La disuasión como gramática y el secuestro que no quebró la sintaxis

«Las alianzas no se forjan por amor, sino por necesidad. Y a veces, por empujones. Pero se prueban cuando arrancan a uno de los tuyos del centro de la mesa.» ANACLETO

La disuasión como gramática y el secuestro que no quebró la sintaxis

Por: Luis Semprún Jurado

El ventilador de El Bohemio giraba con esa lentitud resignada de los objetos que han visto demasiadas derrotas anunciadas. Sobre la mesa, el mapa del Caribe ya no estaba solo manchado de café y ceniza; ahora tenía un círculo rojo, seco y urgente, alrededor de una fecha: *3 de enero de 2026*. No era una marca de batalla. Era la mancha de un secuestro. Anacleto lo miraba, pero no veía las líneas de los radares o las flechas de las alianzas. Veía el punto exacto donde la arrogancia imperial había convertido un principio de derecho en un acto de piratería. «Cuando el mar se llena de antenas, es porque la palabra ya no alcanza» dijo, repitiendo su vieja frase, pero con un peso nuevo. «Pero cuando violan la palabra, las leyes y hasta su propia constitución para llevarse a un presidente… es porque el miedo les nubló la vista. Se llevaron el símbolo. Y se encontraron con la estructura.» El pichón de periodista, con la voz aún temblorosa por la indignación, mostró su pantalla: imágenes de multitudes, desde La Paz hasta Estambul, con una sola consigna. «Anacleto, las marchas… no paran. Es como si al secuestrar a uno, hubieran despertado a millones.» «Es que así funciona, camarita»respondió Anacleto, sin apartar los ojos del mapa. «La disuasión que construimos no era un escudo mágico. Era una gramática de costos. Ellos pagaron el costo de la ilegalidad, de la vergüenza histórica. Y nosotros… pagamos el costo de la ausencia forzada. Pero la gramática sigue en pie, más fuerte, porque ahora todos la leen.» Señaló el círculo rojo. «Aquí, donde ellos creyeron que harían un jaque mate, solo capturaron una pieza. Y el juego, les guste o no, sigue. La Vicepresidenta no gobierna desde la nostalgia; gobierna desde la continuidad que él previó. Eso no es lealtad de novela, es arquitectura de Estado. Y es lo que más les duele: que el país no sea un hombre.» La profesora, hojeando un informe de la ONU sobre la violación de inmunidades, habló con su frialdad académica, que ahora sonaba a filo de espada«El derecho internacional ha sido violado de manera tan flagrante que hasta sus más fieles sirvientes tartamudean. Secuestrar a un jefe de Estado reconocido por más de 140 países no es una ‘operación quirúrgica’. Es un crimen de Estado. Y ha tenido un efecto inverso al deseado: en lugar de aislar a Venezuela, ha aislado a Washington. Sus aliados piden ‘moderación’ y sus rivales muestran el acta como prueba de su barbarie con corbata.» «¡Pero lo tienen!» rugió el coronel retirado, golpeando la mesa. «¡Lo tienen en una jaula en Brooklyn! ¿De qué sirve tanta alianza, tanto radar, si no pudieron impedir eso?» Anacleto giró lentamente hacia él. No había ira en su mirada, solo una lúcida y terrible tristeza. «Tienes razón, camarita. Fallamos en impedir el acto de bandolerismo. Esa es la herida. Pero mira lo que sucedió después.» Hizo una pausa, dejando que el zumbido del ventilador llenara el vacío. «El gobierno no se desmoronó. Se activó un protocolo. La Vicepresidenta, con una entereza que ha callado a los más cínicos, asumió no el poder, sino la responsabilidad de la continuidad; las instituciones no vacilaron; los aliados no dudaron; redoblaron su apoyo; y las calles del mundo… se llenaron de una rabia moral que no se compra con dólares. Eso, coronel, no es fracaso. Es resiliencia. Y la resiliencia, en geopolítica, es un tipo de victoria: la que se mide en la capacidad de absorber un golpe y seguir de pie, redefiniendo el campo de batalla.» El boticario, desde la barra, habló con la rabia del que lo perdió todo menos la dignidad: «Y mi gente, que salió a la calle aquí, en Caracas, en Maracaibo, en todos lados… ¿eso cuenta? ¿O solo cuentan los radares y los misiles?» «Cuenta más que todo, boticario.» La voz de Anacleto se quebró un instante. «Porque los radares disuaden aviones. Pero la gente en la calle, exigiendo con una sola voz la devolución de su Presidente, eso disuade relatos. Desmonta la farsa de que esto era un ‘rescate’. Expone la verdad: fue un secuestro. Y un imperio que necesita secuestrar presidentes es un imperio que ha agotado sus argumentos.» El viejo periodista, con una sonrisa de amargo reconocimiento, intervino: «Lo genial es el ‘efecto rebote’. Washington esperaba caos, un vacío de poder que llenar. En su lugar, recibió un curso acelerado de derecho internacional, una vicepresidenta impecable en cada declaración, y un coro planetario cantándole las cuarenta. Hasta sus socios europeos piden ‘una solución diplomática’. Se metieron en un pantano legal y moral del que no saben cómo salir… sin soltar al rehén.» «Exacto.» Anacleto asintió. «La ‘disuasión como gramática’ que describíamos no murió: Mutó. Ahora incluye un capítulo nuevo: el de la ilegitimidad operativa. Pueden tener la pieza, pero el tablero les escapa. Pekín y Moscú no han retirado un solo apoyo; al contrario, han elevado el tono de sus exigencias en foros internacionales. No por bondad, sino por cálculo. Ven que el acto desesperado de Washington confirma todo lo que ellos han dicho sobre la decadencia imperial y su doble rasero. Es una prueba de cargo perfecta.» La estudiante de sociología, hojeando reportes de las movilizaciones globales, preguntó: «Pero, ¿y si no lo devuelven? ¿Si el ‘juicio’ en Brooklyn es otra farsa eterna?» «Entonces, camarita»dijo Anacleto, ajustándose los lentes, «habrán convertido a Nicolás Maduro en el preso político más incómodo de la historia. Un símbolo viviente de su propia ilegalidad. Cada día que pase con él secuestrado será un día más de desgaste para su narrativa de ‘orden basado en reglas’. Las reglas, precisamente, las violaron ellos. Y el mundo no lo olvida. La exigencia de devolución ya no es un pedido; es una constante geopolítica; un término fijo en toda ecuación futura con Venezuela. Han creado un problema perpetuo para ellos mismos.» Carmen, que había estado escuchando en silencio, secó un vaso y habló con su pragmatismo conmovedor: «Al final, lo único que importa es que vuelva… con vida y con dignidad. Todo lo demás… son cuentas de otros.» Anacleto la miró y asintió, con un gesto de humildad inusual en él. «Tienes toda la razón, Carmen. Esa es la verdad norte. Pero mientras tanto, el ‘mientras tanto’ lo estamos escribiendo con la tinta de la firmeza. No con bravatas, sino con hechos: el gobierno funciona, las alianzas se fortalecen, la calle no se rinde. Le estamos enseñando al imperio el precio de su vileza: que no gana nada, pero lo pierde todo… en credibilidad, en autoridad moral, en influencia. En un mundo multipolar, eso es una derrota estratégica de primer orden.» Se levantó, caminó hasta el ventanal y se quedó mirando el cielo, como si pudiera ver más allá de las nubes, hasta el frío tribunal de Brooklyn. «Antes hablábamos de que el Caribe había aprendido a mirar. Hoy, el mundo entero ha aprendido a ver: ve la hipocresía, ve el secuestro, ve la firmeza de una mujer al mando y la rabia digna de un pueblo… y ve, sobre todo, que la disuasión más poderosa no siempre está hecha de acero. A veces está hecha de verdad, y de la obstinada terquedad de quienes se niegan a aceptar que un crimen sea la última palabra.» Tomó su taza vacía. Carmen la llenó. Se sentó en la barra, de espaldas a la mesa, pero su presencia era aún más elocuente. El mapa con el círculo rojo seguía sobre la mesa. Ya no era un plano de batalla. Era la cartografía de un crimen… y de la respuesta que lo estaba volviendo en contra de sus autores. El ventilador seguía girando. Pero ahora su sonido ya no era el de la resignación, sino el de un mecanismo que, a pesar de todo, continúa funcionando, terco, implacable. Como la gramática de un idioma que, tras el grito del secuestro, ha encontrado una sintaxis aún más clara y potente.

Del domo estratégico al secuestro: cuando la vulnerabilidad táctica refuerza la resiliencia estratégica - La captura de Nicolás Maduro expuso una vulnerabilidad táctica en el entramado disuasivo venezolano: la imposibilidad de proteger físicamente a su líder máximo en un escenario de acción directa y altamente irregular. Sin embargo, este golpe no colapsó el sistema; activó sus protocolos de redundancia. La inmediata y firme asunción de la Vicepresidenta Delcy Rodríguez, respaldada por todas las instituciones del Estado, demostró que la arquitectura de poder no dependía de un solo hombre, sino de una estructura prevista incluso para lo imprevisto. Esto transformó la narrativa del “gobierno débil” en la evidencia de un “Estado resiliente”. Mientras, las sanciones y el aislamiento previos habían forjado alianzas que, lejos de debilitarse, se consolidaron ante la agresión. Rusia y China, en lugar de distanciarse, elevaron sus exigencias de liberación en el Consejo de Seguridad, convirtiendo el caso en un símbolo de la lucha contra la injerencia ilegal. El secuestro, lejos de ser un triunfo, se convirtió en el punto de partida de una contraofensiva diplomática y moral global.

La geometría de la solidaridad: cómo un crimen de estado generó un movimiento de Estados - El secuestro de Maduro funcionó como un detonante de solidaridad internacional de alcance inédito. Marchas multitudinarias desde Bolivia hasta Sudáfrica, declaraciones firmes del G77+China, del BRICS, y la presión de potencias regionales, como Brasil y Colombia, e internacionales como Rusia y China, marcaron un punto de inflexión. Esta ola no respondió únicamente a simpatías ideológicas, sino a un cálculo geopolítico compartido: la necesidad de defender el principio de soberanía e inmunidad de los jefes de Estado como barrera última contra el unilateralismo. Países que mantienen relaciones tensas con Caracas se vieron obligados a condenar el método, no al hombre. Este consenso emergente ha creado un nuevo “costo” a la reputación de EEUU, aislándole más que nunca en su propio hemisferio. La exigencia de devolución ya no es un reclamo venezolano, sino una bandera del Sur Global, evidenciando que la verdadera disuasión en el siglo XXI también se construye con capital político acumulado en foros multilaterales y en las calles del mundo.

El precio de la ilegitimidad: Brooklyn como tribunal de la decadencia imperial - El “juicio” en Brooklyn contra Nicolás Maduro se ha convertido, independientemente de su resultado legal, en el escenario donde se juzga la credibilidad del sistema judicial estadounidense y, por extensión, de su liderazgo global. La imposibilidad de presentar pruebas materiales sólidas, la dependencia de testigos pagados y la flagrante violación de inmunidades diplomáticas han vaciado de legitimidad el proceso ante los ojos del mundo. Cada sesión es una transmisión en vivo de la doctrina del lawfare como arma de guerra política. Esto tiene un efecto corrosivo a largo plazo: socava la capacidad de Washington de presentarse como garante de un “orden basado en reglas”, cuando es la primera en dinamitarlas. Mientras, el gobierno venezolano, lejos de paralizarse, ha utilizado esta farsa para exhibir la solidez de su administración y profundizar la desdolarización de su economía. El imperio se encontró con un dilema sin salida: liberar a Maduro sería admitir su error, pero mantenerlo secuestrado es alimentar su propio desprestigio. En este juego, la pieza capturada se ha transformado en la carga más pesada.

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