El Tridente del Imperio: Cuando el petróleo, el miedo y la bala convergen en un mismo puerto

El imperio no declara la guerra; la disfraza de política antidrogas, de seguridad fronteriza y de ‘restauración democrática’. Y el cadáver, cuando cae, siempre es el de un país del Sur.” ANACLETO  

El Tridente del Imperio: Cuando el petróleo, el miedo y la bala convergen en un mismo puerto

 Luis Semprún Jurado

 

Ya era casi media mañana. El ventilador de ‘El Bohemio’ giraba lento, como la conciencia de quienes firman órdenes de muerte entre sorbos de café. Sobre la mesa, un recorte del Times hablaba de “operaciones marítimas” y otro, de The Guardian, mencionaba “sobrevivientes que hacían señas desde restos humeantes”. Anacleto los había colocado uno junto al otro, como las dos caras de una misma moneda manchada de salitre y sangre. El pichón de periodista ojeaba un informe grueso. «Dicen que todo comenzó con una reunión en el Despacho Oval», murmuró, incrédulo. «Petróleo, drogas, inmigración... como si fuesen cartas del mismo juego sucio». Anacleto encendió un cigarrillo. El fuego iluminó por un instante sus ojos cansados. «No son cartas, camarita», dijo, exhalando el humo lentamente. «Son los tres dientes del tridente con el que los imperios siempre han desgarrado a América Latina. Solo que antes usaban espadas; ahora usan PowerPoint y órdenes ejecutivas». El coronel retirado, sentado junto a la ventana, removió su taza. «Pero la justificación es el narcotráfico. Al menos en el papel». «¡El papel!» Anacleto golpeó suavemente la mesa, sonriendo, «El mismo papel donde escribieron la Doctrina Monroe, la Enmienda Platt, el Plan Cóndor. Es la geometría del cinismo. Los imperios nunca invaden por un solo motivo; tejen una madeja de excusas hasta que la verdad queda ahogada en el hilo». Se detuvo, nos miró y continuó. «¿Saben cuál es la mejor forma de enterrar a un país sin que el mundo diga que es un asesinato?» El coronel retirado, sentado a mi derecha, gruñó: «Con una guerra que no se llama guerra».

«Exacto», respondió Anacleto, apagando el cigarrillo con precisión quirúrgica. «Le cambias el nombre: ya no es invasión, es “lucha contra el narcotráfico”; ya no es bloqueo, es “recuperación de activos robados”; ya no es deportación masiva, es “defensa de la patria contra la invasión”. Y así, con tres palabras mágicas, petróleo, drogas, inmigración, conviertes a un pueblo en un enemigo, y a tu propia agresión en una cruzada moral».

Tomó el recorte de las manos del joven. Sus dedos manchados de tinta verde acariciaron las líneas donde se hablaba de la orden secreta, de los 29 ataques, de los 105 muertos en embarcaciones. «En la Casa Blanca, en una noche de primavera, Trump le preguntó a Rubio cómo ser más duro con Venezuela», comenzó, voz baja pero cortante. «No era una pregunta de estrategia, camarita; era una pregunta de mercado interno. Tenía que aprobar su “gran y bella ley”, y para eso necesitaba los votos de los “gusanos”, que es como llaman a los cubano-estadounidenses. Así que el petróleo venezolano, que durante años fue un problema de Chevron, se convirtió en una ficha de negociación: o aprietas a Maduro, o pierdes el apoyo de tus aliados». Señaló los recortes. «Miren la ecuación perfecta: Rubio quiere derrocar gobiernos izquierdistas por odio heredado; Miller quiere deportaciones masivas por racismo programático; Trump quiere petróleo por avaricia pura. Cada uno tiene su motivación, pero necesitan un enemigo común. Y encontraron a Venezuela: el chivo expiatorio geopolítico que une todas sus fobias». La profesora, en la penumbra, preguntó con esa voz que siempre parece venir del fondo de un pozo: «¿Y el fentanilo? Venezuela no lo produce». «¡Claro que no!» Rió, con un sonido amargo. «Pero cuando la retórica falla, recurres al espectro más temido. Galeano lo escribió mejor: “El miedo es la materia prima más barata del poder. Y si no tienes un miedo real, inventas uno con nombre exótico”». El boticario, detrás de la barra, escupió: «¡Y matan a 105 personas en embarcaciones! ¿Quién les dio ese derecho?» «El derecho del más fuerte, camarita», respondió Anacleto, apagando el cigarrillo. «El mismo que usaron cuando hundieron la Maine para invadir Cuba; el mismo que usaron en Vietnam con el incidente del Golfo de Tonkín. Maquiavelo lo tenía claro: “El príncipe debe ser temido, y para ser temido, debe mostrar que su crueldad tiene método”. Y el método es simple: primero acusas, luego atacas, después justificas con los escombros». El viejo periodista, que había cubierto la nacionalización del 75, murmuró: «Y todo esto, mientras Chevron sigue allí, mientras China se queda con lo que Chevron no puede tocar, porque cada día más, tiene participación activa en el desarrollo…» «Exacto», Anacleto se inclinó hacia adelante, los codos sobre la mesa. «El petróleo es la excusa, pero también el verdadero objetivo. Porque detrás de la retórica antidrogas y de la histeria migratoria, está la lucha por el control de las reservas más grandes del planeta. Y para ganar esa lucha, no basta con sanciones; hay que militarizar la crisis, hay que crear el caos, hay que convertir a Venezuela en un país “enemigo” para justificar cualquier acción, incluso el asesinato de civiles en embarcaciones». La estudiante de sociología comentó: «Lo más inmoral es el petróleo. Negocian con Chevron mientras preparan ataques». «Inmoral, pero lógico», dijo Anacleto. «El capitalismo imperial siempre ha tenido dos manos: una firma contratos, la otra empuña el rifle. Lo nuevo es que ahora la misma mano hace ambas cosas en la misma reunión». Abrió su libreta verde, buscó una página. «Escuchen esta joya: Trump no renovó la licencia de Chevron el 27 de mayo. Su ley doméstica, “One Big Beautiful Bill”,  se aprobó cinco semanas después. Coincidencia, ¿verdad?» Hizo una pausa, mirándonos a cada uno. «No. Es la transacción clásica: cambio concesiones petroleras por votos políticos. Lo que Kissinger hizo con la CIA en los setenta, Trump lo hace con Chevron en los veinte. Solo que ahora le ponen el nombre bonito de “política energética”».

El pichón de periodista levantó la vista. «Pero al final renovó la licencia». «¡Por supuesto!» Anacleto golpeó la libreta. «La licencia de Chevron es su talón de Aquiles. China estaba a la espera. Siempre hay un límite en el cinismo: puedes estrangular a un país, pero no dejar que tu rival geopolítico se quede con el botón de oxígeno. Como escribió Sun Tzu: “Nunca destruyas un puente que tu enemigo pueda usar, a menos que tengas otro para cruzar tú primero”». El sindicalista, callado hasta entonces, habló con voz grave: «Lo de la ley del siglo XVIII es pura barbarie». «Barbarie con pedigrí jurídico», corrigió Anacleto. «La Ley de Enemigos Extranjeros de 1798, redactada cuando EEUU temía a la Francia revolucionaria. Ahora la usan contra venezolanos que huyen del hambre que sus sanciones crearon». Encendió otro cigarrillo. El humo se enroscó alrededor de su cabeza como un pensamiento visible. «Miller no es un loco; es un arquitecto. Encontró la herramienta legal perfecta: una ley tan vieja que nadie la recordaba, tan amplia que permite cualquier cosa. Lo genial, en el sentido más macabro, es el argumento: una “invasión” del Tren de Aragua. ¡Una pandilla como ejército invasor!»

Sacudió la cabeza, incrédulo aún ante el descaro. «Kapuściński tenía razón: “El colonialismo moderno no necesita barcos de guerra; necesita abogados creativos”. Y los tiene. Convierten migrantes en “invasores”, pandillas en “ejércitos”, presidentes electos en “capos narcos”. Reescriben la realidad hasta que la ficción justifica los misiles». La profesora preguntó: «¿Y los sobrevivientes que hacen señas? Los que recogieron y luego devolvieron...» Anacleto calló largo rato y luego masculló: «Los que recogieron y luego devolvieron... o los que asesinaron aferrados a restos del lanchón?» Su mirada se perdió en el ventanal. «Esa», dijo finalmente, «es la imagen que debería quemarse en la memoria histórica. Hombres aferrándose a restos humeantes, haciendo señas a quienes los bombardearon. No piden rescate; piden humanidad. Y la respuesta son misiles de seguimiento». Apagó el cigarrillo a medias. «Lo más revelador no es que los mataran. Es que después debatieran si enviarlos a CECOT, esa prisión salvadoreña donde según sus propios documentos hay torturas. La discusión no era sobre derechos humanos; era sobre logística del horror». El coronel retirado removió su café ya frío. «Ahora hablan de “incautar” petroleros. Eso es piratería, simple y llana». «¡Pero con acta notarial!» Anacleto sonrió sin alegría. “Devuélvannos lo que nos robaron”, dice Trump. “Nuestro petróleo, nuestras tierras”. El “nuestro” más obsceno de la historia geopolítica reciente». Se levantó, caminó hasta el ventanal. Afuera, el mediodía maracucho seguía su curso. «Es que el bloqueo no dice su apellido… solo se conoce por su nombre» Dijo con tono de disgusto. «Fíjense en la progresión lógica: primero te acusan de narcotraficante; luego bombardean tus supuestas embarcaciones; después bloquean tus puertos; y finalmente “incautan”, por no decir “roban”, tu petróleo porque es “fruto del delito”. Es la estafa perfecta: te crean el delito, te roban como castigo, y encima exigen gratitud por no haberlos matado a todos». Volvió a la mesa, tomó su sombrero. «Lo que Trump, Rubio y Miller han creado no es una política exterior. Es un mecanismo de expropiación con apariencia de cobertura legal. Usan la guerra contra las drogas como caballo de Troya para la guerra por los recursos, y usan la xenofobia como motor electoral». El coronel retirado, inusitadamente comentó: «La ironía de todo», dijo de pie, «es que mientras bombardean embarcaciones “sospechosas” e “incautan” petróleo “robado”, los cárteles mexicanos, los verdaderos exportadores de fentanilo, siguen operando. Porque atacar a México sería costoso. Venezuela es el blanco fácil: el país al que ya han demonizado tanto, que cualquier atrocidad parece justificada». Anacleto abrió la ventana. Como era de esperarse, la luz entró como de costumbre: a cuchillazos. «Recordemos las palabras de un senador estadounidense en 1898, después de que hundieron el Maine: “No importa quién hizo explotar el barco; lo importante es que nos da un magnífico pretexto para la guerra”. Ciento veintiséis años después, cambian Maine por “embarcación sospechosa”, y la fórmula sigue funcionando». Cerró la ventana, nos miró a todos con cejas arqueadas, y con una voz que parecía salir de ultratumba remató: «Pues sí, camaritas… Tres hombres en un despacho oval tejieron una madeja de excusas: narcotráfico, invasión migratoria, petróleo robado. Con esos hilos, justificaron misiles, bloqueos y la vieja ley de 1798 que convierte seres humanos en “enemigos extranjeros”. La geometría es perfecta: cada mentira sostiene a la otra, cada atrocidad se presenta como consecuencia lógica de la anterior. Mientras, en algún lugar del Caribe, el humo de embarcaciones destrozadas se disipa sobre el mismo mar que vio partir, hace siglos, a los primeros barcos saqueadores. Solo que ahora los cañones tienen coordenadas GPS, y los capitanes firman órdenes ejecutivas antes de ordenar el fuego. El tridente del imperio sigue clavándose en las mismas costas; solo han cambiado los nombres de quienes lo empuñan. ¿Haremos algo al respecto, o… nos sentaremos a vociferar lamentos y a llorisquear, lamiéndonos las heridas?». El ventilador siguió girando. Lento... como la justicia que nunca llega a los que hacen señas desde restos humeantes en alta mar. El imperio no muere por invasiones, sino por irrelevancia. Pero antes de morir, hace una cosa: convierte a sus víctimas en criminales, a sus crímenes en virtudes, y a su propia decadencia en una cruzada. Y mientras el mundo mira hacia otro lado, el cadáver del Sur se convierte en el altar donde se entierra no solo un país, sino la última ilusión de que el poder puede ejercerse sin castigo

Nota de último minuto: Le acabo de notificar a Anacleto que el Departamento de Justicia de EEUU acaba de retirar formalmente la acusación de que el "Cártel de los Soles" es una organización criminal real y estructurada. No han podido demostrar que exista. Él se acomodó el sombrero, sacó su pañuelo a cuadros y limpió sus lentes de carey y dijo: «Camarita, lo que acaba de pasar es que la mentira se puso tan vieja que ya no aguantaba el peso de la ley. Retirar el nombre del "Cártel" es admitir que el tridente que usaron para herirnos tenía los dientes de cartón. El problema es que, aunque retiren la palabra, la bala ya salió y el bloqueo sigue ahí, como el ventilador: dando vueltas sin aire».

Tres agendas, un objetivo – (1) Petróleo: La licencia confidencial de Chevron, última empresa estadounidense operando en Venezuela, venció el 27 de mayo de 2024. Trump la suspendió temporalmente para asegurar los votos de legisladores de origen cubano, antizquierdistas, para su “One Big Beautiful Bill”, aprobada cinco semanas después. La licencia fue renovada en julio. Días atrás, la Armada de EEUU “incautó” ilegalmente al menos dos tanqueros con petróleo venezolano en aguas internacionales, alegando que “era petróleo robado”.  (2) Narcotización: Venezuela produce 0% del fentanilo mundial (datos UNODC 2023), pero fue incluida en directiva secreta del 25/julio para ataques marítimos contra grupos "narcoterroristas". (3) Xenofobia: En febrero de 2024, Marco Rubio pactó con Nayib Bukele el envío de 252 venezolanos al Centro de Confinamiento del Terrorismo (CECOT) en El Salvador, con un costo de US$7 millones. En marzo, Trump invocó la Ley de Enemigos Extranjeros de 1798, usada por última vez en WWII, declarando una “invasión del Tren de Aragua”. De los 252 venezolanos deportados al CECOT, la mayoría no tenía vínculos con pandillas ni antecedentes penales; Conclusión: Intereses petroleros, retórica antidrogas y agenda antiinmigrante convergen en Venezuela por conveniencia política, no por realidad fáctica.

Números del horror marítimo – (1) Letalidad: EEUU ha asesinado impunemente y sin pruebas a 105 pescadores en 4 meses. A dos sobrevivientes entregados a sus gobiernos no se les presentaron cargos. Otros dos sobrevivientes fueron  asesinados luego de permanecer flotando más de 45 minutos en el agua. (2) Desproporción: Venezuela no produce fentanilo. El gobierno de EEUU reporta 80.000 muertes anuales por fentanilo originado en un  95% en China y México. (3) Vacíos legales: la orden militar omitió protocolos para sobrevivientes. Dos sobrevivientes recogidos (16/oct) fueron devueltos sin proceso legal. Otros sobrevivientes fueron asesinados en el mar. (4) Violaciones: EEUU ha “incautado” (léase “secuestrado”) dos tanqueros, en aguas internacionales, con la excusa de transportar ‘petróleo robado’. Según la Convención de la ONU sobre el Derecho del Mar (1982) eso es piratería. La Verdad oculta: Es una operación diseñada con omisiones deliberadas para eludir derecho internacional, mientras se desvía atención del verdadero objetivo: presión sobre Venezuela buscando un cambio de gobierno.

El guion del pretexto: 1898-2024 – (1) En 1898, el USS Maine fue hundido en La Habana (260 muertos). La prensa de EEUU acusó a España sin pruebas. El Senador Proctor: “El Maine nos da un magnífico pretexto para la guerra”. Resultado: Guerra Hispano-Estadounidense, y así EEUU ocupa Cuba, Puerto Rico, Filipinas. (2) En 1964 se acusó a Vietnam del Norte de un “presunto ataque” a los destructores USS Maddox y Turner Joy. Lyndon B. Johnson usó un informe falso para conseguir la Resolución del Golfo de Tonkín e iniciar la guerra con Vietnam. En 1995, Robert McNamara admitió que: “El ataque del 4 de agosto nunca ocurrió”. Resultado: Escalada total en Vietnam. (3) En 2003 se acusó a Iraq de utilizar ‘Armas de destrucción masiva’ y Colin Powell presentó “pruebas” ante la ONU. George Bush: “No podemos esperar a que la prueba final sea una nube en forma de hongo”. La CIA luego confirmó que no había tales armas. Como resultado hubo una invasión que costó más de 1 millón de vidas. (4) En 2024, con la excusa de la lucha contra el tráfico de estupefacientes, la Armada de EEUU ataca embarcaciones, sin pruebas ni justificación demostrada. Marco Rubio alegó: “El objetivo es inculcar miedo a la parca”. Datos duros muestran 29 ataques letales en 4 meses, con más de 105 muertos y 0 pruebas públicas. Dos sobrevivientes fueron asesinados y otros dos recogidos fueron devueltos a Colombia y Ecuador sin cargos. ¡Qué raro!… ¿No?

 

 

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