Adiós a uno de los centenarios del 23 de Enero
Casi 104 años vivió el viejo Néstor Alejando Iriarte Corro, vecino del bloque 30 de la zona Central de la parroquia 23 de Enero. ¡Ay Caragua!
Luis Carlucho Martín
Una semana antes de cumplir 104 años, quizás por falta de agilidad, no pudo escapársele más a la dueña de la guadaña y al destino. En vísperas de lo que seguramente hubiese sido un rumbón se fue Néstor Alejando Iriarte Corro, o, sencillamente Alejandro, uno de los centenarios del bloque 30 de la zona Central de la parroquia 23 de Enero. ¡Ay Caragua!
Y aunque la Parca lo arrastró a sus dominios será imposible borrar del recuerdo colectivo la dulce sonrisa del viejo Alejandro, el negrito jodedor que siempre andaba “echando vaina”, bailando y brindando agradables momentos con sus innumerables cuentos, casi todos acerca de sus amores imposibles y de los posibles, porque era un enamoradizo empedernido. ¡Ay Caragua!
A pesar de haber estado casado por un montón de años, matrimonio del que nacieron Gladys y Argenis, también fue papá de Alejandro, en otra unión– al consultarlo acerca del amor de su vida, sin dudarlo y sin perder tiempo, hurgó en su cartera y nos mostró una foto tipo carnet de una dama morena oscura y cabello corto y pegadito, como el suyo. La besó frenéticamente, con claros signos de añoranzas: “Ella es Benita, el amor de mi vida”. Punto. Y nos dejó sin opción de adentrarnos en el tema y en sus sentimientos, porque de inmediato enfatizó que ella, “solo ella”, había logrado detener sus ímpetus de galán. ¡Ay Caragua!
Sin poses machistas, sino de galán, en un lenguaje muy educado y en bajo tono aunque perfectamente audible, se ufanaba de haber tenido muchas novias, de ser un excelente bailador –faceta que mostraba cada vez que podía en las mil y una fiestas en el pasillo de planta baja de su bloque 30– y de habérsele escapado en varias oportunidades a “La Pelona”… Ahí arrancaban las risas, digamos las carcajadas, las suyas –algo discretas pero imborrables– y las de sus atentos interlocutores, que eran siempre varios. Constantemente mostró su facilidad para las relaciones personales intergeneracionales. Tenía amigos eran de todas las edades, así como sus múltiples parejas de bailes de todos los ritmos. Así era y así será recordado. ¡Ay Caragua!
Había nacido en Naiguatá el 26 de febrero de 1922, en pleno gomecismo; por lo que su infancia transcurría en un tranquilo pueblito costero que además de la pesca artesanal dependía en gran medida de la producción de caña de azúcar y café de la popular hacienda Longa España.
Pero, así como Naiguatá –el bravío cacique– con su sangre Caribe, se alzó contra los conquistadores, así mismo, el carajito Alejandro, de finales de los años 20 del siglo XX, rompió reglas, se opuso al modo de producción de su terruño y aceptando una invitación se fue para Caracas donde echó raíces en la urbanización “18 de octubre”, génesis de la posterior “2 de diciembre” y seguidamente la actual “23 de Enero”. ¡Ay Caragua!
Por sus pericias ingresó a la empresa de jugos Yukerí y nos aseguró que fue designado para viajar a Estados Unidos por asuntos laborales. Allí permaneció tiempo indefinido hasta que en su alargada y bien vivida senectud manejó su malibú blanco en funciones de taxista…oficio que le sirvió para conocer más personas y brindar sus saberes con el desinterés que siempre le caracterizó.
Alejandro, como prefería que lo llamaran, se autodefinía católico, aunque no le gustaba visitar iglesias ni muchos de sus rituales; comedor insaciable de camarones de río y de hervidos de res, bebedor ocasional que jamás en su vida probó un cigarro, y fanático –hasta los tuétanos– del “Morocho del Abasto”, Don Carlos Gardel…y cómo no iba a admirar al zorzal argentino, quien vino a Venezuela precedido de una bien ganada fama. El negrito Alejandro tenía en esos días 13 años. En plena adolescencia vio a aquel gigante del canto y de la actuación y así el tango le quedó, para siempre, sembrado en el alma…
Tenía tiempo guardado en su casa. Se fue apagando la chispa del viejito Alejandro, quien orgullosamente rompió el mito del siglo de vida hasta que su destino lo decidió… “Adiós muchachos, compañeros de mi vida…”, dijo este 19 de febrero de 2026. ¡Ay Caragua”…uno de sus dichos particulares.
Dios lo tendrá en su gloria, aunque por allá debe andar en su constante “galaneo” ante las incontables novias que, por esas cosas de la vida, habían partido previamente. Son generaciones irrepetibles
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