Cómo una medalla delató la mentira de una victoria sobre Venezuela
«La supuesta grandeza de los poderosos no es más que una ficción creada por nuestra propia disposición a disminuirnos ante ellos.» LEÓN TOLSTOI, La Guerra y la paz
Luis Semprún Jurado
El Bohemio olía a tinta fresca y a miedo. Sobre la mesa del rincón, Anacleto no tenía recortes esta vez. Tenía una hoja impresa, la transcripción del discurso de Trump, con una frase subrayada en rojo sangre que parecía palpitar: «Nos costó. Casi no lo logramos». El ventilador giraba lento, como si también él quisiera escuchar con atención antes de mezclarse en el asunto. El pichón de periodista irrumpió con el teléfono caliente, pero esta vez no traía un video. Traía una confesión. «Anacleto, ¿ya lo leyó? ¿Lo dijo? ¿De verdad lo dijo?» Anacleto se tomó su tiempo para responder. Hizo girar la tacita entre sus dedos observando la negrura del café. «Camarita, el poder siempre habla con dos voces. Una para la multitud, alta y vibrante. Y otra, un susurro que solo se oye cuando se equivoca de guion. Trump no confesó; se traicionó. Así que no es increíble; es inevitable. El poder, cuando miente demasiado, acaba por creérsela. Y en su arrogancia, olvida las líneas del guion. La frase no es un error, es un lapsus de la realidad, es el cuerpo del soldado herido gritando más alto que la voz del presidente». El viejo periodista, con esa intuición de sabueso que dan los años, intervino: «Y para tapar ese grito, trajeron a un ‘héroe’. ¡Un héroe inválido! Le dieron la Medalla de Honor a un suboficial llamado Eric Slover, de los “Night Stalkers”, que piloteaba un Chinook cuando lo destrozó el fuego enemigo. Lo que no se dijo es que esa medalla no es un trofeo de victoria. Es la factura de la batalla; es la prueba irrefutable de que hubo una batalla; es la firma del pedófilo anaranjado en la confesión de su propia mentira.» «Exacto, camarita», continuó Anacleto, señalando la frase subrayada con la colilla humeante. «Y esa factura la pagó la resistencia. Lo que el guion oficial describía como un paseo militar fue una operación a punto de ser devorada. De hecho, una operación que estuvo al borde del fracaso. La Fuerza Armada Nacional Bolivariana y los asesores cubanos les dieron una lección que no esperaban. Y esa lección tiene un nombre y una pierna de menos: Eric Slover. La frase de Trump no es un detalle. Es el epitafio de su propia mentira.» La profesora, que hojeaba un tratado de derecho internacional con una precisión de archivo, levantó la vista. «Y mientras tanto, la ficción jurídica. Trump habla de victoria, pero la Carta de las Naciones Unidas sigue ahí, prohibiendo el uso de la fuerza; bombardean Caracas, secuestran a un jefe de Estado, y lo presentan como una operación contra el narcotráfico. Es el lenguaje del verdugo burocrático: cambia el nombre del crimen y cree que la víctima dejará de estar muerta». El coronel retirado, hasta ahora callado, gruñó: «Mienten con la ley, mienten con las palabras. Bombardean Caracas, secuestran a un jefe de Estado y lo llaman 'combate al narcotráfico'. Es la semántica del verdugo: cambiar el nombre del crimen para que la víctima parezca un accidente». Anacleto asintió, golpeando la mesa con los nudillos. El boticario, desde la barra, intervino con su voz de hombre práctico: «Y el petróleo, Anacleto. Eso es lo que importa. Ya se llevaron más de 80 millones de barriles. La ecuación es simple: invasión igual a gasolina barata». «Y ahí está la segunda parte del espectáculo», respondió Anacleto. «El petróleo como validación estratégica. La ecuación implícita fue transparente: intervención militar igual a seguridad energética. La noción de “nuevo amigo y socio” emerge no de una negociación entre iguales, sino de una relación reconfigurada a punta de fusil, con el cañón justo en la frente. El crudo venezolano se convierte en el botín de guerra que legitima el saqueo; se convierte, en el relato de Trump, en símbolo de éxito estratégico, desplazando cualquier debate sobre soberanía». «Pero el colmo… el colmo absoluto», dijo el pichón de periodista, «fue el tipo ese que aplaudían en el Congreso. ¿Quién carajos es ese tal Enrique Márquez?» Anacleto soltó una carcajada seca, sin alegría. «Ah, camarita, ese es el nuevo títere, pero con mejor vestuario. Es el nuevo Guaidó, pero con currículo. Ingeniero, rector del CNE, ex-vicepresidente de la Asamblea Nacional. Alguien con historia propia, irrelevante, en la “izquierda” venezolana, con base electoral aquí en el Zulia. Alguien, en suma, con más capas que el payaso anterior pero igual de falso, y con un capital simbólico que apunta, al menos en la lectura de la Casa Blanca, hacia un escenario que aún está por definirse». La profesora ajustó sus lentes. «Un escenario que incluye un plan para juramentar a Edmundo González Urrutia en una embajada, como si fuera una extensión del territorio nacional. Un plan que, según el gobierno venezolano, él mismo escribió. Lo detuvieron por conspiración y traición, y ahora Trump lo saca de la cárcel para ponerlo en su galería de marionetas. Ni María Corina Machado ni Edmundo González fueron mencionados. Sus nombres estuvieron ausentes. El silencio sobre ellos, en una alocución que no dejó nada al azar, tiene el peso de una decisión.» Anacleto se recostó en la silla, con los ojos fijos en el techo. «Recuerden que él ya había aclarado en público que ellos no gozan del respeto ni del apoyo de los venezolanos. Lo más profundo de todo esto no está en los titulares. Está en la reconfiguración del lenguaje». Se volvió hacia la mesa, y su rostro, iluminado por la luz de la media mañana, tenía la serenidad del que ha visto demasiados imperios caer como para dejarse impresionar con uno más. «George Orwell escribió en '1984', “la guerra es la paz. La libertad es la esclavitud. La ignorancia es la fuerza”. Hablar de amistad tras bombardear, secuestrar y matar es la culminación de esa lógica perversa. Quizá el pasaje más paradójico del discurso fue la proclamación de Venezuela como “amigo y socio” de Estados Unidos. La retórica de reconciliación omite que esa nueva relación surge tras bombardeos, secuestro de la pareja presidencial y un cambio abrupto en la conducción del Estado venezolano.» Hizo una pausa larga. Luego, con una voz más baja, casi un susurro, citó: «Tolstoi escribió que “la supuesta grandeza de los poderosos no es más que una ficción”. Washington apostó por una jugada táctica sin estrategia completa para el fracaso. Y ahora improvisa respuestas a situaciones que debieron ser anticipadas en cualquier análisis serio». Se levantó de golpe. Tomó su sombrero de paja desflecado, y caminó hacia la barra con la taza en la mano. Carmen le sirvió mas café, dio un sorbo y se volteó para decir: «El segmento dedicado a Venezuela en el discurso del ‘Estado de la Unión’ no fue un informe diplomático. Fue un ejercicio de construcción narrativa en el que Trump presentó la invasión como victoria moral, energética y geopolítica, mientras eludía cualquier referencia a la legalidad internacional, al costo humano y a la complejidad regional del conflicto. Sin embargo, su propio reconocimiento, “Casi no lo logramos”, dejó expuesta la brecha entre el relato y la realidad». El ventilador siguió girando. Nadie dijo nada. No hacía falta. La medalla de Slover, brillando bajo las luces del Congreso, era la prueba más elocuente de que la victoria de Trump fue, como todas las victorias imperiales, una factura pagada con sangre ajena. Y en el recodo de El Bohemio, la verdad siguió su curso: despacio, imparable, como el agua que horada la piedra. Sobre la mesa quedó la transcripción del discurso, como una prueba en la escena de un crimen. Afuera, la ciudad seguía su curso. Y en la historia, la frase de un presidente arrogante se quedaba como el epitafio de una victoria que nunca fue.
El Héroe Inválido: Cómo una Medalla de Honor Delató la Mentira de una Victoria
La narrativa triunfalista de Donald Trump sobre Venezuela colisionó con un hecho incontestable: la resistencia bolivariana. El presidente dedicó un tramo de su discurso sobre el ‘Estado de la Unión’ a la agresión militar, coreografiado, triunfalista, sin fisuras. Hasta que una frase suya lo quebró todo: «Nos costó. Casi no lo logramos». Lo que siguió fue el intento de tapar, con aplausos del Congreso, lo que sus propias palabras ya habían revelado. Sí, el punto más revelador del discurso presidencial no estuvo en lo que Trump dijo, sino en lo que no pudo evitar reconocer. Ante el Congreso, el mandatario admitió que la operación fue extremadamente difícil, exponiendo la dimensión real de lo que ocurrió en el terreno. "La Fuerza Armada Nacional Bolivariana y los asesores cubanos” desplegados en Venezuela ofrecieron una resistencia inicial contundente durante las primeras horas críticas de la intervención. Trump había omitido cualquier referencia a esa oposición armada, pero su propia confesión lo desmintió. Lo que el guión oficial describía como un movimiento limpio y fulminante fue, en los hechos, una operación que estuvo al borde del fracaso. En ese acto, la condecoración que el “pedófilo anaranjado” concedió a un suboficial, se convirtió en una prueba irrefutable: el pedófilo mentía."
La medalla de honor: el recibo de una victoria que casi fracasa -
La condecoración a Eric Slover durante el discurso del Estado de la Unión no fue un simple acto protocolar, sino la admisión tácita de que la operación militar estuvo lejos de ser el paseo triunfal que la propaganda oficial describió. Slover, piloto de Chinook del 160º Regimiento de Aviación de Operaciones Especiales (los «Night Stalkers»), recibió cuatro impactos de bala que destrozaron su pierna y cadera durante el descenso en Fuerte Tiuna. Su helicóptero fue alcanzado por 15 disparos de ametralladoras enemigas, y la tripulación completa quedó herida. La propia narrativa de Trump, al describir cómo Slover “absorbió cuatro disparos agonizantes” mientras “la sangre se derramaba por el pasillo de la aeronave”, contradice el relato de una operación limpia y sin contratiempos. La resistencia ofrecida por la Fuerza Armada Nacional Bolivariana y los asesores cubanos fue lo suficientemente contundente como para poner en riesgo toda la misión. La medalla de Slover, exhibida en un andador ante el Congreso, no es un trofeo: es el parte de guerra que Washington quiso ocultar, la prueba irrefutable de que hubo batalla, hubo sangre y hubo un enemigo que no se rindió sin pelear.
El petróleo como botín: la reconfiguración de una relación impuesta por la fuerza
Trump anunció en su discurso que Estados Unidos ya ha recibido más de 80 millones de barriles de crudo venezolano, presentando este hecho como una victoria energética . Lo que omitió es el marco en el que se produce esta transferencia: una relación comercial reconfigurada a punta de misiles, bombardeos y el secuestro de un jefe de Estado. La proclamación de Venezuela como «amigo y socio» de Estados Unidos, en el mismo discurso donde se celebra la operación militar, constituye un ejercicio de redefinición semántica donde la coerción se disfraza de cooperación y la intervención se vende como diplomacia. La Carta de las Naciones Unidas, que prohíbe expresamente el uso de la fuerza contra la integridad territorial de los Estados, fue deliberadamente ignorada. El costo humano, al menos 56 muertos entre militares venezolanos y cubanos, según reportes, más una cifra no determinada de heridos, quedó completamente invisibilizado. El petróleo venezolano, en este relato, deja de ser un recurso soberano para convertirse en el botín de guerra que legitima, en la narrativa imperial, el saqueo y la violación del derecho internacional. Pero queda en el aire la pregunta: ¿Cuántos heridos de gravedad quedan aún en la enfermería, que el pedófilo anaranjado no se atrevió a mencionar?
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