El ocaso de la ONU: El día que la fuerza enterró al derecho
«La historia es un cementerio de imperios que confundieron su fuerza con el derecho, y su arrogancia con la eternidad.» FIÓDOR DOSTOYEVSKI
Luis Semprún Jurado
El Bohemio tenía esa luz densa de media tarde donde las sombras parecen más largas que los cuerpos. Sobre la mesa del rincón, Anacleto había desplegado una colección de documentos viejos y nuevos: una copia del preámbulo de la Carta de las Naciones Unidas, amarillenta por los años, y al lado, el último cable de agencia con la noticia de que Estados Unidos se había retirado de 66 organizaciones internacionales en menos de dos meses. El contraste era tan brutal que dolía mirarlo. El coronel retirado, que últimamente había tomado la costumbre de llegar temprano, fue el primero en romper el silencio.
«Anacleto, leo esto y no lo puedo creer. Mis abuelos pelearon en la guerra, me contaban que cuando fundaron la ONU había esperanza. Decían que nunca más el mundo se mataría así. Y ahora, este payaso...»
Anacleto encendió un cigarrillo con esa parsimonia de quien sabe que las preguntas grandes necesitan respuestas medidas. Se quitó los lentes de carey y los limpió con una parsimonia que solo presagia noticias de las que hacen temblar el suelo. «Coronel, su abuelo tenía razón. La ONU no la inventaron unos burócratas en un escritorio. La parió el horror. Sesenta millones de muertos en la Segunda Guerra Mundial, ciudades arrasadas, hornos crematorios, niños huérfanos buscando entre escombros. De ese espanto nació la idea de que alguien tenía que poner reglas. Roosevelt, Churchill, Stalin… sí, Stalin también, se sentaron en Yalta y dijeron: 'Nunca más'. Y de ahí salió la Carta de San Francisco, firmada por 51 países en junio de 1945 y entró en vigor en octubre del mismo año. Ochenta años de construcción, camarita, para que llegue un tipo y lo mande todo al carajo con un tuit.»
La profesora, que había estado repasando los cables de prensa con su precisión de archivo, levantó la vista. «Los números son elocuentes. En enero de 2026, Trump firmó una orden ejecutiva retirando a Estados Unidos de 66 organismos internacionales, incluyendo 31 entidades vinculadas directamente a Naciones Unidas. Entre ellas, la Convención Marco sobre Cambio Climático, el Fondo de Población de la ONU, y un largo etcétera. Además, recortó más de 2.000 millones de dólares al sistema de la ONU, incluidos 800 millones para operaciones de paz. La organización ha tenido que reducir sus misiones en un 25% y prepara despidos del 20% de su personal. Un país que fue el principal arquitecto y financiero del sistema multilateral se ha convertido en su sepulturero.»
El boticario, fiel a su papel de ingenuo estratégico, preguntó con ese tono de quien aún guarda esperanza en la humanidad: «Pero Anacleto, ¿cómo es posible que un solo hombre pueda con todo eso? ¿No hay alguien que lo pare?»
Anacleto sonrió, esa sonrisa de quien ha visto demasiadas películas donde el malo gana el primer acto. «Camarita, eso es lo que no entiende la gente. No es que un hombre pueda más que 80 años de historia. Es que ese hombre representa una idea: la idea de que la fuerza es la única ley. Y esa idea, cuando la tiene el más fuerte, es imparable hasta que choca con otro más fuerte. Mire el discurso que dio Trump en la Asamblea General en septiembre pasado. Se paró frente a todos los líderes del mundo y dijo: 'Del edificio de la ONU solo me gustan dos cosas: el maldito ascensor y el teleprompter'. Y los representantes de los demás países, camarita, se quedaron helados. No era un discurso, era una declaración de guerra contra la idea misma de que existan reglas.»
El viejo periodista, desde la barra, soltó su comentario con esa sabiduría de quien ha visto demasiados imperios caer. «Lo más irónico es que Estados Unidos fue el principal artífice de todo esto. Roosevelt se pasó años convenciendo a los aliados de que había que crear un sistema que evitara otra guerra. En la conferencia de San Francisco, los delegados chinos, soviéticos, británicos, todos miraban a Washington como el garante. Y ahora, ese mismo Washington, con la misma bandera y el mismo nombre, es el que está dinamitando los cimientos.»
La profesora, con una sonrisa helada, añadió: «Y hay un dato que pocos mencionan. El embajador iraní en Moscú, Kazem Jalali, publicó un artículo en enero denunciando exactamente esto. Dijo que el mundo está viviendo una transición peligrosa del 'orden basado en reglas' al 'paradigma de la fuerza'. Que las normas internacionales ya no se aplican, sino que se interpretan según la conveniencia del poderoso. Y puso como ejemplo lo de Venezuela, lo de Irán, lo de Gaza. No lo dijo un radical, lo dijo un diplomático con décadas de oficio. Es el diagnóstico de la realidad.»
Anacleto asintió, golpeando suavemente la mesa con los nudillos. «Y mientras tanto, en la ONU intentan sobrevivir. El Secretario General, António Guterres, solo atina a decir que la organización 'continuará cumpliendo sus mandatos con determinación'. Es como un barco que hace agua por todos lados y el capitán dice 'seguiremos navegando'. Pero el agua sube, camarita, el agua sube.»
El pichón de periodista, con a mirada de quien no ha estudiado historia militar, preguntó: «Anacleto, usted que sabe de estas cosas... ¿esto ha pasado antes? ¿Otro país ha destruido así lo que construyó?»
Anacleto soltó una bocanada de humo que pareció congelarse en el aire denso de El Bohemio. Dejó la libreta de tinta verde sobre la mesa y comentó: «Camarita, el único precedente es la Liga de las Naciones. También la crearon después de una guerra, también la financió Estados Unidos, aunque no se unió, y también se vino abajo cuando las potencias decidieron que las reglas estorbaban. La diferencia es que entonces no había armas nucleares. Hoy, cuando este payaso se ríe del derecho internacional, hay nueve países con la capacidad de acabar con la civilización humana. Por eso duele más. Porque ya no es solo política, es supervivencia.»
La estudiante de sociología, preguntó con timidez: «Entonces, ciertamente ¿la ONU va a desaparecer?»
«No, camarada, no va a desaparecer.» respondió agriamente Anacleto. «Las instituciones no mueren así nomás. Pero lo que está muriendo es la idea de que las reglas importan. Y eso es peor que la muerte de una institución. Mire lo que pasó con Venezuela el 3 de enero: una invasión, un bombardeo, un presidente secuestrado, y cuando los países se quejaron en el Consejo de Seguridad, ¿qué pasó? Nada. El poderoso vetó cualquier condena y listo. El embajador ruso, Nebenzya, dijo que Washington no podrá repetir en Cuba lo de Venezuela. Pero la pregunta es: ¿quién los va a detener? ¿La ONU? La ONU no puede detener a nadie que tenga un asiento permanente en el Consejo y un dedo en el gatillo nuclear.»
El viejo periodista, con esa sabiduría de quien ha visto demasiados naufragios, sentenció: «Lo peor es que no hay vuelta atrás. Aunque mañana llegue otro presidente, que intente reparar el daño, la confianza se perdió. Los demás países ya están buscando alternativas. China ya es el segundo contribuyente de la ONU, paga casi el 20% del presupuesto regular y una cuarta parte de las operaciones de paz. Rusia tiene sus alianzas, los BRICS se fortalecen, el sur global está construyendo sus propias redes. El mundo está aprendiendo a vivir sin Estados Unidos… y cuando aprenda, camarita, ya no habrá manera de volver atrás.»
Anacleto se levantó y caminó hacia la barra. Carmen le sirvió un café sin preguntar. Se sentó en el taburete, y con la voz clara sentenció. «Hay un refrán que dice: 'El que siembra vientos, cosecha tempestades'. Este señor está sembrando vientos de cinismo, de desprecio, de fuerza bruta. La cosecha no va a ser bonita. Porque cuando el derecho desaparece, solo queda la selva. Y en la selva, el que hoy es rey, mañana puede ser almuerzo. Miren lo que pasó con la Liga de las Naciones. La enterraron entre todos, pero los que más la dañaron fueron los que creyeron que podían violar las reglas sin consecuencias. Hitler, Mussolini, Tojo... todos terminaron mal. No digo que este señor vaya a terminar así, pero la historia, camaritas, la historia tiene mala memoria para los favores, pero muy buena memoria para las traiciones.» Dio un sorbo de café y continuó: «Lo que estamos viendo es el ocaso de un sueño. Ochenta años de construcción, de esperanza, de gente que creyó que podíamos ser mejores. Y ahora, un bravucón de barrio, un tipo que confunde su cuenta de Twitter con la política exterior, se para frente al mundo y dice que todo es mentira. Pero hay algo que no entiende: las reglas no las inventaron los débiles para protegerse de los fuertes. Las inventaron los fuertes cuando se dieron cuenta de que, sin reglas, ellos también podían ser débiles algún día. Y ese día, camarita, cuando llegue —y llegará—, no habrá ONU, ni derecho internacional, ni nada que lo proteja. Solo habrá la ley de la selva. Y en la selva, hasta el más feroz termina devorado.»
El ventilador siguió girando. Sobre la mesa quedó la Carta de las Naciones Unidas, con su preámbulo lleno de esperanza, y al lado, los cables de agencia con las 66 retiradas, los 2.000 millones recortados, las 31 entidades abandonadas. Nadie los tocó. No hacía falta.
Afuera, el sol comenzaba a esconderse. Y en El Bohemio, la conversación siguió su curso, porque en este país, camaritas, siempre hay algo que analizar.
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