El Derrumbe de la narrativa del "Narcoestado"
«Cuando la mentira oficial envejece, primero se agrieta, luego se desmorona, y al final solo queda el polvo de lo que nunca existió salvo en los comunicados de prensa.» ANACLETO
Luis Semprún Jurado
Era esa hora en que la luz de la mañana se hace adulta. En El Bohemio el ventilador zumbaba con un tono distinto hoy, no el lamento habitual, sino algo parecido a un rumor ahogado. Sobre la mesa no había mapas ni facturas. Había algo más revelador: un expediente judicial abierto por la mitad, con párrafos enteros tachados con líneas gruesas de corrector líquido, como si la verdad pudiera borrarse con la misma facilidad con que se escribe. Anacleto no estaba sentado. Estaba de pie junto al ventanal, observando la calle con esa mirada que no ve coches ni peatones, sino corrientes subterráneas de historia. En su mano derecha sostenía una taza de café ya frío. En la izquierda, un recorte de periódico con una cifra: ‘32 menciones reducidas a 2’. El pichón de periodista rompió el silencio, voz temblorosa de quien acaba de descubrir que el monstruo bajo la cama era solo un abrigo mal colgado. «Anacleto… retiraron el cártel. Borraron el nombre del expediente.» Anacleto no se volvió. Sólo apuró el café frío como si fuera medicina amarga. «No lo retiraron, camarita, lo desinflaron como a un globo que pintaron con colores de pesadilla y que ahora, pinchado, solo deja el aire viciado de la mentira oficial.»
Finalmente giró. Sus ojos detrás de los lentes de carey tenían esa luz fría y clara de los que han esperado demasiado tiempo para decir “se los dije”. «Durante años nos vendieron un monstruo. Un “Cártel de los Soles” con oficina en Miraflores y logística en cada barril de petróleo. Treinta y dos veces lo mencionaron. Treinta y dos martillazos en el clavo de nuestra ilegitimidad.» Hizo una pausa, dejando que el número pesara. «Y hoy admiten que fue… ¿cómo lo llamó el fiscal? “Intelectualmente descuidado”. Vaya eufemismo para decir “lo inventamos”». La profesora, desde su rincón de sombras y preguntas precisas, intervino: «¿Y la DEA? Su informe anual ni lo menciona.» «¡Claro que no!» Anacleto soltó una risa corta, seca, como el crujido de una rama muerta. «Porque la DEA sabe lo que cualquier policía de barrio con dos neuronas funcionando: Venezuela produce cero fentanilo, cero cocaína según la ONU. ¿Cómo vas a ser un narcoestado sin narcóticos? Es como llamar desierto al mar porque te conviene la metáfora.» Se acercó a la mesa. Depositó la taza vacía junto al expediente mutilado. «Galeano lo describió mejor: “Las mentiras del poder no son errores; son política”. Y esta mentira en particular tenía una función clara: convertir una diferencia política en delito universal. Porque puedes discutir con un adversario político, pero ¿cómo discutes con un “capo narco”?» El coronel retirado tomó el expediente. Sus dedos, acostumbrados a manejar armas, temblaban ligeramente al pasar las páginas tachadas. «Pero el bloqueo sigue, las sanciones siguen, aunque retiren el cártel…» «¡Por supuesto que siguen! camaritas» Anacleto encendió un cigarrillo. El fosforazo iluminó su rostro cansado. «Es la anatomía de un monstruo desinflado. El verdugo puede admitir que el delito fue inventado, pero nunca devuelve la cabeza ya cortada. La mentira, una vez soltada, tiene vida propia. Y aunque la captures y la declares muerta, el veneno ya circula por el cuerpo de la opinión pública.» Exhaló el humo lentamente, observando cómo se enroscaba alrededor de la lámpara. «Maquiavelo lo explicó sin saberlo: “Los hombres juzgan más por los ojos que por las manos”. Vieron el título “narcoestado” durante años, leyeron “cártel” treinta y dos veces. Eso quedó grabado. Que ahora lo borren con corrector líquido… eso ya solo lo ven los que leen las letras pequeñas.» El pichón de periodista, aún aferrado a su teléfono como a un salvavidas, preguntó: «¿Y lo de los 150 aviones? ¿El oro?» Anacleto lo miró con una mezcla de pena y paciencia. «Hijo, cuando el poder necesita una distracción, te da un circo. Y el circo moderno tiene aviones fantasmas y lingotes voladores. Mientras discutes si eran ciento cincuenta o ciento cincuenta y uno, no ves el helicóptero real que se llevó al presidente porque su propio piloto ya había vendido el rumbo.» El sindicalista, callado como una piedra hasta entonces, habló con voz grave: «Dicen que fue el golpe más duro para EEUU desde Vietnam.» Anacleto asintió, pero no con triunfalismo, sino con la gravedad del que entiende que algunas victorias son pírricas. «Si… fue un contraataque que no necesitó bombas. Tampoco fue un misil. Fue algo peor: un espejo, un espejo que devolvió al imperio su propia imagen, y la imagen era la de un matón de barrio al que ya nadie teme, solo desprecia.» Señaló hacia la calle, como si allá afuera estuviera desplegado el nuevo mapa del mundo. «Ayer vimos a Europa, esa Europa que solía alinearse sin pestañear, condenando no a Maduro, sino a Trump. A Canadá, Reino Unido, Australia… mordiéndose la lengua para no decir en voz alta lo que todos piensan: “Maduro tenía razón”.» Hizo una pausa. El silencio en el Bohemio era tan denso que se podía cortar. «¿Saben lo que es más demoledor? Que el mundo no se indignó por Maduro; se indignó por el precedente. Porque si hoy secuestran al presidente de Venezuela, mañana podrían secuestrar al de Taiwán, o al de Corea, o al de cualquier país que tenga algo que el imperio quiera.» La profesora murmuró, casi para sí misma: «Y Trump amenazando con Groenlandia, Méjico, Colombia…» «¡Exacto!» Anacleto golpeó suavemente la mesa. «¡Cometió el error de los tiranos mediocres: creerse su propia propaganda. Pensó que el mundo seguiría tragándose el cuento del “narcoestado” aunque las pruebas se desvanecieran como humo. Y cuando vio que no funcionaba, sacó el garrote más grande: la amenaza directa. Y ahí perdió lo último que le quedaba: el beneficio de la duda hipócrita que siempre le concedían sus aliados. Anacleto apagó el cigarrillo. No en el cenicero, sino sobre el párrafo tachado que hablaba del “Cártel de los Soles”. El papel se chamuscó, dejando un agujero negro donde antes había una acusación. «Paul Kennedy tenía razón,» dijo, voz baja ahora. «Los imperios no caen de un golpe. Caen por acumulación de errores que erosionan su legitimidad. Y este error, este secuestro con excusas desmoronadas, fue la gota que hizo rebosar el vaso de la paciencia mundial, la gota que derramó el vaso de la complicidad» Se puso de pie. Tomó su sombrero, pero no se lo puso. Lo sostuvo contra su pecho, como si fuera un escudo de paja inútil. «Lo más irónico, camaritas, es que Venezuela no tuvo que disparar un solo misil. Su contraataque fue la verdad expuesta. Fue señalar al emperador y decir: “Miren, no solo está desnudo, sino que la ropa que decía tener nunca existió”.» Se acercó a la barra, donde Carmen preparaba café, se detuvo, y sin volverse, dijo: «Guarden ese expediente, con las tachaduras y todo. Es más valioso que cualquier victoria militar. Porque es la prueba de que las mentiras del poder, por grandes que sean, tienen fecha de caducidad. Y cuando caducan, lo que queda no es la verdad triunfante… es el ridículo monumental de quienes creyeron que podían gobernar la realidad con corrector líquido y titulares de YouTube.»
Como si ya fueses un ritual, abrió la ventana. La luz de la mañana entró a raudales, iluminando el expediente mutilado sobre la mesa. «Al final, el expediente corregido con corrector líquido queda como metáfora perfecta de esta época: intentamos tachar las mentiras, pero las manchas del líquido revelan más que lo que ocultan.» Encendió un cigarrillo, me miró como preguntando ¿Nos vamos?, y comentó en voz alta como para que todos los parroquianos le oyeran: «El “Cártel de los Soles” ya no existe en los documentos del Departamento de Justicia, pero su fantasma seguirá rondando los titulares de quienes prefieren el monstruo inventado a la complejidad aburrida de la verdad. La victoria venezolana no está en los tribunales estadounidenses, donde nunca tendrá justicia, sino en el hecho incontestable de que obligaron al imperio a usar el corrector líquido en su propia mentira fundacional. Y en geopolítica, como en la vida, cuando tienes que empezar a corregir tus propias mentiras, ya has perdido lo único que importa: la credibilidad para inventar las siguientes.»
El ventilador siguió zumbando. Pero ahora sonaba a risa ahogada.
La arquitectura de una mentira oficial - El “Cártel de los Soles” no nació en los pozos petroleros venezolanos; nació en los escritorios de asesores de comunicación del Departamento de Estado. Su función no era describir una realidad, sino crear una narrativa que transformara un conflicto geopolítico en una cruzada moral universal. Como observó el sociólogo Murray Edelman, el poder no necesita controlar los hechos; le basta controlar la interpretación de los hechos. Treinta y dos repeticiones en un expediente no son evidencia; son hipnosis burocrática. El problema surge cuando la hipnosis se desvanece y lo que queda es el vacío jurídico de un término “intelectualmente descuidado”, eufemismo legal para “fabricación conveniente”. La mentira, una vez institucionalizada, adquiere vida propia; desmontarla requiere no solo corregir documentos, sino desprogramar a una opinión pública años intoxicada.
El precedente que sacudió el tablero diplomático - Lo que ocurrió tras el secuestro de Nicolás Maduro Moros, Presidente legítimo de la República Bolivariana de Venezuela, no fue una mera condena internacional; fue el colapso del consenso hipócrita que sostenía la hegemonía estadounidense. Europa, Canadá, Australia, aliados históricos, se vieron forzados a elegir entre la lealtad atlántica y la defensa del orden internacional que ellos mismos fundaron. Eligieron lo segundo, no por amor a Maduro, sino por terror al precedente. Como escribió Henry Kissinger en sus memorias, ‘el orden mundial se sostiene en reglas tácitas que todos respetan por miedo a que su violación beneficie a otros después’. Trump rompió la regla más sagrada: la inviolabilidad de los jefes de Estado. Y al hacerlo, no debilitó a Venezuela; debilitó la idea misma de excepcionalidad estadounidense que permitía esas violaciones selectivas. La OTAN discutiendo su futuro sin Estados Unidos no es anécdota; es sísmica geopolítica.
La paradoja de la verdad tardía – “Maduro tenía razón”. Esa frase, pronunciada entre dientes por cancillerías que lo despreciaban, es el epitafio más demoledor para la política exterior trumpista. Pero como anotaría el filósofo Slavoj Žižek, a veces la verdad llega demasiado tarde para salvar, pero a tiempo para condenar. El reconocimiento de que el “narcoestado” fue una construcción retórica no devuelve los muertos de los bombardeos, no repara la economía destrozada por sanciones, no sana el trauma de una nación secuestrada simbólica y literalmente. Solo deja un sabor amargo: el de la verdad como arma de los vencedores póstumos. Como reflexionaba Walter Benjamin, la historia la escriben los vencedores, pero a veces los vencidos tienen la última palabra desde la tumba de los argumentos desmoronados. Y esa palabra, hoy, es un eco incómodo que resuena desde Bruselas hasta Canberra: “Se los dijimos”.
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