La guerra que no se puede ganar

«La supuesta grandeza de los poderosos no es más que una ficción creada por nuestra propia disposición a disminuirnos ante ellos.» LEÓN TOLSTÓI, La Guerra y la Paz

Mar 30, 2026 - 14:55
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La guerra que no se puede ganar

Luis Semprún Jurado  

El Bohemio olía a café recalentado y a noticia urgente. Afuera, la ciudad seguía su curso, pero dentro del local había una tensión espesa, como si el mundo entero hubiera decidido sentarse en esa mesa de madera gastada. El pichón de periodista entró casi sin aliento, con el teléfono en la mano. «Anacleto… esto se salió de control. Dicen que Irán cerró el Estrecho de Ormuz… que el petróleo se está disparando… que esto puede tumbar la economía global.»

Al mismo tiempo, el coronel retirado, que últimamente ha tomado la costumbre de llegar antes que el sol, también rompió el silencio. «Anacleto, leí esto anoche. 15.000 objetivos, dicen, mataron al Líder Supremo, hundieron 43 barcos. Y sin embargo, el Estrecho de Ormuz sigue cerrado. El petróleo está por las nubes. ¿Cómo es posible que Irán siga peleando?»

Anacleto encendió un cigarrillo con calma. Sabe que las preguntas de importancia no se responden con prisas. Así que, exhaló el humo hacia la luz del ventanal y lo vio deshacerse contra el vidrio. «Camaritas, esas son preguntas equivocadas. La única pregunta correcta es: ¿por qué alguien pensó que matar al Líder Supremo terminaría con esto?» Anacleto no levantó la mirada de su taza. Dio un sorbo lento, como si el tiempo no existiera. «Entiendan… el problema no es que el estrecho esté cerrado. El problema es que alguien creyó que podía abrir una guerra… y cerrarla cuando le diera la gana.»

El coronel retirado, con el ceño fruncido, intervino. «Pero esto era una operación quirúrgica. Decapitar liderazgo, destruir infraestructura… eso siempre ha funcionado.»

Anacleto dejó la taza sobre el plato con un leve golpe seco. «Siempre… ¿dónde, coronel? Porque ese “siempre” es el mito más peligroso de la doctrina occidental. Funciona cuando el enemigo juega tu juego. Pero cuando el enemigo decide cambiar las reglas… el gigante empieza a tropezar con su propia sombra.»

El boticario, con la curiosidad de quien no entiende pero quiere aprender. «Pero Anacleto, es el ejército más poderoso de la historia. Gastan tres millones de dólares por misil para derribar drones que cuestan menos que un carro usado. ¿Cómo no van a ganar?»

La carcajada de Anacleto retumbó en todo el café. Era una carcajada alegre, era de esas que sueltan los viejos cuando ven a un niño preguntar por qué el agua moja. «Camarita, ahí está el error. Creen que el poder es un botón que se aprieta. Que si gastas suficiente dinero, si concentras suficiente fuerza, si destruyes suficientes objetivos, el enemigo se desploma. Pero Irán lleva cuarenta años preparándose para esta guerra. No para ganarla, sino para hacer que cualquier ataque le cueste al atacante más que al defensor.»

La estudiante de sociología, con el cuaderno abierto, levantó la vista. «¿Entonces el error fue subestimar a Irán?»

Anacleto negó lentamente con la cabeza. «No, mi niña. El error fue algo más profundo: creer que el poder es solo fuerza. Y resulta que el poder, en el siglo XXI, es resistencia, tiempo… y capacidad de hacerle pagar al otro cada movimiento.»

La profesora, con precisión de relojero desplegó los datos con la frialdad de quien disecciona un cadáver. «La arquitectura iraní tiene tres pilares. Primero: una estructura de mando descentralizada que vuelve ineficaces los golpes de decapitación. Segundo: un arsenal de drones y misiles de bajo costo, diseñados para quebrar los sistemas de defensa aérea enemigos mediante puro volumen. Tercero: el control geográfico del Estrecho de Ormuz, por donde pasa aproximadamente el 20% del suministro mundial de petróleo cada día.»

El viejo periodista, con esa sabiduría que da la experiencia, soltó su comentario: «Sí, pero mataron al Líder Supremo… eso debería desestabilizar… aunque fuera un poco.»

Anacleto soltó una risita breve, sin alegría. «Ah… la fantasía de la decapitación. Cortas la cabeza… y el cuerpo muere. Eso funciona en las monarquías absolutas, en ejércitos rígidos… pero no en estructuras diseñadas precisamente para sobrevivir a eso. Irán lleva más de cuarenta años preparándose para perder la cabeza… y seguir peleando.»

Carmen dejó una taza sobre la mesa, frunció el ceño y preguntó: «Entonces… ¿esto ya estaba previsto?»

Anacleto la miró con calma. «No solo previsto, Carmen… diseñado. Irán no puede competir con portaaviones ni bombarderos. Así que hizo algo más inteligente: diseñó una guerra donde ganar no significa destruir al enemigo… sino agotarlo.»

El sindicalista, con voz grave, intervino. «¿Agotarlo cómo?»

Anacleto se inclinó hacia adelante. «Con matemáticas, camarita, frías, implacables. Un dron que cuesta veinte mil dólares obliga a disparar un misil de cuatro millones. Es como obligar a un millonario a defenderse lanzando lingotes de oro contra piedras.»

El pichón de periodista, asombrado, abrió los ojos. «¿Y eso es sostenible?»

Anacleto lo miró fijamente. «Para Irán, sí. Para la alianza Estados Unidos-Israhell… no. Y ese es el corazón del problema. No estamos viendo una guerra de destrucción… estamos viendo una guerra de desgaste económico.»

El coronel retirado, habló con ese tono que demostraba la experiencia de su carrera de armas: «Y el dato que duele: un dron Shahed-136 cuesta entre 20.000 y 50.000 dólares. Para interceptarlo, hay que disparar un misil Patriot que cuesta 4,1 millones, o un THAAD que supera los 12. Por cada dólar que gasta Irán, Estados Unidos gasta entre 20 y 28. En los primeros cinco días de guerra, Washington gastó alrededor de 2.400 millones de dólares solo en interceptores. Irán disparó más de 500 misiles balísticos y casi 2.000 drones por una fracción de ese costo.»

El boticario, desde la barra, levantó la voz. «Eso explica por qué siguen lanzando drones aunque los derriben.»

«Exacto,» respondió Anacleto. «Porque cada dron derribado es una victoria estratégica. No importa que caiga… importa cuánto le costó al otro tumbarlo.»

El coronel retirado apretó los labios. «Pero Estados Unidos tiene recursos infinitos.»

Anacleto, que intentaba hacer aros con el humo que exhalaba, negó con la mano y la cabeza. «Ningún imperio tiene recursos infinitos, coronel. Esa es otra mentira peligrosa. Lo que tiene es capacidad de endeudarse… y una maquinaria que tarda años en producir lo que necesita en semanas.»

La estudiante de sociología escribió rápido. «Entonces esto es una guerra industrial.»

«Y logística,» añadió Anacleto. «Y psicológica; y mediática. Es una guerra total… pero librada con herramientas asimétricas.»

El pichón de periodista, con esa mezcla de fascinación y vértigo que ya es su sello, preguntó: «¿Y el petróleo? Dicen que el estrecho está cerrado, que los barcos no pasan.»

El viejo periodista intervino nuevamente: «Sí, Anacleto… ¿Y el Estrecho de Ormuz?»

Anacleto sonrió. «Está cerrado de facto, camarita. No por un bloqueo militar, sino por el miedo. Las compañías de seguros retiraron la cobertura y los armadores no se arriesgan. Irán no necesita hundir barcos; le basta con que nadie se atreva a navegar. Y mientras tanto, el Brent supera los 90 dólares, la inflación repunta y la economía global entra en zona de turbulencia.» Alzó un dedo. «Ahí está la joya de la corona. Por ahí pasa cerca del veinte por ciento del petróleo mundial. No necesitas destruir nada… basta con cerrarlo. Y de pronto, no estás peleando contra un país… estás poniendo de rodillas a la economía global.»

Carmen frunció el ceño. «¿Y eso no provoca una reacción más fuerte?»

«Claro que sí, Carmen» dijo Anacleto. «Pero ahí está la trampa. Cada bomba que cae sobre Irán mantiene cerrado el estrecho, y cada día cerrado el estrecho… acerca al mundo a una crisis económica.»

El sindicalista golpeó la mesa suavemente. «Entonces Estados Unidos está atrapado.»

Anacleto asintió. «Exactamente. Es una trampa perfecta: si avanza, pierde, si se detiene, pierde. Es lo que en teoría de juegos se llama una situación sin salida racional.»

El pichón de periodista, siempre inquieto, murmuró: «Un choque de trenes…»

«No,» corrigió Anacleto. «Tres trenes: Estados Unidos, Irán… y la economía global en el medio.»

El boticario, con ese aire de ingenuidad, añadió: «Y el petróleo ya subiendo…»

«Y subirá más,» respondió Anacleto. «Porque el mercado no reacciona a lo que pasa… sino a lo que teme que pase.»

La estudiante de sociología levantó la mano. «¿Y la opinión pública?»

Anacleto encendió un cigarrillo y la miró con interés. «Ahí está otro frente, mi niña. Las imágenes de ciudades bombardeadas, civiles muertos… eso erosiona la legitimidad. No cambia la guerra militar… pero sí la política. Y las guerras modernas se pierden más en la política que en el campo de batalla.»

El viejo periodista asintió lentamente, como recordando. «Vietnam… Afganistán…»

«Exacto, camarita» asintió Anacleto. «El poder militar más grande del mundo… derrotado por el costo político de seguir peleando.»

El coronel suspiró. «Entonces esto puede durar meses.»

«O años, camarita» respondió Anacleto. «Porque Irán no necesita ganar. Solo necesita resistir.»

La estudiante de sociología, esa joven que siempre presenta alegatos que parecen simples, levantó la mano como en clase. «Anacleto, ¿y China? Dicen que los barcos chinos siguen pasando.»

Anacleto hizo una pausa para voltear hacia la joven, lo que aprovechó Carmen, cruzando los brazos como si no entendiera, para preguntar. «Y entonces… ¿quién gana?»

Anacleto guardó silencio otros segundos más, se secó la frente con su pañuelo a cuadros, se ajustó sus lentes de carey y luego soltó una sola palabra. «China.»

El pichón de periodista, asombrado por la respuesta, se inclinó y dijo. «¿China?»

«Claro, camarita» dijo Anacleto, como queriendo matar dos pájaros con una sola piedra. «Cada dólar que Estados Unidos gasta aquí… es un dólar que no invierte en Asia: cada crisis en el petróleo… abre grietas en el sistema del petrodólar, y cada grieta… es una oportunidad. Además, cada día que la atención estadounidense está consumida por Irán, es un día en que Taiwán, Cuba y Venezuela respiran más tranquilas.»

El sindicalista frunció el ceño, como tratando de unir las piezas. «O sea que hay un jugador que ni siquiera está en la mesa… pero se está llevando las fichas.»

Anacleto sonrió levemente, con esa picardía del que revela un secreto. «Exacto, camarita. El mejor jugador es el que gana sin jugar.»

El viejo periodista soltó una leve carcajada y luego murmuró: «Como en el ajedrez…»

«O mejor,» corrigió Anacleto sonriendo. «Como en la historia.» Anacleto apagó un cigarrillo y encendió otro, su ritual del pensamiento. «Y aquí llegamos al corazón del asunto. Hay tres escenarios sobre la mesa. El primero, la desescalada gestionada. Un 25% de probabilidad, dicen los analistas. Irán acepta reabrir parcialmente el estrecho a cambio del cese de ataques. Estados Unidos declara "misión cumplida" y comienza el repliegue. El problema es que el nuevo Líder Supremo de Irán ha declarado que el estrecho debe permanecer cerrado como herramienta de presión. Y el otro lado ha dicho que durará "el tiempo que sea necesario". No son las posturas de quien busca un compromiso.»

El viejo periodista, con esa sabiduría de quien ha visto demasiados funerales, aseguró: «El segundo escenario: Los veteranos de las agencias apuestan por el desgaste prolongado, un 50% de probabilidad. Dicen que es el guion de Vietnam. La guerra continúa durante semanas o meses a intensidad reducida; Irán sigue lanzando drones a un ritmo sostenible, manteniendo cerrado el estrecho; los precios del petróleo se estabilizan entre 90 y 110 dólares: la economía global entra en estanflación. Y la pregunta es: ¿quién parpadea primero? El precedente histórico sugiere que la democracia parpadea. Vietnam duró más de una década, no porque a Estados Unidos le faltara poder militar, sino porque el costo político del compromiso continuo eventualmente superó el costo político de la retirada.»

La profesora, con su precisión de relojero, completó: «El tercer escenario: Los modelos matemáticos apuntan a un 25% de escalada catastrófica si se activa el Artículo 5 de la OTAN: un misil iraní mata a unos turcos; un ataque contra una planta desalinizadora que causa víctimas civiles masivas; un intento de ruptura nuclear iraní; Hezbolá abriendo un frente en Líbano. Cualquiera de estos disparadores podría desatar una guerra regional de la que nadie sabe cómo salir.»

La estudiante de sociología cerró su cuaderno. «Entonces… ¿esto cambia el orden mundial?»

Anacleto se recostó en la silla, se volteó hacia ella y comentó. «No, mi niña, no lo cambia de inmediato… pero lo revela. Y lo que revela es incómodo: el poder militar ya no garantiza resultados políticos.»

El coronel, con la experiencia de que la fuerza de las armas no lo es todo, bajó la mirada.

«Eso es… grave, sumamente grave»

«Es definitivo,» dijo Anacleto, secamente. «Porque significa que el modelo de guerra que dominó desde Napoleón hasta hoy… está empezando a romperse.»

El boticario, mostrando desconocimiento, preguntó: «¿Y eso ya pasó antes?»

Anacleto asintió, golpeó ligeramente la mesa con los nudillos y soltó: «Siempre pasa: Atenas en Sicilia; Inglaterra en Suez; la Unión Soviética en Afganistán; EEUU en Vietnam y Afganistán. Imperios que no caen porque los derrotan… sino porque se sobre-extienden.»

El pichón de periodista tragó saliva. «¿Y eso es lo que estamos viendo ahora?»

Anacleto lo miró fijamente. «Estamos viendo los síntomas.» Se levantó y caminó hacia la barra. Carmen le sirvió un café sin preguntar, como siempre. Bebió un sorbo y dijo. «Federico Nietzsche decía que 'quien lucha con monstruos debe cuidar de no convertirse a su vez en uno'. Washington lleva décadas luchando con “monstruos inventados”, y ahora descubre que el monstruo más peligroso no es Irán, no es Rusia, no es China, no es Venezuela ni Cuba; ¡no!…  es la arrogancia de creer que la fuerza basta. Porque la fuerza, camaritas, tiene un límite: no puede comprar la paz, no puede imponer la obediencia, y no puede fabricar el respeto.»

Carmen apoyó las manos sobre la mesa. «¿Y el final?»

Anacleto tomó su sombrero. Se levantó lentamente. «El final… nadie lo sabe. Pero hay algo claro.» Hizo una pausa y añadió: «Cuando una guerra no tiene salida… no hay victoria posible. Solo diferentes formas de perder.»

El ventilador siguió girando. Afuera, Maracaibo seguía viva. Pero en El Bohemio, el silencio tenía otro peso, porque todos entendían ya lo esencial: que no estaban viendo una guerra más… sino el momento en que un imperio empieza a descubrir que su fuerza ya no basta. Y como escribió Calderón de la Barca: «¿Qué es la vida? Una ilusión…»

Anacleto, ya en la puerta, se detuvo un instante. Sin voltear, dijo: «Y los imperios, camaritas… también.» El ventilador siguió girando. Y en el silencio de El Bohemio, la verdad siguió su curso: despacio, imparable, como el agua que horada la piedra. 

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El Pepazo

hebertcolina Licenciado Hebert Colina periodista y columnista con más de 35 años de experiencia en el mundo del periodismo.