La ciudad a oscuras: El calor, el saboteo y la resistencia del Maracucho
«La desgracia es un peldaño para el genio. Y el Zulia después de tantos años de oscuridad debería ser ya el más genial de los estados.» ANACLETO parodia a BALZAC
Luis Semprún Jurado
El Bohemio sudaba, estaba más caliente que de costumbre. No era una metáfora; era físico, palpable, casi político. El ventilador giraba con desgano como si también él estuviera sometido a racionamiento y hubiera renunciado a refrescar algo. Sobre la mesa del rincón, Anacleto tenía un mapa de Maracaibo con los circuitos eléctricos marcados en rojo como heridas abiertas.
El pichón de periodista llegó empapado, con el teléfono en la mano y la cara encendida por la indignación más que por el calor. «Anacleto… otra vez. Cuatro horas sin luz esta madrugada. Y dicen que pueden ser seis hoy. El viernes pasado, apagón masivo en el Zulia, Táchira y Mérida. Dicen que fueron “maniobras terroristas”, pero no hay detenidos. ¿Hasta cuándo?»
Anacleto no respondió de inmediato. Encendió un cigarrillo y miró al techo, como si esperara que de él colgara una explicación. Exhaló el humo hacia arriba y lo vio deshacerse contra las aspas del ventilador. «Camarita… en el Zulia ya no se mide el tiempo en horas… se mide en apagones. El problema eléctrico del Zulia no empezó el viernes pasado, ni el año pasado, ni siquiera en el 2019 cuando tumbaron las torres de Miranda. Este problema, camarita, es como el calor: siempre estuvo ahí, pero lo dejamos crecer hasta que nos asfixió.»
El coronel retirado, con la mirada de quien ha visto muchos partes de guerra, intervino: «Pero Anacleto, lo de Miranda fue un saboteo. Las torres que cruzan el Lago, las líneas de 400kV… eso fue un ataque deliberado. Desde entonces, el Zulia quedó como una isla eléctrica. ¿Eso no cuenta?»
«Cuenta, coronel… y pesa. Pero el saboteo no fue el origen de la enfermedad, fue el síntoma de que el cuerpo ya estaba débil.» Anacleto señaló el mapa con la colilla humeante. «Balzac decía que la burocracia es un mecanismo gigante operado por pigmeos. En Corpoelec, los pigmeos se multiplicaron. Y cuando el enemigo externo vio la vulnerabilidad, atacó donde más dolía.»
El viejo periodista asintió con desgano y resopló. «Pero esto no se puede seguir justificando. Hay un problema eléctrico… y punto.» Anacleto asintió con la cabeza, lo miro y soltó: «Claro que lo hay. Y negarlo sería una estupidez. Pero banalizarlo… es otra forma de mentir. Porque lo que ocurre en el Zulia no es solo un problema técnico… es un cruce de historia, clima, saboteo y geopolítica.»
La estudiante de sociología levantó la mirada. «¿Geopolítica en un apagón?»
Anacleto la miró con paciencia. «Sí, mi niña. Porque la electricidad no es solo luz… es poder. Y donde hay poder… hay disputa.»
La profesora, con esa precisión de archivo que la caracteriza, desplegó una nota amarillenta. «En el 2012, el diario O Globo ya reportaba que los cortes de luz eran una «especie de símbolo de las falencias del socialismo del siglo XXI». Los venezolanos usaban el hashtag #sinluz en Tuiter para denunciar a la estatal Corpoelec, a la que llamaban «Cortoelec». Los apagones pasaban de las 330 interrupciones anuales, y el ingeniero Miguel Lara, que había sido gerente del Sistema Interconectado, advertía que los equipos se deterioraban porque el sector se había ‘politizado y convertido en un casino, comandado por dirigentes políticos sin capacitación’.»
El coronel retirado golpeó suavemente la mesa. «Todo el mundo habla de 2019… ¿de verdad fue tan determinante?»
Anacleto se inclinó y apagó su cigarrillo contra el cenicero. «Sí, camarita… No fue un apagón más. Fue el momento en que el sistema mostró su herida abierta. El saboteo en los Puertos de Altagracia no solo tumbó líneas… rompió la ilusión de estabilidad.»
El pichón de periodista intervino: «¿Y por qué fue tan grave?»
«Porque esas líneas de 400 kV son el cordón umbilical del Zulia,» explicó Anacleto. «Cuando caen… Maracaibo deja de ser ciudad moderna y vuelve al siglo XIX. Es una isla eléctrica, camarita. Una isla conectada por un hilo.»
El boticario, fiel a su papel de ingenuo estratégico, movió la cabeza. «O sea que esto viene de lejos. Y mientras tanto, el ‘calorcito’ de Maracaibo se ha puesto más bravo.»
La estudiante de sociología sugirió: «Entonces el saboteo no es casual.»
«Nunca lo es,» dijo Anacleto. «Como decía Galeano: “La historia es un profeta con la mirada vuelta hacia atrás”. Y si miras atrás… ves patrones, no accidentes. Ahí está el círculo vicioso, camarita.» Anacleto apagó un cigarrillo y encendió otro. «Gallegos decía que “la barbarie no está en el llano, está en el corazón del hombre”. Pero aquí la barbarie está en la geografía. La cuenca del Lago es hoy la región de Sudamérica más afectada por el calentamiento global. En este marzo de 2026, la sequía ha sido brutal, y a más calor, más ventiladores y aires acondicionados; a más demanda, más racionamiento. Y en ese círculo, camaritas, se quema hasta la paciencia.» Soltó el humo lentamente y remató: «Y durante la pandemia mientras el mundo estaba encerrado… el sistema eléctrico se desmoronaba en silencio.»
El viejo periodista, desde la barra, soltó su comentario a secas. «Mientras, el gobierno anuncia 400 megavatios adicionales desde Termozulia, reparaciones en el Lago, un plan de ahorro eléctrico. ¿Pero… la gente? La gente sobrevive con 4 a 6 horas de luz diarias. Eso no es vivir, es resistir.»
«Y resistir, camarita, es lo que mejor sabe hacer este pueblo.» dijo Anacleto. «Maracaibo creció sin un plan de carga, con urbanizaciones conectadas a transformadores ya agotados. Es como conectar más mangueras a un tanque vacío.»
Carmen intervino: «Y después explotan…»
«Por pura física,» respondió Anacleto a secas. «No es ideología… es amperaje.» Se inclinó hacia adelante. «No se puede banalizar el esfuerzo. El Estado ha tenido que inventar una ingeniería de guerra para que Maracaibo no se apague del todo. Miren lo que hoy está pasando bajo el agua del Lago.»
El sindicalista habló con su voz grave de hombre de calle. «He oído que están trayendo cables de China, que los entierran en el lecho del Lago. ¿Eso es cierto?»
«Es cierto, camarita. Y es la jugada más inteligente que han hecho en años.» Anacleto trazó una línea imaginaria sobre el mapa. «Las viejas torres del Lago eran blancos fáciles: el salitre, los drones, los explosivos. El nuevo cable submarino viene blindado, con tecnología de Shanghái, y va enterrado. Si alguien intenta picarlo, la señal llega a Caracas y a Pekín en milisegundos. Es, básicamente, quitarle el juego al saboteador de oficio.»
La profesora, con su don de educadora, añadió: «Y no solo eso. El acuerdo con China incluye talleres de fabricación de piezas en el propio Estado Zulia. Ya no hay que esperar a que un barco de General Electric pase el bloqueo; ahora se funde y se tornea aquí, con asesoría china. Es la ‘independencia del repuesto’, camaritas.»
«Pero eso es a mediano plazo», terció el coronel retirado. «¿Y a corto plazo? ¿Y la purga necesaria en las gerencias de Corpoelec?»
Anacleto sonrió, esa sonrisa de quien sabe que las batallas pequeñas también cuentan. «Ah, coronel, ahí está la otra guerra. Mientras los cables chinos se entierran en el Lago, hay otra guerra que se libra en las oficinas. Este marzo, la inteligencia del Estado ha detenido a tres directivos de rango medio que coordinaban apagones programados fuera de cronograma para robar cables de alta potencia en San Francisco. Descubrieron una red que cobraba hasta 500 dólares a clínicas y centros comerciales para saltarse el racionamiento. Esos son los “Cortoelec” de verdad, los que convierten la necesidad ajena en negocio propio.»
El boticario, con esa ingenuidad que a veces es más sabia que mucha ciencia, preguntó: «¿No son los mismos que le venden el cobre a los que después usan el dinero para sabotear?»
«Exacto, camarita. Es la hidra de la que habla la leyenda: cortas una cabeza y salen dos. Pero por eso la purga es importante. No puedes ganar una guerra si el que te cuida la espalda está vendiendo tus balas al enemigo.» Respondió Anacleto rápidamente. «Y peor: es traición funcional. Porque no necesitas un ejército enemigo si tienes uno infiltrado.»
La estudiante de sociología levantó la mano como en clase. «Anacleto, ¿y el cambio climático? Usted dice que la cuenca del Lago es la región más afectada.»
Anacleto la miró con ternura, esa que reserva para las preguntas que duelen porque son verdad. «La humanidad, mi niña, ha descuidado resolver el problema del cambio climático a pesar de todas las advertencias. Las regiones sufren las consecuencias, y el Zulia las sufre multiplicadas. Aquí el sol no calienta, quema. Y cuando no llueve, los embalses bajan, las turbinas se detienen, y la ciudad se queda a oscuras. No es culpa solo de un gobierno, ni de una política, ni de una empresa. Es la factura que nos pasa la naturaleza por no atenderla y haberla tratado como si fuera eterna.»
El viejo periodista, con esa sabiduría que le da la experiencia, sentenció: «Y mientras tanto, la oposición usa el tema como arma política. Dicen que si no se resuelve es porque no quieren, por negligencia, por ineficacia e ineficiencia y hasta por corrupción. Pero la realidad, camaradas, es más compleja: sanciones que bloquean repuestos, saboteo interno, crecimiento urbano desordenado, y encima el clima que se vuelve enemigo.» «Por eso repito, camarita, no se puede banalizar el esfuerzo.»
Anacleto se levantó y caminó hacia la barra. «Galeano escribió que “la caridad es humillante porque se ejerce verticalmente y desde arriba; la solidaridad es horizontal e implica respeto”. Lo mismo aplica a la crítica. La crítica que solo señala sin entender, que solo destruye sin construir, que solo se alimenta del dolor ajeno, esa crítica no es solidaridad. Es oportunismo.»
Carmen, escuchando desde la barra, dejó el trapo y se apoyó en el mostrador. «Entonces, ¿qué hacemos? ¿Nos resignamos a vivir a oscuras y con calor?»
«No, Carmen, no nos resignamos. Entendemos.» Anacleto dio un sorbo al café y siguió. «Entendemos que el problema eléctrico del Zulia no es nuevo, no es simple, no tiene una sola causa ni una sola solución; entendemos que hay un saboteo que viene de afuera y una corrupción que viene de adentro; entendemos que el cambio climático nos puso en la línea de fuego y que las sanciones nos ataron las manos para comprar repuestos; entendemos que el gobierno está haciendo lo que puede con lo que tiene: blindar el sistema con tecnología china, purgar las mafias internas, invertir en Termozulia, tender cables submarinos.» Se sentó en la barra, casi de espaldas a la mesa, y, sin alzar la voz, dijo: «Y sí…, entendemos, sobre todo, que Maracaibo sigue siendo la ciudad más valiente del mundo, no por su calor, sino porque es la única capaz de mantener la vida a oscuras y a 40 grados a la sombra. Eso no es resignación, camaritas... es resistencia. Y la resistencia, cuando es colectiva, cuando es inteligente, cuando es paciente, siempre termina ganando.»
El silencio en el café era absoluto, solo roto por el zumbido cómplice del viejo ventilador. Todos se miraban entre ellos como esperando respuestas. Anacleto entendió lo que casi al unísono, silentes, le preguntaban, y dijo: «El Gabo escribió que “la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”. Cuando los jóvenes de mañana pregunten cómo sobrevivió Maracaibo a estos años, no les contemos solo los apagones y el calor. Contémosles también los cables que se tendieron bajo el Lago, los funcionarios corruptos que cayeron, los ingenieros que se quedaron a pelear, los vecinos que compartieron el ventilador con el vecino. Porque esa, camaritas, es la historia que vale la pena contar.» Se levantó de la barra y caminó hacia la puerta. Me hizo una seña. Se detuvo en el umbral, se medio volteó, con esa costumbre que ya es su sello. «Bolívar dijo una vez que “la paciencia es la ciencia de la paz”. En el Zulia, la paciencia se ha vuelto también la ciencia de la supervivencia. Y mientras el imperio nos aprieta, mientras el sol nos achicharra, mientras los saboteadores juegan a oscurecernos, nosotros seguimos aquí. No porque seamos más fuertes, sino porque hemos aprendido que la luz, cuando es verdadera, no se apaga con un corte de cables. Se lleva adentro.»
Salió y yo detrás de él. La puerta se cerró con un golpe suave, definitivo. Afuera, Maracaibo seguía su curso, con sus apagones, su calor y su terquedad infinita. Todos entendieron que la verdadera batalla no era contra la oscuridad, sino contra quienes se lucran con ella. El ventilador siguió girando, y en el silencio de El Bohemio, la verdad siguió su curso: despacio, imparable, como el agua que horada la piedra.
El saboteo como estrategia: de las torres de Miranda a los cables bajo el lago - El 7 de marzo de 2019, las torres de transmisión que cruzaban el Lago de Maracaibo en el municipio Miranda fueron derribadas en un acto de saboteo que dejó al Zulia desconectado del Sistema Eléctrico Nacional. Desde entonces, el estado quedó convertido en una “isla eléctrica”, dependiente de un cordón umbilical de líneas de 400kV que, cada vez que falla, sumerge a Maracaibo en el siglo XIX. Lo que no se dice con frecuencia es que ese saboteo no fue un hecho aislado, sino el inicio de una estrategia sistemática: ataques quirúrgicos contra subestaciones clave como Veritas, Las Tarabas y Cuatricentenario, cortes de cables de alta tensión, y la infiltración de células radicales en las propias filas de Corpoelec. En respuesta, el Estado ha tenido que reinventar su ingeniería: el tendido de nuevos cables submarinos, ahora blindados con tecnología china y enterrados en el lecho del Lago, para hacerlos invulnerables a drones y explosivos, y la instalación de sistemas de monitoreo remoto por fibra óptica que alertan en milisegundos cualquier intento de manipulación. Es la guerra asimétrica llevada a la infraestructura.
El enemigo interno: la purga de «Cortoelec» y las mafias del cobre - El apodo popular de “Cortoelec” no nació de la nada. Desde 2012, los venezolanos usaban el hashtag #sinluz en redes sociales para denunciar los cortes permanentes de la estatal eléctrica. Lo que muchos no saben es que detrás de esos apagones no siempre estaba la falta de inversión o el saboteo externo. En marzo de 2026, la inteligencia del Estado intervino las gerencias de distribución de Occidente y detuvo a tres directivos que coordinaban apagones programados fuera de cronograma para facilitar el robo de cables de alta potencia en zonas industriales de San Francisco y Maracaibo. También se desarticuló una red que cobraba hasta 500 dólares a centros comerciales y clínicas para “saltarse” el racionamiento, sobrecargando otros circuitos residenciales que terminaban explotando. Estas mafias, que operaban con la complicidad de funcionarios de bajo rango y células radicales en el exterior, han sido el enemigo más perverso: el que se beneficia del sufrimiento de su propio pueblo. La purga, aunque dolorosa, es el primer paso para que el sistema deje de sangrar por dentro.
El círculo vicioso del calor: cambio climático, demanda y resistencia - El Zulia es hoy la región de Sudamérica más afectada por el calentamiento global. En el primer trimestre de 2026, la sequía ha sido brutal, y los embalses que alimentan las hidroeléctricas han descendido a niveles críticos. A esta vulnerabilidad natural se suma un problema estructural: el crecimiento urbano desordenado de Maracaibo ha multiplicado la demanda sin que la capacidad instalada crezca al mismo ritmo. Cada nuevo complejo residencial o comercial que se conecta a transformadores ya sobrecargados aumenta el riesgo de colapso. El Plan de Ahorro Eléctrico activado este marzo busca administrar la escasez con racionamientos de 4 a 6 horas diarias, pero la ecuación es implacable: a más calor, más ventiladores y aires acondicionados; a más demanda, más cortes. La solución de mediano plazo pasa por la independencia tecnológica: los acuerdos con China para reemplazar equipos occidentales bloqueados por sanciones, la instalación de talleres de fabricación de piezas en el Zulia, y la progresiva desvinculación del sistema de repuestos controlado por Washington. Mientras tanto, la ciudad aprende a vivir a oscuras y a 40 grados a la sombra, porque en Maracaibo, camaritas, la resistencia no es una opción: es la única forma de sobrevivir.
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