notas en silencio, levantó la vista. «¿Me está diciendo que detrás de la guerra en Gaza, detrás de los bombardeos en Irán, detrás de las elecciones de medio término de Trump, hay un mismo grupo de intereses financieros moviendo los hilos?»

«No le estoy diciendo nada, camarita. Le estoy preguntando» respondió Anacleto. «¿Por qué el capital financiero siempre gana, independientemente de quién esté en el poder? ¿Por qué las guerras siempre tienen los mismos beneficiarios? ¿Por qué las crisis económicas siempre terminan concentrando más riqueza en menos manos? No es brujería, camarita. Es estructura.» Y luego, con una sonrisa que era casi una mueca, añadió: «Pero no te preocupes, que ya hay una teoría para eso. La llaman «neoliberalismo». Y la venden como si fuera una ley de la naturaleza, no una decisión política.»

La estudiante de sociología, que rara vez intervenía, abrió su cuaderno. «Hay un patrón, ¿no? Los Rothschild financiaron a Napoleón y a Wellington al mismo tiempo. Los mismos bancos financiaron a los aliados y a los nazis. Las mismas firmas que financian a Israel invierten en la reconstrucción de los países que destruyen. ¿Eso no es esquizofrenia financiera o es un plan?»

«Es un plan, mi niña» dijo Anacleto. «No un plan de los Illuminati ni de los masones. Es un plan de la lógica del capital. El capital no tiene patria, no tiene ideología, no tiene moral. El capital busca un solo objetivo: acumular más capital. Y para eso, camaritas, no le importa financiar guerras, revoluciones, genocidios o reconstrucciones. Le importa que el negocio sea rentable. Y el negocio, camaritas, siempre es rentable cuando se juega en los dos bandos.»

El viejo periodista cerró su libreta. «Y luego tenemos a Epstein. El mismo Epstein que era amigo de Trump, que operaba como representante del grupo Rothschild, que tenía fotos y videos de los poderosos en actos que preferirían olvidar. El mismo Epstein que aparece muerto en una celda con una cámara que no funcionaba y un guardia que no estaba. ¿Y qué pasó con sus archivos? ¿Quién los tiene? ¿Quién los controla? ¿Por qué no se han publicado?»

El coronel retirado, que había estado escuchando con atención, bajó la voz. «Porque los archivos de Epstein no son una amenaza para la justicia. Son una amenaza para el poder. Y el poder, camarita, hace lo que sea para protegerse.»

Anacleto apagó un cigarrillo y encendió otro, su ritual del pensamiento. «Jane Austen escribió que ‘la vanidad y el orgullo son cosas diferentes, aunque a menudo se usan como sinónimos’. La vanidad, camaritas, es creer que las piezas del tablero deciden su propio movimiento. El orgullo es creer que somos nosotros los que movemos las piezas. Pero la verdad, camaritas, es que hay manos que mueven el tablero entero. Y mientras no veamos esas manos, seguiremos siendo hormigas atacando un palo.»

Carmen, que había estado escuchando desde la barra, dejó el trapo sobre el mostrador y se sentó en una silla vacía, algo que hacía rara vez. «Y el pueblo, Anacleto. ¿El pueblo qué? ¿También es una pieza?»

Anacleto la miró con una mezcla de ternura y dureza. «El pueblo, Carmen, es el que paga el costo de las guerras, de las crisis, de los genocidios. El pueblo es el que muere en Gaza, el que muere en Irán, el que muere en las fronteras. El pueblo es el que sufre cuando los precios del petróleo suben y cuando bajan. El pueblo, camaritas, no es el que mueve las piezas, pero tampoco es el que siempre pierde. El pueblo, cuando despierta, puede ser más poderoso que cualquier mano.» Y añadió, con un tono que bordeaba el sarcasmo: «El problema, Carmen, es que a menudo el pueblo está muy entretenido viendo Netflix y discutiendo en Twitter quién tiene razón sobre el último escándalo de famosos. Las manos, mientras tanto, siguen moviendo el palo. Y el pueblo, cuando se da cuenta, ya es demasiado tarde.»

El pichón de periodista, con la pregunta que todos tenían en la cabeza, preguntó: «Y entonces, ¿qué hacemos? ¿Nos quitamos la venda de los ojos o seguimos mirando el palo?»

Anacleto se levantó y caminó hacia la barra. Carmen le sirvió un café sin preguntar. Se sentó en el taburete, de espaldas a la mesa, pero con la voz clara soltó. «Charles Dickens escribió que ‘en la vida hay sombras, pero también hay luces, y la proporción entre ambas la decidimos nosotros’. La pregunta, camaritas, no es si existen las manos. La pregunta es si estamos dispuestos a verlas. Porque verlas, camaritas, no es suficiente. Hay que nombrarlas, hay que señalarlas, hay que preguntarse quiénes son, qué quieren, y cómo podemos hacer que el juego deje de estar arreglado.»

Se levantó y caminó lentamente hacia la puerta. Me hizo una seña. Se detuvo en el umbral, se medio volteó, con esa costumbre que ya es su sello, y murmuró. «Agatha Christie escribió a través de su personaje Hércules Poirot que ‘el crimen perfecto no es aquel que no se descubre, sino aquel que se descubre pero nunca se castiga’. El crimen perfecto del capital financiero, camaritas, es que todos sabemos que existe, pero nadie sabe cómo castigarlo. Y mientras sigamos así, las manos seguirán moviendo el palo, y las hormigas seguirán atacando lo que tienen enfrente, sin mirar hacia arriba.»

Salió y yo detrás de él. La puerta de El Bohemio se cerró con un golpe suave. Afuera, Maracaibo seguía su curso, con sus apagones, su calor y su terquedad infinita. El ventilador siguió girando. Y en el silencio de El Bohemio, la pregunta quedó flotando en el aire, como el humo que todavía no se disipa: ¿Nos quitamos la venda de los ojos o seguimos celebrando que nos hayan enseñado a mirar solo donde ellos quieren?

Las manos detrás del palo: el capital financiero como actor geopolítico. La tesis central del artículo, que los análisis geopolíticos tradicionales se quedan cortos al no considerar el poder del capital financiero transnacional. encuentra respaldo en trabajos históricos y contemporáneos. El historiador británico Anthony Sutton documentó cómo los mismos grupos financieros (Rockefeller, Morgan, Rothschild) financiaron tanto a los aliados como a los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, y cómo Wall Street respaldó la Revolución Rusa. El politólogo estadounidense Noam Chomsky ha señalado que «el poder corporativo es el elefante en la habitación de la política internacional». La Declaración de Balfour (1917), dirigida a Lionel Walter Rothschild, no fue un acto filantrópico, sino una operación geopolítica que vinculaba el sionismo con los intereses del imperio británico y la banca internacional. El historiador israelí Ilan Pappé ha documentado cómo el sionismo político fue impulsado por intereses europeos antes que por un movimiento popular judío. La pregunta que el artículo plantea, ¿quiénes son las manos que mueven el palo?, no es retórica: es una invitación a mirar más allá de los Estados y a considerar el poder de los capitales concentrados como actores con agenda propia, capacidad de presión y una red de influencia que trasciende fronteras.

El efecto distractor: cómo las guerras y las crisis sirven para ocultar la concentración de riqueza – El artículo utiliza la metáfora del hormiguero para describir cómo la atención pública se fija en los actores visibles (Netanyahu, Trump, los Estados) mientras las operaciones financieras que los financian y sostienen permanecen en la penumbra. La economista Mariana Mazzucato ha mostrado cómo las grandes corporaciones tecnológicas, farmacéuticas y energéticas están controladas por un puñado de fondos de inversión (Vanguard, BlackRock, State Street) que concentran el capital sin rendir cuentas democráticas. El sociólogo francés Pierre Bourdieu habló de la «violencia simbólica» como aquella que se ejerce sin que el dominado perciba que está siendo dominado. En este caso, la violencia simbólica consiste en hacernos creer que los conflictos internacionales son luchas entre Estados soberanos, cuando en realidad son disputas por el control de recursos, rutas comerciales y rentas financieras, con los Estados como administradores de los intereses del capital. El escándalo Epstein, mencionado en el artículo, es una muestra de cómo el chantaje y el control de información sensible se convierte en una herramienta de poder para mantener el statu quo.

La venda y la posibilidad de quitársela: el pueblo como contrapeso del poder financiero – El artículo cierra con una pregunta que no es un callejón sin salida, sino una invitación a la acción: ¿nos quitamos la venda de los ojos? El historiador británico Eric Hobsbawm señaló que «los movimientos sociales son la única fuerza capaz de contrarrestar el poder del capital concentrado». No basta con señalar a las manos que mueven el palo. Es necesario, además, construir una conciencia colectiva que exija transparencia, que cuestione la concentración de la riqueza, que desnaturalice la idea de que el poder financiero es un destino inevitable. El filósofo español José Ortega y Gasset escribió que «el hombre es el único animal que puede quitarse la venda que le han puesto los ojos, siempre que tenga la voluntad de hacerlo». La voluntad, camaritas, no es un don. Es una decisión. Y las decisiones, cuando se toman colectivamente, pueden cambiar el curso de la historia.

 

El Pepazo

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