EL VENENO DE LA SEMANA: Cuando la mentira es una confesión de impotencia
«El que no tiene gestión, tiene columna. El que no puede mostrar obras, muestra dudas. Pero cuidado: las dudas sembradas con mala intención, tarde o temprano, germinan en el expediente del sembrador.» ANACLETO
Luis Semprún Jurado
El Bohemio estaba más silencioso que de costumbre. Sobre la mesa del rincón, Anacleto tenía desplegado un impreso de esos que circulan por Telegram con la velocidad de un rumor y la permanencia de un estornudo. No era un periódico, no era un boletín oficial. Era una columna titulada Verdades y Rumores, firmada por un columnista, que se presenta como "reconocido periodista opositor". El pichón de periodista, que la había recibido por tres grupos distintos antes del desayuno, no podía ocultar su curiosidad. «Anacleto, esto es fuerte. Dicen que Di Martino está siendo investigado, que hay divisiones con Caldera, que tienen vigilado al alcalde, que van a sacar gente esposada de la Alcaldía... ¿será cierto?» Como es su costumbre, Anacleto no respondió de inmediato. Encendió un cigarrillo con esa parsimonia de quien sabe que las noticias, como la leña, arden mejor cuando se dejan secar un rato. Exhaló el humo hacia el techo y, cuando todos esperaban una respuesta encendida, soltó una carcajada breve, seca, sin alegría. «Camarita, lo primero que aprende un periodista de verdad es a distinguir entre la información y el boletín de guerra. Esto que usted tiene ahí no es información: es un parte de batalla escrito por alguien que confunde la redacción con el lanzamiento de piedras. Fíjese bien en la estructura: acusaciones sin fechas, fuentes que no existen, promesas de revelaciones la próxima semana... Es el manual del golpista digital: siembre la duda, no entregue pruebas, y prometa que la semana que viene contará más, para que el lector vuelva.» La profesora, que había tomado el impreso y lo leía con atención de entomóloga, levantó una ceja. «Es interesante el mecanismo retórico. Habla de 'cambios fríos' que no ocurrieron, pero no dice por qué no ocurrieron; insinúa que el PSUV objetó a varios designados, pero no da un solo nombre; menciona una 'pandilla de pillos', pero no identifica a ninguno. Es como disparar al aire y esperar que alguien grite.» «Exacto, mi apreciada profesora. Y ese grito, cuando ocurre, ellos lo presentan como prueba.» Anacleto apagó un cigarrillo y encendió otro. «Analicemos esto con método. Dice que el gran veedor de Di Martino era Maduro. Grave afirmación. ¿Dónde está la prueba de que Maduro, desde Miraflores o desde el comando de campaña, se ocupaba personalmente de las candidaturas municipales en Maracaibo? ¿Dónde está el documento, declaración, o testimonio verificable? No existe. Es una especulación presentada como hecho. Y lo grave: cuando se escribe 'una vez que Nicolás sale del juego per saecula saeculorum', refiriéndose al secuestro del presidente, se está usando el dolor de un pueblo para darle peso a un chisme de pasillo.» El viejo periodista, que había estado en silencio, soltó su opinión con la autoridad de quien ha visto demasiadas columnas de este tipo: «Lo de las 'relaciones rotas' entre Caldera y Di Martino es el clásico divide y vencerás. Siembran la cizaña, esperan que los aludidos salgan a desmentir, y cuando lo hacen, dicen: 'Vea, se sintieron aludidos, algo de cierto había'. Es la técnica del rumor autocumplido. Y lo más curioso es que, según los datos que he visto, camaritas» aquí su voz se escuchó con más firmeza «ambos han aparecido juntos en actos públicos. El propio Di Martino declaró hace unos días que los bomberos de Maracaibo reciben equipos con respaldo del gobernador Caldera y del presidente Maduro. ¿Eso parece gente que no se soporta?» «No, camarita» intervino Anacleto con media sonrisa, «no lo parece. Ahí está el problema del columnista: su necesidad de inventar divisiones choca con la realidad de los hechos. Mire lo que dijo el alcalde: 'con el respaldo del presidente Nicolás Maduro y del gobernador Luis Caldera'. Son palabras textuales. Si hubiera la guerra que este personaje describe, ¿cree usted que Di Martino mencionaría a Caldera en el mismo acto donde anuncia inversiones? ¿O que Caldera, por su parte, reconocería el 'esfuerzo del alcalde' en materia de prevención de riesgos? La realidad, tozuda, desmiente al columnista.» El boticario, que escuchaba desde la barra, intervino con su voz de hombre práctico: «Y lo del tal Juan Urdaneta... ¿ese es el que una vez sacaron esposado de la Alcaldía?» Anacleto sonrió, esa sonrisa de lobo viejo que anticipa el golpe. «Ah, el caso Urdaneta. Fíjense cómo construye el relato: 'Recordemos que en una ocasión la PNB lo sacó esposado de la Alcaldía'. No dicen cuándo, no dicen por qué exactamente, no muestran el expediente. Dicen 'distinto a lo que se pensó en aquel momento no fue por razones políticas, sino por una denuncia de estafa'. O sea: él sabe lo que la gente pensó, sabe lo que realmente fue, y lo cuenta como si hubiera tenido acceso al expediente reservado. ¿Dónde está la copia de la denuncia? ¿Dónde está el resultado del proceso? No existe. Es periodismo de adivinación, y/o quizá hasta “periodismo pagado”. ¿Cómo es que le dicen? Ah, sí: palangre.» La profesora, con una sonrisa helada, añadió: «Y luego lo califican de 'sapo', de 'doble agente', de confidente de Rosales... Acumulan adjetivos como quien acumula piedras para apedrear a alguien sin necesidad de juicio. Es la pena de muerte mediática ejercida desde un teclado. Y lo más grave: no ofrecen al lector la posibilidad de contrastar. Urdaneta es culpable porque ellos lo dicen, y punto.» Anacleto se levantó y caminó hacia el ventanal. Miró hacia la calle, la ciudad se veía tranquila, ajena al ruido de teclados envenenados. «Y llegamos al final, camaritas, a la joya de la corona: 'está en marcha una rigurosa investigación sobre los desastres que está cometiendo Gian Carlo Di Martino y su pandilla. Lo tienen bien vigilado y pronto vienen las primeras actuaciones y quizás detenciones'.» Hizo una pausa dramática. «Esto no es periodismo, es profecía. Y las profecías, en política, tienen un problema: cuando no se cumplen, quien profetizó queda como un farsante. Pero ellos ya tienen preparada la excusa: 'no se cumplió porque el gobierno lo impidió'. Es un círculo vicioso donde la realidad nunca puede ganar; como “la salida” de Leocoldo y el “hasta el final” de la Sayona.» Se volvió hacia la mesa, y su rostro tenía esa mezcla de cansancio y lucidez que solo dan los años de oficio. «Lo que ese “columnista” no sabe, o sabe pero le importa poco, es que el periodismo no es profecía, es constatación; no es sembrar sospechas, es recolectar pruebas; no es decir 'alguien me dijo', es mostrar el documento, la fecha, la firma. Mientras él escribe desde la comodidad del rumor, que él llama “fuentes confidenciales”, en Maracaibo se están haciendo cosas concretas: 30.000 toneladas de asfalto, plazas recuperadas, empresas regularizadas, bomberos equipados con estándar latinoamericano. Esas son las únicas verdades que resisten el paso del tiempo.» El pichón de periodista, con una mezcla de admiración y vergüenza, preguntó: «Entonces, ¿todo es mentira?» «No, camarita, no todo es mentira.» Hizo un paneo de los rostros de todos: estaban atentos esperando su respuesta y dijo: «Hay algo de verdad en esa columna: la verdad de que existe una operación de desgaste contra una gestión que está dando resultados; la verdad de que hay sectores políticos, dentro y fuera del chavismo, a los que les incomoda que Maracaibo vuelva a brillar; la verdad de que mientras unos construyen, otros se dedican a sembrar cizaña. Esa verdad, la de la existencia de la campaña, es la única que el columnista no puede ocultar. Todo lo demás... es humo.» Se sentó de nuevo, tomó un sorbo de café, y concluyó con esa voz que ya todos conocían: «Les recuerdo una máxima que debería estar escrita en la entrada de toda redacción: 'El periodismo consiste en decir lo que alguien no quiere que se sepa; el resto es propaganda'. Lo que este personaje escribe no es lo que alguien no quiere que se sepa; es lo que alguien quiere que se crea. Es propaganda… y la propaganda, cuando choca con la realidad de las 30.000 toneladas de asfalto, de las plazas recuperadas, de los bomberos equipados, se deshace como el humo de este cigarrillo contra el ventilador» Anacleto guardó con cuidado el impreso en su portafolio. El pichón de periodista lo notó. «¿Por qué lo guarda, Anacleto? Si es solo humo...» preguntó. Anacleto no quitó la vista del portafolio que cerraba. «Porque el humo se disipa, camarita. Pero el que enciende el fósforo sigue ahí. Y mañana, cuando haga frío, buscará otro que prender. Esta columna no es la batalla. Es solo el aviso de que el pirómano sigue suelto. Y contra eso, el asfalto no siempre es suficiente. A veces se necesita un buen extintor... y saber dónde está el fuego la próxima vez.»
Exhaló una última bocanada. El humo se deshizo contra las aspas. Nadie dijo nada. No hacía falta. Afuera, la ciudad seguía su curso, con sus obras y sus desafíos. Y en el portafolio de Anacleto, la columna de ese “periodista parcializado”, por no decir otra cosa, quedó allí, guardada como un espécimen, de laboratorio: analizada, diseccionada, y finalmente desechada por falta de evidencia.
La anatomía del rumor: cómo se construye una mentira periodística
La columna Verdades y Rumores ejemplifica con precisión clínica las técnicas del periodismo de intoxicación. Primero, la ambigüedad calculada: frases como “supuestos cambios”, “información no oficial”, “pareciera que” permiten al autor sugerir sin afirmar, insinuar sin comprometerse. Segundo, la profecía autocumplida: afirmar que “pronto vienen las primeras actuaciones y quizás detenciones” sitúa al columnista en una posición de poder que no tiene, porque si ocurren, él profetizó; si no ocurren, él dirá que el poder las impidió. Tercero, la demonización sin prueba: calificar de “pandilla de pillos” a un equipo de gobierno sin presentar una sola denuncia formal, un solo expediente judicial, una sola prueba documental, es ejercicio de linchamiento mediático. Cuarto, la creación de falsas dicotomías: presentar a Caldera y Di Martino como “enemigos” cuando la evidencia pública muestra actos conjuntos y declaraciones de respaldo mutuo. Esta arquitectura retórica no busca informar, sino desgastar; no busca esclarecer, sino confundir.
La realidad contra el teclado: hechos que la columna omite
Mientras el columnista escribe desde la comodidad de la sospecha, la gestión de Di Martino acumula resultados verificables. En materia de seguridad ciudadana, el Cuerpo de Bomberos de Maracaibo ha recibido 50 trajes completos de protección personal de alta tecnología, consolidándose entre los mejor dotados de Latinoamérica, con el respaldo expreso del presidente Nicolás Maduro y del gobernador Luis Caldera. En prevención de riesgos, se trabaja en la consolidación de mapas de riesgo y la atención a más de 56 drenajes superficiales, con acciones de saneamiento y sustitución de colectores. En vialidad, más de 30.000 toneladas de asfalto han sido vertidas en la Circunvalación 2 y sus adyacencias. En regularización fiscal, más de 700 empresas de publicidad que operaban en la informalidad están siendo puestas a derecho y todo el mundo pagando impuestos, poque están viendo las obras. Estos son hechos documentados, no rumores. Y los hechos, a diferencia de las columnas, tienen la virtud de poderse tocar, verificar y contrastar. La realidad, como el asfalto, pesa más que las palabras.
La operación de desgaste: quién gana con el rumor y quién pierde
Detrás de cada campaña de intoxicación hay una pregunta que pocos se hacen: ¿a quién beneficia? En este caso, la respuesta es clara: beneficia a quienes no tienen gestión que mostrar. Mientras Di Martino acumula obras visibles, sus críticos acumulan columnas invisibles; mientras él invierte en equipos para bomberos, ellos invierten en rumores para Telegram; mientras él trabaja con el gobernador y el presidente en la solución de los problemas de la ciudad, ellos trabajan en la construcción de narrativas de división. El verdadero enemigo de Maracaibo no es la disputa política interna, sino esta industria del rumor que parasita el esfuerzo colectivo. Y la única forma de vencerla, lo saben los viejos periodistas, es con hechos verificables, con transparencia documental, con gestión visible. Porque el rumor, cuando se enfrenta a la realidad, termina siempre del mismo modo: deshecho, como el humo, por el ventilador implacable de la verdad.
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