CITGO: Cuando el botín reclama a su dueño
«'Las leyes son como las telas de araña, a través de las cuales pasan las moscas grandes y donde quedan atrapadas las pequeñas'. » Honoré de Balzac
Luis Semprún Jurado
El Bohemio tenía ese silencio espeso que antecede a las noticias incómodas. No era ausencia de ruido, sino acumulación de pensamiento. El ventilador giraba con desgano, como si también él estuviera cansado de repetir la misma historia con distintos protagonistas. Carmen secaba una taza detrás de la barra cuando el pichón de periodista irrumpió casi tropezando con una silla. No venía excitado como otras veces, sino con esa mezcla rara de urgencia y confusión que traen las noticias que no encajan del todo.
«Anacleto… esto acaba de salir en las mesas de redacción. PDVSA ratificó a Asdrúbal Chávez al frente de CITGO, PDV Holding y todas las filiales en Estados Unidos.»
Anacleto no levantó la vista de inmediato. Siguió removiendo el café con una lentitud casi irritante. «¿Ratificó… o reclamó?»
El pichón parpadeó. «Bueno… lo presentan como una ratificación. Pero también nombraron equipo: Nelson Ferrer, Alejandro Escarrá, Ricardo Gómez…»
El viejo periodista soltó un murmullo bajo. «Eso no es un nombramiento administrativo. Eso es una declaración de guerra jurídica.»
El sindicalista se inclinó hacia la mesa. «¿Guerra? ¿Por un directorio?»
Anacleto levantó finalmente la mirada. Sus ojos tenían ese brillo cansado de quien ha visto demasiadas veces el mismo truco. «Camarita… cuando un país nombra autoridades sobre un activo que no controla, no está administrando… está reclamando.» Hizo una pausa breve. «Y cuando ese activo se llama CITGO… lo que está en juego no es una empresa, es un botín.»
La profesora, desde su mesa, levantó la vista del periódico. «Un botín de ochocientos mil barriles diarios de capacidad de refinación… tres refinerías… y miles de estaciones de servicio, que se deben recuperar. ¡Casi nada!»
Anacleto tachó algo en su libreta con un gesto de duda. «Recuperar" es una palabra muy dulce para un café tan amargo, camarita.»
Carmen dejó otra taza sobre la mesa. «O sea… no es cualquier cosa.»
Anacleto negó suavemente con la cabeza. «No, Carmen. Es la joya que Venezuela compró en los años ochenta para asegurarse mercado… y que terminó convertida en rehén de la geopolítica.»
La estudiante de sociología intervino, con el cuaderno ya abierto. «Pero si PDVSA es la dueña legal… ¿por qué tiene que “reclamar” algo que es suyo?
Anacleto sonrió, pero no con alegría. «Porque en política internacional, camarita, la propiedad no depende de lo que diga un papel… sino de quién controla la llave.»
El coronel retirado asintió con gravedad. «Y la llave la tiene Washington.»
Anacleto levantó un dedo. «Exactamente. Desde 2019, cuando Estados Unidos desconoció al gobierno de Caracas, CITGO quedó bajo control de una junta paralela. La llamada PDVSA “ad hoc”.»
El pichón de periodista, siempre insidioso, intervino. «Pero ahora la situación cambió… Trump reconoce a Delcy Rodríguez como autoridad.»
Anacleto giró la taza lentamente. «Y ahí está el cadáver, camarita. Porque si el reconocimiento cambia… la narrativa también debería cambiar.» Se inclinó hacia adelante. «Durante años nos dijeron que CITGO no podía ser manejada por Caracas porque Caracas no era legítima. Pero ahora que la reconocen… Caracas dice: “perfecto, entonces devuélveme lo que es mío”.»
El sindicalista soltó una risa amarga. «Y ahí se les enreda el discurso.»
Anacleto continuó: «Balzac decía que 'el poder no es nada si no es una forma de justicia'. Hoy CITGO sigue atrapada en un proceso de subasta judicial amañado difícil de resolver. Aunque Caracas nombre a mil directivos, hay un juez llamado Leonard Stark y una empresa llamada Amber Energy (de Elliott Investment Management) que ya puso 5.900 millones de dólares sobre la mesa para quedarse con las acciones. Sin embargo, el “pero” que vale oro es: Trump prefiere una refinería funcionando con petróleo venezolano que una refinería en manos de fondos buitre que no le garantizan ni un barril de gasolina.»
El viejo periodista intervino. «Es una contradicción estructural. Si aceptas la legitimidad política, tienes que aceptar la propiedad económica.»
Anacleto asintió. «Exacto. Pero hay un problema…»
El pichón lo miró expectante. «Cuál?»
Anacleto lo dijo sin dramatismo. «Que CITGO ya no es solo un activo… es una garantía de deuda. Más de veinte mil millones de dólares en reclamos de acreedores, válidos o no, pero reclamos, debidos a los “manejos” de la junta ad-hoc.»
La profesora, con esa rara cualidad de quién ha sabido manejar adolescentes en sus aulas, soltó el informe y comentó: «La justicia estadounidense sigue considerando a CITGO como el "otro yo" del gobierno venezolano para pagar deudas viejas (Crystallex, bonos 2020)...casos viejos supuestamente resueltos.»
La estudiante frunció el ceño. «Entonces… aunque Venezuela la recupere…»
El coronel completó la idea. «Podría perderla igual en tribunales.»
Anacleto apoyó los codos sobre la mesa. «Exactamente. Porque mientras unos discuten legitimidad política, otros ejecutan sentencias financieras.»
Carmen suspiró. «O sea… mientras unos hablan, otros cobran.»
Anacleto la miró con aprobación. «Siempre ha sido así, Carmen. La historia de América Latina podría resumirse como una larga conversación… interrumpida por facturas.»
El ventilador giró más lento, como si quisiera escuchar mejor.
El pichón volvió a la carga. «Pero entonces… ¿qué significa realmente este nombramiento?»
Anacleto se recostó en la silla. «Significa que Caracas decidió entrar otra vez en el tablero… antes de que repartan las piezas. Si Caracas ha decidido asaltar el cielo de Houston con un decreto, es porque saben que el "pedófilo anaranjado" tiene el agua al cuello con el precio de la gasolina en su patio.» Hizo una pausa. «Porque hay algo que no puedes perder de vista: CITGO está en proceso de subasta. Hay fondos de inversión esperando quedarse con ella por una fracción de su valor real.»
El sindicalista golpeó la mesa suavemente. «O sea… comprar barato lo que costó décadas construir.»
Anacleto encendió un cigarrillo, mirando el humo como si buscara el logo de Citgo en las nubes grises. «Balzac decía que 'las leyes son como las telas de araña, a través de las cuales pasan las moscas grandes y donde quedan atrapadas las pequeñas'. Caracas está tratando de ser la mosca grande que rompe la tela de Delaware aprovechando que Trump necesita gasolina barata para su campaña. El nombramiento de Asdrúbal es un golpe de mesa, una señal de que la 'normalización' tiene un precio: la devolución de las refinerías.»
El viejo periodista asintió. «La historia clásica de los activos estratégicos en crisis.»
La estudiante levantó la mirada. «¿Y China? ¿Dónde queda en todo esto?»»
Anacleto sonrió. «Ah… Pekín siempre está donde hay cuentas pendientes.»
Se inclinó hacia adelante. «China prestó más de cien mil millones de dólares a Venezuela. Gran parte de ese dinero se pagó con petróleo. Pero aún hay compromisos abiertos.»
El boticario intervino. «Eso significa que cualquier cambio en el control del petróleo venezolano afecta directamente a China.»
Anacleto asintió. «Y por eso Pekín no puede permitirse perder influencia en Caracas. No es ideología… es contabilidad en barriles.»
El coronel añadió: «Y Rusia no se queda atrás.»
Anacleto lo miró. «Claro que no. Moscú ha invertido en armamento, en energía, en presencia estratégica. Venezuela es su plataforma en el Caribe.»
El pichón parecía abrumado. «Entonces esto no es solo Venezuela contra Estados Unidos…»
Anacleto negó lentamente. «Nunca lo fue. Lo que estamos viendo es una disputa global por un nodo energético clave.» Se levantó y caminó hacia la ventana. «Durante décadas, Estados Unidos podía intervenir en la región sin calcular demasiado. Hoy cada movimiento tiene que considerar la reacción de otras potencias.» Se giró hacia la mesa. «Y eso cambia todo.»
El sindicalista cruzó los brazos. «Entonces Trump cree que tiene el control…»
Anacleto lo interrumpió. «Trump cree que ha ganado una partida… pero no se ha dado cuenta de que el juego cambió de mesa.»
Carmen dejó una nueva ronda de café. «¿Y quién va ganando?»
Anacleto tomó la taza. «En geopolítica, Carmen, nadie gana de inmediato. Solo se posponen las derrotas.»
El viejo periodista sonrió con melancolía. «Eso suena a historia repetida.»
Anacleto dio un sorbo. «Porque lo es.»
El pichón volvió a mirar su teléfono. «Entonces… ¿Asdrúbal Chávez realmente va a controlar CITGO?»
Anacleto negó suavemente. «No todavía. Porque el nombramiento es una jugada política… pero el control real depende de licencias del Tesoro estadounidense.»
El coronel asintió. «Sin permiso de Washington, no hay control operativo.»
La estudiante cerró el cuaderno. «Entonces todo esto… es un movimiento simbólico.»
Anacleto la corrigió. «No, camarita. Es un movimiento estratégico.» Se inclinó ligeramente. «Lo simbólico es lo que se dice. Lo estratégico es lo que se intenta provocar.» Hizo una pausa. «Y lo que Caracas intenta provocar es un cambio en la narrativa jurídica antes de que los tribunales decidan el destino de CITGO. La táctica es una invocación de soberanía. Caracas está forzando a los tribunales de Delaware a decidir: o reconocen a la directiva de Asdrúbal, o admiten que están confiscando una propiedad privada basándose en una realidad política que ya expiró.»
El boticario murmuró y su comentario no tenía nada de ingenuo: «Mover la historia antes de que la historia se cierre.»
Anacleto sonrió. «Exactamente, camarita. El Departamento de Justicia de los Estados Unidos no ha impugnado el nombramiento de Caracas. Al contrario, hay reportes de que están permitiendo "licencias individuales" para que las empresas operen. Esto significa que Washington está reconociendo tácticamente que la administración de Delcy Rodríguez es con quien tienen que entenderse si quieren que el crudo fluya.» Volvió a su silla, se acomodó el sombrero, y habló con esa calma peligrosa de quien ya ha visto el desenlace antes de que ocurra. «Camaritas… CITGO nunca dejó de ser venezolana en los papeles. Pero en la realidad… dejó de serlo el día en que otros comenzaron a decidir sobre ella.» Miró a cada uno de nosotros. «Hoy Caracas intenta revertir eso. Pero lo hace tarde… y en un tablero donde ya hay demasiados jugadores. Sin embargo… “más vale tarde que nunca”.»
El silencio volvió a caer sobre la mesa. El pichón bajó lentamente el teléfono. El viejo periodista cerró los ojos un instante. Carmen dejó de secar tazas. Y el ventilador siguió girando, como si supiera que la historia, una vez más, no había terminado… sino apenas cambiado de manos. Porque en el fondo —y Anacleto lo sabía— los imperios no siempre se quedan con lo que conquistan… pero rara vez devuelven lo que ya han cobrado.
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