El ventilador de El Bohemio giraba con esa lentitud que anuncia las conversaciones incómodas. Sobre la mesa del rincón, Anacleto había desplegado una serie de recortes. Algunos mostraban la avenida Bella Vista iluminada. Otros, titulares que hablaban de apagones y de un supuesto despilfarro. Yo estaba allí, como siempre, tomando nota de lo que se decía. A su alrededor, la profesora, el pichón de periodista, el coronel retirado, el boticario, el viejo periodista, el sindicalista, Carmen y la estudiante de sociología esperaban con esa mezcla de expectativa y escepticismo que solo se respira en los cafés donde la política se discute sin filtros.
Un desconocido de una mesa cercana, un hombre delgado de unos cincuenta años, se levantó y, adelantándose a todos, fue el primero en decir con cierta ironía. «Anacleto… ¿cómo es posible que se encienda la avenida Bella Vista con luces navideñas mientras la ciudad está a oscuras? ¿No es eso una burla para el maracaibero que pasa las de Caín?».

Anacleto no respondió de inmediato. Encendió un cigarrillo con esa parsimonia de quien sabe que las grandes ironías no se entienden con prisas. Exhaló el humo hacia el techo y lo vio deshacerse contra las aspas. «Camarita, usted acaba de repetir el libreto de los Heraldos Negros, como los llamó César Vallejo. Los que llegan con el golpe y después preguntan por qué sangra la herida. La pregunta no es si hay dificultades eléctricas. Las hay. La pregunta es quién las usa para desatar una “arrechera colectiva”.»
La profesora, con ese dejo de ironía que no disimulaba, desplegó un informe sobre el encendido. «Anacleto, el alcalde Gian Carlo Di Martino confirmó la realización del tradicional encendido de la avenida Bella Vista, uno de los eventos más esperados de las festividades navideñas y de la Feria Internacional de la Chinita. Son más de treinta cuadras, desde la Plaza El Ángel hasta el antiguo Retén de Bella Vista. Y este año se conmemoran los 60 años de la Feria.»
Anacleto apagó un cigarrillo y encendió otro, su ritual del pensamiento. «Profesora, ahí está el detalle que los agoreros no quieren admitir. El encendido de Bella Vista no es un capricho. Es una tradición, es la Chinita, es la gaita, es la mandoca, es lo que nos hace maracaiberos. Y ellos lo saben. Por eso atacan la tradición: porque no pueden atacar la gestión.»
El coronel retirado, con su voz grave de quien ha visto muchas batallas, se inclinó sobre la mesa. «¿Y las dificultades eléctricas? ¿No son reales? ¿Los apagones son mentiras?»
Anacleto apagó el cigarrillo contra el cenicero de latón. «Coronel, las dificultades son reales. Nadie lo niega. Pero hay una ley universal que los Heraldos Negros no quieren nombrar: la ley de causa y efecto. Nuestra problemática energética está íntimamente ligada a sus actividades politiqueras. Ellos pidieron sanciones y bloqueos. Y esos bloqueos nos impedían comprar piezas y repuestos para el mantenimiento del sistema, sí… dificultaron todo. Y además, comenzaron los saboteos a las sub estaciones eléctricas regionales y municipales. ¿O es mentira que se han recuperado cuerpos calcinados de personas que intentaban sabotear sub estaciones en Maracaibo? ¿O es mentira que durante las gestiones de Pablo, Evelyn, Manuel, Ponne, Ramírez y su sucesor también hubo apagones? ¿O no hubo encendido navideño en sus gestiones? ¿O no eran las empresas de sus amigotes las encargadas de adornar esas 33 cuadras? Eso no lo dicen porque no les conviene.»
El boticario, fiel a su papel de ingenuo estratégico, movió la cabeza. «Pero Anacleto, ¿y el gasto? Dicen que mientras unos están sin luz, el chavismo despilfarra los pocos megavatios en un espectáculo. ¿No es eso una burla?»
Anacleto sacó su pañuelo a cuadros para secarse el sudor de la frente. «Boticario, ahí está la manipulación. El consumo de Bella Vista es equivalente al de diez o doce viviendas, porque son luces led. Eso lo explicó Rosales en su momento, cuando le preguntaron lo mismo. Y no hubo queja. ¿O es que ahora sí hay queja porque el alcalde es Di Martino? ¿O es que la queja no es por las luces, sino por quién las enciende?»
La estudiante de sociología, que había estado tomando notas, alzó la mano. «Anacleto, los Heraldos Negros dicen que «no se puede pretender tapar el drama eléctrico de toda una ciudad con una cortina de luces de colores». ¿Qué responde a eso?»
Anacleto exhaló una bocanada de humo con lentitud deliberada. «Mi niña, les respondo con una pregunta: ¿entonces no se debe festejar el hallazgo de curas para otras enfermedades hasta que no se encuentre la cura para el cáncer? ¿No se debe celebrar la Chinita hasta que no haya luz pareja en cada hogar? ¿No se debe comer mandoca hasta que no se resuelva el problema eléctrico? Eso no es solidaridad: es resentimiento disfrazado de virtud. La alegría no quita la luz. La alegría es la luz.»
El viejo periodista, con esa sabiduría de quien ha visto demasiados «ires y venires», soltó la libreta y dijo. «Anacleto, César Vallejo escribió: «Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!» ¿No es esto un golpe parecido?»
Anacleto sonrió, esa sonrisa de quien sabe que la hipocresía, cuando se disfraza de virtud, termina por desnudarse sola. «Exacto, camarita, pero el golpe no viene de las luces de Bella Vista. El golpe viene de los que quieren apagarlas. Porque saben que mientras el maracaibero esté celebrando, no está protestando. Y mientras esté celebrando, la guerra cognitiva pierde. Por eso atacan la tradición, por eso siembran el desencuentro, por eso hablan de «roncha» y no de alegría.»
Carmen, desde la barra, dejó el trapo y se apoyó en el mostrador. «Anacleto, y la gente que de verdad está sin luz. ¿Qué le dice usted a esa gente?»
Anacleto se levantó y caminó hacia la barra. Carmen le sirvió un café sin preguntar. Se sentó en el taburete, de espaldas a la mesa, y con voz clara y alta, soltó: «Carmen, le digo que la dificultad es real. Pero también le digo que se está resolviendo. Los tres niveles de gobierno están trabajando. La unidad TZ07 y la TZ5 ya están aportando. Y mientras se resuelve, el maracaibero tiene derecho a celebrar a su Chinita. Porque la fe no se apaga con un apagón, y la gaita no se silencia con un tuit. Eso es lo que no entienden los Heraldos Negros.»
El sindicalista, con su voz grave de hombre de calle, golpeó la mesa con el puño. «Anacleto, ¿y la oposición que recoge firmas para el retorno de Enelven? ¿Qué hay detrás de eso?»
Anacleto se levantó y caminó hacia el ventanal. Se notaba pensativo, con esa meditación de quien sopesa cada palabra antes de soltarla. Carmen le sirvió otro café sin preguntar. Se sentó nuevamente en el taburete, de espaldas a la mesa, pero con la voz clara y fuerte dijo: «Camarita, ahí está la hipocresía. Recogen firmas para el retorno de Enelven bajo el manto de la descentralización y su supuesta eficiencia. Pero con bloqueos y amenazas que impedían a las empresas extranjeras vendernos partes y piezas de reemplazo… ¿cómo se le daba mantenimiento al sistema eléctrico? Ahora, por la necesidad del “felon convicted” de que la empresa petrolera tenga electricidad suficiente para producir lo que a él le hace falta, es que han levantado «ciertas» sanciones. Como es el caso de la turbina que llegó para Termozulia y que Siemens nos vendió. Si no, solo la veríamos en foto. Esa es la verdad que no quieren admitir.»
El pichón de periodista, que había estado escuchando en silencio, levantó la vista de su libreta. «Anacleto, ¿y por qué les duele tanto? ¿Por qué no pueden aceptar que las cosas se están haciendo bien?»
Anacleto lo miró con esa paciencia de quien ya esperaba la pregunta. Apagó el cigarrillo contra el cenicero de latón. «Camarita, les duele que la gente hable de la excelente gestión del «italiano» sin dejar atrás la del «tawala». Esa es la estaca que llevan clavada en sus pechos: la eficacia y eficiencia con la que se han venido resolviendo los problemas del estado y de la ciudad capital. Les duele el run run de comentarios diarios que reflejan el sentir zuliano y maracucho, les duele oír «Maracaibo se ve y se siente más limpia, más tranquila y más transitable», les duele oír «Di Martino y Caldera lo están haciendo bien». Eso no lo perdonan.» Hizo una pausa. Carmen le acercó un café sin preguntar. Anacleto dio un sorbo antes de continuar. «El verdadero problema no es la dificultad eléctrica, que como ya acoté, existe… pero está en vías de solución. El verdadero problema es la Navidad y la devoción a la Chinita del maracaibero, aunado a las gestiones del tawala y el italiano, así la guerra cognitiva quiera hacer creer otra cosa. Han tratado de ponerlos a pelear entre sí, y no lo han logrado, porque su compromiso es el mismo: darle al pueblo la mayor suma de felicidad.» Acomodó los lentes de carey y concluyó: «Los inconvenientes siempre existirán. También las fallas y los problemas. Pero es la manera como se aborden lo que demostrará si se está en el camino correcto. Y hasta ahora, camarita, el camino es el correcto.»
El coronel retirado, con su experiencia de mil batallas, se inclinó sobre la mesa. «¿Y qué puede hacer el Estado al respecto?»
Anacleto exhaló una bocanada de humo con lentitud deliberada, tratando de hacer aros con él, sin lograrlo. «Coronel, lo que dice la Constitución: garantizar la paz y los derecho ciudadanos. La tradición no es un delito, la gaita no es un delito, el encendido de Bella Vista no es un delito. El delito es sabotear el sistema eléctrico, el delito es querer apagar la Navidad, el delito es usar la dificultad del pueblo para sembrar odio. Y eso, camarita, el Estado está obligado a combatirlo. No con discursos: con operativos… y con la fiesta. Porque la mejor respuesta a los Heraldos Negros no es un comunicado: es un pueblo entero cantando gaitas en Bella Vista.»
La profesora, con esa precisión de archivo que la caracteriza, pero con cierto dejo de ironía, sentenció: «Anacleto, Rousseau escribió que «el hombre nace libre, pero en todas partes se encuentra encadenado». ¿No es esto una paradoja parecida?»
Anacleto hizo una pausa y se quedó pensativo. Se acomodó sus lentes de carey para luego precisar: «Profesora, ahí está la tensión. El maracaibero nace libre, pero los Heraldos Negros quieren encadenarlo a su miseria. Quieren que no celebre, que no cante, que no se ilusione. Quieren que la oscuridad sea su identidad. Pero el maracaibero no se deja. El maracaibero enciende la gaita, enciende la Chinita, enciende Bella Vista. Y con cada luz que se enciende, se apaga un poco el rencor. Eso es lo que no perdonan.»
El viejo periodista, con esa sabiduría de quien ha visto demasiados intentos de recolonizar nuestra Latinoamérica, soltó una risa seca al decir: «Anacleto, Galeano escribió que «la caridad es humillante porque se ejerce verticalmente y desde arriba; la solidaridad es horizontal e implica respeto». ¿No es esto una lección de solidaridad horizontal?»
Anacleto sonrió, esa sonrisa de quien sabe que la hipocresía, cuando se disfraza de virtud, termina desnuda y sola. «Exacto, camarita. La solidaridad no es apagar la fiesta del vecino porque yo estoy sin luz. La solidaridad es invitarlo a la fiesta para que el vecino también disfrute. Es lo que hace Di Martino cuando enciende Bella Vista, es lo que hace Caldera cuando recupera un parque, es lo que hacemos aquí, en El Bohemio, cuando discutimos sin insultarnos. La guarimba es vertical: unos pocos deciden, muchos sufren. La fiesta es horizontal: todos decidimos, todos celebramos. Y eso, en términos geopolíticos, es una revolución. Pero una revolución de verdad, no de apagones provocados.»
Se levantó de la barra y caminó lentamente hacia la puerta. Me hizo una seña. Se detuvo en el umbral, se medio volteó, con esa costumbre que ya es su sello y sentenció: «Camarita, Vallejo dijo que hay golpes en la vida, tan fuertes que uno no sabe. Y este golpe también lo es. No sabemos si el apagón es sabotaje o falla; no sabemos si la queja es sincera o interesada; no sabemos si los Heraldos Negros creen lo que dicen o solo cumplen un libreto. Pero lo que sí sabemos es que la Chinita no se apaga, la gaita no se silencia, y Bella Vista se encenderá, como cada año, desde la Plaza El Ángel hasta el antiguo Retén de Bella Vista. Porque el maracaibero puede pasar las de Caín, pero no pierde la fe. Y el que quiera apagar esa fe, tendrá que enfrentarse no con un gobierno, sino con un pueblo entero. Eso es lo que no entienden. Creen que están luchando contra Di Martino o contra Caldera. Y están luchando contra la Chinita. Y contra la Chinita, camarita, no se puede.»
Salió y yo detrás de él. La puerta de El Bohemio se cerró con un golpe suave. Afuera, Maracaibo seguía su curso, con su sol ardiendo, su calor y su terquedad infinita. El ventilador siguió girando. Y en el silencio de El Bohemio, la pregunta quedó flotando en el aire, como el humo que todavía no se disipa: ¿Cuántos apagones más tendrán que provocar para que algunos entiendan que la luz de la Chinita no se apaga con sabotajes?
El cadáver de la tradición que quieren apagar – El encendido de la avenida Bella Vista no es un capricho. Es una tradición que se remonta a décadas, que acompaña a la Feria Internacional de la Chinita, que este año conmemora sus 60 años. Son más de treinta cuadras, desde la Plaza El Ángel hasta el antiguo Retén de Bella Vista, que se iluminan para alegría del maracaibero. Los Heraldos Negros, como los llamó César Vallejo, salen cada año a decir que es un despilfarro, que mientras unos están sin luz, el chavismo enciende un espectáculo. Pero no dicen que el consumo de Bella Vista equivale al de diez o doce viviendas, porque son luces led. No dicen que la tradición no quita la luz: la celebra. Y no dicen que atacar la tradición es atacar la identidad del pueblo. La gaita, la mandoca, la Chinita, Bella Vista: eso no es politiquería. Eso es Maracaibo.
El cadáver del sabotaje que nadie nombra – Las dificultades eléctricas son reales. Nadie lo niega. Pero hay una ley universal que los Heraldos Negros no quieren nombrar: la ley de causa y efecto. Nuestra problemática energética está íntimamente ligada a sus actividades politiqueras: las solicitudes de sanciones y bloqueos que, impedían del todo la compra de piezas y repuestos para el mantenimiento del sistema, sí… dificultaron todo. Y a eso se suma el inicio de los saboteos a las sub estaciones eléctricas regionales y municipales. ¿O es mentira que se han recuperado cuerpos calcinados de personas que intentaban sabotear sub estaciones en Maracaibo? ¿O es mentira que durante las gestiones de Pablo, Evelyn, Manuel, Ponne, Ramírez y su sucesor también hubo apagones? ¿O no hubo encendido navideño en sus gestiones? ¿O no eran las empresas de sus amigotes las encargadas de adornar esas 33 cuadras? Eso no lo dicen. Porque no les conviene.
El cadáver de la alegría que renace – Mientras ellos hablan de «roncha», Maracaibo se prepara para celebrar. La Feria Internacional de la Chinita cumple 60 años. La avenida Bella Vista se encenderá en noviembre de 2026. Y el maracaibero saldrá a cantar gaitas, a comer mandocas, a honrar a su patrona. Eso es lo que quieren apagar. No una consigna: una fiesta. La alegría no quita la luz. La alegría es la luz. Y el que quiera apagar esa luz, tendrá que enfrentarse no con un gobierno, sino con un pueblo entero. La violencia no construye nada. La paz, sí. Y la fiesta, también.
El Pepazo







