La última jugada de Gibbson 2:8-9
Como todo tiene su final nadie es eterno en la vida. Ruda realidad que afecta terriblemente cuando sucede demasiado pronto, como ocurrió en el tempranero cambio de paisaje de Gibbson León, el salsero, el fiebrúo del baloncesto, el cristiano, el amigo, el hijo, el esposo, el papá, el abuelo, el coronel.
Luis Carlucho Martín
Como todo tiene su final nadie es eterno en la vida. Ruda realidad que afecta terriblemente cuando sucede demasiado pronto, como ocurrió en el tempranero cambio de paisaje de Gibbson León, el salsero, el fiebrúo del baloncesto, el cristiano, el amigo, el hijo, el esposo, el papá, el abuelo, el coronel.
En su último choque con la vida, el de las tinieblas se acreditó un triunfo vacío. Pero no es más que un ineludible llamado del Altísimo. No queda más que gratitud por haber conocido a quien desde ahora deja profunda huella por su repentina ausencia. Así como dio, recibió en vida mucho de su empatía familiar y de amistad.
Corresponde seguir honrándolo con acciones de bondad… Ya sabes, muerte, no te alegres hoy con tu victoria, porque Gibbson vive en nuestra memoria. “No te enorgullezcas si nos ves llorando, no nos avergonzamos de estarlo extrañando…” Pero su eterno gesto de bonhomía nos deja un mensaje: “Suerte y que la gocen mucho, ya no hay tiempo de llorar…”
En esas alturas debe andar bailando “Con la punta del pie” –pieza que le movía el alma– o a ritmo de Ithier y Papo Rosario, “Yo soy la muerte”, con su contagiosa sonrisa, velando desde allá por los suyos. Seguramente ya se encontró con su panita David Blanco y Nelson Soteldo y armaron su tres pa’ tres… Lamentablemente, hubo de rendirse ante el poderoso enemigo que le mermó la salud, pero no las garras que le inspiraron a tratar de emular –aunque no pudo– a su guerrera madre Yolanda González, quien supo sobrevivir ante la innombrable dolencia.
Gibbson siempre dejó constancia de su empeño al vencer obstáculos y asumir desafíos para ganarse el puesto en los diversos equipos de baloncesto en los que jugó desde niño en su Guarataro de crianza, en la Técnica de San Martín y en tantos otros hasta la categoría máster donde fue pieza indiscutible y fundamental en Efesios… Porque la salvación es un don gratuito de Dios, por medio de la fe en Cristo y no por méritos ni por obras, y eso es así para que nadie se jacte de habérsela ganado. Esa es la verdad que promueve el Evangelio. Dios salva por amor, no por esfuerzos de alguien. Las buenas obras no son la causa de la salvación sino pruebas de ella. Eso resume la escritura sagrada en Efesios 2:8-9, su emblemático equipo de baloncesto. Esa era su convicción de vida. Era su carta de presentación.
Rutina de ganadores
Salto entre dos. Balón al aire. Ética dribla a la envidia, a la traición y a los malos ejemplos. Se desmarca y se la pasa a la Humildad. Esta le gana a la altivez. Honor y Respeto hacen una cortina contra la soberbia, y la Verdad anota para Efesios…vencidos quedaron los antivalores. Así ganaba la vida. Así, con diafanidad, ganaba Gibbson, como cuando, a pesar de su baja estatura, derrotó en su marca, hombre a hombre, a un desconocido puesto 5. Lucía dispareja aquella contienda e imposible el objetivo. Vistiendo los colores de Reserva Activa, Gibbson dejó atrás la desventaja e impuso sus habilidades para ganar, aunque siempre con profundo respeto por los vencidos, según relató uno de sus compañeros en la FANB, el Dr Ricci Terán, quien lo define como un tipo “afable, atento, con sonrisa de cara al sol, verdadero caballero con todos en sus diversos entornos y en la iglesia porque era ferviente seguidor de Cristo”.
Salsa y baloncesto o viceversa
Muchos de los entendidos en baloncesto exponen que la mayoría de los jugadores con dotes para evadir rivales y hacerse efectivos en ataque y defensa, generalmente tienen plasticidad que incide en su capacidad para bailar. “Y mejor si es salsa”, diría Gibbson, el salsero del básket. Sobre ese tema existen tratados y él fue un digno ejemplo.
Uno de los Héroes de Portland, Víctor David Díaz, de sus amigos de crianza y compañero –primero de beisbol infantil y luego de baloncesto liceísta– recuerda que desde niños se reunían todos los fines de semana en la casa de los León, en el barrio, porque “el señor Hernán, papá de Gibbson, compraba discos nuevos y nos poníamos a probarlos, a estrenarlos. Pura salsa desde chamos. Imposible no ser salsero”.
Para buscar un respiro ante la abrumadora partida de su amigo, “El Capitán”, halla una anécdota: “Pásala Víctor David, me dicen todos a mí. Pero cuando jugábamos en el liceo había que decir pásala Gibbson…”, y aparecieron, semi aisladas, unas tímidas risas en bajo tono.
Su vivaz juego, su compañerismo, su sagacidad y empeño por entrenar y mejorar cada vez más su juego, lo hicieron pieza clave del equipo de la Técnica de San Martín, donde compartió honores con Víctor David y otros jugadores con los que Pedro Scott, en calidad de DT, ganó gran cantidad de torneos estudiantiles en Caracas, incluyendo la Copa Maltín Polar, según relató el respetado profesor, ícono del baloncesto nacional.
“Tenía pura salsa en su sangre”, agregó otro de sus amigos desde carajitos en el barrio, Willy Naranjo, quien se considera como un hijo más de Doña Yolanda, la madre de Gibbson. Muy afectado por la sensible pérdida escarba entre sus recuerdos tratando de solapar el dolor con una sonrisa en recordación del ausente: “Era un empedernido caraquista… Compraba los abonos para los juegos de sus Leones y amaba a Cocodrilos. Así era. Un amigo, un tipazo, muy familiar”.
Naranjo rememora que cuando tomaban vacaciones de la Liga Profesional se iba junto a Víctor David a la casa de Gibbson y se prendía la rumba. “Ahí sonaba la salsa del barrio. Sus preferidos eran Oscar De León y Herman Olivera y su canción Con la punta del pie”.
El coronel Ramón “Paletón” Hernández, también buen amigo y compañero de muchas rondas de Gibbson, agrega a La Sonora Ponceña y a Ray Barreto como otra preferencia en cuanto a orquestas salseras, por parte de su entrañable amigo, “súper familiar y solidario, de indoblegable disciplina”.
Incentivador
En resumen, acabamos de perder un tremendo ser humano, humilde, “a pesar de ser un coronel activo”, agregó otro Héroe de Portland, Melquiades Jaramillo, quien asegura que Gibbson fue excelente hijo, hermano, papa y abuelo. “Un honor conocerlo. Me incentivó a jugar después que yo me había retirado. Me apoyó y me llevó a un torneo a la Hermandad Gallega con el equipo Afortac –una empresa de vigilancia.”
Para Jaramillo resulta inolvidable la sonrisa de gozo en el alma que le provocó a Gibbson haber disfrutado, junto a su familia, un súper concierto de salsa en La Mezquita de San Charbel, amenizado por Frankie Vásquez, Luisito Carrión y Herman Olivera. “Cómo disfrutó junto a su esposa y toda su familia. Fui su invitado de honor. Esa fue su noche. Un extraordinario ser humano al que vamos a extrañar mucho”, sentenció.
Juego final
En su última batalla, disciplinado como fue –aunque luchó incansablemente–, acató órdenes superiores, del destino, del Señor. Lamentablemente, no bastaron oraciones, ni deseos, ni tratamientos, ni empeños. Desde su lugar, muy personal, vio consumirse indefectiblemente el reloj. El juego siguió avanzando raudo e hiriente, rasgando esperanzas, magullando respiraciones, agotando tiempo y estrategias y anunciando fatalidad. Todos los intentos fueron neutralizados. Sin avisar el juego colectivo mutó en individual y el rival fue muy superior…
A diferencia de tantos otros, ser coronel, para él, era servicio a la comunidad, a la Patria, a la justicia, al prójimo, a la vida…
Tristemente, la madrugada del pasado 19 de enero de 2026, el panita Gibbson encestó sus últimos puntos y pasó a las filas del equipo celestial…
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